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 Tus escritos: Cosillas del fundador.- Gervasio

010. Testimonios
Gervasio :

Cosillas del Fundador

Autor: Gervasio, 9 de abril de 2007

 

 

            No pretenden arremeter contra él a fondo —cosa a la que también se presta—, sino sólo desmitificarlo en cosas de poca monta; no, radicalmente. No pretendo ensañarme con su figura. Al revés la hago más humana.

 

            1º. Recuerdo una de las primeras cosillas que me contaron de El Padre —todavía no era Nuestro Padre, ni Sanjosemaría—, nada más pitar, relativa a las incomprensiones y calumnias que había tenido que padecer. Llevado de su amor a la Eucaristía e imitando al personaje evangélico se hizo con un perfume —no con agua perfumada, sino con perfume de esos que llaman esencia— carísimo. Con ese perfume limpiaba el sagrario. La incomprensión consistía en que los feligreses que comulgaban lo criticaban porque “perfumaba las sagradas formas”. ¡Que calumnia! ¡Qué incomprensión!..



            Cuando me lo contaron, recién pitado, me entró tal ataque de risa, que no me podía contener. Para mí y para cualquiera eran cosas de tonto del pueblo. Y me volvía a reír. Resultado. Que se prohibió repetir tal anécdota. Lo comprendo perfectamente. Lo que ya entiendo menos es que tuviésemos que escuchar una y otra vez que los sagrarios se limpian simplemente con agua.

            Comportase como el tonto del pueblo es un gran padecimiento. ¡Pues claro! Pero no lo conviertas en una nota de esas “de experiencia”.

 

            2º. No siempre era él el tonto del pueblo. Cuando alguien metía la pata llegaba una nota general, para que los demás no incidiesen en el mismo error. Recuerdo una nota relativa a cómo se debe redactar un telegrama para anunciar la propia llegada en avión. En sustancia se prescribía que al redactar un telegrama deben ahorrase palabras. ¡Que genialidad! Tal nota había de leerse en todos los cursos anuales. Es posible que se continúe leyendo, aunque hoy día los telegramas apenas se usan. Se cuenta que unos guardianes continuaban custodiando un banco recién pintado, para que nadie se sentase en él, pese a haberse ya secado la pintura, porque nadie les había dado la correspondiente contraorden. Al Padre eso le parecía muy bonito. ¡Qué fidelidad!, comentaba.

            En tema de burocracia hacía muchas cosas que los manuales sobre este tema desaconsejan. Me parece que carecía de conocimientos sobre lo que es una burocracia bien llevada. Y así nos luce —o les luce—el pelo. Al principio yo lo tomaba como una genialidad, porque eran unas cosas tan contrarias a toda regla consolidada sobre buen gobierno, que yo las tomaba por manifestaciones de especial clarividencia. Luego me di cuenta de que aquello se debía a pura ignorancia.

            Sus “instrucciones” —no me refiero tanto a las llamadas instrucciones de San Rafael, San Gabriel, o sobre “el modo de hacer proselitismo”, etc. que propiamente no lo son —, sino a las instrucciones propiamente dichas; es decir las normas dirigidas a los que tienen cargos de gobierno. Tienen el alcance de ese tipo de literatura relativa a “Como ganar amigos”, “Cómo hablar en público” “Diez consejos para viajar”. Pero ¡son de baja calidad! Y sobre todo se toman tan en serio. No me sorprende que se les dé poca publicidad.

            Leí en Opuslibros  —no recuerdo a quién— que el fundador tenía mentalidad de director local, no de presidente general. Estoy de acuerdo. El Padre ganaba mucho en las distancias cortas. Lo que le iba era una tertulia —su modo de hablar en público preferido— de diez a veinte personas y cualquier situación de inmediatez. El  Padre se las arreglaba para ganarse el afecto de aquellos a los que trataba de cerca. Yo siempre le quise mucho. Se hacía querer, porque en gran medida era como un niño, con sus rabietas, con sus momentos de ternura, con sus ingenuidades, con su sabiduría que también la tenía, con su sentirse culpable por cosas tontas y no sentirse culpable por cosas que no tienen pase.

 

            3º. A los peces hay que agarrarlos por la cabeza. Hay que hacer apostolado con intelectuales. Hay un gran campo en el que trabajar en el mundo de la cultura, en el de la moda femenina. Etc.

            El fundador no creía en los intelectuales. Le pasaba algo así como a lo que a Catalina la Grande de Rusia. Se hizo amiga y protectora de los ilustrados de su época y logró que hablasen bien de ella e incluso tener entre ello  bastantes adeptos. Pero cuando Diderot apareció por la corte rusa y le empezó a aconsejar lo que tenía que hacer, lo mandó a tomar vientos asegurándole que no tenía ni idea de lo que es gobernar, que es fácil escribir sobre el arte de gobernar porque el papel lo aguanta todo, pero que no tenía ni idea de en qué consiste gobernar. Su desprecio íntimo hacia los ilustrados no le impedía seguir pasándoles pensiones que le propiciaban un clima de opinión favorable.

