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 Tus escritos: Sentimientos en el Opus Dei.- Alina

075. Afectividad, amistad, sexualidad
Alina :

Sentimientos en el Opus Dei

Alina, 5 de enero de 2007

 

Estos días de Navidad , como casi toda la gente, las he celebrado con mi familia; no pocas veces me he pensado en las numerarias que estarían en sus centros acordándose de las suyas y me han dado la misma pena que yo me daba, por ese mismo motivo, cuando era como ellas.

 

Como es bien sabido, los numerarios-as pasan todas las vacaciones en los centros de la Obra y no con sus familias verdaderas. Al principio, cuando se está en el Centro de Estudios, es tremendo porque por un lado, los padres presionan para que vayas a casa y por otro, los directores te quieren hacer creer que esa es tu casa y que ahí estás feliz. Excuso decir que no es así, claro...



Cuando toda la gente de tu edad está pensando en cómo va a celebrar la noche de fin de año, tú, por lo general, estás retirado del mundanal ruido, y del 25 al 31 de Diciembre te dedicas a pensar, meditar y rezar. Estás en tu curso de retiro. Si quieren decirte que eso es bueno para tu alma, pues vale, pero que no intenten hacerte creer que eres un cristiano en medio del mundo. Una cristiana en medio del mundo, como una servidora, está pensando desde hace tiempo en qué pondrá de cena para tanta familia, en pedir vez en la peluquería para estar guapa y en qué se va a poner si hace frío en el sitio donde va a bailar, en un regalo de reyes que tienes pendiente para tus hijos o tu pareja.... Piensa en eso y no otras cosas, como plantearle a alguien que se haga cooperadora o invitarla a esquiar con el club tal o cual o estar en un taller de juguetes para niños pobres, niños pobres que luego se olvidan a lo largo del año.

 

Si para muchas personas las navidades son tristes por motivos sentimentales, para las numerarias creo que lo son especialmente. Cenan pronto para poder tener luego la meditación y la misa de media noche, se sientan en el cuarto de estar a cantar villancicos que suelen ser “endogámicos“ y que sólo ellas conocen, y al acabar, se van a la cama en silencio, a solas con su soledad, quizás deseando un poco de calorcito humano. Otras, añorando lo que desconocen, un príncipe azul que, tal vez sin que ellas lo sepan, está esperándolas para cuando salgan. Alguna , acaso, deseando que el niño al que acaba de besar fuera un niño suyo y de verdad... No creo que lo que yo sentí y otras me contaron ya no suceda ahora: en el fondo, las personas somos muy parecidas.

 

Releyendo el texto de Ruiz Retegui sobre El ser  humano y su mundo, en el apartado Enamorarse, comparé lo que es el amor humano verdadero y lo que “allí” se dice que es. Si te haces de la Obra con 14-16 años, apenas te ha dado tiempo a saber lo que es el amor... Ya no es solo que una persona no sea madura para tomar una decisión de tal calibre, es que si te hacen creer que lo dejas todo porque estás enamorada de Jesucristo y no es así, te pasarás la vida echando de menos ese maravilloso amor humano que nunca has conocido y no conocerás porque Dios te ha elegido desde la eternidad (según te han dicho)

 

Ruiz Retegui explica magistralmente cómo el amor humano real, el de las personas enamoradas de verdad se ve y se siente en multitud de gestos. Cuando haces algo por tu amor no te cuesta nada, harías eso y mil cosas más de buena gana, con más interés que si fuera para ti. No puedes concebir la vida sin esa persona que te da estabilidad, confianza, amor sin condiciones, que nada te pide... Sin embargo, cuando las personas que se dicen enamoradas de Jesucristo no lo están, harán las cosas a base de fuerza de voluntad, de echarle valor, y eso acaba agotando, extenuando, rompiendo a la persona hasta que muchas veces tiene que dejarlo si quiere poder seguir viviendo.

 

Muchos correos se han escrito relatando experiencias de todo tipo vividas en la Obra, pero no creo recordar ninguna que hable de los sentimientos y la vida afectiva de las numerarias. Me gustaría, por eso, aportar algunas de ellas .

 

Un sentimiento recurrente es el de soledad. Desde que te acuestas hasta que te levantas, te encuentras sola, aunque estés rodeada. A nadie le puedes manifestar tus sentimientos ni tus preocupaciones. Sólo las alegrías, y para eso, no todas. En la Obra siempre hay que dar la imagen de que estás feliz, de que no hay problemas, tanto entre las numerarias como de cara a la gente de la calle. Todos sabemos lo duro que es tener que callarnos algo que nos preocupa para no disgustar a alguien, pero no es difícil adivinar cómo llega a estresar el no poder manifestarlos nunca jamás.

 

Teóricamente, un cristiano nunca está solo, pero no se debe olvidar que antes que cristianos, somos personas que necesitamos unas de otras para ayudarnos, entre otras cosas, con la comunicación.

 

El corazón, la intimidad, en la Obra, sólo se abre con la directora o con quien te digan que tienes que hablar, y eso, con brevedad –10/15 minutos, según dictan las normas-. La mayoría de las veces, esa gente ni siquiera te cae bien; y, por supuesto, no la has elegido tú para contarle lo que te pasa. Sólo te queda el recurso a abrirle tu intimidad a Dios... cosa poco humana aunque sea muy sobrenatural. La soledad te acompañará toda tu vida.

