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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: Sobre la evangelización.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación el guión n. 39 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, que versa sobre la misón evangelizadora de la Iglesia.

 

El guión sale al paso acertadamente de ciertos errores de aquella época sobre la naturaleza y los medios de esta evangelización, entre ellos los que contraponían evangelización y administración de los sacramentos.

 

No obstante, el escrito resulta un tanto negativo, pues se basa en documentos magisteriales de tipo defensivo, en lugar de haberse actualizado recurriendo a la Evangelli nuntiandi de Pablo VI o a la Catechesi tradendae, la Redemptoris missio o la Dominus Iesus del pontificado de Juan Pablo II.

 

Una vez más, el mensaje de la Obra de Escrivá parece sólo sentirse a gusto en el contexto defensivo de la pugna contra los modernistas de la España del catolicismo oficial, y no consigue adaptarse al ambiente dialogante y plural en que afortunadamente ahora nos encontramos.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

Ref avH 10/70                                             nº 39

 

SOBRE LA EVANGELIZACIÓN DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO, I: EVANGELIZACIÓN Y MISIÓN DE LA IGLESIA

 

A. LA PREDICACIÓN DE CRISTO Y DE LOS APOSTÓLES

 

1. Después de que San Juan Bautista, "predicando el bautismo de penitencia" (Marc. I, 4), había anunciado la llegada del Mesías, "vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios y diciendo: Cumplido es el tiempo, y el reino de Dios está cercano; arrepentíos y creed en el Evangelio" (Marc. I, 14-15).

Con sus palabras, Jesucristo conduce a los hombres a la fe y a la conversión (cfr. Matth. XV, 28; Marc. X, 52; XI,22; Luc. VII, 47-50; Ioann. VIII, 10-11; IX, 35-41; etc.), preparándoles para ese "nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu Santo" (cfr. Ioann. III, 1 ss.), que es el bautismo...



 

2. Fe, conversión de vida, sacramentos: son la finalidad de la evangelización realizada por la Iglesia desde el principio, cumpliendo así el mandato del Señor: "Id y enseñad a todas las gentes: bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a cumplir todo cuanto os he mandado: yo estaré con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos" (Matth. XXVIII, 19-20; cfr. Marc. XVI, 15-16).

 

3. Los hechos de los Apóstoles nos narran muchos detalles de esa primera evangelización. El mismo día de Pentecostés, San Pedro predica la divinidad, muerte redentora y resurrección del Señor, diciendo después: "Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Act. II, 38).  Como consecuencia, "recibieron su palabra y se bautizaron, y se convirtieron aquel día unas tres mil almas. Perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración" (Act. II, 41-42).

Cuando San Pedro y San Juan acuden a Samaría, como aquellos fieles sólo habían sido bautizados,"les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo" (Act. VIII, 14-17): es decir, les administraron el sacramento de la confirmación, como siempre ha interpretado la Iglesia esas palabras.

Felipe, después que el etíope recibió con fe sus enseñanzas sobre Jesucristo, le bautizó (cfr. Act. VIII, 26 ss.). San Pedro, después de que el centurión Cornelio creyó en su predicación, hizo que le bautizaran, a él y a toda su familia (cfr. Act. X, 36-48). Etc.

 

B. NECESIDAD, FINALIDAD Y CONTENIDO DE LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

 

Estos elementos están claramente expresados en el mismo mandato de Cristo (cfr. A. n. 2). Conviene, sin embargo, insistir:

 

1. La necesidad de predicar el Evangelio radica, por una parte en la necesidad de obedecer al mandato del Señor, y por otra en la necesidad de pertenecer a la Iglesia para la salvación: "El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no creyere, será condenado" (Marc. XVI, 16). Aunque quienes sin culpa desconocen el Evangelio pueden salvarse si buscan con sinceridad a Dios y cumplen la ley natural, con mucha frecuencia se descaminan, consintiendo a las malas inclinaciones de la naturaleza herida por el pecado original y a la tentadora acción del diablo; por eso, la Iglesia -cumpliendo el mandato de Cristo- con la predicación del Evangelio busca la gloria de Dios y la salvación eterna de todas las almas (cfr. Conc. Vaticano II, const. dogm. Lumen gentium, n. 16).

