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 Magisterio paralelo en el Opus Dei: sobre moral sexual.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
doserra :

Copio a continuación el guión n. 40 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, sobre moral sexual. Se trata de un guión en el que se recoge la enseñanza tradicional de la Iglesia en esta materia hasta los tiempos del Concilio Vaticano II, con una posición predominantemente defensiva ante los errores morales difundidos por la Revolución del Mayo francés de 1968.

 

Llama poderosamente la atención que el guión, de junio de 1974, no tenga en cuenta los planteamientos renovadores que ya aparecen en las encíclicas de Pablo VI sobre el matrimonio y el celibato, que se habían publicado 6 y 7 años antes, respectivamente.

 

Pero sorprende más todavía que las autoridades de la Obra no se hayan sentido obligadas a revisar esos planteamientos, después de la profusa catequesis realizada por la Iglesia durante el pontificado de Juan Pablo II en materia de moral sexual, y que en cambio hayan mantenido en el guión los argumentos –ya un tanto rancios y obsoletos- que en este punto utiliza el Catecismo de san Pío X.

 

Resulta penoso encontrarse con un texto, que tanta influencia ha podido tener en los miembros de esta institución, extendida por todo el planeta, en que se sigue hablando de que la procreación es el fin primario del matrimonio, sin haber aceptado la enseñanza del Concilio Vaticano II, que, sobre todo en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, lo presenta como una comunidad de vida y amor ordenada –inseparablemente- al bien de los cónyuges y de la posible descendencia que Dios les pueda confiar.

 

Llama la atención que cite frases de Mons. Escrivá sobre la importancia de plantear de forma positiva la sexualidad (la castidad es afirmación gozosa, yo nunca hablo de impureza, etc.), y que luego su pastoral en estas cuestiones haya sido tan timorata: no a la coeducación, 5000 kilómetros de distancia, llaves en las televisiones, filtros en Internet, etc.

 

Asimismo, es de lamentar que su desprecio del enfoque renovador que hace el Vaticano II en el plano del matrimonio, lleve a los autores de este guión a descalificar a quienes legítimamente criticaron una concepción del matrimonio como remedio de la concupiscencia. Tanto lo que se dice en el párrafo anterior como en éste me ha recordado el principio de contrariedad de Marcus Tank, según el cual, cuando se encuentra algún punto en que el fundador presume de algo, hay que pensar que la realidad es justo la contraria.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

Ref. avH 10/70                                                   nº 40

 

SOBRE LA SANTA PUREZA, EL CELIBATO Y LA VIRGINIDAD. LA EDUCACIÓN SEXUAL

 

1. Desde tiempos inmemoriales algunos descubrieron en el erotismo algo así como un lucrativo negocio, pero en la actualidad el hecho está adquiriendo dimensiones extraordinarias, debido a la confluencia o complicidad de otros factores bastante diversos: la creciente perfección de las técnicas de producción, de publicidad y de venta, la difusión doctrinal y práctica del materialismo ateo, la táctica seguida por los marxistas en los países no comunistas -"cuando queremos destruir una nación, lo primero que hemos de destruir es su moral" (Lenin)- etc.



Más o menos paralelamente -arrancando del materialismo freudiano- se propaga el erotismo como ideal de libertad, casi como término al que se ordena toda la lucha por la libertad: "La concepción del deseo sexual puesto al servicio de la procreación es un medio de represión de la sexología conservadora".

 

2. En este sentido, "el descubrimiento de la sexualidad" parece haber sido para ciertos autores y "teólogos" modernos, el hallazgo más importante de su vida. Resulta sorprendente la cantidad de libros, ensayos, etc., dedicados a este tema, con los aspectos más insospechados: como "factor de socialización", como

"comunicación interpersonal", como "experiencia trascendente", como "enriquecimiento de la personalidad", etc.    

No son pocos los que, además de tratar de justificar las mayores aberraciones en este campo, llegan a la conclusión -siguiendo a Freud- de que la mayor parte de los trastornos, desequilibrios, neurosis, frustraciones personales y sociales, etc., tienen su origen en un defectuoso desarrollo de la vida sexual.