 

Otra experiencia que se experimenta es la de tener que estar siempre en guardia: no puedes ser como tú eres, hay que ser como se espera que es una numeraria de la mañana a la noche y hasta en el tiempo de descanso. Si te sale tu forma de ser, eres natural y dejas el envaramiento y las reglas, te harán cientos de correcciones fraternas por los detalles más nimios y con la rigurosidad del más cumplidor fariseo. El Gran Hermano siempre vigila. Incluso hay cosas que no se hacen, sin que nadie tenga que advertirte de que eso está mal visto allí dentro. Simplemente, sabes que eso te traerá problemas y ni se te ocurre hacerlo. En la Obra no sólo hay multitud de normas escritas sino otras muchas implícitas, que se transmiten como por el aire... Por ejemplo, sólo le he oído esto a una de las primeras numerarias, Rosario Orbegozo: “a mí me aburría que me leyeran las cartas del Padre, el fundador, en las tertulias una y otra vez , aunque le quisiera mucho” .Yo me quedé sorprendida cuando se lo oí, porque creo que a todas nos pasaba lo mismo pero no podías decirlo, claro. Otro ejemplo: a nadie le dicen cómo tiene que ser su ropa interior, pero esas normas no escritas te lo hacen saber cuando ves en el planchero la ropa menos libidinosa que te puedas imaginar. Los encajes son poco menos que de libertinas. Pues eso.

 

Muchas veces desee un abrazo, una caricia, una sonrisa sincera y ya no digamos, un beso. Sí, ya sé que esto no es exclusivo de una numeraria, toda la gente necesita sentir que la quieren. Los niños son acariciados, besados por los familiares hasta una determinada edad en la que ellos no quieren, pero pronto pasan a ser acariciados por el primer amor , o abrazados o tocados por los amigos. Eso se incrementa si tienes una pareja y unos hijos y se suele perder en la vejez. A menudo los viejecillos no sienten una caricia, un calor corporal que les diga sin palabras que son importantes para alguien. Pues lo mismo pasa en medio de esa soledad: no sólo nadie te demuestra corporalmente el afecto que dicen tenerte sino que cualquier manifestación del mismo se observa con suspicacia y recelo. Véase todo lo que se dice con respecto a dormir juntas varias chicas o cosas similares. Cuántas veces el simple hecho de que una amiga te coja de la mano mientras te consuela por algo o te da un abrazo sincero es más reconfortante que miles de palabras y ya no digamos de aquello de “te encomiendo”... ¿Alguien ha visto a dos numerarias del brazo como van por la calle tantas y tantas señoras que son simplemente amigas? El contacto físico es inimaginable, y se le hurta a la persona una parte de la comunicación humana. De nuevo, se nos dice eso de que para ser muy sobrenaturales hay que ser muy humanos, pero no se nos deja ser lo segundo y creo que así se tambalea también lo primero.

 

Como probablemente continúe este escrito, dejo para hoy otro sentimiento y guardo otros para más adelante.

 

Vergüenza, he pasado vergüenza muchísimas veces, y eso que no soy tímida ni mucho menos. Es la vergüenza que se siente al ver que haces el ridículo porque no estás en el lugar que te corresponde. Es la que pasas cuando tienes edad de hacer planes con tus amigas de la Universidad y estás pegando botes en un parque de atracciones con niñas de ocho años que no son ni tus hijas ni tus sobrinas. Es la que se experimenta al llegar a dar una charla a un grupo de señoras que pueden ser tus abuelas y al acabar se levantan y te dan un cachetito en la mejilla, diciendo “muy bien, nena”; la que se pasa al encender las velas de un altar cuando atiendes un retiro en una iglesia pública y al darte la vuelta te encuentras a un vecino que te mira atónito de arriba abajo.

 

Vergüenza la que se pasa cuando llevas una ropa rancia, desfasada y extraña que nadie de tu edad lleva nunca. Apuro el que te da cuando alguien sin la menor gracia se pone a hacer el tonto en una tertulia y hay que reír una inexistente gracia. Corte el que pasas cuando le tienes que decir a un compañero de trabajo que no vas con él en el coche, que quieres caminar y luego te ve cómo vas con una colega porque quieres “tratarla” porque te han dicho en la charla que la invites a no sé qué.

 

Vergüenza cuando una que vive contigo dice inocentemente que qué significa la palabra “afrodisíaco” y ya tiene 27 años. Y horror el pensar de qué hablará con las supernumerarias a su cargo cuando le cuente cosas de su intimidad conyugal y ponga cara de póker. Y pánico al saber los atinados consejos que le dará para hacer feliz a su marido. (He oído recetas tales como un buen mousse de chocolate o ir al cine para superar una mala racha con el marido...! Líbrenos Dios de semejantes sexólogas o consejeras matrimoniales!)*

 

No sigo. Seguro que todos sabemos de qué se habla con ese sentimiento tan recurrente de verte haciendo el ridículo por saber que estás fuera de lugar estés donde estés, por muy “laico y normal” que seas. Aunque te esfuerces en conocer lo que hay en el ambiente, nunca serás como la gente normal y corriente. Simplemente, porque no lo eres. Y eso te lleva a sentirte más solo, más triste y deseando con más fuerza un amor.

 

Quizás este escrito sea para muchos de los que atacan la web hablando de infidelidades y traiciones, el ejemplo patente de que éramos manzanas podridas. Sólo quiero decir que hay muchas dentro que sienten así, como he descrito y que, al menos para mí, más que manzanas podridas, son gente que sufre y que sólo buscan un poquito de amor.

 

Va por ellas.

 

(*Propongo, si no es muy frívolo, que los ex manden frases célebres que hayan escuchado, para que se vea la calidad de la dirección espiritual que la Obra imparte y cuyos consejos hay que cumplir como si vinieran de Jesucristo. Me apena que le hagan decir a mi Salvador que es su voluntad cosas como que para querer a tu marido le tienes que hacer ese postre, que además engorda y aumenta el colesterol. Cosas veredes, amigo Sancho...)

 

Besos

Alina.




Publicado el Viernes, 05 enero 2007



 
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