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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: Sobre el debate moral.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación el guión n. 38 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, que versa sobre la objetividad e inmutabilidad de la ley moral.

 

El texto sale al paso de diversos errores que, diecinueve años y medio después, Juan Pablo II afrontaría en su encíclica sobre los fundamentos de la moral cristiana, Veritatis splendor. Y esto es lo primero que me resulta chocante: que habiéndose producido una intervención magisterial de ese nivel, ellos hayan mantenido su guión de 1974, y sin aceptar los aspectos asumibles que estaban presentes en los errores refutados por el magisterio papal.

 

Muchas críticas al subjetivismo moral, que aparecen en este guión, son acertadas. Pero deberían haber sido enriquecidas con la doctrina que aparece en la Veritatis splendor, además de haber sido rectificadas en algunos puntos en que no resultan admisibles.

 

En efecto, los autores del guión no han entendido lo que muchos han subrayado en el último siglo sobre que “el cristianismo no es un código moral -y tampoco un conjunto de dogmas-, sino el seguimiento de una persona, Cristo” (n. I. 2 del guión): afirmación acertada si se entiende en sentido no excluyente de la importancia de los dogmas o la moral, y que ha sido confirmada por Benedicto XVI en el segundo párrafo de su primera encíclica Dios es Caridad.

 

Tampoco parecen conocer los autores del guión las aportaciones con las que el cardenal De Lubac, con el debate que suscitó al publicar Surnaturel en 1946, consiguió centrar la Antropología cristiana en una línea que ha resultado tan enriquecedora. Pues, después de él, resulta penoso hablar de un fin natural y sobrenatural y desconocer que -como ya decían Pedro Lombardo, san Buenaventura y santo Tomás- lo natural al ser humano es abrirse al don sobrenatural de la amistad con Dios.

 

Igualmente, al criticar el guión a quienes atinadamente han destacado que «hay que revalorizar todo lo personal: el seguimiento "adulto" de Cristo» (n. IV, 4 del guión), se pone en evidencia que los autores del guión no conocen toda la problemática que hay detrás de esa propuesta, que es la que dio lugar a la Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II, sobre la libertad religiosa.

 

Es decir, el guión parece adolecer de la actitud de quienes pretenden hacer teología desconociendo el debate teológico. Y esa autosuficiencia empobrece notablemente el propio quehacer teológico, impidiendo descubrir los aspectos positivos de los autores que tienen algo que aportar, así como conocer las causas de los errores.

 

Por otra parte, no oculto que me he quedado petrificado al ver la impavidez con que, en una institución que, según ha mostrado Oráculo, no respeta la conciencia de sus fieles y les inculca que hay que obedecer sin condiciones lo que dicen los Directores como si fuera la voluntad de Dios, sean capaces de afirmar lo siguiente y quedarse tan frescos:

 

«Nadie puede sustituirse en el acto de la conciencia; no es posible delegar la responsabilidad moral hasta tal punto: la conciencia es singular, propia, intransferible. Tampoco cabe sustituir a otro en su conciencia; a los demás se les puede ayudar con la doctrina, con el consejo, con el ejemplo, pero la última decisión y la responsabilidad consiguiente son personales» (n. II, 10. Según puede comprobarse, este texto está seguido de una cita del n. 93 de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, en la que éste -el creador de todo ese sistema de avasallamiento de las conciencias- venía a decir lo mismo).

 

Por lo demás, hago notar también que no me parece serio citar textos entrecomillados, sin consignar el autor, como se hace en los nn. I. 3 y III. 1 y 3 del guión. ¿Qué pasa: están criticando las ideas de Joseph Ratzinger y no se atreven a decirlo?

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

Ref avH 10/70                                                   nº 38

 

I. OBJETIVIDAD E INMUTABILIDAD DE LA LEY MORAL

 

1. No es de extrañar que si entra en crisis la seguridad en la doctrina de la fe, se llegue a conclusiones erróneas en el campo de los principies y de la vida moral; o que, al revés, una conducta desordenada, -por falta de lucha contra el desorden de las propias pasiones- pueda llevar a intentar una cohonestación intelectual de ese modo de vida, que la conciencia bien formada rechaza. Esta situación es la que se observa con tristeza en el comportamiento de bastantes personas que, siendo y llamándose católicos, han perdido el sentido cristiano de la vida...