            Cuando el fundador decía que había que ganarse a los intelectuales no se refería a que hay que entrar en su terreno de juego, que es azaroso, resbaladizo y proclive a doctrinas poco sanas. Se refería a que hay que tenerlos de nuestra parte. Lo propio sucede con el mundo de la moda femenina. Lo de menos es cómo esa moda sea o deje de ser, si este otoño debe llevarse el rojo o por el contrario los colores pastel. Pero hay que ganarse a los modistos, para que en la moda femenina haya modestia y decencia. Como consecuencia las mujeres de la Obra tienen plena libertad para vestirse y maquillarse como quieran, pero en el bien entendido de que deben observar unas mínimas normas de modestia cristiana. Eso se traduce en notas, criterios, indicaciones, incluida la de que no es bueno que todas vistáis igual. Un común denominador y un numerador diverssssííííísimo. El resultado es que a las numerarias se les nota mucho el común denominador. Para conseguir como resultado la modestia cristiana en la moda no hace falta que los modistos sean de la Obra. Basta que estén de parte de la Obra.

            — La filosofía escolástica es santa y estéril, le oí decir una vez.

            Esta boutade no era suya, pero estaba de acuerdo con ella. Como es de suponer no la repetía mucho, pues es ofensiva para los que se dedican a esas tareas. Yo sólo se la oí una vez. No creía en los sistemas filosóficos. No creía en la filosofía escolástica ni en ninguna otra. Nos hacía estudiar filosofía escolástica porque es muy congruente con la sana doctrina y porque las demás son peligrosas para la fe. Y lo propio le sucedía con la teología o con cualquier otra manifestación cultural. Doctrina segura en cualquier ámbito cultural y lo demás son pamplinas.

            Ese agnosticismo cultural, esa indiferencia, le llevaba a proclamar que nunca tendríamos una propia escuela de filosofía o de teología o en cualquier ámbito científico. Cuando se refería a que “sois libérrimos en estos campos” se refería a un margen muy estrecho de libertad. La censura de libros no pretende imponer una escuela propia, sino sólo velar por la sana doctrina. Al final sucede algo parecido a lo del modo de vestir de las numerarias. El numerador diversssíííímo acaba resultando invisible frente a un denominador comuníííííííísimo.

            El fundador procuraba ganarse a la gente ganando su corazón. Sus escritos —Camino, por ejemplo— y sus tertulias procuraban convencer no a base de razonamientos, sino que llaman una y otra vez al corazón del oyente o del lector. Hay que hacer esto o lo otro te pedía. Y era uno mismo el que tenía que buscar la racionalidad de lo mandado o de lo solicitado.

            Por eso los medios de formación se administran mezclados de piedad. Sin piedad en el oyente el adoctrinamiento no resulta posible. “Aquí, delante del Sagrario, ante este Jesús que murió por nosotros en la cruz, hemos de considerar que…”. Si el lugar no es el oratorio, donde el predicador puede llamarte “¡Hermano mío!”  repetidamente, sino la sala de estar o un pasillo se puede intercalar un “te encomiendo”, “tenemos que encomendar que…” Satur habla de ese encomendar acortezado con mucha gracia. Una sinsorgada precedida de una invocación a la Virgen y seguida del símbolo atanasiano queda muy dignificada y sobrenatural.

            Los santones de movimientos intelectuales, musicales y culturales de todo tipo saben muy bien que su éxito no depende sólo de la calidad del producto que ofrecen, sino  y sobre todo de ganarse la voluntad de las personas. 

            Todo eso puede ser verdad o no. No deseo entrar a ese trapo. Quizá lo importante es tomarse en serio la filosofía, las temporadas de ópera, la próxima temporada de invierno en el caso de la moda, etc. O quizá no. De lo que no me cabe duda es de que la Obra ha demostrado ser incapaz de ganarse a los intelectuales, a los modistos, a los teólogos, a los filósofos y a las empleadas del hogar.

 

            4º. Yo nunca me tomé el pulso. Y lo decía —o quizá me equivoco— como prueba de su poco egocentrismo. No se preocupaba de sí mismo. Me callé lo que pensaba:

            — Es que yo no tengo a un don Álvaro siempre a mi vera para que me tome el pulso. Por eso tengo que tomármelo yo.

            Normal no replicar a alguien que dice cosas de este estilo y menos aun si es un santo fundador.

