Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

Creencias y controversias sobre la canonización de Monseñor Escrivá
El Opus Dei.
Creencias y controversias sobre la canonización de Monseñor Escrivá
Autora: María Angustias Moreno
Índice
Prólogo e introducción
1. ¿Eclesialidad?
2. Intransigencia, coacción, desvergüeza, ¿santas?
3. Hay que agotar la verdad
4. Proceso de beatificación
5. Un escándalo
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EL OPUS DEI. Creencias y controversias
sobre la canonización de Monseñor Escrivá

María Angustias Moreno

CAPÍTULO 5. ¿UN ESCÁNDALO?

¿Qué clase de escándalo es el que surge del tema de la canonización de este hombre?

Para los que no se sienten Iglesia, no creen o no les preocupa el mensaje del Evangelio, esto no es sino un motivo más de chufla respecto a ésta.

Los hay que desde su pertenencia a la Iglesia dicen: "yo me borro", "así no puedo creer". Una forma de fe indudablemente débil, pero precisamente por ello no menos digna de tener en cuenta.

Para los creyentes, una cuestión ardua.

Durante diez siglos al menos, los diez primeros siglos de historia de la Iglesia, desde que ésta fuese instituida por Jesucristo, fue importante el estímulo y el testimonio de los mejores (de los mártires entre otros) sin que nadie necesitara canonizar a nadie.

La Iglesia primitiva veneraba a sus mártires e invocaba su intercesión; como más adelante lo hacía con quienes sufrían confesando su fe (confesores), y luego con aquellos que ofrecían un especial testimonio de identificación con Cristo en sus vidas. Eran los santos que surgían de la "vox populi". Hasta el siglo X no se conoce ninguna intervención papal en estos asuntos, siendo Juan XV el primero que interviene declarando santo a Uldarico, Obispo de Augusta. Y es allá por el siglo XII, con Alejandro III e Inocencio III cuando empieza a requerirse de un modo oficial la intervención Papal para el reconocimiento de la santidad pública de alguien. Siendo en el siglo XVI, con Sixto V, cuando comienza a establecerse un proceso para las canonizaciones ya similar al de ahora.

Santos, dice el Derecho Canónico actual, son aquellos de quienes puede declararse un fiel "seguimiento" de Cristo como testimonio preclaro del Reino de los Cielos. De ese Reino de Amor y de Verdad que Cristo vino a traer a los hombres, con el único objeto de redimidos de su mentira.

Se ha dicho de la Iglesia que uno de los grandes peligros a los que siempre debe estar alerta es el de no caer en el error de "predicarse a sí misma", ya que su única misión es predicar a Cristo. Algo que en el Concilio Vaticano II es una constante de sus textos. Hasta llegar a decir que "al proclamar las maravillas de Cristo en sus seguidores" en relación a la celebración de las fiestas de los santos, y para que "éstas no prevalezcan sobre los misterios de la salvación" sólo las más importantes deberán tener carácter universal (S. Consilium III).

¿Tal vez porque sobran "doctrinas" personales, porque sólo una Persona por ser Dios y Hombre es la única que puede realmente arrogarse la categoría de enseñar? "Sólo Dios es Santo".

"Uno solo es vuestro Maestro", "Uno solo es vuestro Padre" del cielo. (Mt. 23, 8.)

Para que en nuestra Iglesia de hoy no se produzcan escándalos, para que estemos en la línea de UNIDAD que debe ser su nota característica, algo que tanto preocupaba a Jesús en su oración (Jn. 17), hay que empezar resolviendo lo que desune. Para construir sobre terreno adecuado hay que "allanar", no basta con "tapar". No se trata de "resignarse" cómodamente pensando que son cosas que Dios permite y que Dios... ya sabrá, y ya resolverá. No. Dios no tiene la culpa. No echemos la culpa a Dios de los atropellos de los hombres, de sus egoísmos, de sus ambiciones, de sus mentiras, de sus perezas, en una palabra, del ejercicio de su libertad. El cristiano tiene que saber sufrir (si eso es lo que se entiende por resignación) todo lo que conlleva apostar por el bien en medio de un mundo lleno de "pecado" (de osadías, de engaños, de envidias, etc.), ésa es la cruz de Cristo. Pero en esta tarea esforzada todos estamos emplazados a utilizar los talentos recibidos y a hacerles producir (Mt. 25, 14), contribuyendo a construir una unidad, "que no se impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad". (C. Vaticano II. Dignitatis humanae I).