 

2. Así, un grupo de "teólogos" han venido urgiendo la necesidad de renovar la moral cristiana tradicional, con el fin de dar una visión más auténtica del "mensaje" moral del cristianismo, que sea adecuada al hombre de hoy. Parten de la idea de que el cristianismo no es un código moral -y tampoco un conjunto de dogmas-, sino el seguimiento de una persona, Cristo; que no vino a traer al mundo un conjunto de preceptos, sino una actitud nueva de fe-amor a los hombres. Es preciso por tanto -concluyen-, superar el legalismo y el carácter inmovilista de la moral tradicional, enfrentando a los hombres a esas exigencias de fe y amor. Y, de este modo, elaborar una ética de la responsabilidad, sin formalismos, con "mayoría de edad"...



 3. Por otra parte, "es hora ya -dicen- de proclamar que el cumplimiento de esas obligaciones formales, ha llevado durante demasiados siglos a los cristianos a olvidar el precepto más importante: el de la caridad; no sólo permitiendo una sociedad injusta, sino incluso construyéndola. Es el momento pues de que, mano a mano con los demás hombres, los cristianos se consagren a construir una sociedad más justa y progresiva".

 

4. Para lograr estos fines, estos innovadores de la moral, se sirven de una terminología aparentemente cristiana; pero enseguida se advierte que ha sido completamente vaciada de contenido sobrenatural y también, en la mayor parte de los casos, del contenido propio del lenguaje común.

 

5. Ante todas estas doctrinas, resuenan con particular actualidad las palabras inspiradas de San Pablo a Timoteo: "Has de saber que en les días postreros sobrevendrán tiempos peligrosos: se levantarán hombres amadores de sí mismos, codiciosos, altaneros, soberbios, blasfemos, desobedientes de sus padres, ingratos y facinerosos, desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, fieros, inhumanos, traidores, protervos, hinchados y más amadores de deleites que de Dios, mostrando así apariencia de piedad o religión pero renunciando a su espíritu. Apártate de esos tales; porque de ellos son los que se meten en las casas y cautivan a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas de varias pasiones, las cuales andan siempre aprendiendo, y jamás llegan al conocimiento de la verdad. En fin, así como Jannes y Mambres resistieren a Moisés, del mismo modo estos resisten a la verdad, hombres de corazón corrompido, réprobos en la fe, que quisieron pervertir a los demás; más no lograrán sus intentos, porque su necedad se hará patente a todos, como antes se hizo la de aquellos" (II Tim. III, 1-8).

Por estas razones, es conveniente recordar los puntos más importantes de la doctrina de la Iglesia sobre la Ley Moral.

 

 

II. SOBRE LA LEY MORAL Y LA CONCIENCIA

 

1. Es doctrina de fe que Dios, además de crear al hombre, lo destinó a un fin sobrenatural, elevándole al orden de la gracia (cfr. Conc. de Trento, Dz. 788). La asunción del fin ultimo natural del hombre dentro de su fin último sobrenatural, es el fundamento dinámico de la unidad de vida moral, pues el orden sobrenatural "no sólo no destruye ni merma el orden natural ..., sino que lo eleva y perfecciona, y ambos órdenes se prestan mutua ayuda y como complemento respectivamente, proporcionado a la naturaleza de cada uno, precisamente porque uno y otro proceden de Dios, que no se puede contradecir" (Pío XI, Enc. Divini illius Magistri, 31-XII-1929, Dz. 2206).

En la actual situación del hombre, después de la caída original, nadie puede conocer siquiera enteramente el orden moral natural sin la ayuda de la Revelación (cfr. Pío XII, Enc. Humani generis, Dz. 2305; vid, también Dz. 105 y Dz. 812). Aunque el hombre sin la gracia puede realizar actos naturales buenos, la dificultad que encuentra para vivir habitualmente bien el mismo orden natural hace que, cuando los hombres se alejan de la fe de Jesucristo y de la frecuencia de los sacramentos, pronto se haga grande la decadencia moral. Es lo que tristemente estamos comprobando en nuestros días, en que al enfriamiento de la fe y de la práctica religiosa, ha seguido un oscurecimiento moral, por el que puntos claves de la ley natural -durante siglos unánimemente reconocidos, como influjo del cristianismo en la sociedad-, hoy vuelven a ponerse en duda como en los tiempos del paganismo: indisolubilidad del matrimonio, deber de no cegar las fuentes de la vida, maldad del suicidio y del aborto, etc.

