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 Tus escritos: Todo o nada. (Cap.2 de Bluf Story).- Lapso

010. Testimonios
Lapso :

Todo o nada; conmigo o contra mí.

Cap.2 de Bluf Story.
(Enviado por Lapso el 6-6-2004)


Y es que una cosa es dar un nuevo sentido a la vida, y otra diferente cambiar de vida. Ambas tienen su aquél, desde luego. Lo puñetero empieza cuando en realidad debes hacer lo segundo cuando solamente habías decidido lo primero. Aunque esa palabra -"decidir"- es muy pero que muy polisémica. O al menos, tiene sus días raros.

Eres apenas un niño. Un niño repleto de ilusiones, de generosidad, con unas ganas inenarrables de dejar huella, con ideales, con una fe capaz de mover cordilleras enteritas. Eres ese tipo de crío que los mejores padres quieren y sobre todo temen tener. Y encuentras un entorno en el que se te transmite la más absoluta certeza: este es tu sitio, este es el cauce por el que tu deseo de entrega a un ideal superior debe fluir.

Vas conociendo muy poco a poco las reglas de funcionamiento del asunto. Como a origen has asumido que lo entregas Todo Todo Todo, no cabe la posibilidad lógica de que a continuación te plantees los porqué o los cómos. Solamente puedes plantearte el ritmo de tu entrega, el caudal de tu generosidad. Nunca si tal o cual cosa es idónea o adecuada, si coincide con la visión que tenías de tu vocación de servicio a ese superior ideal que te enamoró (y te sigue enamorando). No cabe un análisis de los contenidos, ni siquiera de las formas. El Todo Todo Todo lo abarca todo, obviamente. Y el único recurso racional que queda en la conciencia es la autoevaluación del nivel de tu respuesta. O mejor dicho, el grado de identificación de tu respuesta con la respuesta que de ti se espera. Con muy poquito margen (o sencillamente ningún margen) para la aplicación de tu propia conciencia, para el cotejo entre lo que esperabas, lo que soñaste aquella deliciosa noche, con lo que ha resultado efectivamente ser.

Una cosa es decidir y otra cosa es aplicar. Y ahí entra en juego la debilidad, la distorsión, el cambio de circunstancias... Eso tiene todo el sentido del mundo. Pero un análisis desapasionado no debe excluir que también entra en juego ese bucle lógico que te dice una y otra vez que si lo has entregado Todo Todo Todo no te puedes plantear legítimamente la búsqueda del más mínimo matiz. Si al mismo tiempo la mera reflexión acerca de ello constituye en sí misma una grave defección contra aquello mismo que constituía el objeto de tu reflexión... entonces aparece la jaula íntima en que no hay manera de volar sin estrellarse una y otra vez contra los voluntarios barrotes que tu mismo has construído alrededor de tu libertad, de tu conciencia, de la mismísima almendrita de tu humanidad.

Una lógica impecable si se está en condiciones objetivas e indiscutibles de arrostrar a origen los millones de consecuencais que tiene y tendrá sobre tu vida y tu libertad. Una lógica dura, pero indiscutible. Otra cosa es el estado en que asumes ese grandioso compromiso. No dudaría, de entrada, de su legitimidad y validez en condiciones de madurez suficientes. Pero sí es muy cuestionable cuando se incurre a una edad y/o en unas circunstancias en las que a todas luces se carece de lo más elemental para embarcarse en semejante lid.

Y no es argumento aquello de los períodos de prueba, los sucesivos pasos de incorporación, etc. No es argumento desde que en la realidad, en el día a día, no se les da jamás tratamiento de períodos "de prueba" o de reflexión o evaluación, sino que se insiste constantemente en que la entrega es una y única, y esos sucesivos hitos no son otra cosa que confirmaciones (en todo caso) de la entrega emprendida con aquél primer (y en términos reales único) compromiso epistolar. Nada de "pensémoslo mejor, con tiempo, analicemos si hemos acertado o no". No sólo no se fomenta, sino que el simple hecho de plantearlo es una tentación diabólica contra el mayor tesoro, la vocación. Ni pruebas, ni nadená. Desde el primer minuto, compromiso definitivo e irrenunciable. Así son las cosas, digan lo que digan los papeles antiguos y los nuevos. Catorce y medio. Y punto...

