Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?

SANTOS Y PILLOS.
El Opus Dei y sus paradojas.
Santos y pillos. El Opus Dei y sus paradojas
Joan Estruch
ÍNDICE

Prefacio

Introducción
Parte primera:
I. Hacia una sociología histórica del Opus Dei: el estado de la cuestión
II. José María Escrivá
III. El fundador del Opus Dei y el Dios del fundador del Opus
IV. Desde la fundación oficial hasta el comienzo de la guerra española (1928-1936)
V. Los tres años de guerra (1936-1939)
VI. 1939: "Camino"
VII. La implantación del Opus Dei en España (1939-1946)
VIII. 1946: Roma
IX. La expansión internacional del instituto secular del Opus Dei (1947-1958)
X. 1958: "Non ignoratis", una carta de monseñor Escrivá
XI. La consolidación del Opus Dei
Parte segunda. La ética del Opus Dei y el "espíritu del capitalismo":
XII. La España de Franco, entre Fátima y Bruselas
XIII. La formación de empresarios y la dirección de empresas
XIV. El ascetismo intramundano del Opus Dei
XV. Conclusiones: el tradicionalismo y la modernidad del Opus Dei
Bibliografía
FIN DEL LIBRO
 
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SANTOS Y PILLOS. El Opus Dei y sus paradojas
Joan Estruch

CAPÍTULO VIII. 1946: ROMA

1. Observaciones generales

El año 1946 es un año absolutamente decisivo en la historia del Opus Dei. Es el año del "grand tournant", el año al final del cual nada será ya como antes, el año después del cual el Opus Dei comenzará a parecerse en muchos aspectos a lo que es en la actualidad.

Al comenzar el año 1946, el Opus Dei tiene "centros" (casas o residencias de estudiantes) en ocho o nueve ciudades españolas, y cuenta con unos doscientos cincuenta socios y cuatro sacerdotes. Al acabar el año, los sacerdotes ordenados son ya diez, y ha empezado -o está a punto de empezar- la implantación de la Obra en Portugal, Italia, Inglaterra, Irlanda y Francia. Al comenzar el año 1946, el padre Escrivá no ha salido nunca de la Península (si exceptuamos el breve recorrido por la vertiente norte de los Pirineos, durante la guerra, para pasar de la zona republicana a la zona franquista); cuando acaba el año, ha hecho dos viajes a Italia, ha sido recibido dos veces por el Santo Padre, ha fijado su residencia en Roma y está a punto de recibir el nombramiento de "prelado doméstico" que le otorga el derecho al tratamiento de "monseñor". También Álvaro del Portillo reside en Roma, así como Salvador Canals y algunos otros (Sastre, 329); y los últimos días del año llegan cinco mujeres de la sección femenina, "que habían de atender el piso", cargadas de maletas y con "una tortilla de patatas, que hizo los honores de la cena" (Vázquez, 245). Ya dentro del año 1947, la revista "Arbor" informa que "se proyecta instalar en Roma una delegación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con el fin de que la Ciudad Eterna quede íntimamente vinculada con la inquietud cultural de nuestros hombres de ciencia" ("Arbor", n°. 21, 1947, 569; la noticia es ampliada en el n°. 23, 1947, 324s).

La internacionalización del Opus Dei es, pues, un hecho que arranca del año 1946. Si hasta entonces los documentos oficiales especificaban que "Opus Dei unicum habet domicilium nationale" (Fuenmayor y otros autores, 513), a partir de ahora la literatura "oficial" podrá comenzar a proclamar que "el Opus Dei nació con entraña universal, católica". Los más atrevidos incluso podrán llegar a afirmar que Escrivá abandona "una España en la que no existía la necesaria libertad, que para él era un derecho natural y una condición indispensable para poder dirigir el Opus Dei en todo el mundo" (Berglar, 235). Más que un ejemplo de "alternación", la frase parece mas bien una pura tergiversación de los puntos de vista de Escrivá; pero ello le permitirá a Berglar calificar al "Padre" de "apóstol universal", equiparándole a san Pablo, san Ignacio, san Francisco Javier, san Agustín, santo Tomás de Aquino y san Francisco de Sales (ibíd., 235).

A otro nivel, al comenzar el año 1946 el padre Escrivá es "un sacerdote sincero, honesto, sencillo, ingenuo", que en Roma descubrirá "la intriga" y un estilo de actuación y de gobierno, en el seno de la Iglesia, que le persuadirán de que también él puede saltarse o esquivar ciertas normas de comportamiento siempre que le convenga (Walsh, 58). Apresurémonos a precisar que, a nuestro juicio, los adjetivos utilizados por Walsh -más o menos basados en declaraciones de Raimon Panikkar- son poco adecuados y en exceso ambiguos. Según el uso que se quiera hacer de las palabras, también podría decirse que con toda la experiencia acumulada de un hombre que hace veinte años que es sacerdote, que ha pasado por la guerra, ha fundado el Opus, ha padecido persecuciones y ha dado ejercicios espirituales a Franco, el "Padre" no es "ingenuo". Ni es "sencillo" el epíteto que mejor encaja para designar a un hombre que ha ennoblecido su nombre y se ha convertido en el padre Escrivá de Balaguer. Por otro ., negarle la "honestidad" y la "sinceridad" a partir de 1946 parece excesivo y, muy probablemente, erróneo: al referirnos a la figura de Escrivá en los capítulos iniciales ya habíamos dicho que daba más bien la impresión de ser un hombre perfectamente "sincero", en medio de sus pasiones y de sus ambiciones.