Sin la gracia, por tanto, el hombre no sólo no puede realizar actos proporcionados al fin sobrenatural, sino que se encuentra incapaz para cumplir siempre todos los que exige su mismo fin natural. Y como este fin sigue midiendo sus actos, aunque no esté en gracia, el hombre acaba realizando actos infrahumanos, desproporcionados a su naturaleza.

 

2. El orden moral -tanto natural como sobrenatural- no es creación del hombre ni producto de su imaginación, sino una realidad fundada en la ordenación querida por Dios, que se manifiesta a través de la Creación y de la Redención. La vida cristiana se gobierna, pues, por esa Voluntad divina, que se realiza de modo diferente en cada cristiano, según su estado y peculiares circunstancias, estando todos obligados a buscar la santidad; y esta vocación a la santidad ilumina el sentido de la vida humana, con el deseo insaciable de dar una gloria sobrenatural a la Trinidad Beatísima, alcanzando así nuestra felicidad eterna.

 

3. La sabiduría divina, que ha ordenado el mundo de modo que cada cristiano alcance su fin -la gloria de Dios- según su naturaleza y de acuerdo con las leyes que gobiernan su acción, se denomina Ley eterna (cfr. León XIII, Enc. Libertas praestantissimum, Denz.-Sch, 3247). A todos los hombres Dios ha dado los preceptos del orden natural, mediante una ley impresa en sus corazones, que es la ley divino-natural: "La ley natural es la misma ley eterna grabada en los seres racionales" (León XIII, ibidem). Esta ley fue sancionada, perfeccionada y elevada por la Revelación, que alcanza su plenitud con Jesucristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Ioan. XIV, 6). Y así la moral cristiana comprende tanto la ley divino-natural como la ley divino-positiva: "La moral cristiana, se encuentra en la ley del Creador impresa en el corazón de cada uno, y en la revelación, es decir, en el conjunto de verdades y preceptos enseñados por el Divino Maestro" (Pío XII, Alloc. 23-III-1952; cfr. Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, Dz. 1785).

 

4. La existencia de la ley natural es una verdad de fe, repetidamente afirmada por el Magisterio de la Iglesia como uno de los pilares fundamentales de todo el orden moral, “pues es cosa averiguada que la fuente primaria y más profunda de los males que hoy afligen a la sociedad moderna brota de la negación, del rechazo, de una norma universal de rectitud moral, tanto en la vida privada de los individuos como en la misma vida política… Esta ley tiene su fundamento en Dios, Creador omnipotente y Padre de todos, supremo y absoluto legislador, omnisciente y justo juez de las acciones humanas. Cuando temerariamente se niega a Dios, todo principio de moralidad queda vacilando y perece…” (Pío XII, Enc. Summi Pontificatus, 20-X-39, Dz. 2279).

 

5. Todos los hombres, sin excepción, están sujetos a la ley natural, cuyos primeros principios son inmutables (cfr. Dz. 2279), y valederos independientemente de las circunstancias de tiempo y lugar, pues "las obligaciones morales de la ley natural se basan en la misma naturaleza del hombre, y en sus relaciones esenciales: de las relaciones entre el hombre y Dios, entre hombre y hombre, entre los cónyuges, entre padres e hijos; de las relaciones esenciales de la comunidad -en la familia, en la Iglesia, en el Estado- resulta entre otras cosas que el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección de la verdadera fe, la negación de la fe, al perjurio, el falso testimonio, el homicidio, la calumnia, el adulterio y la fornicación, el abuso del matrimonio, el pecado solitario, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que es necesario a la vida, la defraudación del salario justo,…, ? todo ello está gravemente prohibido por el Divino Legislador. No hay motivo para dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer" (Pío XII, Alloc. 18-IV-1952),

 

6. Aunque la ley natural puede ser conocida, al menos en sus principios fundamentales, por todos los hombres (cfr. Conc. Vaticano I, Const, Dei Filius, Dz. 1785), sin embargo, en su conocimiento, "el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginación, ya por las concupiscencias derivadas del pecado original. Y así sucede que, en estas cosas, los hombres fácilmente se persuaden de que es falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero. Por todo ello ha de defenderse que la revelación divina es moralmente necesaria, para que, aun en el estado actual del género humano, con facilidad, con firme certeza y sin ningún error, todos puedan conocer las verdades religiosas y morales que de por sí no se hallan fuera del alcance de la razón" (Pío XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950, Dz. 2305).

De ahí que el Señor haya confiado a su Iglesia también el poder de interpretar auténtica y legítimamente la ley natural; poder que el Magisterio eclesiástico ha ejercido con autoridad desde los comienzos de su fundación (cfr. Pablo VI, Enc. Humanae vitae, 25-VII-1968, n. 4).

