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OPUS DEI: ¿un CAMINO a ninguna parte?

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HISTORIA DE UNA DESILUSIÓN

Enviado por Ñam Ñam el 17 de diciembre de 2003

Esta carta la escribí tiempo atrás a un muy buen amigo que me preguntaba con respeto y delicadeza por los motivos de mi marcha del Opus Dei. La carta es totalmente auténtica, me he limitado a eliminar nombres propios de personas, centros, ciudades y empresas, para evitar represalias, que me constan. Así pues, la forma epistolar no es un recurso literario.

 

Querido amigo:

Pasado un tiempo más que prudencial desde mi salida del Opus Dei, me preguntas sobre los motivos que me llevaron a dejar esa institucion.Te agradezco muchísimo tu delicado respeto, tanto entonces como ahora al preguntarlo. Pero la respuesta es clara: te cuento lo que sea, encantado, sin el más mínimo problema. Aparte de que tú eres una de las personas que están en mejor posición para entenderlo, junto con los que fueron compañeros en esa organización y ahora son amigos fuera de ella. Lo que no veo posible es hacerlo brevemente, y además hay algunos aspectos que no sería prudente escribirlos aquí y lo dejamos para cuando nos veamos. Sin embargo el conjunto del relato es sustancialmente correcto, aunque no sea completo.

En realidad se trata de la historia de una desilusión. El punto de partida es un muchacho de familia auténtica y esforzadamente cristiana que cree honradamente en lo que ha visto en casa y que a la vez está muy en desacuerdo con el modelo de catolicismo oficial imperante en las postrimerías del franquismo y con la burda manera de vivirlo que le han intentado inculcar en el colegio religioso en que estudió. Buen estudiante, culto y bastante ingenuo, lleno de ilusión por arreglar el mundo.

Cuando me encontré con los primeros miembros del Opus Dei, vi otros jóvenes como yo, gente que era indudablemente sincera, simpática, con gran empuje, con clase, muy animosos, y sin complejos que presentaban una imagen de la religión bastante moderna, y muy exigente. Aunque tardaron en convencerme (unos dos años) al final me apunté a aquello de "enciende todos los caminos de la Tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón" (Cf. Camino nº 1) convencido de que "el cristianismo no ha fracasado, sencillamente no se ha practicado". Con estas ideas, simples pero brillantemente expuestas, me embarqué junto con muchos otros espléndidos chavales en esa tarea, con una generosidad sin límites, y con la arrogancia y la ceguera que eso implica. Muy propio de los veinte años.

Mal empecé, sin embargo, (como todos los demás): tragando como mandato de Dios lo que era -ahora lo veo claro- una falta de caridad imperdonable: cortar malamente, sin caridad ni respeto, con las chicas con las que salía, (con una de ellas medio en serio) que siempre me habían tratado muy bien. Ni una llamada de despedida... Años después me encontré a una de ellas y aún le dolía aquello. (A mí se me revolvió el estómago). Tampoco permitían de ningún modo ningún tipo de consulta a la familia, sobre nuestra decisión de entrar en el Opus Dei; ni siquiera en mi caso, ¡con mi familia tan a favor, que hasta mi madre me había regalado "Camino"!. Pues lograban que lo hiciéramos como si fuera una "machada", de la que sentirnos orgullosos y contárnoslo unos a otros.

Y así iban entrando unas y otras cosas, como exigencia de Dios y de la Obra. Cosas y aspectos que yo no dejaba de ver como "muy discutibles" pero que me guardaba mucho de considerarlas seriamente ¡tanto miedo nos habían metido a ser infieles!. Así fui aprendiendo a nadar entre las múltiples contradicciones de esa organización, mejor dicho: a no verlas, a echarme la culpa a mí. Por ejemplo: el primer curso de Ingenieros de Caminos, (era “Selectivo” : había que aprobar todas las asignaturas para pasar a segundo curso) lo superé brillantemente con Sobresalientes... y en el verano me saqué por pura afición el primer curso de Historia del Arte. A partir de ese verano, entré en el Opus Dei y ya no lo pude volver a hacer. Por una parte te exigen perfección en el trabajo profesional y en el caso de los estudiantes las mejores notas que puedas; a la vez -como ven que tienes capacidad- te cargan con tal cantidad de tareas y normas de piedad... que no hay manera: o sacas notas flojas o desatiendes lo que te encargan. En cualquier caso te tienen cogido. Y no te quejes, claro. Yo pasé a sacarme la carrera con aprobadillos y algún notable justillo... y la bronca lúcida de algún profesor que veía que yo no rendía lo que podía.