A fin de distanciarnos, pues, de la ambigüedad de estos calificativos y de esta clase de juicios, lo que nos parece importante retener es la única afirmación textual de Panikkar, reproducida igualmente en el texto de Walsh. Panikkar ha comentado en varias ocasiones que el "Padre", después de su primera estancia en Roma, dijo textualmente a un pequeño grupo de los suyos: "Hijos míos, en Roma yo he perdido la inocencia." Raimon Panikkar fue uno de los seis sacerdotes del Opus Dei ordenados en 1946: resulta curioso observar que mientras "todas" las biografías de Escrivá mencionan los nombres de los tres primeros ordenados el año 1944, "ninguna" de ellas menciona los nombres de los ordenados en 1946, a pesar de que tres de entre ellos son discípulos "de la primera hora" (Francisco Botella, Pedro Casciaro, Ricardo Fernández Vallespín); no es nada improbable que el hecho de que no todos hayan continuado dentro del Opus Dei sea el motivo de este sorprendente silencio. (Acerca de la visión actual que Panikkar tiene del Opus Dei, tema del que le agrada tan poco hablar que, respetando su actitud, recurriremos a él mucho menos de lo que hubiésemos deseado, véanse las que tal vez sean las mejores páginas de todo el libro "Historia oral del Opus Dei"; Moncada, 1987, 129-138.)

"Hijos míos, en Roma yo he perdido la inocencia": a pesar de su experiencia acumulada, Escrivá continúa teniendo una visión particular, local, y según cómo hasta provinciana, de la Iglesia y de la sociedad. No conoce más que la Iglesia y la sociedad españolas de la época: ¡y qué sociedad y qué Iglesia!

En Roma, todo tiene otra dimensión, completamente distinta. Si Escrivá llega más o menos convencido de la relativa originalidad del Opus Dei, en Roma descubre rápidamente que dentro de la Iglesia católca proliferan movimientos e iniciativas hasta cierto punto paralelos (el padre Gemelli, misioneros de la Regalitá, Milites Christi, grupos de NotreDame-de-Vie, Compañía de San Paolo, etc.; véase Rocca, 1985, 34-47). Y descubre también aquello que Walsh llama "la intriga": los tejemanejes que hay en la Curia vaticana, no porque se trate del Vaticano, sino porque se trata de la Curia, porque se trata de una burocracia que sociológicamente funciona como funcionan todas las burocracias. Descubre, en otras palabras, lo que Max Weber llama "los secretos del oficio", propios de cualquier burocracia.

En este sentido ha de entenderse la frase de Escrivá, "he perdido la inocencia": la experiencia de Roma es una experiencia dura, pero al mismo tiempo profundamente liberadora. A partir de 1946 ya no ha de reprimir de la misma manera que antes sus ambiciones: los medios que emplea el Vaticano, también él puede emplearlos. "De cara a Dios Nuestro Señor tengo el deber de poner todos los medios limpios sobrenaturales y humanos para cumplir la Santa Voluntad de Dios, en lo que concierne al establecimiento de su Obra, tal como Él me la ha dado a entender" (Fuenmayor y otros autores, 345). Si el mundo pertenece a los "pillos", e incluso en la Iglesia se actúa con "pillería", quiere decir que Dios pide que "seamos pillos". La "pérdida de la inocencia" para Escrivá equivale, no a la adquisición, pero sí a "la santificación de la pillería": en Roma, a partir del año 1946, la "pillería" del "Padre" se transforma en una "santa pillería", puesto que Dios mismo "escribe derecho con líneas torcidas" (Fuenmayor y otros autores, 295).

Finalmente, el año 1946 resulta decisivo en la historia del Opus Dei, porque si al comenzar el año es simplemente una institución de derecho diocesano, erigida en el obispado de Madrid, a partir de febrero de 1947 se convertirá en una institución de derecho pontificio, es decir, de toda la Iglesia. Más aun: como hemos visto en el capítulo anterior, al comenzar el año 1946 ni siquiera se sabe bien cuál es el estatuto jurídico concreto del Opus Dei, ni cuál es su articulación exacta con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que es la que realmente fue aprobada el año 1943 como "sociedad de vida común sin votos" de régimen diocesano. Y como veremos en seguida, esta dificultad estará muy presente a lo largo de todas las negociaciones llevadas a cabo en Roma, durante el año 1946, por Portillo y Escrivá. En cambio, y a partir de la segunda mitad del año 1946, los documentos oficiales comenzarán a hablar definitivamente de la "Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei" como de una institución única, y oficialmente reconocida como tal.