 

            5º.  Siempre me que quedan cosas por hacer al llegar la noche, decía como prueba de su laboriosidad. Yo no pertenecía a esa escuela, sino a la escuela de cuando me acuesto nunca me queda nada por hacer. Si es preciso no me acuesto. Para ello procuro no cargarme con un trabajo que no pueda abarcar. A veces me quedan incluso ratos libres. Sigo perteneciendo a esa escuela. En fin, que a la vista de mi laxitud me dio un trabajo extra un poco inútil de esos que da igual da que se terminen que no y por supuesto no lo terminé, lo cual hubiese sido una ofensa. 

            Aprendí la lección. Y no sólo yo. Sus colaboradores estábamos siempre llenos de trabajo, que no podíamos terminar. Todos estábamos llenos de pozos sin fondo. Así hay tanto gandul por el mundo burocrático del Opus Dei.

            Lo de tener mucho trabajo es un axioma. Lo de que la Obra necesita más dinero es otro axioma. Lo de que no nos aburrimos nunca es otro axioma.

 

            6º. Todo lo del Padre era especial, genial, único, extraordinario y fuera de abono. Una de esas cosas era la Universidad de Navarra. Durante años —me dijo un cura de esos que te descubren “horizontes insospechados”— la Universidad de Navarra había sido objeto constante de la oración y de la mortificación del Padre. Enterado de ello un mexicano, PB., va y espeta al Padre en una tertulia no de esas multitudinarias, sino de las de Villa Tevere con los del Colegio Romano:

            — Padre, ya sé que a usted le gustan mucho las Universidades. Si quiere en México le puedo fundar una, o dos. Allí es muy fácil.

            Realmente lo descolocó. Al cabo de un ratito el Padre se retiró.

            Otro descoloque se debe también a PB. Le preguntó:

            — Padre, y ¿por qué nos dice que tenemos que dar muchas gracias a Dios por asistir a una misa suya?

            Yo, la verdad, muy influenciado por Trento y por la distinción entre el “opere operantis” y el “opere operato”, me parecía lo mismo una misa dicha por el Padre que por otro sacerdote. Me parecía un privilegio poder asistir a una tertulia con el Padre y tenerlo tan cerca y accesible. Pero lo de la misa, no.

            Hubo una tercera intervención de P.B. En aquella ocasión P.B. salió desmochado y el Padre triunfante. Sabía defenderse.

            Una cuarta intervención de P.B. Y le dio la razón. A partir de ese momento los numerarios no tuvimos que cantar prima y completas. Antes había que hacerlo en determinadas ocasiones.

            En honor a la verdad he de decir que si me preguntan: ¿quién en la Obra te hizo algo de caso acerca de tus inquietudes, de tus críticas a algo, a algún criterio con el que no estabas de acuerdo, a algo así? He de responder; sólo el Padre. Los demás rien de rien. Por supuesto con todas la cautelas para que no me creyese alguien importante. Pero hacía caso de lo que se le decía. Por lo demás lo suyo, su carisma, era decir a los demás  —incluido el Papa y la curia romana— lo que tenían que hacer. Y con sus hijos, como Inés de Castro, pretendía reinar después de morir.

 

            7º. Todo lo del Padre era especial, genial, único, extraordinario y fuera de abono. Se había montado un pollo divertido e ingenioso, que llamábamos en broma l’affare Kubinsky, para sacar dinero y vocaciones. Algo — sacar dinero y vocaciones — muy del Opus Dei. Era algo ocasional. Y resultó bien. La idea no partía del Padre, sino de uno de sus colaboradores. Por aquella época llegó de paso a Villa Tevere un numerario de esos que eran invitados a hacer tertulia con el Padre junto con los del Consejo, no un numerario cualquiera, y se asesoró conmigo, refiriéndose al l’affare Kubinsky:

            — Esa idea ¿viene del Padre?

            Le aseguré que no, que venía de X. Con tal información ya supo cómo referirse a l’affare Kubinsky delante del Padre adecuadamente. Si hubiese sido idea del Padre habría que haberse referido a l’affare Kubinsky de otra manera. De haber sido idea del Padre eso de que “el ángel del Señor anunció a María y concibió del Espíritu Santo” se hubiese convertido poco menos que en una anécdota intrascendente comparada con l’affare Kubinsky.

 

            8º. Todo lo del Padre era especial, genial, único, extraordinario y fuera de abono. Tenía el don de la importancia. Su familia —la abuela, tía Carmen, tío Santiago—eran muy importantes. Su Aragón natal era muy importante y por eso en Torreciudad hay unas estancias —tan necesarias y útiles— dedicadas a investigar y estudiar cosas sobre la Corona de Aragón; actividad y estancias que no sé en qué habrán acabado ni a qué conducen.