Desde luego, yo puedo asegurar ante Dios que en todo momento tuve una purísima intención, junto con los defectos que llevamos todos los humanos. Y que me fueron comiendo el coco para hacerme un perfecto y obediente miembro de lo que ahora considero una Secta. (Aunque uno mismo es el último que se entera.) Recuerdo que mi madre fue asustándose poco a poco: cada vez me veía más cambiado a peor, más rígido; recuerdo que hubo una temporada en que me preguntaba a menudo si era feliz realmente... pero yo no le permitía la más mínima intervención en lo que yo interpretaba como mi vida. Me insistió en que no tuviera miedo a contarle mis problemas si los tuviera... Era una buena madre, y muy inteligente.

También iba viendo muchas contradicciones entre la pretensión de que teníamos que estar muy preparados para hacer apostolado con los intelectuales y que luego no te permitían leer casi nada. Nos pasábamos los veranos en larguísimos "Cursos de Verano", a veces de dos meses de duración, estudiando la carrera de Filosofía y luego la de Teología, (eso decían ellos, pero eran unos insípidos extractos) pero ni siquiera al acabar estos estudios consideraban que estuvieras "formado" para leer casi nada, ni siquiera de tu propia profesión. Como mucho, te daban unos resúmenes ridículos para que salir de apuros. Yo no pude leer libros de Einstein, (de divulgación, claro) porque era agnóstico... Y presumían de formarnos muy bien, pero eso a universitarios (que sí reciben buena formación en otros sitios) es difícil de inculcárselo cuando ves que no te dejan el más mínimo espíritu crítico, que no puedes preguntar nada a ningún profesor (estaba muy mal visto) y que en cualquier caso, debías escuchar la respuesta sin cuestionarla, y callarte... La meta de la formación que te daban es aprender unas frases hechas, unos razonamientos estándard, para luego repetirlos con la máxima brillantez que puedas, pero sin haberlos pensado a fondo. Y encima creyéndote que eres “la reina de los mares”, que tienes una formación equivalente a la carrera de Filosofía y a la de Teología... lo cual te lleva a mirar a todo el resto de la humanidad como una pandilla de ignorantones.

El tope máximo de contradicciones que pude asumir fue relativo al tema de la "caridad", con los de fuera y con los de dentro. Si llego a hacer caso a las estrictas normas... no nos hubiéramos conocido tú y yo. O no nos hubiéramos tratado. Te cuento: recuerdo que te había visto alguna vez por el centro en el que vivía entonces, pero sin fijarme especialmente en uno de tantos que por allí iban, quizás tu uniforme de soldadito español haciendo la mili resaltaba un poco más y tu edad chocaba con las de los niñatos de Bachillerato que llenaban el centro aquel. Un día de verano a las 4 de la tarde te abrí la puerta y venías deshidratado perdido, embutido en el uniforme. Te recuerdo perfectamente... congestionado. Me pediste agua, por favor y me pusiste en un gran compromiso: podía darte agua del grifo, caliente y clorada o llevarte al comedor donde teníamos un termo con agua mineral fresca. Estaba prohibido meter a "extraños" en el comedor (no sé qué manía tenían en eso: era todo de lo más normal y vulgar). Lo contrario me pareció cruel y anticristiano. ¿Recuerdas lo que elegí? ¡Te bebiste medio termo! Pues me llevé un considerable rapapolvo; mayor aún al recordar yo aquello de que "todo aquel que diera un vaso de agua en mi nombre no quedará sin recompensa." Bueno, es uno de las broncas que más rentables me ha salido, gracias a eso nos hicimos amigos, que no fue pequeña recompensa. Hubo otras anécdotas de ese tipo, con otras personas. Te contaré solo una más.