2. Cronología de un año decisivo

Muy esquemáticamente, la cronología de los acontecimientos "romanos" del año 1946 es la siguiente:

-El mes de enero regresa a Roma Salvador Canals, tras haber pasado las Navidades en España.

- El mes de febrero vuelven a Roma Alvaro del Portillo y José Orlandis. Portillo lleva los documentos para la solicitud de un régimen de derecho pontificio, y no diocesano, además de unas sesenta cartas de recomendación. "La acogida fue cordial", pero "el balance inicial de las gestiones no fue positivo" (Fuenmayor y otros autores, 148).

- Entre el mes de febrero y el mes de junio viven en un piso amueblado en el centro de Roma ("todos los balcones se asoman a la belleza de la Piazza Navona"; Sastre, 325), obtenido gracias al cónsul de España. El mes de mayo Orlandis regresa a España.

- El 10 de junio Portillo escribe a Escrivá pidiéndole que acuda a Roma; dos días más tarde reitera, en una segunda carta, da necesidad de su presencia en la Ciudad Eterna" (Fuenmayor y otros autores, 156s). Los días 20 y 21 de junio Escrivá está en Barcelona, donde embarca con Orlandis hacia Génova. Llega a Roma el día 23 y es acogido en el nuevo piso que han alquilado, junto al Vaticano ("el comedor se asoma a la plaza de San Pedro (...) y, muy cerca, se ve la ventana iluminada de la Biblioteca privada del Papa"; Sastre, 329).

- El 16 de julio, el padre Escrivá es recibido en audiencia por Pío XII.

- El 31 de agosto, Escrivá viaja a Madrid, con un documento "en que se aprobaban los fines de la Obra", y con "las reliquias de Santa Mercuriana y San Sínfero, dos niños martírizados en el siglo II" (Vázquez, 244). A finales de septiembre tiene lugar la ordenación de seis nuevos sacerdotes del Opus Dei (o de la Sociedad de la Santa Cruz).

- El 8 de noviembre, después de pasar otra vez por Barcelona, regresa definitivamente a Roma.

- El mes de diciembre es recibido de nuevo en audiencia por Pío XII. Antes de acabar el año, llegan a Roma "las (cinco) de la Obra que habían de atender el piso", pese a que éste "era reducidísimo de espacio" (Vázquez, 245); las mujeres irán "a dormir a una residencia próxima" (Sastre, 335).

Si bien las anécdotas ocupan páginas y páginas de las diversas biografías de monseñor Escrivá, aquí nos limitaremos exclusivamente a tratar de encontrar algún elemento de respuesta a dos interrogantes: ¿en qué consisten las gestiones de Alvaro del Portillo entre los meses de marzo y junio de 1946, y por qué razones reclama la presencia del "Padre" en Poma?

3. La actividad de Álvaro del Portillo en Roma

En lo que respecta a la ida y estancia de Alvaro del Portillo en Roma, nuestras habituales obras de referencia son, además de breves, confusas.

Según Vázquez de Prada, el "secretario general del Opus Dei" llega a Roma, "bien provisto dc cartas comendaticias de casi todos los prelados españoles", se entrevista "con tenacidad y audacia" con obispos y cardenales, se persona cada día en el Vaticano, insiste una y otra vez, pero "las gestiones embarrancaron", momento en el cual escribe al "Padre" pidiéndole que vaya (Vázquez, 240). No especifica cuál es exactamente "la aprobación definitiva" que busca el fundador, y sobre todo no parece tener en cuenta que oficialmente el cargo de Portillo es el de "secretario general y procurador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz", y no "del Opus Dei".

Ana Sastre da alguna precisión suplementaria: las cartas de recomendación provienen de sesenta obispos españoles y acompañan a "la solicitud del "decretum laudis" de la Santa Sede para el Opus Dei". Añade, además, que Portillo, al desembarcar en Génova, tiene prisa por llegar a Roma antes de que marchen diversos obispos recién nombrados cardenales, a fin de conseguir también de ellos nuevas cartas de recomendación. Aun así, "la gestión no va a ser fácil", "será una empresa ardua", y en último término parece "conducir hasta un callejón sin salida" (Sastre, 325). Prescindiendo de la cuestión menor de saber si las sesenta cartas salen con Portillo desde Madrid, o si "habían ido llegando a la Santa Sede a lo largo de estos meses" (Fuenmayor y otros autores, 154), subsiste una ambigüedad mucho más esencial: la solicitud del "decretum laudis -requisito para poder convertirse en institución de derecho pontificio- ¿es para el Opus Dei o para la Sociedad Sacerdtal? Según un documento que Rocca reproduce parcialmente, fechado el 23 de enero de 1946, Escrivá, en su calidad de "presidente general de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz", pide al Santo Padre que "se digne conceder el decreto, así como la aprobación de las constituciones de esta Sociedad, la cual fue fundada el día 2 de octubre de 1928, y canónicamente aprobada como Pía Unión el día 19 de marzo de 1941" (Roca, 1989, 390; y 1985, l0s).