Con que ya ves, la cosa consistía en llevar a cuantos más amigos mejor al centro. Y por supuesto, a rellenar una impoluta "hoja de normas" hasta lograr que ninguna casilla estuviera vacía. Eso, y contarlo todo a Águila. Todo todito todo: que si te acuerdas de Charo, que si te da pena no poder ir con todos y como siempre al cine o a bailar, que si esta semana te has tenido que confesar once veces porque el apéndice ese, qué quieres que te diga, ahí sigue el muy levantisco, cada día en mejor forma. Que si de pronto todos te toman por gilipollas, que se preguntan qué le ha pasado a este chaval, que ya no va ni viene, que solamente va y viene al centro ese, una pena, si era un tío que te cagas y ya ves, todo el día del gimnasio a la casa campo y de la casa campo al gimnasio...

Pero una servidora era gente seria, y lo primero es lo primero. Los compromisos se cumplen, y aunque no ganase una para sorpresas durante el período inicial (no te casarás, no vayas con chicas por ahí, deja de hacer tal y cual cosa, se acabó ir a ver el fútbol al campo, ponte este invento de faquires un par de horas diarias, no vayas a los viajecillos que tu mismo organizas en el cole, casi mejor que en adelante los organice otro ¿no?....). Con que a ir aplicando el dichoso Todo Todo Todo, y a meter a más y más gente en los círculos, a ser posible que vayan pitando (unos cuantos, desde luego) y a dar buen ejemplo que para eso eres de los mayores y por tu mediación ha querido Dios que les "toque la lotería". Pues venga, a dar el do de pecho, a tirar para adelante.

Hasta que un día cae uno en la tentación de acudir a la fiesta de cumpleaños de uno de los más inteligentes amigos que tenía, Querube. Y a esa misma fiesta, como es lógico, acudieron mis antaño amiguetas encabezadas por las amigas de las hermanas de Querube. Chavalas de distinto porte y perfil entre las que seguía destacando mi Charo. Charo estaba bastante escamada con el divino invento ese que no sólo le había levantado a su "chico guapo", sino que amenazaba con ir llevándose a no se sabía dónde a lo más granado de la panda, de la ya antigua panda. Charo, como casi todas las chicas, era sabia. Y conocía a la perfeción los resortes de mi personalidad. Ni corta ni perezosa, me encaró a voces mientras bailábamos una lenta: "cuándo piensas volver conmigo, con nosotras, cuándo vas a dejarte de esas chorradas que te están convirtiendo en un idiota". Ante la mirada de todas y todos, contesté "¡cuando me dé la gana, que es la razón más sobrenatural que existe, para que te enteres, bocazas!".

Es el primer ridículo que recuerdo haber hecho en mi vida. La carcajada se debió oir en el Parador de San Marcos. Semejante tontería, dicha a voces para que todos la oyeran mientras abrazadillo a Charo seguía el ritmo de la música y mis masculinidades se recrecían al contacto con ese delicioso cuerpecito que me reclamaba dedicación. Como única respuesta a mis estúpidas palabras y a la feroz hilaridad que provocaron, mi acompañante ciñó más su abrazo y estampó sobre mi boca un increiblemente intenso besazo lametón que aún recuerdo como uno de los más eficaces recursos de la condición femenina en la tierra. Me llevó de la mano al dormitorio más cercano. Y al cabo de un par de horas nos fuimos juntos a confesarnos y a pasear ante la mirada mitad envidiosa y mitad sorprendida de la concurrencia. Mi conversación con ella fue lo más maravilloso que servidora había experimentado nunca. Comprensión, incluso impulso de mis inquietudes por cambiar el mundo, por hacer llegar a Dios a todos. Pero juntos. Juntos para siempre y amándonos sin freno. Hagamos una aventura singular con nuestras vidas, yo te cuido, tu me cuidas, y juntos le damos al calcetín todas las vuestas que haga falta, mi amor.

Hay que reconocer que, a la vista de lo sucedido, algunas de las "medidas de prudencia" (o sea, prohibiciones) de Águila resultaron estar más que justificadas. Si no hubiera querido (soberbia) demostrar a todo el mundo que seguía siendo el mismo (vanidad) acudiendo a la fiesta de Querube (avaricia), Charo no habría aprovechado su oportunidad (lujuria). También es cierto que probablemente habría surgido en cualquier otra ocasión. No lo sé. Pero es cabal: si hubiese hecho caso al jefe, esto no hubiera sucedido. Luego la ley estaba bien dictada. Las cosas como son.