Durante una temporada estuve llevando la dirección espiritual de un supernumerario joven, que como tú, estaba en esa ciudad haciendo las prácticas de las milicias universitarias. La tarde del día de nochebuena, después de comer, fui a verle al piso alquilado donde vivía, casi vacío de muebles y con escasa calefacción, pensaba que después de “hacer la charla” (la dirección espiritual, vamos), se iría a su casa, lejos de allí. Le encontré desolado: le habían anulado el permiso, con bastante arbitrariedad, de modo que al día siguiente (Navidad) debía estar en el cuartel a las 8. La relación con su novia, algo complicada, había dado un giro considerable a peor y para colmo de males había cogido la gripe. Como ves, el panorama era desolador. Me pasé la tarde con él, fui a comprarle comida, pues en vista del permiso navideño su nevera estaba vacía, y me pasé por el centro de la obra para conseguir permiso para alquilarle una película de video que le alegrara un poco. Consulté al director si no sería conveniente que me quedara a cenar con él, en vez de hacerlo en el centro, con los demás numerarios que vivían conmigo. Se negó rotundamente, con el argumento de que los supernumerarios tienen a su familia de sangre para esas cosas, y aunque yo le intenté hacer ver que se trataba sencillamente de una persona sola, deprimida y enferma, no conseguí nada. Volví a su casa con el video y algún libro y la orden expresa (que me oprimía el corazón) de volver al centro a cenar. Cuando llegué, se había acostado y me esperaba ilusionado. Me dí cuenta de que suponía que me quedaría a cenar con él... Vimos el video y luego le ayudé a hacer la oración, leyéndole algo mientras yo meditaba en el conflicto de deberes en que me veía inmerso. El deber de obediencia (yo además tenía hecha la “Fidelidad”) o lo que yo veía como un deber importante de caridad. Lo resolví a favor de la caridad y me quedé a cenar con el “hermano” solo y enfermo. Llamé al director para decírselo, afronté su enfado mayúsculo y sus amenazas, se me revolvió el estómago, hice de tripas corazón y con la mayor de las sonrisas fui a cenar con el enfermo. Estuve después un buen rato con él y me fui hacia las doce de la noche, cuando ya el enfermo se dormía. Llegué al centro al acabar la misa de medianoche, ante la perplejidad de todos los numerarios. El director me cogió aparte y me dijo de todo menos “bonito”, sobre todo que yo había cometido un pecado de desobediencia en materia grave y que no podía comulgar si no me confesaba. No le hice el menor caso. Posteriormente vinieron otras broncas; era imposible hacerle comprender la prioridad de la caridad: “caridad primero con la Obra, con tu familia”... me espetaba.

Simultáneamente, empecé a ver caso tras caso de miembros de la Obra, especialmente supernumerarios, que no eran nada ejemplares en su vida profesional, aunque se hartaban de normas de piedad. Muchos aplicaban sin reparos lo de que “el fin justifica los medios” si se trataba de algo bueno para la Obra (y casi siempre, más aún para ellos) y eran un prodigio de maquiavelismo. No vacilaban en inmoralidades, como la que te cuento a continuación. Cuando entré a trabajar en la empresa...XYZ... y dejé de trabajar en un colegio de los promovidos por la gente de la Obra, firmé la rescisión del contrato y pedí el finiquito: el Director del colegio me dijo que en ese momento no disponía del dinero y me citó para veinte días después; yo le sugerí que me diera un talón con la fecha que él quisiera, pero desechó la opción con no sé qué excusa. Veinte días después, cuando fui a por el dinero me dijo que lo sentía muchísimo pero que el plazo legal para cobrar el finiquito era ¡de quince días! después de la rescisión del contrato y que por tanto ya no tenía derecho a cobrarlo... Cuando le hice ver que él mismo me había indicado la fecha de cobro... se rió cínicamente y me dijo que haber espabilado yo... Le llamé de todo (menos bonito) y me fui lleno de la indignación que te puedes imaginar. Pero lo peor estaba por venir. Cuando lo comenté a directores de la Obra, (el de mi centro y uno de la Delegación) todos se apresuraban a buscarle excusas, y a reprocharme mi enfado. Y aún así seguí creyendo en el Opus Dei. Esto fue un par de años antes de conocernos.

Me desilusioné también con la figura del Fundador. Realmente se le tenía en vida un auténtico culto casi idolátrico. De boca de personas autorizadas, oí que ponían en boca de un importante cardenal de la curia Romana la siguiente “perla” dirigida a un jesuíta: "recuérdalo toda tu vida: Moisés, San Pablo y José María Escrivá" (Fuertecillo ¿eh?)