 

2. La finalidad de la evangelización, en cualquier tiempo y lugar, no es otra que la salvación eterna de los hombres, promoviendo la recepción de la fe, la conversión de vida y conduciendo a todos hacia los sacramentos, que son las fuentes de la gracia: "Predicando el Evangelio, la Iglesia mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y de la idolatría y los incorpora a Cristo (...) hasta consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio eucarístico" (Conc. Vaticano II, const. dogm. Lumen gentium, n. 17; cfr. Decr. Ad gentes, n. 9).

Se equivocan, por tanto, los que -como sucede actualmente con alguna frecuencia- contraponen una Iglesia misionera o Kerygmática con una Iglesia sacramentalizadora, queriendo luego superar -a modo de "síntesis dialéctica"- esa tensión procurando reducir la celebración de los sacramentos a signos u ocasiones de anunciar el Evangelio. Por el contrario, si la evangelización, en todas sus formas, no condujese a los sacramentos y, en consecuencia, a una renovada santidad de vida, sería como aquel falso proselitismo reprobado por Jesucristo: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que andáis girando por mar y tierra para hacer un prosélito, y después lo hacéis digno del infierno dos veces más que vosotros!" (Matth. XXIII, 15).

 

3. El contenido de la evangelización es el Evangelio: la doctrina salvadora de Jesucristo. Este contenido es el mismo sustancialmente para los diversos aspectos de esa evangelización: el anuncio del Evangelio a los que aún no lo han recibido, la enseñanza general a los fieles, la catequesis de los niños ya bautizados. Es de notar que actualmente el término evangelización unas veces se aplica al conjunto de esos aspectos, y otras veces se restringe al primero de ellos.

En cualquier caso, "los temas sobre los que hay que predicar son el Símbolo de los Apóstoles, la Ley de Dios, los mandamientos de la Iglesia, los sacramentos, las virtudes y los vicios, los deberes de estado, los novísimos del hombre, y las demás verdades eternas" (S. Pío X, Motu proprio Sacrorum antistitum, l-IX-1910).

Este contenido es, como dicen algunos, un anuncio de liberación (Redención, es palabra más adecuada). Pero el Evangelio no es sólo un anuncio, una buena nueva, sino la Buena Nueva por excelencia, la definitiva, Jesucristo nos libera del pecado, del poder del demonio, de la esclavitud de la carne, de la muerte eterna: ésa es la auténtica liberación que ha de anunciarse en la evangelización, y no otras "liberaciones" -legítimas o menos legítimas- de orden temporal (vid. guión de ref avH 10/70 nº 24).         

Ciertamente, el Evangelio ilumina, sana y eleva todo lo humano. Pero la evangelización ha de centrarse en las realidades eternas, y no en la incidencia saludable que el Evangelio ha tenido y tiene en el orden de las realidades temporales: "Otra manera de hacer daño es la de quienes hablan de las cosas de la religión como si hubiesen de ser medidas según los cánones y las conveniencias de esta vida que pasa, dando al olvido la vida eterna futura: hablan brillantemente de los beneficios que la religión cristiana ha aportado a la humanidad, pero silencian las obligaciones que impone; pregonan la caridad de Jesucristo nuestro salvador, pero nada dicen de la justicia. El fruto que esta predicación produce es exiguo, ya que, después de oírla, cualquier profano llega a persuadirse de que, sin necesidad de cambiar de vida, él es un buen cristiano con tal de decir: Creo en Jesucristo. ¿Qué clase de fruto quieren obtener estos predicadores? No tienen ciertamente ningún otro propósito más que el de buscar por todos los medios ganarse adeptos halagándoles los oídos; con tal de ver el templo lleno a rebosar, no les importa que las almas queden vacías. Por eso es por lo que ni siquiera mencionan el pecado, los novísimos, ni ninguna otra cosa importante (...) de ahí el escaso o el nulo aprovechamiento que sacan los que andan en el pecado, pues aunque acudan gustosos a escuchar, sobre todo si se trata de esos temas cien veces seductores, como el progreso de la humanidad, la patria, los más recientes avances de la ciencia, una vez que han aplaudido al perito de turno, salen del templo igual que entraron, como aquellos que se llenaban de admiración pero no se convertían (cfr. San Agustín, In Matth. XIX, 25)" (León XIII, Doc.S.C, Episc. 31-VII-1894, recogido por San Pío X, Motu proprio Sacrorum antistitum, l-IX-1910).

