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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XI).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

 

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XI)

 

La vez pasada me quedé en que durante un tiempo, que habrá durado entre 6 y 8 meses las cosas se tranquilizaron un poco con mi marido, con mi familia y en la Obra. Hasta ahora que lo estoy escribiendo me doy cuenta de que entre tres fuerzas igual de potentes tiraban de mi hacia ellas para someterme a su voluntad. Es como de película de terror...



El problema con mi familia era que ellos son católicos de esos que cumplen con los sacramentos ‘sociales’, pero nada más. Hicimos la Primera Comunión únicamente porque mi abuela paterna se empeñó en que la hiciéramos, si no fuera por ella, nuestra religiosidad hubiera sido nula. Toda la primaria la hice en una escuela mixta, bilingüe y más que laica era atea. Siempre fuimos más cercanos a mi familia materna, y mi madre es una persona increíblemente controladora y manipuladora. No le gustaba para nada que yo fuera del Opus Dei, y menos le gustaba que tuviera más influencia sobre mí que ella. Entonces, cada vez que podía me chantajeaba con todo tipo de artimañas para que lo dejase cuanto antes y se coludía con el papá de mis hijos para presionarme a dejar la Obra. Mis padres se divorciaron cuando yo llevaba como 2 años en el Opus Dei y él se fue a vivir a otra ciudad. Me quedé pues, sin mi defensor de oficio.

Poco a poco, todos volvimos a las andadas, la Obra a llenarme de trabajos y labores apostólicas, mi familia a presionarme por todo y a descalificar todo cuanto hacía (quizá más adelante pueda contarles el motivo de esto) y mi marido comenzó a mostrar la faceta más cruel de un tirano. Primero me dijo que él no volvería a darme dinero que no fuera para mis hijos y para los gastos de la casa. Odiaba con toda su alma que yo destinase parte de ese dinero para entregárselo al Opus Dei. Para los gastos de la casa me daba una cantidad que él consideraba suficiente y debía de entregarle las cuentas con factura. Que si yo quería dinero debía de trabajar. Yo nunca he tenido problema con eso. Trabajar no sólo no me asusta, además me encanta. Así lo dije en la charla, que para la aportación deberían de esperar a que consiguiera un trabajo porque ya no podría echar mano del dinero del gasto de la casa y que todos los encargos apostólicos que me habían encomendado, los deberían distribuir entre las otras supernumerarias ya que yo no dispondría de tiempo para dedicarme a todo eso. No pasaron más que pocos días para que me llamaran para decirme que ya tenía trabajo en un colegio. El trabajo me encantó porque consistía en dar clases en secundaria y en preparatoria y además dar preceptorías. Además, dos veces al mes daría clases de cocina en otra de las obras corporativas. Inocentemente (o estúpidamente) pensé que la revolución me hacía justicia y que ¡al fin! las cosas en mi vida iban a ser más fáciles y yo iba a ser más feliz.

Por esa época también, llegó el momento de que mi hijo mayor entrara a la primaria. El jardín de niños lo hizo en el que su padre decidió. Para la primaria yo dije que quería que fuera al colegio de la Obra y él, mi marido aceptó sin ningún problema. Todo parecía ir acomodándose bien.

Como decía antes, poco a poco y sutilmente, las cosas volvieron a ser lo mismo de malo. Lo grave es que a mí me agarraron desprevenida y muy débil para esa batalla campal que debía librar, porque una de las secuelas de la depresión, de pertenecer a la Obra, de tener una madre como la mía y de tener el marido que yo tenía, es que mi autoestima estaba al nivel no del suelo, más bien del subsuelo… y desafortunadamente, el mal ataca a los débiles.

Creo que no llevaba ni tres meses trabajando cuando el señor con el que me casé, me dijo que si quería tener a la persona que me ayudaba, debía pagar la mitad de su sueldo, porque él no estaba dispuesto a pagar por un trabajo que yo estaba obligada a hacer gratis. La estúpida de mi accedí y cuando lo conté en la charla, la numeraria me dijo que él tenía razón, y que yo debería de esforzarme por cumplir con generosidad todas mis obligaciones, y que ni se me ocurriera rebajar el monto de mi aportación. Que si no me alcanzaba, recortara mis gastos personales… que eran mínimos, porque sólo me compraba artículos de aseo. Ahora sé que eso es violencia de género… ¡y todo lo que me faltaba por conocer sobre el tema!