 

3. En consecuencia, muchos piensan poder integrar el pansexualismo freudiano en una  "expresión moderna" del contenido de nuestra fe. Con esta especie de "furor sexual" -hedonismo erótico que llega a identificar el amor humano con el placer sexual, aun en sus formas más bestiales- no pocas veces se justifica cualquier práctica moralmente ilícita y vergonzosa, presentándolas incluso como una necesidad para la maduración humana o para la "integración afectiva" de la persona, a la vez que se habla de la necesidad de superar las inhibiciones y los tabúes de una moral primitiva, de origen maniqueo, etc.

 

4. Se impone revisar por tanto, según estos autores, esa moral represiva, propia de la hipocresía o de la ignorancia supersticiosa. Revisión -de apariencia objetiva y de simple verificación, motivada una vez mas por la necesidad de asumir las "instancias" de la mentalidad del hombre moderno-, que suele manifestarse en los siguientes puntos: cuestionar la afirmación de la gravedad de la materia ex toto genere suo; afirmar la limitación de la libertad por el influjo de las pasiones o de los condicionamientos sociales, educativos, etc., con la correlativa no imputabilidad; aplicar indebidamente las normas del voluntario indirecto; relativizar los criterios de pudor o de modestia; etc.

 

5. Parece un nuevo proceso de involución, como el que se dio en el paganismo antiguo, descrito en la Epístola a los Romanos por San Pablo (cfr. Rom. I, 21-32). Nos advierte el Padre: "Este clima que está minando -en el plano individual, en el familiar y en el social- los fundamentos de una vida auténticamente cristiana, tiene muchas manifestaciones: la desenfadada ligereza en el vestir, en el hablar, en el escribir, en la conducta; una crítica continua y mordaz de lo que falsamente califican de viejos prejuicios; el tono agresivamente erótico de muchos espectáculos y publicaciones; la aceptación de situaciones escabrosas como relaciones normales; el libertinaje que se rebela ante la ley moral objetiva; la ridiculización habitual de tratados clásicos de moral y de la literatura ascética etc., etc." (Del Padre, Cn V-70).  

 

I. ALGUNOS PRINCIPIOS DE MORAL CATÓLICA

 

1. Contra los que hablan de la moral católica como fruto de una mentalidad maniquea, etc., conviene recordar que frente a numerosas herejías -gnósticos, priscilianos,  cataros, maniqueos, etc.-, la Iglesia ha enseñado siempre la bondad natural del cuerpo, y específicamente del sexo, y el bien del matrimonio, obra de la providencia divina, que ha dispuesto así la perpetuación del género humano. Más aún, para el cristiano el cuerpo tiene una nueva y superior dignidad sobrenatural, en cuanto destinado a ser templo del Espíritu Santo (cfr. I Cor. VI, 19); el matrimonio ha sido elevado por Cristo a la categoría de sacramento, que simboliza la unión misteriosa de Cristo con la Iglesia (cfr. Ephes. V, 31-32), y por ser una cierta participación en el poder creador divino, es también así instrumento del crecimiento de la Iglesia, incrementando el Cuerpo de Cristo con nuevos miembros, mediante el sacramento del bautismo. El sexo se ordena al matrimonio, que se ordena a su vez a la procreación de modo primario y esencial: cfr.

Dz. 36 (206). 241-243 (461-463), 367 (718), 402 (761), 424(794), 430 (802), 490 (916), 695 (1311), 702 (1327), 844 (1601), 969-971

(1797-1801), 996 (1864), 1470 (2536), 1853 (3142), 1854 (3145-3146), 2225-2250 (3700-3724), 2295 (3838), etc. Más recientemente: Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, nn. 11, 35. 41; Const. Gaudium et spes, nn. 47-52; Decr. Apostolicam actuositatem, n. 11; Pablo VI, Enc. Humanae vitae, passim (cfr. también guiones de ref. avH 10/70, nn. 17 y 33).

 

2. Junto a esto, y como consecuencia lógica, el mismo Magisterio ha declarado repetidamente y de modo inequívoco la gravedad de cualquier forma de transgresión de esta ordenación divina, y que en los pecados contra la castidad no hay parvedad de materia, es decir,  que por sí mismos constituyen siempre pecado mortal: cfr. Dz. 453 (835), 477 (897), 717g (1367), 1098a, 1124 (2044), 1125 (2045), 1140 (2060), 1198-1200 (2148-2150), 1640, (2791-2793), (2795),(3185-3187), (3634), (3638-3640), 2201(3864) 2239-2241 (3715-3718), etc.