Cuando le conocí en persona me decepcionó bastante y tuve que hacer un ejercicio de autoengaño, inconsciente pero profundo. No me casaba la brillantez de sus escritos con su pobreza verbal y monotonía conceptual, sus bromas elementales y sus enfoques rígidos. Y su vocecita aguda. Posteriormente me enteré de que la mayoría de sus escritos, salvo "Camino", son un "potpourri" en el que metía mano cantidad de "negros", eso sí: bien escogidos. Y el texto "suyo" que más me impresionó siempre, una homilía titulada "amar al mundo apasionadamente", resulta que la escribió -hay pruebas irrefutables- el entonces Consiliario del Opus Dei en España, Antonio Pérez-Tenessa, que luego abandonó el Opus Dei huyendo a México... (Antonio habla en el libro de Alberto Moncada "Historia oral del Opus Dei", por eso no borro su nombre). En cierta ocasión oí a un testigo presencial, una anécdota del fundador que me puso los pelos de punta: le preguntaron que opinaba del psicoanálisis. En vez de responder, se subió a su cuarto bajó con una fusta de caballo y dijo, de muy mal humor, golpeando su pierna con ella: "este es mi psicoanálisis"... Quien me lo contó nos encomendaba fuertemente que no lo contáramos nunca. Y con razón. Cabría preguntar por qué lo contaba él.

En general me fui desilusionando con muchos de mis compañeros, observando los estragos que el curso del tiempo hacía en ellos. Y no me refiero al natural desgaste físico, como comprenderás; era ver cómo se iban convirtiendo en burócratas insensibles, en reglamentistas implacables. Y cómo brillaba por su ausencia la caridad, el cariño. Durante los primeros años, cuando me dedicaba a la labor con gente joven, agregados y supernumerarios jóvenes realmente fui feliz, aunque fueron tiempos muy duros. (Es cuando nos conocimos y supongo que debí darte una impresión de autenticidad, porque lo era). Después, al cambiarme de ciudad y dedicarme a los supernumerarios... es cuando conocí a gente que llevaba mucho tiempo en la Obra, no a chavales entusiastas.

Ví que había tres tipos de gente dentro:

Los "reglamentistas", secos en todos los sentidos, que constituían el núcleo de la burocracia;

Otros eran "los aparcados": gente normalmente de muchísima valía, de una edad ya madura, que estaban relegados a humildísimas funciones en sitios sin importancia. Se trataba de personas que se había quemado en tareas ingratas y no habían triunfado en ellas (como por ejemplo, ir a un nuevo país y no lograr una expansión rápida) o que había intentado corregir el rumbo de la institución, con fidelidad a Dios y a la Iglesia antes que al Opus Dei. Todos ellos, de un modo u otro, habían sido "fulminados"; no se les expulsaba para evitar escándalos, y ellos no se marchaban por temor -sobre todo si eran sacerdotes- a las dificultades de rehacer su vida afuera. También se les podría llamar "los resignados". Conocí a muchos de ellos: gente amabilísima, con una gran comprensión y sabiduría. Pero resignados a lo que fuera... y dolorosamente escarmentados. Tampoco faltaba entre ellos algún que otro amargado, con una mala leche considerable.

Había, por fin, un tercer grupo de gente, los "ingenuos-cínicos". Son los que con una enorme buena voluntad inicial han sido devorados por la Institución, ya no tienen espíritu crítico, ni piensan... son papagayos, cierran los ojos ante todo lo que parezca extraño y "oran y embisten" cuando se dignan usar de la cabeza; no se cuestionan nada, y son como avestruces.

La gran masa de gente joven, al pasar el tiempo, va acabando en uno de esos tres grupos, salvo que opte por marcharse. El número de gente que abandona la Obra es realmente grande. Como dice un estudioso del tema (Jesús Ynfante, en “El Opus Dei”) parece que el Opus Dei sea una institución "de paso", que incorpora gran numero de jovencitos y los va perdiendo en números igualmente grandes cuando ya están formados e iban a ser realmente útiles para el Opus Dei.

Personalmente sí que he visto cómo gran parte de los que entramos en una misma época -"mi promoción", para entendernos- se ha ido saliendo y ahora debe quedar tan sólo una exigua minoría. Este proceso, que por lo que fui viendo es real, debe resultar enormemente oneroso para la Institución. Hay quien incluso habla de "decadencia" de la Obra... aludiendo a que un sencillo estudio de los datos de miembros que proporciona la propia Obra, revelan, entre extrañas contradicciones, que desde hace un buen número de años la institución está estancada.

