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 Correos: En cuatro días morirás (II).- Josefina Hurtado

010. Testimonios
Josefina Hurtado :

EN CUATRO DIAS MORIRÁS. Segunda Parte.

Josefina Hurtado, 27/11/2017

 

 

Salí desde Inglaterra para Murcia una mañana del mes de julio. Llevaba conmigo una carpeta con la narración escrita de los hechos para que la policía los leyese. Esas habían sido las recomendaciones de una abogada, amiga mía de la infancia. En el avión iba rememorizando lo que había hecho y buscado desde la muerte de mi padre hasta ese momento.

 

La búsqueda de las respuestas a mis dudas la hacia entre las personas de mi alrededor. Preguntaba a enfermeras, amigas, etc. Alguien me daría una clave. Y así fue. Una de ellas me abrió los ojos. Eso es una muerte programada, y si es así, es con una sedación terminal, no lo dudes, me dijo...



Llamé entonces a mi hermano menor, el vio a mi padre en su habitación cuando se despidió de él dos días antes de morir éste. Cuando le pregunté si había notado algo raro en dicha habitación, no dudó en su respuesta: la lámpara… la lámpara pequeña y blanca de luz tenue y que había sustituido a la lámpara de mesilla que tenia mi padre. Siguió respondiendo a mis preguntas. Cuándo lo vistes después de morir, ya en el tanatorio, ¿notaste algo raro en su cara? No dudó al responder. Su labio inferior estaba hinchado y amoratado. ‘No solo debí de darme cuenta yo -me dijo-, porque aquello era muy evidente’.

 

Llegué a Murcia a eso del mediodía. Había reservado una habitación en el hotel cercano a la comisaria, pero no sería esa a la que por la tarde acudiría a poner la denuncia, sino a una cercana a la casa de mi padre. Ya entrada la tarde y con el extremo calor de Murcia, me dirigí a la comisaria. En la puerta estaban dos policías y allí mismo me preguntaron a qué iba. Su sorpresa fue mayúscula, pero me desearon suerte. Esperé sobre una media hora para hablar con el oficial de policía que me tocó. Saqué la declaración escrita que ya tenía hecha para que solo tuviera que leerla. Al primer párrafo y como posteriormente denunciaría mi abogado, comenzó a gritarme, ‘¡Los abogados son muy listos y esto no es Scotland Yard!’. Ante aquel maltrato policial decidí marcharme.

 

Salí de aquella comisaria confundida, enojada, y decidí ir a casa de mi padre. No pensaba hacerlo confiando en que la policía lo haría, así que llamé a mi hermano menor. ‘¿Llevas las llaves de la casa de papá?, me respondió que sí, ‘¡Pues tráetelas que vamos a entrar!’. Mi hermano mayor, el que actualmente está siendo investigado, se las había dado a la fuerza.

 

Esperamos en una cafetería a que se hiciera noche cerrada para acudir a la casa. No debía de verme nadie que se lo pudiese decir, y fue como de esta forma entramos en la casa. Todo permanecía igual. Sus gafas estaban al lado del ordenador junto a las pequeñas notas que tomaba... Se habían llevado sus ordenadores portátiles. Allí estaba toda la información de sus cuentas bancarias, entre otras cosas.

 

Me senté en el sillón en el que se sentaba mi madre, mirando al sillón en el que se sentaba él. Nos habían despojado de todo, nos habían arrancado de ellos como estorbos del Opus Dei para hacer con ellos su obra.

 

Me levanté y recorrimos habitación por habitación. Todo aparentemente estaba igual. En la cocina había una caja con la medicación que tomaba mi padre preparada para llevar. Allí tenia su cajón de las medicinas desde donde cogía la medicación crónica que tomaba todos los días después de su desayuno. Cogí el resguardo de su medicación crónica y seguimos revisando las habitaciones, hasta que llegamos a la suya. Mi hermano menor dijo, ‘¡Mira, ya no está la lámpara!’, ya había cumplido su función y se la habían llevado. Miramos en el armario. Su ropa estaba perfectamente ordenada. Revisamos la coqueta, y en el primer cajón encontramos el libro de familia, los carnets de identidad de mis padres y una foto dedicada a mi padre por mi madre de cuando eran novios. ¡Quién nos iba a decir que esos serian los únicos recuerdos que nos llevaríamos de mis padres!

 

Ya nos íbamos. No habíamos encontrado nada relevante, pero al salir por el pasillo, me volví para atrás y le pregunté a mi hermano ¿Dónde esta la lámpara de mesilla de papá?’. Volvimos a la habitación, buscamos y la encontramos. La lámpara estaba escondida detrás de un pequeño televisor que mi padre tenía encima de la coqueta y enfrente de su cama. Al fotografiar la lámpara, vi reflejada la mesilla de noche en el espejo. ¡La mesilla la había dejado olvidada! Me dirigí corriendo a ella y encontré parte de lo que iba buscando. Dos cajas de sedantes, una de Valium 5, de las que un blíster estaba vacío fuera, y otro del que solo quedaban cuatro pastillas. La caja era de prescripción privada, perfectamente nueva y con el prospecto sin abrir. La otra era de Stilnox 10. De está se habían consumido un blíster de 15 pastillas. El prospecto del Stilnox me llamó mucho la atención. Los bordes estaban pegados a nivel superior para que no se pudieran leer los efectos secundarios y mostrándoselo a la juez le dije, ‘Esta caja viene de un centro del Opus Dei’.

 

Salimos de la habitación, cogí la copia de la historia que el médico del 061 había dejado el viernes 15, dos días antes de la muerte de mi padre. Nunca imaginé la importancia de haberme encontrado aquella historia allí.

 

Salimos y nos despedimos de nuestra casa, la casa que no encontraríamos igual, cuando volvimos tres meses después.

 

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Publicado el Lunes, 27 noviembre 2017



 
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