La Nueva Ley, en cambio, es conocida sólo a través de la Revelación, por medio de la fe, bajo la guía del Magisterio, que es quien tiene encomendado el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum, n. 10).

 

7. El hombre, criatura espiritual, inteligente y libre, ha de cumplir la ley de Dios voluntariamente y, por tanto,  conociéndola. El conocimiento de la ley divina, como conocimiento sapiencial, que repercute directamente en la conducta, es por sí mismo una actividad moral: una actividad libre del hombre que exige la rectitud de la voluntad.

Por tanto, el recto conocimiento moral, como el recto juicio de la conciencia que aplica ese conocimiento a un acto moral concreto, no es posible sin la rectitud moral de la voluntad. Por eso, para el recto juicio de la conciencia no basta la ciencia moral, sino que se requieren las virtudes morales que inclinan a juzgar rectamente en el caso concreto.

Por tanto, la obligatoriedad de seguir los juicios de la conciencia moral no proviene de la misma conciencia, sino de la norma moral objetiva que aquella conoce e interpreta, pero que no puede modificar. "La conciencia, por sí misma, no es el árbitro del valor moral de las acciones, que ella sugiere. La conciencia es intérprete de una norma interior y superior, pero no es ella quien la crea" (Pablo VI, Alloc., 13-11-1969).

 

8. Como la función de la conciencia moral no es crear la ley, sino conocerla y aplicarla a las circunstancias concretas de cada momento, es gravísima la obligación que todos los hombres tienen de procurar formarse, por los medios adecuados una conciencia recta y verdadera, modelada en Cristo. Esta necesidad es tanto más imperiosa cuanto que sin una conciencia recta, sensible, sincera y verdadera, no es posible la rectitud de vida. "La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo fuera bueno,  todo tu cuerpo quedará iluminado; pero si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo quedará en tinieblas. Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea oscuridad" (Luc. XI, 34-35).

Difícilmente podría hablarse de rectitud moral cuando se apela a la propia conciencia para no guardar, e incluso combatir, normas morales legítimas y claramente establecidas o declaradas por el Magisterio eclesiástico, tanto ordinario y universal como extraordinario.

 

9. Formar la conciencia cristiana “consiste, ante todo, en instruir la inteligencia acerca de la voluntad de Cristo, de su ley, de su camino y, además, en obrar sobre su alma, en cuanto desde fuera puede hacerse, para inducir a la libre y constante ejecución de la voluntad divina” (Pío XII, Alloc. 23-III-1952).

Cada hombre es responsable de alcanzar una recta conciencia: es decir, una conciencia verdaderamente conforme a la ley de Dios. La luz de la ley divina nos llega a través de la conciencia, que descubre la moralidad de cada acto y señala el orden objetivo a nuestra conducta subjetiva. Por eso, la conciencia obliga siempre: toda voluntad en desacuerdo con la conciencia, sea ésta verdadera o errónea, es mala (cfr. Santo Tomás, S. Th., I-II, q. 19, a, 5); lo cual no lleva consigo, en cambio, el que la voluntad conforme con la conciencia errónea sea buena siempre: lo será sólo si es verdaderamente errónea, no culpablemente oscurecida (cfr. Ibidem, a. 6). Por eso, si los juicios de conciencia son dudosos o venciblemente erróneos, la ley moral exige que, en estas situaciones, se resuelva la duda o se aclare el error. No es lícito actuar aceptando la posibilidad actual o habitual de pecar (cfr. Inocencio XI, Decr. del S.O., 4-III-1679, Dz. 1154).

 

10. Esta función de la conciencia es resultado y manifestación clara de que la relación del hombre con Dios es siempre algo personal. Nadie puede sustituirse en el acto de la conciencia; no es posible delegar la responsabilidad moral hasta tal punto: la conciencia es singular, propia, intransferible. Tampoco cabe sustituir a otro en su conciencia; a los demás se les puede ayudar con la doctrina, con el consejo, con el ejemplo, pero la última decisión y la responsabilidad consiguiente son personales. "El consejo de otro cristiano, y especialmente –en cuestiones morales o de fe- el consejo del sacerdote, es una ayuda poderosa para reconocer lo que Dios nos pide en una circunstancia determinada; pero el consejo no elimina la responsabilidad personal: somos nosotros, cada uno, los que hemos de decidir al fin, y habremos de dar personalmente cuenta a Dios de nuestras acciones". No se puede olvidar que "por encima de los consejos privados está la ley de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, y que el Magisterio de la Iglesia -asistida por el Espíritu Santo- custodia y propone. Cuando los consejos particulares contradicen a la palabra de Dios tal como el Magisterio nos la enseña, hay que apartarse con decisión de aquellos pareceres erróneos. A quien obra con esa rectitud, Dios le ayudará con su gracia, inspirándole lo que ha de hacer y, cuando lo necesite, haciéndole encontrar un sacerdote que sepa conducir su alma por caminos rectos y limpios, aunque más de una vez resulten difíciles" (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 93).      