Una Iglesia (en las personas de su jerarquía) tal vez especialmente sensibilizada sobre temas relacionados con el sexo, con problemas político-marxistas, o de dignidad de la imagen, y tal vez menos sensibilizada respecto a cuestiones de coherencia, de autenticidad, de libertad, de imparcialidad. Una Iglesia ¿curada de espanto por el propio transcurso de su historia sobre toda clase de cuestiones conflictivas? Motivos tiene, por supuesto. Que son los motivos normales de todo acontecer sometido a la debilidad humana. Una Iglesia en la que "lo divino entra en la imperfección y la pecabilidad humana" (M. Schmaus. "Teología Dogmática". Tomo IV). En la que "es la acción del Espíritu Santo que la vivifica y unifica sin anular la libertad de sus miembros (H. Mühler. "El Espíritu Santo en la Iglesia"). "Que encierra en su seno a pecadores, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y la renovación" ("Lumen Gentium" I. 8).

Una Iglesia en la que, como en todo, el "poder" [no el poder de "poder hacer", sino el poder como contrario al servicio, el poder como sistema de sometimiento] corrompe. Y es por ello, precisamente por ello, por lo que sigue siendo necesaria la conversión, la renovación constante. Siguen siendo necesarias las posturas valientes. Hoy sigue haciendo falta el valor de los cristianos que tuvieron que luchar "con las fieras" para no caer o dejarse llevar de corrupciones de la época. Hoy como entonces, hay que apostar por el Evangelio sin paliativos, sean cuales sean "las fieras" o las consecuencias.

Resulta chocante que, en esta Iglesia nuestra de hoy, haya sido necesario poner un Delegado Pontificio, con plenos poderes, al Padre Arrupe (1981), General de los Jesuitas. Y no sea necesario llegar al fondo de polémicas como las que suscita la Obra a la hora de plantear la canonización de su fundador.

Es chocante que la doctrina o espiritualidad de Arrupe "no interese" (y se evite su publicación), y se admita la de Escrivá muy a pesar de las ampollas que levanta a tantos, por las evidentes contradicciones y tergiversaciones que encierran.

Es chocante que haya que "aparcar" la causa del Obispo Oscar Romero, la de Juan XXIII incluso. Y sea tan "bien acogida" la de Escrivá. ¿Por qué? ¿Por cuestiones de política, de dinero, de religión?

Doctores tiene la Iglesia, sí. Y los tiene como un S. Bernardo, nada sospechoso de su ortodoxia Papal, que no tiene ningún reparo, allá por el 1148, en escribir a Eugenio III, Papa de la época, sin falsos respetos, para recabar su reflexión acerca de problemas de los que entonces podían desconcertar a los creyentes. "Ese fasto que hace de ti el sucesor de Constantino. Toléralo, pues, como una concesión a nuestra época, pero guárdate de pensar que se te debe".

Catalina de Siena, otra doctora de la Iglesia, que también supo salir al paso de las necesidades de la Iglesia de su tiempo, sin el más mínimo respeto humano, escribía a Gregorio XI (siglo XlV), advirtiéndole que el amor propio y los respetos humanos hacen que muera la justicia. "Ve-le decía al Papa- cómo sus súbditos pecan, pero no les reprende y finge no ver nada. Y si los reprende lo hace con tanta tibieza e indiferencia que no logra nada, y a la postre el vicio se apodera de ellos con más fuerza que antes. Trata siempre de no chocar con nadie y de evitar la contradicción", para acabar diciendo que por ese camino, lo así envenenado no llega sino a causar la muerte.