Aquí radica, según todos los indicios, el nudo del problema.No se trata de la imposibilidad legal de aprobar una institución integrada por laicos y sacerdotes (como reza la tesis de Gondrand, 177, desmentida por Rocca, 1985, 33, quien afirma que en Roma existían precedentes). Se trata de la cuestión de la articulación entre Sociedad Sacerdotal y Opus Dei. La solicitud de Escrivá antes mencionada pide de manera expresa la aprobación de la "Sociedad"; pero hay algo más: o bien comete un error al decir que la Sociedad Sacerdotal fue fundada el año 1928 y aprobada como Pía Unión el año 1941 -cuando toda la literatura "oficial" sitúa su fundación, "por iluminación divina", en el año 1943- o bien presupone que la transformación jurídica de 1943, erigiendo la "sociedad de vida común", afecta a la totalidad de la fundación anterior, con lo cual a estas alturas de 1946 el Opus Dei sencillamente no tendría ninguna existencia legal.

Que aquí estamos efectivamente ante el "callejón sin salida" que hace "embarrancar las gestiones", parecen confirmarlo, aunque de manera muy indirecta y demasiado fragmentaria, los documentos que aporta la obra "El itinerario jurídico del Opus Dei". Los autores de este estudio explican "el balance inicial" poco positivo de las gestiones de Alvaro del Portillo (Fuenmayor y otros autores, 148) a partir de las conclusiones a las que llegan, después de estudiar el caso, dos de los juristas que en aquellos momentos más hicieron a fin de ayudar a los hombres de Escrivá (los dos españoles, y los dos claretianos: el padre Larraona y el padre Goyeneche) En un informe que da la impresión de ser fundamental par auna clara comprensión del problema, pero que inexplicablemente Fuenmayor, Gómez-Iglesias e Illanes no publican íntegro en el apéndice documental, sino que se limitan a reproducir algunos fragmentos, alternados con sus propios comentarios, en el texto del libro, el padre Goyeneche empieza diciendo que "el Opus Dei fue el origen de la actual Sociedad" y "es inseparable de ella" (Fuenmayor y otros autores, 152). Parece ciertamente legítimo preguntarse si no es esta duplicidad de instituciones la que suscita la falta de acuerdo entre los miembros de la Sagrada Congregación vaticana respecto a la viabilidad de la aprobación pedida por Escrivá. Los tres autores del Opus, en todo caso, concluyen por un lado que el padre Larraona deriva la cuestión del Opus Dei hacia la nueva normativa que ya se está estudiando y que dará lugar a la creación de la figura de los institutos seculares (Fuenmayor y otros autores, 155), y que Alvaro del Portillo por otro lado decide reclamar la presencia en Roma del fundador (ibíd, 156).

En cambio, estos mismos autores curiosamente nada dicen acerca de toda una serie de otras gestiones simultáneamente emprendidas por Portillo en cuanto llega a Roma, y que tan sólo conocemos gracias a un conjunto de documentos reproducidos en el estudio de Giancarlo Rocca.

Entre el día 19 de marzo y el día 10 de junio de 1946, Álvaro de Portillo eleva un total de nueve peticiones a la "Sacra Penitenzieria Apostólica" (Rocca, 1985, 148-156, documentos n°. 15 a 23), pidiendo sucesivamente:

1) Que los sacerdotes de la Sociedad de la Santa Cruz puedan bendecir, con la señal de la cruz, rosarios y crucifijos, con las indulgencias habituales para dichos casos.

2) Que puedan erigir el vía crucis en todos los oratorios de la Sociedad.

3) Que se pueda imponer a todos los socios el escapulario de la Virgen del Carmen.

4) Que al igual que los religiosos en su profesión perpetua, tanto en el Opus Dei como en la Sociedad de la Santa Cruz se otorgue indulgencia plenaria para los actos de admisión, "oblación" y "fidelidad" (¡obsérvese la mención aquí del Opus Dei!).

5) Que los sacerdotes de la Sociedad puedan impartir la bendición apostólica, con indulgencia plenaria, a quienes hacen ejercicios espirituales bajo su dirección.

6) Indulgencia de 500 días cada vez que se bese o venere con la oración la cruz erigida en los oratorios de la Sociedad, e indulgencia plenaria para los que visiten el oratorio los días de la Invención y Exaltación de la Santa Cruz.