"El sexto mandamiento: No cometerás actos impuros, nos prohíbe toda acción, toda mirada, toda conversación contraria a la castidad, y la infidelidad en el matrimonios…

El noveno mandamiento prohíbe expresamente todo deseo contrario a la fidelidad que los cónyuges se han jurado al contraer matrimonio, y asimismo prohíbe todo pensamiento o deseo culpable de acciones prohibidas en el sexto mandamiento…

El sexto mandamiento nos ordena ser castos y modestos en las acciones, en las miradas, en nuestra conducta y en las palabras. El noveno mandamiento nos ordena que seamos castos y puros aun en lo interior, a saber: en la mente y en el corazón"(Catecismo de San Pío X, nn. 425, 426, 430).

 

3. Además de en la Tradición constante y unánime, esta doctrina de la Iglesia se encuentra   expresamente revelada en la Sagrada Escritura, donde los textos  son de tal firmeza que no toleran el menor titubeo.

En efecto: "En el Génesis está la sentencia de Judas contra su nuera (Genes. 38). (…) Hay también aquella exhortación de Tobías a su hijo: ‘Guárdate, hijo mío, de toda fornicación’ (Tob. 4). Asimismo dice el Eclesiástico: 'Avergonzaos a la vista de la mujer deshonesta' (Eccli. 4l)…" (Catecismo Romano, III, VII, n. 4).

 

4. Jesucristo confirmó el precepto divino que prohibía la impureza externa e interna (cfr. Ex XX, 14 y 17), poniendo de relieve la gravedad de la materia, al reprobar la mala mirada y al mostrar en el corazón la raíz mala (cfr. Matth V, 27-28) que mancha el alma con todos sus frutos: Ab intus enim de corde hominum malae cogitationes procedunt, adulteria, fornicationes, homicidia, furta, avaritiae, nequitiae, dolus, impudicitiae, oculus malus, blasphemia, superbia, stultitia (Marc. VII, 21-22). No cabe ahí parvedad de materia, todo desorden es grave: las enumeraciones se suceden en diversos lugares del Nuevo Testamento: la impureza en todas sus formas excluye del Reino de los Cielos: qui talla agunt, regnum Dei non consequentur (Gal. V, 19-21; cfr. Rom, XIII, 13; I Cor. V, 11; VI, 9-20, Col, III, 5; Hebr. XIII, 4; I Petr IV, l-6c etc.). En toda su variedad -desde el movimiento desordenado del corazón a la perversidad más degradante- la impureza es propia del paganismo: Sicut et gentes quae ignorant Deum (I Thess. IV, 3-5; cfr. Ephes. XV, 17-19; I Cor. V, 9-11; I Tim. I, l0; etc.); y oonstituye una verdadera idolatría que excluye de la herencia en el Reino de Cristo (cfr. Ephes. V, 3-5). Tan grave es la materia y tan pegadiza para el hombre que lleva en sí las heridas del pecado original, que ni siquiera se debe nombrar: "…omnis inmunditia… nec nominetur in vobis, sicut decet sanctos; aut turpitudo, aut stultiloquium, aut scurrilitas, quae ad rem non pertinent" (Ephes. V, 3-4).

 

5. Ante los que afirman la imposibilidad de evitar esos desórdenes -quizá al principio con una aparente humildad, para pasar pronto a justificar (nadie está obligado a lo imposible) las peores depravaciones-, y que no hacen otra cosa que sacar consecuencias de las proposiciones de Lutero y Calvino, que afirmaban la corrupción esencial de la naturaleza humana, la pérdida radical de la libertad, etc.(cfr. Dz. 742 [1452], 771 [1481], 772 [1482], 775 [1485], 776 [1486], 792-843 [1515-1583]), conviene recordar que la Iglesia ha afirmado, entre otros, los siguientes puntos:

-la existencia de una verdadera libertad moral en el hombre durante su vida terrena, con la posibilidad de obrar el bien en el orden natural y de cooperar con la gracia;

-la necesidad de la gracia para la justificación -y también para poder cumplir siempre y completamente los preceptos de la ley natural-, y la necesidad del recurso a los Sacramentos (en particular la Confesión y la Eucaristía) para vivir cristianamente;

-la necesidad de mortificar los apetitos desordenados, y en general de la práctica ascética fundada en la oración y en la mortificación: práctica que no va contra la naturaleza, sino contra el desorden introducido por el pecado y sus consecuencias, y que por tanto se ordena con la gracia a restablecer la armonía primordial de la naturaleza humana y a consentir el desarrollo de la vida sobrenatural;

-el valor de la virtud de la castidad, dentro y fuera del matrimonio (con exigencias diversas en uno y otro caso), ordenando debidamente lo referente a la vida sexual, como una condición básica para la santidad, para la vida de oración, para luchar contra el egoísmo y la soberbia, etc.; y, en consecuencia, el valor y la necesidad de aquellas virtudes que forman el cortejo y la custodia de la santa pureza: el pudor, la modestia, la sobriedad, etc.

