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Viernes, 15 de Diciembre de 2017


Tres anécdotas que ilustran el clima de esquizofrenia que se vive en el opus dei

Primera. Cuando anunciaron la canonización del fundador, llegó una nota diciendo que todos, es decir, todos, teníamos que ir: gran plan y excitación general. Había uno en el centro que iba con sus padres supernumerarios, y durante algunos días nos contaba que planeaba visitar con ellos algunas ciudades de Italia. El resto nos entusiasmamos también y nos animamos a organizar algún que otro plan. Días más tarde llega otra nota diciendo que estaba absolutamente prohibido hacer planes fuera de Roma. El tema venia en serio y era bajo pena de “mal espíritu” que en la obra es algo parecido a la excomunión de la Iglesia de los católicos. La nota era uno de esos baldazos de agua fría que nos regalaba cada tanto la obra, pero bueno, obedece es obedecer… Cuál sería mi sorpresa cuando, ya en Roma, me enteré que un grupete de directores de la delegación se había alquilado un auto para hacer una “romería” a Florencia. No quiero elaborar sobre el tema de las castas y la hipocresía en el opus dei, porque la anécdota lo ilustra perfectamente.

Segunda. Yo vivía en un centro que estaba ubicado en un lugar súper privilegiado: el balcón daba directamente a una cancha de polo donde se juega la final del campeonato todos los años. Demás está decir que es un espectáculo maravilloso, no solo por el despliegue de caballos y uniformes sino por el colorido de las tribunas llenas, el pasto verde y perfecto, etc. Algo maravilloso. Pero hete aquí que lamentablemente se trata de un “espectáculo público” y por lo tanto no apto para numerarios. ¿Las razones? Los numerarios no gastan dinero y el tiempo en esas cosas. Bien, también se acepta. Obedecer es obedecer. Sin embargo, el día de la final, varios directores de delegación nos honraban con su presencia para “tomar el té”. Luego se quedaban a ver la final desde el balcón. Eso sí, todos vestidos de traje un día sábado. Eh? sí sí, muy normal todo. Pero la anécdota no acaba ahí. Había uno del centro (el mismo de la anécdota anterior!!) que había conseguido entradas gratis para la final y como los directores lo veían desde el balcón presumía que era un espectáculo público “aprobado”. Jajá, que iluso. No lo dejaron ir. Todavía está pendiente la explicación de por qué es lícito mirar un espectáculo público desde un balcón y no desde una tribuna gratis.

Tercera. Yo necesitaba un ordenador. Lo hablé con el director y me dijo que le parecía bien, que iba a hacer la consulta. Pero yo era impaciente y cuando cobré el sueldo, antes de entregarlo, fui y me lo compré. Llegué al centro con la caja y tuve una discusión muy fuerte con el director. Yo le decía que lo consultara, que si la delegación no me daba el permiso, que entonces lo regalaba. Cuál era el problema si yo estaba dispuesto a obedecer?…. Pero no hubo forma de convencerlo: ese ordenador, el que yo me había atrevido a comprar era, aparentemente, un ordenador “inconsulto”. No podía transformarse en “consulto”. Tenía que desaparecer. Luego haríamos una consulta, y una vez aprobada, compraríamos otro. Pero yo le decía, ¿por qué gastar en dos ordenadores? ¿Por qué no esperar a que me aprueben este? No hubo caso. Finalmente me lo tuve que llevar a la casa de mi madre. Allí lo podía usar sin problema pero en el centro no. La obra, ¡como extraño ese ambiente tan sano!

Paz a todos.

Otaluto




 

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