Lo peor que le ha podido pasar, en mi opinión es que a una Institución que alardea de "espíritu laical" y de "estar dentro del mundo", "santificar el trabajo"... etc la esté dirigiendo, como segundo sucesor del fundador, una persona como Javier Echevarría, que desde que era casi un chaval de dieciocho años ha vivido encerrado en la casa central de Roma... ¿Que idea del mundo y de la sociedad moderna puede tener un anciano sacerdote que lleva cincuenta años encerrado en una jaula de oro tratando solo con gente de su misma mentalidad y que cuando sale es para ir al Vaticano? de ahí sólo puede salir un máximo conservadurismo del peor aspecto que agarrotará aún más al Opus Dei.

Sigo con mi biografía: en mi nueva ciudad, viviendo una vida más adulta, me fuí dando cuenta de todo eso. Lo malo era no tener con quien contrastarlo, porque siempre tuve miedo a ser muy subjetivo, a autoengañarme... y siempre procuré ser fiel con la Institución y disculparla frente a lo que yo pensaba que eran errores de las personas. Los compañeros con me tocó convivir allí... eran un ejemplo de burócratas rutinarios, que me repelía. Aún recuerdo que el primer día de mi llegada a ese nuevo centro, en esa ciudad desconocida para mí, de los diez que allí vivían, ninguno fue capaz de hacerme de "cicerone" para enseñarme un poquito la ciudad: todos estaban ocupadísimos en sus partidos de tenis, y diez minutos después del desayuno... amargamente, me encontré sólo en la casa y me empecé a encontrar sólo también por dentro.

Posteriormente, mi empresa me ofreció coordinar e imspeccionar un trabajo de investigación a medias con un equipo en la universidad y eso me proporcionó más contacto con un ambiente abierto racionalmente, y sin buscarlo, tuve la excusa para estar muchas horas fuera del ambiente de la Obra. Fueron unos años de enorme presión: veía que se me estaba desmoronando lo que había sido la razón de mi vida, a la vez que la dedicación al trabajo en la empresa, y en la Universidad, y las labores del Opus Dei me tenían siempre al borde del agotamiento. Precisamente, el hecho de estar tan liado con el trabajo me frenaba plantearme mi situación en la Obra... ¡Menudo lío cambiar de vida, de casa... Yo esperaba que la que era "mi familia" fuera un apoyo en esa situación. Les había planteado a los "Directores" que si aceptaba ese trabajo en la Universidad estaría unos años más ocupado y con menos tiempo, y me contestaron que "adelante" (les encanta meter gente en la universidad, eso sí). Pero tuve cada vez más encargos, y cuando les hice ver el compromiso que habían contraído -en cierto modo- de dejarme más tiempo, la respuesta fue ¡apuntarme a un cursillo de latín el sábado por la mañana!. Ahí me planté por primera vez en mi vida y me negué en redondo. Asombrosamente no me dijeron nada y ”tragaron“ (suele pasar eso con los burócratas prepotentes, que se asustan ante una posición firme) aunque no sé si me empezaron a colocar en alguna lista negra (me consta que las hay). Suerte que me dediqué con ahínco a hacer mucho deporte en cuanto tenía un ratito libre... y eso me salvó del agotamiento.

Mi trabajo en la universidad iba avanzando, a la vez que avanzaba mi desapego respecto al Opus Dei. Cuando acabé el trabajo y se hizo una presentación pública conjunta entre mi empresa y los responsables de la universidad y los del Ministerio, ninguno de los que venían acudió al acto (decía el director que era para recalcar que profesionalmente no nos ayudamos) Mi familia de sangre, en cambio, vinieron todos, y de lejos. ¡Qué contraste! . (Y me hubiera sido un placer enorme verte a ti entre el público)