Y a contarlo, claro. Y a añadir que don Curaentero me había dicho (nos había dicho a Charo y a mi) que si bien estaba fatal lo que habíamos hecho, nos dispusiéramos a vivir un cristiano noviazgo a los pies de la Virgen, y que la solución a nuestra mutua concupiscencia radicaba más en la entereza de nuestra fe y devoción que en ese necio escrúpulo que me inclinaba a mí a dejarla por un bien superior "que no se sabe lo que es, y menos a tus años".

A Águila no le gustó el evento de la fiesta, pero menos aún el inmediato recurso a don Curaentero. "Pues haces lo que sea y te vienes, y hablas y te confiesas con don Inglan, que para eso es el buen pastor. No vuelvas a lavar los trapos sucios fuera de casa, aunque ni siquiera sepa el cura en cuestión ni quién eres ni si eres o no de los nuestros".

Pues qué quieres que te diga, Águila. Yo no me siento mal por estar enamorado de Charo, al contrario, me siento cojonudamente bien. Caídas a parte, no veo por qué esa deliciosa relación se opone a mi entrega a Dios. Somos de la calle, ¿no?, uno más, gente corriente que va y viene, pues coño más corriente que ir con una preciosidad del brazo.... No me convence, Águila, eso de que no es lo que Dios quiere para mi. Al fin y al cabo ¿quién puede saberlo de cierto? Ya, ya sé que lo he entregado Todo Todo Todo, pero también es verdad que lo he hecho para ser un cristiano corriente y no un tío raro que deja a los amigos, a las amigas, el abono del campo de fútbol, los viajes con los coleguillas.... Yo quiero, deseo hondamente seguir este camino de entrega para cambiar el mundo. Pero no pienso dejar a esta chica. Ni de coña la dejo. Ni a Dios. No dejo a mis amores. Ni los separo.

Fui capaz de hablar aproximadamentre así, pero no me salió gratis. Las consideraciones de Águila y mi natural sentido del deber me colocaron en la encrucijada más canalla que haya visto jamás en propios y extraños: si sigo mi convencimiento, pongo en riesgo mi salvación, la de algunos de mis amigos que ya "me" habían seguido (para esa circunstancia, la gracia era lo de menos, lo importante era mi ejemplaridad, hay que joderse); y si no, he de renunciar al más profundo sentimiento humano que nunca hubiera conocido. Lo más difícil de todo: que ambas cosas era de todo punto incompatibles, que tenía que elegir entre la más egoísta traición y la más natural y reflexiva tendencia.

Entre medias, el Todo Todo Todo. Joder con el Todo Todo Todo. Y la lotería. Y el cambiar el mundo. Y un calcetín. Y el ser un tío de una pieza, sin condicionantes, libre para ser instrumento de la divinidad. Dócil a la gracia. Obediente a la suprema voluntad que rige los destinos de quienes de veras están dispuestos a pugnar por la santidad a toda costa, voluntad que solamente nos llega a través de los directores. Sin mediocridades, sin condiciones. Fieles vale la pena, que para eso pito pa que pites tu, al ciento por uno desde la primera peseta, tan buen ganadico como tu deberías ser, adelante sin miedo no quedes atrás, que soy un borrico de noria que empleó tinta y cálamo cálamo cálamo y a redactar...

A veces pienso que las semanas en que arrastré la horrible carga de esa decisión, de esa elección onerosa y cabrona, me hicieron madurar más que los poco más de quince años anteriores de mi vida. Y al mismo tiempo, tiemblo al considerar la posibilidad de que aún hoy se cargue impunemente con semejante fardo moral la conciencia de algunos de los chavales o adolescentes que tengo cerca en mi vida. Duro. Durísimo. Agobiante. Imposible de discernir. Sin matices. Sin anestesia. O todo o nada. Y si es nada, mucho cuidado con tu cutre felicidad terrenal y desde luego no cuentes mucho con la eterna; ni la tuya ni la de quienes indudablemente van a ser influidos por tu decisión lo quieras o no.

Conmigo o contra mi. Todo o nada. Dentro o fuera. Blanco o negro. Ángel o Demonio.