 

C. FIDELIDAD AL EVANGELIO Y MEDIOS PARA LA EVANGELIZACIÓN

 

1. La doctrina de Cristo no es doctrina de hombres sino de Dios: "Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió" (Ioann. VII, 16), Por eso, "no se propone como un hallazgo filosófico que pueda ser perfeccionado por el ingenio humano, sino como un divino depósito entregado a la Esposa de Cristo para que sea fielmente custodiado e infaliblemente declarado" (Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, c. 4).

Por tanto, es condición esencial de la evangelización la fidelidad al Evangelio. El Espíritu Santo nos amonesta, diciendo por San Pablo a los gálatas: "Me maravillo de que tan pronto, abandonando al que os llamó a la gracia de Cristo, os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro; lo que hay es que algunos os turban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero aunque yo mismo o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Os lo he dicho antes y ahora de nuevo os lo digo: si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema" (Galat. I, 6-9).

 

2. La fidelidad en la predicación del Evangelio debe ir unida al don de lenguas, "haciéndonos todo para todos, para salvarlos a todos" (cfr. I Cor. X, 33). Pero eso no debe significar el pretender agradar a todos, rebajando según conveniencias humanas las exigencias del Evangelio: "Hablamos -escribía San Pablo a los tesalonicenses-, no como quien busca agradar a los hombres, sino sólo a Dios" (I Tes. II, 3-4).

No es buen camino pretender hacer fácil el Evangelio, silenciando o rebajando los misterios que se han de creer y las normas de conducta que han de vivirse. Nadie ha predicado ni predicará el Evangelio con mayor "credibilidad", energía y atractivo que Jesucristo, y sin embargo no fueron muchos los que le siguieron fielmente. No ha de olvidarse tampoco que, hoy como siempre, "predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero poder de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos" (I Cor. I, 23-24; cfr. I, 18).

 

3. La estricta sobrenaturalidad del contenido y de la finalidad de la evangelización exige que los medios sean también sobrenaturales. El fruto de la misión evangelizadora, en todos sus aspectos, depende primaria y principalmente de la gracia divina: Dominus dabit verbum evangelizantibus, virtute multa (Ps. LXVII, 12). La predicación del Evangelio no puede medirse con los criterios simplemente humanos de una propaganda doctrinal:

a) en primer lugar, hay que tener fe en la eficacia divina de la Palabra de Dios, que conduce a trasmitirla en su integridad "sin avergonzarse del Evangelio" (cfr. Rom. I, 16), ya saber que "la Palabra de Dios es viva, eficaz y tajante más que una espada de dos filos, y penetra hasta las divisiones del alma y del espíritu" (Hebr. IV. 12);

b) buenos son los medios humanos, pero no pueden sustituir a la sabiduría divina, ni ponerse a su nivel: "Yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabiduría, que nunca me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté a vosotros en debilidad, temor y mucho temblor; mi palabra y mi predicación no fue en persuasivos discursos de humana sabiduría, sino en la manifestación del espíritu de fortaleza,  para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios (...) Pues no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido. De estos os hemos hablado, y no con estudiadas palabras de humana sabiduría, sino con palabras aprendidas del Espíritu, adaptando a los espirituales las enseñanzas espirituales" (I Cor. II, 2-5 y 12-13).

c) el predicar con palabras "aprendidas del Espíritu" exige que el predicador "orando por sí y por aquellos a los que va a hablar, sea antes orante que orador" (S. Agustín, De doctrina cristiana, IV, 15; PL 34, 103). Si lo primero que la liturgia señala antes de la lectura del Evangelio es que el sacerdote pida la asistencia divina ut sanctum Evangelium tuum digne valeam nuntiare (Ordo Missae), también para su explicación fructuosa, antes que nada es necesaria la oración,  la petición humilde a Dios y la meditación personal de la Palabra divina;

d) aunque Dios puede hacer eficaz la predicación del Evangelio prescindiendo de la santidad de vida del predicador, "¿Que" frutos podrán conseguirse en los fieles, si los pregoneros de su doctrina niegan con sus vidas lo que enseñan con sus palabras?" (S. Pío X, Enc. Iucunda sane, 4-III-1904). Porque, de ordinario, "recoge fruto abundante de la predicación aquél que antes ha hecho una siembra de buenas obras" (S. Gregorio Magno, Moralia, VI, 35: PL 75, 759). Es decir, "conozcan todos... que su primera y principal obligación por la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana" (Conc. Vaticano II, Decr. Ad gentes, n. 36).