-la necesidad de huir tanto de la desesperación como de la presunción; por tanto, la necesidad de luchar contra las tentaciones e invocar el auxilio divino, y también de evitar las ocasiones y de huir del peligro próximo y voluntario de pecado.

 

6. "Nos ha dado el Creador la inteligencia,  que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite -con la libre voluntad, otro don de Dios- conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad. 

Ése es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad" (Es Cristo que pasa, n. 24).

 

7. No es por tanto la castidad una carga, una virtud negativa, fruto de prejuicios religiosos, propia de seres deformes (cfr. Camino, n. 133). La santa pureza es corona triunfal (cfr. Camino, n. 123); afirmación gozosa (cfr. Es Cristo que pasa, n. 5), "virtud de hombres que saben lo que vale su alma" (Camino, n. 131);

y que nace del amor (cfr. Es Cristo que pasa, n. 40).

"Ved que, por eso, nunca hablo de impureza, sino de pureza, ya que a todos alcanzan las palabras de Cristo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Matth. V, 8). Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros" (Es Cristo que pasa, n. 5).

No perderemos nunca este punto de vista, si procuramos llenar nuestra vida de amor de Dios, si nuestra fidelidad es firme, delicada, alegre e indiscutida, porque "el corazón está hecho para amar. Por eso, sino ponemos el corazón en Dios, en la Virgen, Madre nuestra, en todas las almas…, el corazón se venga y se convierte en una gusanera" (Del Padre, Meditaciones II, p. 452).

 

II. SOBRE ALGUNOS ARGUMENTOS DE ÍNDOLE MORAL

 

1. Estos voceros de la "nueva moral" no pocas veces sustituyen la norma objetiva, universal y permanente de moralidad, por la investigación sociológica. Hacen encuestas -la mayor parte de las veces prefabricadas y manipuladas, en ambientes enrarecidos-, construyen estadísticas, y a la luz de curiosas interpretaciones, concluyen casi siempre en lo mismo:

-casi nadie vive de acuerdo con las normas tradicionales de la moral cristiana, y en consecuencia varía el criterio de normalidad;

-hay una discrepancia radical entre la teoría moral de la Iglesia y la conducta real de los cristianos. Esta discrepancia obliga a construir una nueva moral, que ha de hacerse según las categorías de la moderna antropología;

-esa tarea es urgente, porque la Iglesia está perdiendo a las nuevas generaciones; etc.

 

2. Conviene tener en cuenta sin embargo -aparte de la manipulación de datos, los casos en que se han comprobado clamorosos errores de extrapolación o interpretación, el hecho de que la mayoría de las personas que tienen sentido del pudor no se presta a responder a tales encuestas, etc.-, que nunca la estadística puede ser considerada como norma de moralidad.

Aun cuando en una determinada región o en un determinado ambiente social, esos datos dieran una imagen real del comportamiento general, lo más que se podría concluir es que allí y entonces se ha perdido el sentido cristiano de la vida o se ha depravado.

3. La Sagrada Escritura habla de situaciones que podríamos considerar semejantes: la narración de las circunstancias previas al diluvio (cfr. Gen. VI, 5-8); en Sodoma no se encontraron ni siquiera los diez justos que hubieran bastado para que Dios no hubiera arrasado la ciudad (cfr. Gen. XVIII y XIX); y San Pablo escribe: "Todos se han extraviado, todos están corrompidos; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno" (Rom. III, 12).

Pero los Apóstoles, los discípulos, los primeros cristianos, no iban por el mundo pagano ofreciendo normas de moralidad basadas en tantos por ciento, porque no se apoyaban en la situación existencial, sino en la virtud salvadora de la Redención: "A la verdad que la predicación de la Cruz parece una necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es la virtud de Dios… Nosotros predicamos a Cristo crucificado; lo cual para los judíos es motivo de escándalo, y parece una locura a los gentiles, si bien para los que han sido llamados tanto judíos como griegos, es Cristo la virtud de Dios y la sabiduría de Dios" (I Cor. I, 18. 23-24).