Mientras tanto, esa cosa a la que yo llamaba matrimonio iba de mal en peor, el señor que era mi marido siempre ha sido aficionado junto con toda su familia a las carreras de caballos, incluso su familia tenía cuadras de caballos de carreras. Nos desenvolvíamos mucho en el mundo ecuestre en general, ya que él fue durante muchos años un jinete de élite. Íbamos al hipódromo bastante seguido, esas eran las pocas veces en las que salíamos juntos porque podía llevar a los niños y a mí me gustaban las carreras. Y claro que apostaba, ir sin apostar es como ir a un concierto con los tapones en los oídos… pero yo apostaba lo mínimo. Nunca perdí las fortunas porque apostaba muy poquito, lo suficiente para divertirme, y por lo mismo, tampoco gané nunca las grandes fortunas. Juro que nunca me pareció que estaba haciendo algo malo, tanto, que nunca se me ocurrió decir que hacía eso en la charla… hasta que un día salió mi fotografía en la sección de sociales de un periódico y ¡la que me cayó! Parecía como si se hubieran enterado que yo bailaba desnuda por las calles. Bueno, fue tanto el drama que hasta me hicieron llorar por la dureza de la corrección fraterna (y eso que nunca he sido de lágrima fácil). Total, que me prohibieron terminantemente ir al hipódromo y cuando le dije al marido que ya no iría con él a las carreras, se puso hecho un basilisco. Ahora entiendo que se convirtiera en quien se convirtió. No lo justifico para nada, pero para él era como si lo engañara con otro. Mi lealtad y mi entrega lo tenía que repartir entre dos y eso, a nadie que no esté en el mismo manicomio que es la Obra, no le gusta nada de nada.

A partir de entonces, me comenzó a dar cada vez menos para el gasto de la casa y creo que como represalia. La recomendación de las directoras fue que seguramente estaba pasando por la crisis de los 40 (él obviamente), y que rezara y me mortificara para que eso pasara pronto. Por otra parte, yo no quería que mi familia se enterara que me estaba faltando un poco de dinero, ya que eso me hubiera puesto a la merced de que quisieran controlar mi vida y yo ya no podía más. La Obra, que presume de ser una madreguapa, encontró la solución perfecta: más trabajo, ahora daría más clases en otra obra corporativa. De verdad que yo ya no daba para más, recuerdo esa época como entre sueños. Estaba agotada todo el día, en lo único que pensaba era en dormir. Recuerdo que después de comer, recogía la mesa y nos sentábamos los niños y yo a hacer la tarea: ellos la de la escuela y yo a preparar múltiples clases. Y sucedió que un día me avisaron que en adelante iría a otro centro porque cerrarían al que yo acudía, y que me quedaría en el que había en uno de los colegios en los que trabajaba.

Nada más llegar, me entero que llevaría la charla con la hija predilecta de Hitler. Perdón por la expresión, pero la tipa más seca, estricta, dura, cruel y mala que he conocido en mi vida. Hasta su expresión era desagradable, tenía cara de retortijón. Con ella nunca quedabas bien, siempre te criticaba todo lo que hacías y lo que decías. Si ya de por sí traía la autoestima muy baja, con ella definitivamente la perdí de vista. Aúnale a eso, que en ese centro acudían supernumerarias que eran las mamás de mis alumnas, y es de no creerse, pero se la pasaban adulándome para que yo tuviera preferencia con sus hijas ¡hazme el favor! Mi único consuelo era el cura, que lo conocía desde que pité y siempre nos tuvimos gran cariño (hasta que salí, después de eso, ni siquiera me dirige la mirada cuando nos hemos encontrado de frente). Lo malo es que padecía de un problema muy serio en la columna, y al poco tiempo lo tuvieron que mandar a descansar porque no soportaba su espalda estar sentado tantas horas… y nos pusieron a un cura joven, que si lo veo en la calle, de verdad que le echo el coche encima, aunque sea nada más para asustarlo. Si la directora era Hitler, este era el Torquemada de la Obra. No te pasaba una, si le decías que llevabas días sin rezar el Rosario, haz de cuenta que le habías contado de un pecado que mereciera la excomunión… no me imagino de verdad si le confesaras un pecado mortal, seguro que te mandaba a la hoguera directamente. Un día se me ocurrió decirle que en Misa me entraba tal sopor (¿Cómo no? Dormía 6 horas al día y ¡no paraba las otras 18!) y me tiró un rollo sobre la pereza tal, que me sentí una verdadera fodonga… y lo curioso es que con aquello de la manera particular de llevar en Casa el sigilo y la discreción, en la siguiente charla con la nume-nazi, ¿qué crees que me pusieron de examen particular?... pues ¡claro! luchar contra la pereza. Si ese par hubieran tenido las neuronas menos obnubiladas, seguramente se hubieran dado cuenta de que lo único que necesitaba era  que me mandaran a descansar.

Es un poco difícil recordar todo esto, pensé que ya lo había superado pero veo que aún me duele. Espero que esto sea sanador, y sobre todo, que quede una constancia escrita del cuidado y de la caridad con el que se trata a las supernumerarias en el Opus Dei.

Hasta aquí llego por ahora, pero seguiré contando esta historia.

Haenobarbo, de lo que me preguntaste por email, más o menos este es el caso de las supernumerarias que están casadas con señores que no son de la Obra, puede que al principio la toleren, te garantizo que terminan aborreciendo la Obra y a sus mujeres, el mío no es un caso aislado. Todos los casos son muy parecidos y terminan casi igual.

Nos vemos en la próxima. Besos a cada uno.

Salypimienta

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Publicado el Miércoles, 07 marzo 2018



 
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