7) Indulgencias diversas para las horas dedicadas al estudio.

8) Indulgencia plenaria en determinadas fiestas del año, en el día de la emisión o renovación de los votos ("al Opus Dei no le interesan ni votos, ni promesas, ni forma alguna de consagración", dirá monseñor Escrivá el año 1967; "Conversaciones", n°. 20), y en las fiestas de los patrones de la Obra.

9) Que los socios de las dos ramas de la Sociedad puedan recibir en determinadas fiestas la absolución general.

Si nos fijamos estrictamente en el contenido de las solicitudes, y sin entrar por ahora en otras consideraciones, creemos que estos documentos que aporta Rocca tienen una gran importancia -mayor incluso de la que el propio autor parece otorgarles- y ello por diversas razones:

a) En primer lugar, nos parece que desautorizan radicalmente cualquier afirmación en el sentido de que la fundación de Escrivá fuera, el año 1946, una institución de "cristianos corrientes", impregnada de espiritualidad secular y de mentalidad laical, etc. El modelo de "santificación de la vida ordinaria" que aquí se propone es perfectamente legítimo y respetable; pero quererlo presentar como un modelo comparable únicamente al de los primeros cristianos, a la vez que como una anticipación del concilio Vaticano II, es simplemente -y no quisiéramos excedemos en el lenguaje- una impostura.

b) Por otra parte, algunos de estos documentos vuelven a poner de manifiesto algo que, aunque resulte evidente, la literatura "oficial" se empeña en negar: el año 1946 no puede hablarse "de hombres y mujeres de todas las profesiones y de todas las clases sociales", sino únicamente "de intelectuales y universitarios" (doc. n°. 19), "de intelectuales y hombres cultos que por naturaleza conforman la parte directiva de la sociedad civil" (doc. n°. 21).

c) En contra de las protestas del Opus Dei, que más tarde se multiplicarán cada vez que alguien les asimile o equipare a los religiosos, en 1946 es Alvaro del Portillo quien establece el paralelismo con los religiosos (doc. n°. 18) y habla explícitamente de "la emisión y la renovación de los votos" (n°. 22).

d) Finalmente, y en lo que respecta al tema del "secreto", que nunca existió según monseñor Escrivá y la literatura "oficial", uno de estos documentos (n°. 22) nos proporciona una interesante ilustración. Alvaro del Portillo escribe -por motivos que no tardaremos en intentar averiguar- que "la Sagrada Congregación de Religiosos aprobó un boceto de las constituciones de la Sociedad (de la Santa Cruz), de la cual adjunto un ejemplar". El latín del texto no permite confusión: el ejemplar que adjunta es del esbozo y no de las Constituciones. El mes de diciembre de 1943 el obispo Eijo Garay había escrito a Escrivá pidiéndole "que redacte y Nos presente las Constituciones de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz canónicamente erigida por Nos en el día de hoy, desarrollando como mejor convenga el boceto de constituciones que enviamos a la Santa Sede" (Fuenmayor y otros autores, 527). Al cabo de un mes y medio (el 25 de enero de 1944), el obispo de Madrid firma el decreto de aprobación de dichas Constituciones (Fuenmayor y otros autores, 529). Si antes nos extrañaba el hecho de que "El itinerario jurídico" publicara en el apéndice documental el boceto (ibíd., 516-520) y no el texto definitivo, ahora vemos cómo el mes de junio de 1946 Portillo envía a la Sacra "Penítenzieria Apostólica" una copia del boceto y no de las Constituciones.

A pesar de todo ello, subsiste la posibilidad de formular una hipótesis alternativa: ¿y si estos datos más o menos interesantes no fueran aún los únicos datos realmente interesantes? ¿Si se tratara, en definitiva, de pistas falsas? ¿Podría ser que Alvaro de Portillo, al pedir todas estas "indulgencias", en el fondo buscara otra cosa que no fueran las indulgencias? ¿Que buscara, pongamos por caso, un documento oficial del Vaticano que pudiera ser presentado como una muestra de benevolencia, de simpatía e incluso -de cara a un público poco entendido- de aprobación? Habría, como mínimo, dos indicios que apuntarían en favor de esta hipótesis: el primero es que la respuesta a todas las peticiones de Portillo podía hacerse, según explica Rocca, por la "vía normal" de la propia "Sacra Penitenzieria", o bien "de manera más solemne", en forma de documento emitido por la Secretaría de Estado del Vaticano, y fue esta última la fórmula elegida (Rocca, 1985, 37). Por lo tanto, podríamos decir que no interesaban únicamente las indulgencias como tales, sino también la apariencia formal con la cual se concedían. El segundo indicio es que durante muchos años la literatura "oficial" mencionará este documento (breve "Cum Societatis", del 28 de junio de 1946) como si se tratase de un documento de mayor alcance en cuanto al reconocimiento jurídico del Opus Dei, y no de una simple concesión de indulgencias. Así, Le Tourneau afirma que con la concesión de las indulgencias el Santo Padre "aprueba implícitamente el espíritu y la finalidad del Opus Dei" (Le Tourneau, 58).