 

4. Otra razón aducida es una cierta relatividad de los criterios morales, especialmente en el terreno del pudor y de la modestia.

No se puede negar que los usos y las costumbres sociales cambien, ni que dentro de ciertos límites eso sea de suyo indiferente y ligado a factores técnicos, etc. Pero en este campo, lo relativo y convencional es mucho menos de lo que parece: hay un límite real entre lo decente y lo indecente (se reconozca o no, en lugares y tiempos determinados, por la legislación, la opinión pública, etc.). Una persona que se esfuerza por vivir cristianamente distingue sin tanta dificultad la modestia de la inmodestia, y el pudor de la desvergüenza.

 

5. Hay, ciertamente, personas que no saben distinguir, y que tratan de medir por la reacción que una situación provoca. A este propósito cabría recordar lo que sucede con las drogas: la dosis inicial resulta pronto ineficaz, y se hace necesario recurrir a una dosificación mayor. Las primeras dosis parecen ya inocuas, pero no lo son, entre otras cosas porque han llevado precisamente a aquel estado de degradación que exige dosis que a una persona normal podrían resultar incluso mortales. Al ver que a aquella persona una determinada dosis no le calma el deseo, a nadie se le ocurriría concluir que esa dosis pueda ser administrada a todo el mundo.

 

6. Un argumento relativamente frecuente para pretender justificar, e incluso presentar como positivo, lo que siempre en la

Iglesia se ha tenido como pecaminoso y opuesto a la Ley de Dios, es negar la maldad de todo aquello que aparece como "natural": si la sexualidad es algo bueno -dicen-,  no se ve por qué no han de seguirse esas "inclinaciones naturales", mientras no resulten perjudiciales para otros. Y entre esas "inclinaciones naturales" incluyen seguidamente las más diversas formas de lujuria.

Con estos planteamientos no es extraño que no se mencione el remedium concupiscentiae, como uno de los fines secundarios del matrimonio, como siempre ha sido señalado en el Magisterio de la Iglesia: eso sería reconocer las heridas dejadas por el pecado original, y lo antinatural de muchas inclinaciones aparentemente "naturales".

 

7. En primer lugar,  conviene tener en cuenta que aquellas afirmaciones se oponen expresa y directamente a la Ley de Dios (cfr. apartado I de este guión), y a la misma ley natural.

De hecho, ese tipo de razonamientos sólo puede hacerse cuando se niega u olvida previamente el pecado original, o se reduce a un genérico pecado de la humanidad, o se ignoran sus consecuencias para la naturaleza humana.

Sin embargo, es dogma de fe que por el pecado original la naturaleza humana -en el cuerpo y en el alma- in deterius commutata est (cfr. p.e., Concilio de Trento, sess. V, Dz. 788 [1511]; cfr. también guión de ref avH 10/70, n. 37). En consecuencia, no basta considerar algo como una inclinación de la naturaleza humana -que no se encuentra en estado de naturaleza pura, sino de naturaleza caída-, para que deba concluirse que es bueno en sí y en todas sus manifestaciones. Todos conocemos nuestra "natural inclinación” a la pereza, a la soberbia, a la vanidad, al egoísmo, etc., que exigen un esfuerzo continuo para —ayudados por la gracia de Dios- luchar contra esas tendencias desordenadas.

 

8. Además,  es experiencia patente que en este campo se manifiesta de modo más intenso la falta de sujeción de las facultades inferiores a las superiores, consecuencia del pecado original. De hecho, los placeres corporales atraen frecuentemente con más vehemencia que los espirituales, por presentarse más continuamente, ser de ordinario mas asequibles, etc.  (cfr. Santo Tomás, Summa Theologiae, I-II, q. 31, aa. 5 y 6. II-II, q. 151, a.2).

Esto también ayuda a comprender el cuidado especial que -sin obsesiones y sin cosas raras, pero yendo contra corriente siempre que haga falta- hay que tener en este punto; lo pegajoso de la materia (cfr. Camino, n. 131); la importancia de la guarda de los sentidos; la necesidad de vivir el pudor y la modestia, esos hermanos pequeños de la pureza (cfr. Camino, n. 128); etc.

