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 Correos: Si no ha pedido perdón el Opus Dei...- Respuesta a José G.- Gregori Pies

040. Después de marcharse
Gregori Pies :

Desde hace unos días, tenía ganas de contestar a José G.

En primer lugar, para darte las gracias. Tu correo me ha hecho pensar en un aspecto de la cuestión en la que nunca me había parado a pensar. Gracias, hermano, por hacerme ver que soy un miserable.

Dices, José G., que estás sorprendido, porque ninguno de nosotros ha pedido perdón por el daño que ha podido hacer a otras personas. No te sorprendas, José G. Eso es lo más normal del mundo. Hay que ser muy humilde para darse cuenta de los propios defectos. Dice el poeta que "en una alforja al hombro llevo los vicios: delante los ajenos, detrás los míos".

Fíjate si es difícil pedir perdón por los pecados propios, que una de las instituciones más humildes de la Iglesia, más grandes, más pluscuamperfecta, es decir, el mismísimo Opus Dei, la Prelatura primigenia, el germen escogido de los primeros y únicos cristianos, el "elefante blanco" de la nueva primavera de la cristiandad, no se ha dado cuenta del dolor que ha producido a los miles de miembros que han tenido que huir de su obra inmarcesible, muchos presos de la locura, de la ruina, alejados de sus familiares. Y no les ha pedido perdón, a pesar de todo. No sólo eso, sino que, en casi todos los casos, cuando ya se habían rendido, cuando ya se habían ido con sus problemas y sus pecados a otra parte, en lugar de rezar por sus almas pecadoras, los ha calumniado, los ha perjudicado en todo lo que ha podido, para luego olvidarlos, como si fueran apestados.

Si no ha pedido perdón el Opus Dei, compuesto por santos que rezan cada día del orden de tres a cuatro horas, como mínimo, que dicen cientos de trillones de jaculatorias al año, que fue fundada por el santo más campanudo del santoral, ¿cómo voy yo a pedir perdón, pobre pecador, con un pie en el infierno, desde que dejé tan sacrosanta familia, adentrándome en el proceloso mar de la perdición definitiva? ¿Acaso sería creído por alguien? Seguro que todos los Josés Ges del mundo unirían sus voces justicieras para decir: ¿Ahora te arrepientes, gualdrapas? ¿Cuando ya no tiene remedio?

Pero tú no te preocupes. Tú eres bueno. Tú eres muy inteligente. Tú les calaste al primer vistazo, como aquella compañera argentina, a la que nunca convencieron con sus artimañas. Tú no participaste en las maldades que protagonizaban los demás. Sólo mirabas, desde la altura. Desde la alta posición que te da tu moralidad fuera de cualquier sospecha.

Es normal que te sorprendas, desde tu alta magistratura, de que los criminales tengan la osadía de delatar a sus jefes; que carezcan de la hombría de declararse culpables, y se atrevan a alegar el manido argumento de la "obediencia debida". Pero a ti no te la dan. Tú eres perro viejo. Ves a un farsante al primer vistazo. Donde pones el ojo, pones la corrección fraterna. A ti no te conmueven los lloriqueos de una pandilla de renegados. A ti, al irreprochable José G. Ja...

Ya has dicho lo que tenías que decir. Y ahora, si no te importa, déjanos a los réprobos, a los cobardes, a los arrepentidos, que gastemos lo que queda de nuestras infames vidas en disculparnos a nosotros mismos.

Espero que leas mi correo. Y cuando hagas la charla con tu director, dile que lo has conseguido. Que al menos uno ha reconocido su mal camino. Pon la crucecita en el lugar del casillero que corresponda (no sé, no me acuerdo el que era, ya hace mucho tiempo que deserté). Y descansa.

Ah, y luego ves al secretario de tu centro para que te dé dos duros, que te los has ganado. Uno, de mi parte.

De nada.
Gregori Pies.


Publicado el Viernes, 19 diciembre 2003



 
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