Escuchad la palabra de Dios hijos de Israel -dice el profeta Malaquías (1, 6)- pues Yahavé tiene una querella con los hijos del país porque "no hay sinceridad", ni piedad, ni conocimiento de Dios (..,). Entre tanto "nadie protesta", nadie reprende. Contra ti sacerdote me querello. Tropiezas noche y día. Contigo tropieza el profeta, y haces perecer a tu pueblo. Mi pueblo perece por falta de conocimiento. Has olvidado las enseñanzas de tu Dios".
¡
"Ni los pastores saben entender. Cada uno sigue su propio camino, cada cual, hasta el último, 'busca su propio provecho' "(ls. 56, 11) [Era a los pastores del Antiguo Testamento a quienes se refería. Pero era un Profeta el que hablaba].

Pablo, el apóstol de las gentes, dice en su carta a los gálatas (2, 14): "En cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del evangelio, 'dije a Cejas en presencia de todos': si tú siendo judío vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizarse?" Es el estilo de una Iglesia en sus orígenes, coherente y valiente.

Cuando uno de aquellos que seguían a los apóstoles, que se había convertido viéndoles y oyéndoles andaba con ellos atónito de las obras que realizaban, cuando este hombre, de alguna manera deslumbrado por el poder de aquellos (Poder de Dios y de las cosas de Dios) quiso "comprar con dinero" ese poder, Pedro le contestó: "Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero" (Hch. 8, 20).

Doctores tiene la Iglesia. Antes y ahora.

Doctores tiene la Iglesia, cuyas posturas y actitudes -las referidas son sólo una muestra insignificante- se comentan por sí solas.

Cuando a Catalina de Siena le preguntó al Papa -enterado éste de que vivía ayunando totalmente por las necesidades de la Iglesia de su época- si le obedecería en el caso de que él le mandara comer, Catalina le respondió que obedecería muy gustosamente, pero que lo que no podía era obedecerle si le ordenaba que lo que comiera no lo vomitara.

"Las montañas de faltas históricas y de insuficiencias de la Iglesia impiden, en muchos, un movimiento de confianza. Discípula de aquel que no tenía en quien reclinar la cabeza, ella se encuentra a gusto instalada y situada en la riqueza. Teniendo por alma al Espíritu Santo, el Desconocido allende el Verbo, ella ha desconocido frecuentemente los signos de los tiempos, se mostró demasiado apegada a prácticas formalistas, a estructuras de poder y de inmovilismo. Lo que dice San Pablo del ministerio, no de la letra, sino del espíritu (2 Cor. 3, 6) se refiere a ella, pero apenas osa reivindicado. ¡Tan grande es la conciencia de traicionarlo constantemente! Mas, ¿por qué continuar evocando estos gravamina? Con el canónigo Jacque Leclerq, deseamos "una lucha por el espíritu de Cristo en la Iglesia". Y para que la Iglesia, pueblo mesiánico de Dios, responda plenamente a lo que San Bernardo llamaba "quod tempus requirit", las llamadas las urgencias de la historia, una historia que tiene su desembocadura en el Reino de Dios. Pureza y plenitud son dos grandes motivos que exigen y suscitan, en la Iglesia, reformas, creación de situaciones nuevas. Ambos motivos denuncian un margen, a veces dramático, siempre abierto, entre el ideal y la realidad, esa inagotable e insondable "reserva escatológica" de la que habla J.B. Metz (I. Congar. "El Espíritu Santo").

Poseemos el Espíritu, la Iglesia posee el Espíritu -sigue diciendo el mismo autor- "sólo en arras", como promesa, él sigue siendo el "Prometido". "Él es la atracción que ejerce sobre nosotros la herencia escatológica del Reino. "Que venga tu Reino!". "Haz venir tu Espíritu sobre nosotros y que él nos purifique".