 

9. "No es normal ni natural lo que se opone a la ley de Dios. El fomes peccati es una realidad universal, pero una realidad tristísima, con la que es necesario luchar: y para luchar es necesario advertir el pecado como un mal -el único verdadero mal-, conocer la propia debilidad y no ponernos tontamente en ocasiones peligrosas. No se trata de aislarnos, sino de estar delicadamente vigilantes, y oponernos con firmeza a la sensualidad sutil que quiere inducir al acostumbramiento, a la cohonestación del mal o a una cobarde y dañosa tolerancia" (Del Padre, Cn V-70).

 

III. EL CELIBATO Y LA VIRGINIDAD

 

1. De planteamientos como los señalados más arriba, se sigue inmediatamente la incomprensión del celibato, los tenaces esfuerzos de algunos por ridiculizarlo, etc. Así, por ejemplo, se lee o se oye que la verdadera perfección humana y plenitud personal está necesariamente vinculada a la unión sexual. Según esto, sólo en el matrimonio sería posible alcanzar aquella plenitud.

 

2. Otros, quizá intentando justificar sus flaquezas personales, hablan del celibato y la virginidad como de un ideal imposible, "que supone una casta de hombres distinta"; algo contrario al derecho natural, y -en el caso de los sacerdotes- una arbitrariedad de la Iglesia que exige más de lo que la misma ley divina presenta en el Evangelio. Y aplican al sacerdote, sacándolas del contexto, algunas frases de la Sagrada Escritora: "¡Ay del hombre solo!"; "Es mejor casarse que abrasarse"…

 

3. Tales afirmaciones están en radical oposición con toda la doctrina revelada, con la vida de Jesucristo perfectus Deus et perfectus homo, con la de su Santísima Madre, con la de San José, y con la doctrina recogida en la Sagrada Escritura, en la Tradición y en los textos del Magisterio.

“Lo que dijo el Señor: ‘Creced y multiplicaos’, se ordena a declarar la causa de haber instituido el Matrimonio, no a imponer necesidad a cada uno de los hombres. Porque (…) no sólo no hay ley alguna que obligue a casarse, sino que se encomienda muy mucho la virginidad, y se aconseja a todos en las Escrituras Sagradas como más excelente que el estado del Matrimonio, y que contiene en sí mayor perfección y santidad. Porque así nos enseñó nuestro Salvador y Señor: 'El que pueda guardarla, guárdela' (Matth. 19). Y el Apóstol dice: 'Acerca de las Vírgenes no tengo mandamiento del Señor: pero doy consejo, como que he conseguido del Señor misericordia para ser fiel' (I Cor. 7)" (Catecismo Romano II, VIII, 12).

 

4. El Concilio de Trento declara: "Si alguno dijere que el estado conyugal debe anteponerse al estado de virginidad o celibato, y que no es mejor y más perfecto permanecer en virginidad o celibato, que unirse en matrimonio (cfr. Mt. 19, 11s; I Cor. 7, 25s. 38 y 40), sea anatema" (Sess, XXIV, Dz. 980 [1810]).

El Concilio Vaticano II ha recordado esta doctrina, insistiendo en que la continencia perfecta y perpetua por el Reino de los Cielos es un don divino, gratuitamente concedido y libremente aceptado, que Dios concede a quien quiere (cfr., p.e., Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 16, Decr. Optatam totius, n. 10; Decr. Perfectae caritatis, n. 12).

 

5. Enseña la Enc. Sacerdotalis coelibatus: "La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Io. 15,13; 3, 16)… La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre ‘como señal y estímulo de caridad’ (Conc. Vaticano II, const. Lumen gentium, n. 42); señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos" (n. 24).

"No es justo repetir todavía, después de lo que la ciencia ha demostrado ya, que el celibato es contra la naturaleza, por contrariar a exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad humana: el hombre creado a imagen y semejanza de Dios (Gen. 1, 26-27) no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas le hacen dominador de los propios apetitos físicos, psicológicos y afectivos" (n. 53).

 

IV. SOBRE LA LLAMADA EDUCACIÓN SEXUAL

 

1. Con el pretexto de evitar a los niños los graves males -desde la inmadurez y la inadaptación, hasta la neurosis- que, según algunos, se derivan de la "ignorancia sexual", se están promoviendo campañas de "educación sexual" para ellos -con gran despliegue de películas didáctico-sexuales, sexatlas, etc.-, informándoles de los complejos mecanismos que intervienen en la procreación y en todo lo referente a esa esfera, facilitándoles incluso la oportuna experiencia, antes de que lleguen a ese conocimiento y a esa experiencia por sí mismos "de un modo incontrolado y defectuoso".