 

III. SOBRE ALGUNOS ERRORES PARTICULARES

 

l. Según algunos autores, "el mensaje de Cristo es un mensaje de salvación, y no una moral". La novedad de este mensaje radicaría en que cambia el sentido mismo de la moralidad, frente al legalismo anterior: no renueva lo material de la moral, sino lo formal; lo único propio del cristianismo sería la "disponibilidad del hombre ante Dios", y para conseguirla se nos proporciona un modelo, Cristo, que no exige un comportamiento concreto, pues El "nos da la inspiración, no la solución".

 

2. Pero -se les objeta- en el Evangelio vemos que Cristo da muchas indicaciones concretas. Ante esa objeción responderán que si observamos esas normas, veremos que son de dos clases: "Normas transcendentales" y "normas categoriales":

a) llaman normas transcendentales a aquellas por las que decidimos no ya lo que hacemos", sino lo que somos; y éstas serían las únicas propias del cristianismo. Y lo único que exigen -según estos autores- es una "opción fundamental", que se resolvería en un compromiso de fe-amor a los demás hombres; compromiso que sobrepasa toda "categoría moral" y exige una metanoia de la persona: cambiar el corazón…, no cumplir el código;

b) llaman, en cambio, normas categoriales a las determinaciones morales concretas. Este tipo de normas, que se encuentran en la Sagrada Escritura, serían simples ejemplos de esa metanoia que exige el cristianismo: ejemplos que, en cuanto tales, eran válidos en su tiempo. Por eso, ante cualquier mandamiento concreto -norma categorial-, las interpretaciones y deducciones de la tradición católica deben pasar a un segundo plano, ante los principios fundamentales -normas trascendentales- de la moral cristiana.

En definitiva, lo que ha de hacer el cristiano -según estas teorías- es, desde las normas trascendentales -que se reducen a "no hacer a los otros lo que no desees que hagan contigo"-, buscar las normas histórico-sociales que las apliquen a cada época y situación concreta. Y ha de quedar bien claro que esas normas tienen que coincidir para cristianos y no cristianos, pues el cristianismo no es una moral, sino una doctrina de salvación, es decir de plena "realización del hombre".

 

3. Con frecuencia se oye decir que "la moral no puede traicionar el ser histórico del hombre", que el fin de la moral es que el hombre se realice en cuanto tal: la persona es un fin, no un medio, Y como -según estos autores- el hombre sólo existe en desarrollo, el hablar de naturaleza del hombre sería una abstracción, algo que no es real, dado que esa naturaleza del hombre, como el hombre mismo, es histórica y, por tanto, varía de modo continuo e irreversible, según va logrando una mayor autocomprensión de sí mismo y, de modo paralelo, va estableciendo su verdad. Por eso, afirman, no puede existir una "moral cerrada", sino que la moral ha de acompañar al hombre en su proceso de desarrollo ascendente, y no puede no depender de los conocimientos que otras ciencias -psicología, sociología, biología, etc.- logran sobre el hombre.

No se trata de sujetar al hombre a unas normas que, en definitiva, lo coartan -la negación de toda norma es la consecuencia lógica de no querer admitir un fin último-, sino de lanzar al hombre a que descubra progresivamente lo que tiene que hacer: "la moral cristiana es la moralidad que la humanidad misma descubre".

 

4. Por consiguiente, esta nueva moral fabricará sus normas concretas según las circunstancias de lugar y tiempo, a la luz de las normas trascendentales. Así, por ejemplo, si un pretendido precepto particular, en un caso concreto, impide la felicidad del sujeto -felicidad que para estos autores parece reducirse casi siempre a la felicidad terrena y, a veces, al placer sensible, y que establecen como premisa necesaria para la "realización" de la persona-, y su incumplimiento no produce daño a nadie, "no hay ningún motivo serio para sostener su obligatoriedad; es el caso, por ejemplo de algunos pecados contra el sexto y el noveno mandamiento".