Creer en la Iglesia es creer en la Misión, en el Espíritu, en el mensaje que Cristo entrega a los hombres. Entre los que establece la debida jerarquía para que estos hombres sean "uno": como el Padre en él y él (Cristo) en el Padre (Jn. 17, 21), y de esta manera se salven. Creemos en la Iglesia porque creemos en Cristo; porque creemos en Cristo creemos en la Iglesia. Alterar el orden podría abocamos, nos aboca a veces, a concepciones extrañas y desengañadas de "iglesias engendro" (cuerpos sin cabeza, o espíritus sin cuerpos).

Creyente, católico, es el que cree en la Misión. No necesariamente en los comportamientos. Nadie por haber recibido ninguna clase de consagración (sacerdotal, episcopal, etc.) deja de ser libre y por tanto capaz de lograr las mayores virtudes, o caer en las mayores aberraciones. Arrio, N estorio, o Leffevre, eran todos Obispos, y su misión era legítima; pero también eran y fueron muy libres para llevar a cabo la Misión.

Sólo así es posible la fe, es posible seguir creyendo. Sin dejar que los comportamientos, algunos comportamientos, arrollen o cuestionen nuestra fe.

Decía Escrivá (a quien hemos oído criticar a monjas, sacerdotes y jerarquías) que a los Obispos había que ganárselos con la mermelada de cada día (regalos, agasajos, invitaciones, etc.). Gracias a lo cual algunos de esos Obispos puede que crean que esta clase de relación es "información bastante" para opinar de la Obra.

"El que escandalice a uno solo de estos pequeños... más le valiera colgarse una rueda de molino al cuello y arrojarse al mar" (Mt. 18, 5). A Jesús le importa el escándalo de "uno solo". Y sin embargo, a pesar de los escándalos que la Obra -como consecuencia de la doctrina de su fundador- suscita, muchos "pequeños"... hoy no merecemos la más mínima atención, cuando no sólo recibimos desprecio.

Pequeños que no nos creemos, en absoluto, en posesión de ninguna verdad personal. Hablamos de incoherencias constantables, de comportamientos o testimonio cuestionables por su propia contradicción con la Verdad del Reino, y únicamente pedimos reflexión para una respuesta adecuada a los mismos.

Porque, insisto, mi causa no es el Opus, ni Escrivá de Balaguer, mi causa sólo es la de colaborar a que aquello que se presenta como evangélico lo sea de hecho, y no confunda ni escandalice a nadie. [Tal vez para algunos fuese más evangélico que dejara de preocuparme de estas cuestiones y viviera mi vida. Mi vida dedicada a la justicia, a la oración y a la caridad y dejara en paz a los demás. Para mí seria mucho más agradable, y más cómodo. Pero entiendo que hay implicaciones en la vida que comprometen a cuestionar aquellas cosas que por su magnitud van a tener y tienen mucha mayor incidencia en la caridad y en la justicia para con muchos. Por lo que hay, puede haber silencios, que más bien deberían llamarse cobardías: dejación de derechos que son deberes. La causa, tal vez, de que tantas veces, los comportamientos cristianos vayan tan desfasados en su respuesta a los signos de los tiempos] Pues aun contando con que para algunos concretamente la teoría de Escrivá sea edificante, siendo como lo es problemática y cuestionable para otros, hay un principio moral que creo se impone: ¿es que acaso el fin justifica los medios? En la Obra se dice que sí. La doctrina de la Iglesia dice que no.

¿Justifica la multitud, las masas que ellos (en razón de su poder, su dinero y sus medios) son capaces de mover (masas tantas veces compuestas por personas llenas de conflictos, manipuladas, despersonalizadas, o engrosadas por curiosos de paso que también son muy buenos para hacer bulto), justifica todo esto que no haya nada más que resolver, habiendo como hay tantas voces que plantean la alerta? Voces de Europa, América, etc. En este sentido han sido muchos testimonios los que han viajado hasta Roma. Han intentado llegar otros muchos. Pero es evidente que ante el poder de la Obra todo ello queda muy pequeño.