En esas estaba. Mi generosidad me empujaba a hacer caso a Águila, y mi conciencia me llevaba por el camino natural; entre medias, mi inteligencia se obstinaba en preguntarse porqué coño tenían que ser incompatibles ambas cosas. Al pensarlo ahora, me parece un milagro que no enfermara por aquella época. Recuerdo una permanente tensión obsesiva, una pelea tremenda entre el sentido del deber, la palabra dada, contra el sentido común que me indicaba la perfecta compatibilidad de mis dos anhelos; mi necesidad de ser alguien importante para cambiar un mundo que era una mierda, mis ganas de integrarme en una empresa única, ser punta de la lanza.... Y mi naturalísima inclinación a ser un tío normal y corriente mientras efectivamente emprendía ese camino de santidad y revolución amando a mi amada.

Muy difícil. Joder. Dificilísimo.

Pero la vida da vueltas. Y don Inglan tuvo una idea. Debía ser tal mi zozobra, que la sencillez y generiosidad de mis planteamientos hubieron de mellar las rigideces de la vigente "praxis". No olvidaré jamás aquella tarde en que don Inglan, con su más humana sonrisa, me informó que "los directores" habían decidido hacerme supernumerario. "¿Hacerme qué, don Inglan?" Pues supernumerario, ¿es que no sabes que existen los supernumerarios?. Pues no, no lo sabía. Así que me lo explicó con paciencia y alegría. Cada frase provocaba mi adhesión. Se encendían en mi interior todas las luces que en las semanas previas habían ido fundiéndose. Eso es exactamente lo que siento, lo que quiero, lo que necesito, lo que puede hacerme feliz y eficaz. Eso. Exactamente eso.

El abrazo más prieto de mi vida. Una relajación casi física. El final de un calvario interior que había postrado mi personalidad hasta la incapacidad para reir. Unas lágrimas abundantes regaron la dicha de mi nuevo status. Dios no estaba contra Charo, igual que Charo no estaba contra Dios.

La paz. La paz que había perseguido con tanto ahínco entre las contradicciones más irracionales y demoledoras que hubiera sido capaz de concebir.

La calma. La paz.

Y unos meses de disfrute, de apostolado feroz, de cumplimiento de las normas, de más y más chavales (y chavalas, por cierto, hasta que me dijeron que lo dejase, que me limitase a "pasar fichas"). Fleté la misa de ocho y media de al lado para que los primeros viernes todas mis pandillas se garantizaran la celestial clemencia final ante los más que probables pecados del sábado siguiente. Fe. Fuerza. Ahínco. Lucha. Caídas y levantadas. Charo entusiasmada, yo con ella, don Inglan con ambos, y Águila un poco raro la verdad pero bien, sin nada grave.

Pero la fortuna e móbile. Y a los pocos mesecitos cambia el consejo local en pleno. Al ser sustituído Águila, mi siguiente "amigo íntimo" (le llamaremos Burgueloino) me espeta a las primeras de cambio que qué es eso de que salga con chicas y tal, que si pité como numerario eso debía ser, y que vaya chapuza. Que inmediatamente lo dejaba todo y empezaba a vivir como Dios manda y está escrito y dicen los directores. Ya está bien de mediocridades. La entrega es la entrega. Si lo he dado Todo Todo Todo, pues eso, es Todo Todo Todo. Que está el Padre trabajando como un mulo por nosotros, y la Iglesia tan necesitada de gente de la buena, y yo ahí haciendo el imbécil. Que se acabó.

Y se acabó. Lo volví a dejar todo. Me costó sudor y lágrimas, pero lo hice. Tan a lo bestia era el cambio, que decidieron que me iría a vivir a un centro para que el desempeño vital fuera posible. Como además me correspondía ya un cambio de colegio, pues mejor aún. Vida nueva.

Y a fe mía que empezó una nueva vida para mi. Comenzó la "vida de familia", la experiencia real del vital devenir, la sensación permanente de estar en manos de terceros, el enamoramiento de la divinidad, la vida interior rica, poética, llorona, sensible, consoladora. La mortificación como casi finalmente afición y necesaria para domesticar unas tendencias tan perturbadoras, una afectividad desbocada que se aplica a las más peregrinas circunstancias con tal de no dar con el malquerido recuerdo de la felicidad. Todo Todo Todo.

Lo que debe ser una adhesión puede convertirse en la rara e inconsciente satisfacción de constituirse en víctima voluntaria de un devenir incomprensible pero inevitable. Un deber que cumplir, un compromison al que honrar, unas costumbres que seguir, una personalidad que sacrificar en el ara de la divina voluntad que, of course, nos viene a través de los directores. Una situación que, con permanentes altibajos, me llevó hasta el centro de estudios.

Pero eso ya lo contaré en otra ocasión.



Publicado el Domingo, 06 junio 2004



 
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