             Su paso por los Pirineos era muy importante. A mí siempre me había parecido una de las mil cosas de esas que pasaran durante la guerra a tantas personas. En Crónica  en una sección fija titulada Con particular cariño se fotografiaban y comentaban objetos que le habían pertenecido o que habían significado algo en su vida. Sus intenciones eran muy importantes. Su coche era importante. Si viajaba en avión, por supuesto a la sala VIP. Su casa era también importante. En las casas de retiro hay estancias para el Padre. También distribuyó, como los emperadores romanos, bustos de bronce por diversos lugares, amén de fotos. Como era importante sus apariciones solemnes iban acompañadas del canto de las Acclamationes, como se hacía con los emperadores romanos. Como era importante se le saludaba hincando la rodilla izquierda en tierra. Uno debía en consecuencia sentirse muy importante si asistía a su misa, si recibía de él unas palabras de cariño o aprobación.

            Como era muy importante, sus hijos, si él aparecía por un centro o por una región tenían la obligación de entrar en trance de hiperactividad —de ir de culo como decíamos vulgarmente— para que todo estuviese en punto, limpio, en orden, perfecto. Y además en trance de agradar.

            Como todo tiene a convertirse en rutina, llega un momento que lo que era especial, genial, único, extraordinario y fuera de abono deja de serlo, como consecuencia de la repetición. Y entonces había que inventar algo nuevo más especial aún, rayano en el ridículo.

            ¿Como no iba a comportarse como persona importante, si lo era? Uno de los antiguos —me parece que era Florentino Pérez Embid— nos decía que en la Historia de la Humanidad El Padre sólo podía ser comparado con personajes como Moisés o Pablo de Tarso. En prueba de su importancia se cuenta que en cierta ocasión muy de los comienzos en Madrid un frailecito sin importancia, pero clarividente, se postró ante él dándose cuenta —por iluminación extraordinaria— de que se encontraba ante un ser excepcional. Algo así como lo de los Reyes Magos de Oriente, pero en frailecito.

            Se daba importancia, pero eso no es importante, porque era importante.

 

            9º. Lo que él había visto. Lo que él había hecho. Lo que él había luchado, pensado, pasado, pisado, posado. Posó para varios cuadros. Las muchas personas a las que había tratado. Me pareció de mal estilo referirse a la vida interior de una actriz muy conocida y a otros famosos aunque menos que la actriz. Y luego hablan de la televisión basura.

 

            10º. “Hay que dar al Señor lo mejor: oro, piedras preciosas, la mejor orfebrería”, decía. No es mala filosofía. Pero una vez a un sacerdote se le ocurrió darle un alegrón al Padre en este sentido. He aquí lo que pasó. Una familia adinerada se ofreció a dar un porrón de dinero para hacer una custodia. El sacerdote en cuestión dirigió la operación “custodia”, sin contar con el fundador y le presentó una custodia magnífica en la que el fundador no había tenido ninguna intervención ni opinión. Cuando el fundador se enteró montó en cólera. El sacerdote en cuestión debe estar todavía cumpliendo penitencias y remedios penales. ¡Qué osadía! Era a Él, a El, a Él, al fundador, y no a un curilla cualquiera al que corresponde jugar con diamantes, rubíes, oro y esmeraldas y charlar con el orfebre y exigirle esto y lo otro. Con lo que eso le divierte. “Hay que dar al Señor lo mejor”, en el bien entendido de que yo me pueda divertir con  ello.

 

            11º. Como era excepcional se permitía hacer excentricidades. Una de ellas consistía en de cuando en vez abalanzarse sobre un crucifijo que consideraba desacertado y romperlo delante de la concurrencia estupefacta, mientras aclaraba que no se trataba de un acto de herejía, sino de un desvelo porque las imágenes sagradas fueran dignas.  Lo divertido es que en cierta ocasión un cura numerario de a pie pretendió imitarlo, ante el asombro de la concurrencia.

            Otra excentricidad consistía en repartir besos. Como era padre repartía besos.  

 

            12º. El trabajo del fundador. Nos exigía mucho trabajo: llegar a la noche cansados, agotados, si fuerza, independientemente de que se tuviese buena o mala salud. Si no estaba don Álvaro, en cuyo cuarto trabajaba, él ya no pegaba golpe e iba por todas las dependencias de Villa Tevere a dar la tabarra —es decir, derramaba las monedas de oro de su doctrina y criterio— al primero que encontraba.

            Durante una temporada alguien —probablemente don Álvaro— decidió ponerle películas para que se distrajese. Pero habían de acompañarle en las películas todos los alumnos del colegio romano. Total tres o cuatro películas a la semana con acompañamiento de la gente joven. Luego le entró una depresión o cansancio raro. Se sentaba en un butacón medio adormilado y había que contarle cosas mientras dormitaba o semidormitaba. En suma, que ni trabajaba —cosa que comprendo porque probablemente estaba cansado— ni dejaba trabajar a los demás.

 

Gervasio




Publicado el Lunes, 09 abril 2007



 
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