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 Tus escritos: La gran traición.- Salypimienta

040. Después de marcharse
Salypimienta :

Hola a todos!!!

Hace poco encontré un escrito mío. No recuerdo por qué lo hice ni a quién iba dirigido, está fechado en el 2012, es decir 3 años después de que salí del Opus Dei. Leerlo de nuevo me ha hecho recordar y replantearme algunas cosas. En él analizo la gran traición que sufrimos todos los que hemos pertenecido y pertenecen a la Obra. Hasta la fecha, no he conocido ni sé de nadie que haya salido del Opus Dei sin sentirse completamente roto. Nadie que yo sepa ha podido sobrevivir a esa experiencia sin haber llorado de angustia, de humillación y desencanto. No es para menos. Todos los miembros de la Obra hemos sido traicionados de la forma más vil.

No creo que nadie haya pedido la admisión pensando en que iba a entrar a un club social para codearse con personas de primer nivel, o para tener actividades que realizar durante la semana. Pienso que todos hemos entrado allí con total inocencia, pensando que éramos increíblemente afortunados de haber recibido una llamada especialísima de Dios, no sólo para llegar a Él por la vía más perfecta, sino que además, para servir de modelo a los demás. ¿Puede existir una vida más perfecta que servir a Dios en el medio del mundo, haciendo cosas ordinarias? ¿Puede existir algo más maravilloso que tener una familia a la que te unen lazos más fuertes que los de la sangre, y además te da un sentido de pertenencia que es lo que muchos necesitábamos en el momento de pitar?

Proporcional a la altura de nuestros sueños y nuestras aspiraciones fue la caída cuando nos dimos cuenta de la monumental mentira en la que vivimos y que inocentemente ayudamos a sostener. Poco tiempo después de mi salida, me dediqué a aprender métodos de psicoanálisis, programación neurolingüística y técnicas de sanación emocional, tanto para ayudarme a mí misma, como para ayudar a quienes se acercaron a mí por medio de un correo que publiqué en ésta web. Con ese conocimiento fue cuando me di cuenta de que la verdadera tragedia que ha vivido cada persona que ha pasado por el Opus Dei es la TRAICIÓN. Todos fuimos traicionados, y la traición es solamente equiparable a recibir una puñalada trapera. Es igual de dolorosa, igual de grave e igual de traumatizante.

Quizá los que nos leen dentro de la Obra (¡saludos chicos del AOP!), levantarán las cejas, voltearán los ojos y recitarán una jaculatoria para que la Divinidad me haga entrar en razón, pero no es necesario. Lo estoy diciendo con total conocimiento de causa. Cuando entramos en el Opus Dei, lo primero que nos dijeron fue que la Obra era una madre guapa. Ni es madre ni es guapa. Una madre no exprime a sus hijos hasta sacarles la última gota que les queda. Allí dentro, a cada quien le sacaron TODO lo que pudieron, sin contemplación alguna, sin tentarse el corazón, sin la más mínima caridad.

Cuando nos esquilmaron hasta el límite, cuando ya no pudimos más, fue cuando nos relegaron a un rincón oscuro, sin preocuparse en lo más mínimo por nosotros. Si ya no podíamos dar más, por lo menos que no diéramos la lata. Una VERDADERA madre nunca abandona al hijo agotado, al contrario, lo atrae a su regazo para obligarle a descansar y recuperar fuerzas. La Obra pues, NO es una madre guapa, es una madrastra horripilante disfrazada de bella dama, pero en realidad es más fea que un Orco. También nos dijeron que perteneceríamos a una familia que estaba unida con lazos más fuertes que los de la sangre. Tampoco eso fue verdad, porque en una familia de verdad no están contándote cada uno de tus fallos y tus descuidos para echarte una bronca monumental (que allí le llaman ‘corrección fraterna’) por estupideces como caminar rápido dentro del centro. Nos decían que éramos una familia numerosa y pobre. Lo de numerosa, en sentido riguroso es cierto, ¿pero pobre? No creo que una familia cuyo papá vive en un palacio en el barrio más elegante de Roma sea una familia pobre. Tampoco creo que con todo el dinero que reciben de las generosas aportaciones de todos sus miembros puedan llamarse pobres.

También nos engañaron cada vez que nos decían que estábamos en “casa”. ¿Cómo alguien puede sentirse como en su casa en un sitio donde todas las actividades están planificadas milimétricamente para que nadie pueda hacer nada libremente? ¿Cómo puedes sentir como tuya una casa en donde nada te pertenece, donde hay un guion hasta para las tertulias?

Tampoco lo de “nuestro Padre” fue cierto nunca. ¿Cuándo el santo más veloz de la Iglesia hizo algo, lo que fuera, que hubiera hecho un padre de verdad? Casos como el de Maricarmen Tapia y Miguel Fisac no lo muestran precisamente como un padre con el corazón de madre que tanto presumía. ¿Y los otros dos ‘Padre’ cuya única preocupación era tenernos allí metidos para exprimirnos moral y económicamente? Además de que servíamos también de estadística para que todo el mundo viera la increíble expansión que tenía la Obra en el mundo. Algunos, en nuestra candidez sentimos estima por Don Álvaro, pero a Don Javier nadie lo soportaba, ¡esa es la verdad!, el pobre tenía la empatía de una piedra y era más desangelado que un pan sin sal. Pero la traición más grande, lo que de verdad no tiene nombre ni perdón de Dios es haber tomado nuestra fe sencilla y sincera y pervertirla llenándola de obligaciones absurdas hasta lograr que nuestra conciencia moral quedara ahogada bajo una estrafalaria parafernalia de normas, praxis, vademecums, cuadernos, etc.

Decía al principio que lo único equiparable a la traición es una puñalada. Y sí, nos dieron una puñalada en el alma que duele tanto o más que una puñalada en un órgano vital. La diferencia es, que si hubiéramos recibido la puñalada en el pulmón, por mencionar algo, nos hubieran llevado de inmediato al hospital, nos hubieran suturado la herida y habríamos recibido todos los cuidados necesarios en la UCI para salir adelante con antibióticos y analgésicos, y terapias para superar el shock. En cambio, nosotros salimos de allí con el alma herida de muerte a curarnos como Dios nos dio a entender, prácticamente sin ayuda alguna. Quizá pudimos salir un poco, con el bálsamo que es OpusLibros y la amistad con algunos ‘exes’. Al igual que con las puñaladas, nosotros siempre cargaremos con la cicatriz que nos molestará de cuando en cuando, también tendremos que luchar para siempre para alejar de nuestra cabeza y de nuestro corazón las sombras de dolor y de humillación que nos produce el recordar cuando nos dimos cuenta de la monumental mentira que vivimos. Lo bueno de todo esto es que sobrevivimos, y que lo mejor siempre está por llegar. Un beso cariñoso a todos.

Salypimienta.




Publicado el Lunes, 15 mayo 2017



 
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