Se observará inmediatamente que estamos volviendo a adoptar el "modelo epistemológico del padre Brown". Y puestos a dejarnos guiar por el "pillo" personaje de Chesterton, podríamos dar todavía un paso más allá en la formulación de la hipótesis alternativa. Podríamos preguntarnos en efecto -sin traspasar el nivel de la pura interrogación- si detrás de toda la retahíla de indulgencias y escapularios que parecen preocupar a Alvaro del Portillo no subyace el que habíamos visto que era el problema del Opus Dei en estos momentos: a saber, el problema de su estatuto y de su articulación con la Sociedad Sacerdotal.

Leídos desde esta nueva óptica, los documentos reproducidos por Rocca resultan interesantes por razones distintas de las mencionadas con anterioridad, y convierten en plausibles los interrogantes. Los cuatro primeros documentos dirigidos a la "Sacra Penitenzieria" llevan todos la misma fecha (19 de marzo). Los tres primeros están escritos en papel impreso de la "Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz", y en ellos Portillo se presenta como "sacerdote, secretario general y procurador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz". El cuarto, en cambio, (doc. n°. 18), bajo el membrete impreso lleva añadido, a máquina, "y Opus Dei": el secretario general y procurador lo es "de la consociación llamada de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y de la Obra de Dios", y habla de "nuestra Sociedad..., y de su obra propia, llamada Opus Dei".

En todas las solicitudes siguientes de estos meses del año 1946 volverá a presentarse exclusivamente como procurador general de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Dos nuevos documentos llevan la fecha de 3 de mayo: en uno habla sólo de la Sociedad, y en el otro de "nuestra Institución" y "nuestra Consociación" (doc. n°. 19 y 20). En el siguiente, del 27 de mayo, se refiere a "nuestro Instituto". El día 5 de junio redacta otro documento, en el cual habla de "nuestra Sociedad", de "nuestra Institución" y de los "Patrones de la Obra" (doc. n°. 22). Y en el último de la serie, redactado el 19 de junio -el mismo día en que escribe a Escrivá pidiéndole que vaya a Roma- se refiere a los "socios de las dos ramas de la Sociedad", y al día 14 de febrero como "aniversario de la fundación".

Nuestra hipótesis es que todo este embrollo de denominaciones y de fechas "no es casual". Y nuestra pregunta es si no responde, por el contrario, a una "estrategia" muy calculada. El día 14 de febrero es la fecha de fundación de la Sociedad Sacerdotal (no es, por tanto, el famoso 2 de octubre de 1928). Las "dos ramas de la Sociedad" ¿cuáles son? ¿Quién tiene "ramas": la "Sociedad" o el "Opus"? ¿Por qué tan pronto se habla de "Sociedad" como de "Institución", de "Instituto" o de "Consociación"? ¿Por qué en una ocasión, que no se vuelve a repetir, se refiere a la "Sociedad" y "Opus Dei"?

En seguida nos ocuparemos de estos interrogantes. Pero para ello hay que introducir antes en escena a un nuevo protagonista: el fundador en persona llega a Roma.


4. El padre Escrivá en Roma

El día 10 de junio de 1946 Alvaro del Portillo escribe al "Padre". "No encontraba salida en aquel laberinto, temiendo que el asunto quedase en la estacada" (Vázquez, 240). "Su presencia personal en Roma era necesaria, para tratar de sacar adelante lo que, humanamente, parecía imposible" (Bernal, 256). Dos días después vuelve a escribir, insistiendo (Fuenmayor y otros autores, 157). El "Padre" recibe la primera carta el día 16 de junio (Vázquez, 240).

Toda la literatura "oficial" introduce aquí un entreacto, a veces largo, para explicar que el "Padre" padecía diabetes; que el médico le desaconseja formalmente el viaje: no quiere asumir "la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir" (Bernal, 257); "no responde de su vida" (Sastre, 326). Aun así, el "Padre" prepara sus cosas y tramita el visado. Reúne en Madrid a los miembros del Consejo General "que llevaban, con él, la dirección del Opus Dei, siempre colegiada" (Gondrand, 178). "Les lee la carta de don Alvaro y pide su opinión" (Sastre, 326). El Consejo da una "opinión favorable al viaje" (Fuenmayor y otros autores, 157). Escrivá "se lo agradeció, no sin hacerles considerar que ya había decidido de antemano el marcharse, porque Dios así lo quería" (Vázquez, 240). "Os lo agradezco; pero hubiese ido en todo caso: lo que hay que hacer, se hace" (Gondrand, 178). ¡Maravillas de una "dirección siempre colegiada"!