Las cosas de los hombres acaban siendo siempre así de complejas. La Iglesia -sus actividades-, porque está compuesta por hombres no tiene por qué ser menos.

Como decía San Pablo: "¿Qué importa que algunos hayan sido infieles? ¿Es que la infidelidad de éstos va a anular la fidelidad de Dios? De ninguna manera, hay que dar por descontado que Dios es leal y que los hombres por su parte son todos desleales" (Rm. 3, 3). Todos susceptibles de intereses egoístas, cobardías, vanidades...

El primer Obispo, y cabeza de la Iglesia, Pedro, había sido ya elegido para tal misión (Mt. 16, 18), cuando a no mucho tiempo de distancia, ¿meses?, ¿algún año? ¿días?, ante la dificultad o exigencia de seguir a Jesús en medio de las tribulaciones de la pasión, acabó negándole (Mc. 14, 66). Un Pedro al que Jesús no dudó en llamar "bienaventurado" (alabanza que por otro lado sólo se dirige en el Evangelio, de forma personal, a María y a él) cuando supo responder con fidelidad a la revelación del Padre. Pero que tiene también que decide "apártate de mí, Satanás", cuando sus pensamientos no se corresponden con los de Dios (Mt. 16, 23), muy a pesar de que sigue siendo el mismo Pedro llamado a edificar la Iglesia. Un Pedro que supo llorar y arrepentirse de su pecado, rectificar lo que había que rectificar, y que fue por ello confirmado en su misión, para "apacentar" (Jn. 21, 15). "Para que confirmes a tus hermanos en la fe" (Lc. 22, 31). Para que veamos y contemos con que a pesar de los pesares, a pesar de las dificultades en los comportamientos, tampoco esto acaba con nada. La historia sigue, y Jesús, ya resucitado, convoca a los once (Judas ya no estaba) y "les dio poder (...) y los envió a enseñar "todo lo que él les había enseñado" (Mt. 28, 20). Ni más, ni menos.

Ésta es la clave. Como lo explica muy bien Jean M. René Tillard, en su libro "El Obispo de Roma".

Ésta es la Iglesia: Anunciadora del Reino, que como en la parábola del sembrador encuentra en sus cosechas la cizaña mezclada con el trigo. Sin que por ello nadie tenga por qué rasgarse las vestiduras.

Una Iglesia que es "esposa" como la declaran las Escrituras. "Que ha celebrado sus bodas, pero no ha alcanzado aún la plenitud de la pureza que el bautismo inaugura. Siente la tentación, en sus miembros pecadores, de unirse a otros esposos (1 COL 6, 15 ss.). La unión que debe consumarse en un solo espíritu es aún imperfecta. Es necesario que también la Iglesia viva una pascua de muerte y resurrección por el poder del Espíritu". (Congar - ibid)

Un Espíritu que, a su vez, la asiste y promete que en razón de esa asistencia "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt. 16, 18). O como dice el mismo teólogo antes citado I. Congar (miembro de la Comisión internacional romana de teología): para que el error "no prevalezca" .

En la Iglesia, junto a los escándalos de posturas abiertamente heréticas, hay otros escándalos muy serios, de consecuencias profundas y nefastas, a causa, muchas veces, de "ortodoxias" seudo-beatíficas, que más que dar respuesta a las grandes incógnitas o necesidades del hombre, como hace el Evangelio, lo que hacen es ridiculizar la misión de la Iglesia, de los cristianos, intentando convertirla o convirtiéndola en una resignada rutina o serie de rutinas casi superticiosas, "sometidas" a los intereses de unos pocos y a su servicio. Como dice el refrán, "del agua mansa líbreme Dios que de la corriente me libro yo".