 

D. SUJETO DE LA EVANGELIZACION

 

1. La misión de difundir el Evangelio es de toda la Iglesia, que es "por naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la Misión del Hijo y de la Misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre"  (Conc. Vaticano II, Decr. Ad gentes, n, 2).

 

2. Sin embargo,  el deber de predicar el Evangelio a todos los hombres recae principalísimamente en el Romano Pontífice, cuyo primado se refiere a la triple potestad de la Jerarquía eclesiástica (magisterio, orden y jurisdicción) (cfr. Conc. Vaticano I, const. Pastor Aeternus, cap. 4). Por deseo expreso del Señor, corresponde al sucesor de San Pedro la predicación de la doctrina de fe y de costumbres, en la que ha de confirmar incluso a los sucesores de los demás Apostóles: "Simón... yo rogado por ti,  para que no desfallezca tu fe;  y tú aliquando conversus, confirma fratres tuos" (Luc. XXII, 32). Sobre la infalibilidad, vid. guión de ref. avH 10/70 nº 35.

 

3. Además, a todos los obispos "afecta primaria e inmediatamente, con Pedro y bajo Pedro, el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura" (Conc. Vaticano II, Decr. Ad gentes, n. 38). Por su parte, todos los sacerdotes, "constituidos en el orden del presbiterado (son) cooperadores del orden episcopal para cumplir la misión apostólica confiada por Cristo" (Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 2).

 

4. La Iglesia ha de realizar la evangelización pública y oficial por medio de la Jerarquía (nn. 2-3), que ha de ocuparse principalmente de enseñar a los que ya son cristianos,  para afianzar su fe y moverles a una renovada rectitud de vida cristiana: los pastores, en efecto, "por mandato de Cristo, tienen la obligación de conocer y apacentar las ovejas que les han sido confiadas; apacentar significa, en primer lugar, enseñar: esto prometía Dios por boca de Jeremías: Os daré pastores que tengan un corazón como el mío, y os apacentaran con ciencia y con doctrina (Jer. III, 15). Y el Apóstol Pablo decía: No me envió Cristo a bautizar, sino a evangelizar (I Cor. I, 17), queriendo con esto indicar que lo mas importante que deben hacer quienes de algún modo gobiernan en la Iglesia, es enseñar a los fieles las cosas sagradas"  (S. Pío X, Enc. Acerbo nimis,  15-IV-1905).

En esta predicación, como "la Iglesia no quiere mezclarse de modo alguno en el gobierno de la ciudad terrena" (Conc. Vaticano II, Decr. Ad gentes, n. 12), "los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir a las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción" (Es Cristo que pasa, n. 184).

Sobre los juicios morales que la Jerarquía de la Iglesia de be hacer sobre cuestiones temporales, cuando lo exija el bien de las almas, vid. guión de ref. avH 10/70 nº 36.

 

5. Además de la evangelización oficial y pública -que corresponde a la Jerarquía eclesiástica-, la misión apostólica de la Iglesia obliga también a cada cristiano, porque "el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, el mismo Cristo" (Es Cristo que pasa, nº 96), y “no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes nomines salvi fiant (cfr. I Tim. II, 4), para salvar a todos los hombres" (Es Cristo que pasa, nº 106). Esta realidad: la naturaleza apostólica de la vocación cristiana, radicada en el carácter del bautismo y de la confirmación, ha sido solemnemente recordada por el Magisterio, declarando que "todos los fieles cristianos, donde quiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra el hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo, y la virtud del Espíritu Santo, por quien han sido fortalecidos con la confirmación" (Conc. Vaticano II, Decr. Ad gentes, n. 11).

Este deber apostólico, realizado por los fieles con personal libertad y responsabilidad y según la propia situación en el mundo y en la Iglesia, ha de llevar a todos a exclamar con San Pablo: "¡Ay de mí? si no evangelizase!" (I Cor. IX, 16).

 

 

 

Abril 1974

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Publicado el Miércoles, 10 diciembre 2008



 
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