Unos meses después, fue destinado a otro de los centros de esa ciudad un sacerdote con quien había compartido tareas años atrás. (tú le conociste, aunque no te acuerdes: se llamaba XXX) antes de que él se hiciera cura. Aprovechando esa previa sintonía fui a hablar con él fuera de confesión, -no eran pecados- para pedirle su consejo y orientación a mi situación. No me aclaró nada, pues vi que era uno de los "ingenuos-cínicos", pero me sugirió que él podría hablar con el Director de mi casa y contarle lo que yo le había dicho... No me pareció oportuno, pues había yo constatatado previamente la inutilidad de comentarle nada al director, y el asunto del supernumerario enfermo aún coleaba; se lo agradecí pero le prohibí expresamente -pues él insistía- que hiciera ningún uso de lo que yo le conté. No era confesión, cierto, pero era un secreto profesional en tema grave, que tenía obligación estricta de respetar. Le faltó tiempo para contarle todo al director; entre otras cosas alguna que aunque hablé de ello fuera de confesión, también lo dije en confesión. Por eso, a los pocos días me encontré de bruces con lo que siempre hubiera jurado que era una calumnia grosera: un cura del Opus que quebranta gravemente el secreto profesional y probablemente el "sigilo sacramental". Se me cayeron las escamas de los ojos. Tardé poco en irme. Antes quise hablar con el cura “delator”, pero siempre le encontré ocupadísimo, y al cabo de poco tiempo le redestinaron a otra ciudad, cuando había llegado pocos meses antes nada más .Por algo sería.

Para el Opus Dei el que se va es un traidor, que no merece ninguna consideración y que está condenado al infierno (sic). El fundador decía que no daba ni cinco céntimos (céntimos de peseta, no digamos de euro) por el alma de esa gente (de los que abandonamos la Obra)... Es muy duro que los que han convivido contigo durante seis años no se ofrezcan ni a ayudarte a bajar las maletas y paquetes... al coche. Y que la primera medida que toman, aún antes de dejar materialmente la casa es decirte que el coche que usas –tu coche, que has usado durante años para ir a trabajar y que, de hecho lo has comprado con tu dinero- debes dejarlo (con el consiguiente problema de desplazamientos diarios) porque en realidad no es tuyo. Efectivamente, al comprarlo, con la historieta de que “no tenemos nada” te hacen firmar un “Vendí” con el nombre en blanco, de modo que en cualquier momento lo rellenan y demuestran que tu coche ya no es tu coche. Finísimo ¿verdad?. Y tú vas a trabajar en el coche de San Fernando (“Un ratito a pie y otro andando”) aunque trabajes en el monte pelado. Menos mal que tuve compañeros amables.

Pues con todo y eso, aún me perseguían para que escuchara sus amonestaciones de fingida preocupación por mi situación espiritual. De preocuparse por mi situación material, viviendo sin casi conocidos, en un apartamento diminuto, reaprendiendo a cocinar, a coser, a planchar... de eso nada. Pero preguntarme una y otra vez si seguía haciendo la oración, si vivía la pureza.... Y grandes advertencias de que no hablara de nada de esto con mi familia.

Asombrosamente les hice caso en esto, ya que sí que habían logrado infundirme un cierto complejo de culpabilidad. Y la humillación final: para darte de baja en la Institución te obligan a hacer una humillantísima solicitud, en la que reconoces que la culpa es tuya, literalmente. No te contestan por escrito. Nunca lo hacen, ni cuando pides la admisión ni cuando pides la salida. Y más aún, se niegan a devolverte el testamento que hace cada socio numerario cuando se incorpora definitivamente a la Obra. Es un testamento en que dejas todo a la Obra. Pues se niegan a devolvértelo, asombrosamente, y en contra de todo derecho humano y divino. Te dicen que te quedes tranquilo que ya lo destruirán. De tranquilidad nada, visto lo visto. Casi lo primero que hice al salir fue redactar otro testamento anulando expresamente el que ellos tenían... Creo que este comportamiento (lo del testamento y lo del coche) es absolutamente inmoral, pero paradójicamente me supuso un grandísimo bien, pues contribuyó considerablemente a despejar las dudas que por dentro yo tenía: automáticamente me inundó por dentro el pensamiento: ¡¡que hijos de la gran puta!! Y me sentí mucho más animado a acortar aún más los escasos minutos que me quedaban en aquella “mansión de los horrores” que es como desde entonces la considero. Me dieron un buen “empujón” para zambullirme en la piscina de la vida normal.

Bueno, esta historieta me ha llevado semanas, pues me he esforzado en hacer una síntesis coherente. Espero que a ti te lleve menos tiempo leerla..Y no doy el tema por cerrado, si aún te queda aguante.. La ventaja es que te la voy a enviar casi en Navidad, y aprovecho para desearte unos felices días con tu familia.

Un abrazo muy fuerte ñamñam

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Amigo lector: si aún estás con fuerzas y quieres saber algún detalle más, puedes consultar mi escrito “Las inmoralidades del Opus Dei” en la sección “Tus escritos”, el 28-XI-2003

 

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