Tan sólo han transcurrido "tres días". El 19 de junio el "Padre" sale de Madrid, en coche, con su "chófer" (Sastre, 673). Lleva una carta del superior de los claretianos para el claretiario padre Larraona, en la que dice que don José María Escrivá es "el fundador de la Sociedad Sacerdotal, Opus Dei". (Como no fuera "en virtud de santa obediencia", como dicen los religiosos, el padre Larraona, que conocía como nadie el intríngulis del año 1946, difícilmente podía admitir que la "Sociedad Sacerdotal" "era" "el Opus Dei".) "Es un buen amigo nuestro", continúa la carta. "Su Obra va tomando grande incremento. Da mucha gloria a Dios", etc. (Rocca, 158). El "Padre" pasa la noche en Zaragoza. El día 20 sube a Montserrat, "para saludar a la Moreneta" (Vázquez, 240), y llega a Barcelona. El día 21, después de haber celebrado la misa en un centro del Opus Dei y de haber visitado la basílica de la Merced, embarca con destino a Génova, acompañado por José Orlandis.

Nuevo largo interludio de toda la literatura "oficial", con el fin de describir la auténtica "odisea" del viaje. Si ha de ir por mar, es porque "el transporte aéreo de la línea Madrid-Roma estaba interrumpido, y la frontera francesa cerrada, como resultas de las presiones diplomáticas contra la España franquista" (Vázquez, 240). El barco es un "viejo cascarón" (Berglar, 196), "en edad de desguace" (Vázquez, 241), y "a pesar de los buenos oficios de la Compañía Transmediterranea, no se ha podido encontrar más que un camarote interior para que el Fundador vaya a Italia" (Sastre, 328). Por si fuera poco, se desata un temporal: "un furioso temporal, impropio del Mediterráneo" (Bernal, 259). La narración de Vázquez de Prada supera a todas las demás en espectacularidad: "los vientos y las olas traían clamores y presagios de borrasca. (...) Oíanse lloros y chillidos de niños y mujeres, entre el estruendo de la vajilla destrozada y los bultos que iban de un lado a otro. El agua que se colaba de cubierta corría por las entrañas del barco, inundando las salas", etcétera (Vázquez, 241). Total, que el "Padre" pasa muy mala noche; "sufrió lo indecible" (Bernal, 259); pero "sin perder en ningún momento el buen humor" (Sastre, 329).

El comentario de Escrivá es: "¡Hay que ver de qué manera el diablo ha metido el rabo en el golfo de León! ¡Está visto que no 1e hace ninguna gracia que lleguemos a Roma!" (Sastre, 329). Una frase que, no sé por qué, me recuerda la de Freud a Jung, también a bordo de un barco, momentos antes de llegar a Nueva York: "¡Poco se imagina esta gente que vamos a inocularles la peste!"

El día 22, al anochecer, e1 barco atraca en Génova. (Hoy se conservan, en la casa central del Opus Dei en Madrid, "la rueda del timón y bitácora con la aguja que señala su rumbo camino de Roma; esta ruta difícil que era, sin embargo, él camino de Dios"; Sastre, 331.) En el puerto de Génova le aguardan Álvaro del Portillo y Salvador Canals. Al día siguiente efectúan en coche el trayecto de Génova a Roma, donde el padre Escrivá llega por vez primera el domingo, 23 de junio de 1946. A pesar del cansancio del viaje, y a pesar de los vanos intentos por hacerle reposar, "pasa toda la noche rezando y contemplando alternativamente la cúpula de la basílica de San Pedro, bajo la cual se halla la tumba del primer Papa, y las ventanas tras las cuales habita su sucesor, el vicario de Cristo en la tierra" (Gondrand, 176).

Volvamos ahora a la pregunta fundamental. ¿Por qué se desplaza a Roma? "En 1946, el fundador se trasladó a Roma para, entre otras cosas, dirigir e impulsar el largo proceso destinado a encontrar una estructura legal conveniente para el Opus Dei dentro de la Iglesia", escribe William West (1989, 52). "A Roma le llevó la Providencia, porque e1 Opus Dei nació romano", concluye Vázquez de Prada (p. 248), citando una expresión del propio Escrivá.

Concretemos, pues, un poquitín más la pregunta. ¿Por qué la urgencia? ¿Por qué, tras recibir la primera carta de Portillo el 16 de junio, pese a la enfermedad y pese a las dificultades, el día 19 ha salido ya de Madrid y el 23 está ya en Roma?

De nuevo nos hallamos en medio de un mar de interrogantes, que es preciso enlazar con los interrogantes sobre el trasfondo de los documentos mandados por Alvaro del Portillo a la "Sacra Penitenzieria Apostólica", con todo aquel embrollo de "Sociedad", "Institución", "Instituto" y "Consociación", de "ramas" y "fechas de aniversario de la fundación", de mezcla entre la "Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz" y el "Opus Dei".