A veces, lo peor de estos errores está en el exquisito cuidado que se pone para guardar las formas (la ortodoxia en la fachada) sin el menor escrúpulo para a la vez alterar los contenidos. Algo así como lo que resultaría de empezar el "credo" por "Poncio Pilatos fue crucificado". Nadie habría inventado nada, nadie se habría salido de lo establecido, es verdad que en el credo existe esa frase. Lo único que sí habría pasado es que se habría prescindido de parte fundamental de la verdad. Por lo que estaríamos ante una verdad a medias, fuera de contexto; o lo que es igual, ante una evidente farsa o mentira.

Dice la introducción a la "Historia de los Papas" de Ludovico Pastor que: "todo lo que es historia puede decirse de la Iglesia". Sigue habiendo una amplia exposición de la importancia del elemento humano en esa historia, con todos sus más y sus menos. Para acabar comentando que "dificilmente" podrá extrañarse "cualquier otra institución" (que no sea la Iglesia), civil o religiosa de ver en su historia, con los laureles ganados en unos tiempos, el polvo que el contacto con esta tierra deleznable que habitamos se levanta; pues ninguna institución tiene como característica un origen, un fin, o unos medios tan santos como la Iglesia. Ninguna institución, lo cual quiere decir que tampoco el Opus Dei, ni la historia de ninguna canonización por muy fundador que éste sea. Porque ninguna historia podrá estar apoyada -sigue diciendo el mismo autor- en ninguna clase de "panegíricos" capaz de desafiar cualquier intento de auténtica historia.

Tal vez se llegue a conseguir la canonización de unos "relatos", unos "trabajos", que recogen teorías canonizables. Y si es eso lo que se canoniza, la canonización, podríamos decir, es lógica, es lícita. Pero si resulta que luego la práctica no acaba de coincidir con esa teoría, ¿qué es lo que se está canonizando ¿A quién? ¿Una entelequia?, o ¿un engaño? Otra cosa.

Es ante esto quizás ante lo que como decía antes unos dicen que reniegan, que se "borran", otros se escandalizan, y los hay que aprovechan para burlarse. Mientras desde la fe la postura parece que no puede ser otra que la de reaccionar en consecuencia. En consecuencia con la personal responsabilidad de cada uno, con la honestidad debida a esa responsabilidad frente a la verdad.

Como decía San Justino, Santo Padre de la Iglesia (siglo II) seglar y mártir, que llegó al cristianismo desde ambientes paganizados como consecuencia de su tenaz búsqueda de la verdad; hombre empeñado en el diálogo fe y cultura, en hacer del mundo una realidad santificable desde la fe; decía este santo que "todo el que pudiendo decir la verdar no la dice, será juzgado por Dios" (Dial. 82, 3). Todo el que pudiendo colaborar a que lo oscuro se esclarezca, lo confuso se delimite, lo incoherente se haga consecuente, lo complicado se clarifique... deberá hacerlo.

"Si tu hermano pecara contra ti...", dice el evangelio, si en la forma de proceder o de testimonio que como creyentes nos corresponde transmitir, existen comportamientos inadecuados, especialmente si esos comportamientos conllevan repercusiones públicas, sociales; si la verdad puede quedar tergiversada o dañada; o los estilos no son los idóneos, "ve y repréndelos a solas" [¡Cuántas cartas, confidencias, argumentaciones e intentos de solución hacia adentro, con los directores de la Obra, y cuánto oído sordo!]. "Si el hermano te escucha habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha toma uno o dos testigos para que el asunto quede zanjado [¡Cuánta solicitud de ayuda a clérigos o jerarquía, que se manifestaban conocedores del tema, solidarios (de palabra) en la propia necesidad de revisión o solución de éstos, pero que prefirieron no complicarse la vida! ¡Cuántos que se quedaron, prefirieron quedarse, sólo en las argumentaciones de los de la Obra, sin ni siquiera pararse a comprobar la veracidad de las que se le oponían! Algunos porque los de la Obra, dicen, "son personas de oración..." (como si sólo lo fueran ellos). Personas de oración son los musulmanes y los budistas, y no por ello sus argumentaciones son católicamente canonizables]. Si no te oyen, díselo a la comunidad" (¿hazlo público?) (Mt. 18, 15).