 

2. No faltan quienes pretenden justificar esas enseñanzas interpretando a su modo lo que dice la Declaración sobre la educación cristiana de la juventud, del Concilio Vaticano II: "Hay que iniciarlos (a los niños y a los adolescentes), conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual" (Gravissimum educationis, n. 1).

Pero para interpretar correctamente esa recomendación, que naturalmente recae en primerísimo lugar sobre los padres, es necesario acudir al Magisterio anterior: "Ha de procurarse ante todo una plena, firme y nunca interrumpida formación religiosa de la juventud de uno y de otro sexo", fomentando en ella el amor y el deseo de la castidad, e inculcándole "con sumo interés que inste en la oración, que sea asidua en la recepción de los sacramentos de la penitencia y de la Santísima Eucaristía, que profese filial devoción a la Bienaventurada Virgen, madre de la santa pureza y se encomiende totalmente a su protección; que evite cuidadosamente las lecturas peligrosas, los espectáculos obscenos, las malas compañías y cualesquiera ocasión de pecar" (Del Decreto del Santo Oficio, de 21-III-1931, sobre la educación sexual, Dz.2251; cfr. Pío XI, enc. Divini illius Magistri, 31-XII-1929: Dz.22l4 [3697]).

     

3. "Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo… Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza… salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez -es seguro, si obráis cristianamente así-, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal" (Es Cristo que pasa, nn. 27 y 29. Cfr. Dos meses de catequesis, pp. 791-792).

 

V. CONCLUSIÓN

 

1. "Ese clima de lujuria, de sexualidad brutal, es una manifestación del mundo en cuanto enemigo del alma. También lo es el clima de rebelión de violencia, que hay por tantos sitios. Y todo es fruto de la actividad diabólica. ¡Todo está organizado diabólicamente! Por eso, los hijos de Dios, los cristianos, debemos procurar portarnos, de manera que demos gusto a Nuestro Padre del Cielo, luchando, siendo rebeldes. Nos quieren convertir en bestias, y vosotros y yo decimos que ¡no nos de la gana!, que queremos tratar a Dios y ser hijos suyos" (Del Padre, Dos meses de catequesis, p, 705).

"Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. -Y esa cruzada es obra vuestra" (Camino, n. 121).

 

2. "La santa pureza no es la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa" (Es Cristo que pasa, n. 5).

En efecto, las graves consecuencias que lleva consigo la in fidelidad en esta virtud -creciente alejamiento de Dios, oscurecimiento de la inteligencia, endurecimiento del corazón, hasta llegar a los peores delitos y a todo desorden social- nos hablan de su importancia.

 

3. Al considerar el triste panorama de muchos ambientes, con ánimo realista y sereno, "se ha de evitar una especie de psicosis obsesiva por el tema, que frecuentemente tiene las mismas raíces". Ni ésta ni otras circunstancias exigen nada esencialmente nuevo: "se trata de hacer realidad, con particular empeño, lo que vengo predicando desde los comienzos: metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, hemos de llevar a todos el bonus odor Christi, llevando con nosotros nuestro propio ambiente, que tiene como parte integrante la virtud cristiana de la santa pureza con su cortejo de virtudes menores pero indispensables… Para los cristianos es hoy tan necesario como lo ha sido siempre la práctica delicada del pudor y de la modestia" (Del Padre, Cn V-70).

 

4. En la lucha para vivir con delicadeza esta virtud, contamos con numerosos y variados medios, que hemos de practicar y enseñar a practicar: la oración -"la santa pureza la da Dios cuan

do se pide con humildad" (Camino, n. 118)-, "la guarda atenta de los sentidos y del corazón; la valentía -la valentía de ser cobarde- para huir de las ocasiones; la mortificación y la penitencia corporal; la frecuencia de sacramentos, con particular referencia a la confesión sacramental; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas; todo, con una tierna devoción a Nuestra Señora para que Ella nos obtenga de Dios la gracia de una vida limpia y santa" (Del Padre, Cn V-70). 

 

 

Junio 1974

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Publicado el Viernes, 03 abril 2009



 
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