Es principalmente esta última mezcla -que por orden cronológico es la primera en producirse (Rocca, doc. n°. 18, del 19.3.1946)- la que mayor desconcierto parece provocar, ya que la Sagrada Penitenciaría solicita de la Congregación de Religiosos un complemento de información sobre la "denominación exacta" de la institución que había sido aprobada en 1943 (Rocca, 1985, 37).

No obstante, antes de que llegue la respuesta de la Congregación de Religiosos, la Oficina de indulgencias de la Penitenciaría Apostólica remite (el día 18 de junio) a la Secretaría de Estado del Vaticano una resolución contestando a las diversas peticiones de Alvaro del Portillo, a fin de que sea la Secretaría de Estado la que redacte, oficial y solemnemente, el documento de concesión de las indulgencias. En dicha resolución la Penitenciaría atribuye a la Sociedad el título de "Sanctae Crucis et Operis Dei".

Diez días más tarde, la Secretaría de Estado emite efectivamente el documento de concesión de indulgencias (Cum Societatis, 28.6.1946), se refiere a la "Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei", y sitúa su fundación el día 2 de octubre de 1928 (Fuenmayor y otros autores, 529s).

En el transcurso de la semana siguiente, en cambio, la Sagrada Congregación de Religiosos responde a la Penitenciaría Apostólica diciendo que la autorización otorgada en 1943 era para la erección "en instituto de derecho diocesano de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la cual va unida, según el boceto de Constituciones, una obra llamada Opus Dei, que es el medio del que se sirve dicha Sociedad en su apostolado". La misma nota añade que las denominaciones oficiales "no pueden ser modificadas" sin previa autorización de la propia Congregación" (Rocca, doc. n°. 26, del 2.7.1946, p. 159; el entrecomillado es nuestr).

Pero entretanto el padre Escrivá ha llegado ya a Roma. Inmediatamente antes de embarcar hacia Italia, en el transcurso de la misa que aquella misma mañana había celebrado en Barcelona, pronunciaba unas palabras que todas las biografías reproducen: " ¡¿Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu Gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación? (...) Nunca he tenido la voluntad de engañar a nadie. No he tenido más voluntad que la de servirte. ¿¡Resultará entonces que soy un trapacero!?" (Fuenmayor y otros autores, 157; Bernal, 258; Gondrand, 178; Vázquez, 241, Sastre, 327).

Un "trapacero" es, según el diccionario, un tramposo, alguien que con astucia trata de defraudar o de engañar. En la frase de Escrivá, pues, la palabra "engaño" aparece por tres veces consecutivas. ¿De qué supuesto engaño está hablando? En todos los documentos que hemos estado manejando en este capítulo, ¿quién ha empleado la palabra engaño? ¿"Quién" le ha acusado, "cuándo", de engañar "en qué"? ¿Contendrá acaso alguna referencia a la cuestión la carta de Alvaro del Portillo reclamando su presencia en Roma? ¿Cabría la posibilidad de que "el engaño" tuviera algo que ver con todo el asunto de las indulgencias, interpretado como un pretexto para tratar de lograr el reconocimiento de la existencia del Opus Dei junto a la Sociedad de la Santa Cruz, única entidad oficialmente aprobada? ¿Podría explicarse así la urgencia del viaje de Escrivá a Roma? ¿Podría ser que la acusación de engaño, formulada por algún organismo de la Santa Sede, constituyera una expresión de desacuerdo ante una exhibición de "santa pillería" por parte de Alvaro del Portillo?

Muchos interrogantes, y pocos elementos ciertos de respuesta, desde luego. Lo que en todo caso parece incuestionable, es que la misma Congregación de Religiosos que el día 2 de julio de 1946 había afirmado que "no pueden modificarse las denominaciones oficiales sin previa autorización", un mes y medio más tarde redacta un documento dirigido al "Reverendísimo Padre José María Escrivá de Balaguer y Albás, Fundador y Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei", en el que se dice que "al cabo de un tiempo de haber concedido la erección canónica de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei llegan desde lugares diversos documentos abundantes y ciertos y auténticos que alaban y recomiendan a Su Instituto", y se le estimula a continuar trabajando en "una Obra tan noble y tan santa" (Fuenmayor y otros autores, 532).

Un éxito por todo lo alto, según todas las apariencias. Donde inicialmente hubo un "Opus Dei" (1941), posteriormente transformado en "Sociedad Sacerdotal" (1943), de ahora en adelante habrá una entidad denominada "Sociedad Sacerdotal y Opus Dei".

Después de algo más de dos meses de estancia en Roma, el día 31 de agosto de 1946 el "Padre" regresa a Madrid: con este documento "de aprobación de los fines de la Obra" y con las "reliquias de Santa Mercuriana y San Sínfero" (Vázquez, 244). Y al llegar a Madrid dice: "Hijos míos, en Roma yo he perdido la inocencia."

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Opus Dei: ¿un CAMINO a ninguna parte?