"En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas (instruidos) y los fariseos (los perfeccionistas). "Está Jesús hablando a las gentes"; quiere decir, sigue diciendo: públicamente. Y añade: "haced o observad lo que os dicen, pero no imitéis su conducta" (Mt. 23, 1). Para acabar manifestando su dolor y su queja ante situaciones semejantes no sin una enorme contundencia.

"¡Ay de vosotros, hipócritas!" Da igual quiénes sean. Si hay hipocresía da igual que se trate de clérigos, jerarquía, o cristianos de a pie. "¡Ay de vosotros, que pagáis el diezmo de la menta (que cuidáis las insignificancias) y descuidáis lo más importante de la Ley (...), que purificáis la copa "por fuera" y por dentro estáis llenos de hipocresías y de iniquidad (...): serpientes, raza de víboras, guías de ciegos" (Mt. 23, 23).

"¡Cuántas veces he querido...!" (Mt. 23, 37): Reuniros, convertiros.. .

Ése es el reto. Un reto importante, como importante es la santidad. No ya el hecho de ir al cielo, sino de poder ser erigido como ejemplo de vida "según Cristo", según sus estilos, sus modos, sus consignas, que es lo que realmente conlleva una canonización.

Por eso el reto se plantea en razón de lo que podríamos llamar una auténtica coherencia. La autenticidad de unas verdades enteras y no a medias, de una verdad que se imponga en el más amplio ejercicio de la libertad de todos, sin coacciones ni atropellos, sin ficciones, con honestidad.

Cuando no es así, como diría el de Tarso, el apóstol de las gentes, "aunque hablaran las lenguas de los ángeles (...), aunque tuviera el don de profecía (...), aunque tuviera una fe que moviera montañas (...), aunque repartiera todos sus bienes (...). Si no tuvieras caridad... eres como metal que suena, o como címbalo que retiñe" (I COL 13, 1). No eres nada. No hay, no puede haber auténtica santidad.

Por lo que lo importante es, no el reproche insultante, ni el desprecio a nadie, sino el amor: el respeto a la libertad de todos (II Crt. 3, 17), a la verdadera libertad, la libertad sin mentiras, sin atropellos, sin eufemismos, sin ofensivas de descrédito para con nadie, sin MIEDOS a las exigencias del amor a la verdad.

De la verdad de una eclesialidad que no debe ni puede ser escándalo para nadie y que me hacen recurrir como expresión de mi más profundo y filial deseo de fidelidad a la Iglesia de Cristo al poema del Obispo Brasileño Pedro Casaldaliga, al margen de posibles tergiversaciones oportunistas que quisieran entrar en descalificaciones tergiversadas o simplistas, pretenciosamente basadas en compromisos personales con ideologías más o menos controvertidas, en los que ni entro, ni van al caso. No me identifiqué con Kipling por citar su poesía (maravillosamente expresiva) en mi libro anterior. Con Casaldaliga siento, y me emociona su "Pedro apenas... congréganos". ¿Acaso no es evidente la necesidad del reclamo ante tanta dificultad, tantos entramados, tantísimos obstáculos, tergiversaciones, desgastes...?

Juan Pablo, Pedro apenas,
congréganos
en torno de la Piedra rechazada,
como piedras al sol.
Alienta en tus hermanos
la libertad del Viento,
pescador.
Confirma nuestra fe
con tu amor.
Danos la audiencia de la profecía
y la encíclica del silbo del pastor. (...)
La curia está en Belén y en el Calvario
la basílica mayor.

Es hora de gritar con toda nuestra vida
que está vivo el Señor.
Es hora de enfrentar el nuevo imperio
con la púrpura antigua de la Pasión.
Es hora de amar hasta la muerte,
dando la prueba mayor.
Es hora de cumplir el Testamento
forzando, en la Oikumene,
la comunión.
Juan Pablo, Pedro apenas,
pescador.

P. Casaldaliga

FIN DEL LIBRO

 

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