 

5. Al toparse con la ley natural, estos nuevos moralistas afirman que ciertamente existe, pero que no es inmutable, precisamente porque es natural, y la naturaleza del hombre es esencialmente histórica. No podemos "cosificar" la verdad de Dios: el Decálogo fue una inspiración válida para todos los hombres en lo que tiene de norma transcendental; pero, en sus determinaciones concretas, recoge usos y costumbres propias de aquel tiempo; hay que reinterpretarlo y hacerlo vivo, actual: sería ridículo, con los conocimientos que el hombre tiene de historia, etnología, etc., "pretender que existan normas morales inmutables". Además -dicen- "actuar cristianamente es actuar según conciencia: y esto exige la reinterpretación personal, caso por caso, de la ley, para no caer en un mecanismo que anule la propia responsabilidad".

 

6. La última reducción es la reducción de lo humano a lo material; de ahí, la confluencia con el marxismo, que 'tan extraño atractivo ejerce sobre estos "teólogos" moralistas, y que progresivamente va absorbiendo su predicación y sus doctrinas. Ya no hablan de lucha ascética, pues la persona queda reducida a un momento de la colectividad histórica, y la ley de la dialéctica sustituye a la libertad y a la responsabilidad personales. Sé habla de "lucha de clases", de "pecado social", etc., y poco a poco intentan servirse de la Iglesia y reducir su misión sobrenatural a una tarea puramente marxista de activar el proceso dialéctico de la historia.

 

IV. HUMILDAD Y RECTITUD DE VIDA

 

1. Se hace necesario recordar que la moral cristiana ha sido revelada por Dios: no es una construcción humana, sino un don de Dios que hemos recibido gratuitamente, para custodiarla con celo y con la seguridad absoluta de que estamos en la verdad, "porque aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo, os predique un Evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema. Os lo he dicho y os lo repito: cualquiera que os anuncie un Evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema" (Gal. I, 8-9).

Y las exigencias de la moral cristiana son altísimas: conducirse como hijos de Dios, como portadores de Cristo, como aquellos en quienes inhabita la Santísima Trinidad (cfr. I Cor, VI, 15 y XIX, 20). Esto implica no sólo el cumplimiento del orden natural, sino el cumplirlo de un modo mucho más perfecto -la gracia perficit naturam-, no es accesible sin las virtudes morales infusas y los dones del Espíritu Santo (cfr. Santo Tomás, S. Th., I-II, q. 68, a. 2).

 

2. Si falta lucha interior contra nuestras pasiones desordenadas, poco a poco, se oscurece la conciencia y, a la corta o a la larga, se pervierte el conocimiento moral: y así, el afán por buscar la verdad, lo que Dios quiere en cada momento, tiende a sustituirse por una "teoría" que justifique la propia conducta: "noluit intelligere; ut bene ageret" (Ps. XXXV, 4).

Como de hecho, mientras estamos en la tierra, todos somos pecadores (cfr. Conc. de Trento, ses. VI, Dz. 833), o tenemos la humildad de reconocer nuestro egoísmo y nuestra soberbia y sentimos la necesidad de la contrición y del arrepentimiento, o acabamos negando -queriendo negar- la realidad de la moral cristiana, rebajando su contenido -quizá con pretendidas excusas de tipo “científico”, “apostólico”, etc.- lo que, en definitiva, indica la pérdida de la fe- y la carencia de humildad para reconocer los propios pecados.

 

3. El principio del proceso de estos autores, de ordinario, parece ser un planteamiento intelectual: el deseo de formular la fe y la moral cristianas en un modo más acorde con el "hombre de hoy", más conforme con lo que llaman "necesidades actuales", para evitar un fracaso apostólico. Olvidan que la predicación de Cristo crucificado es y será siempre Iudaeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam (I Cor. I, 23). Por tanto, si se buscan las causas de ese aparente, o real fracaso apostólico -que quizá sea más evidente en la actualidad-, hay que reconocer que no hay más que una: la falta de vida interior, de santidad personal: “estas crisis mundiales son crisis de santos” (Camino, n. 301).

 

4. Afirman que hay que restituir al cristiano su dignidad de hombre, y quo para eso hay que revalorizar todo lo personal: el seguimiento "adulto" de Cristo. Sustituyen a Dios por el hombre, y hablan de lo quo es don gratuito como si fuera un hallazgo humano. Inmersas en esta atmósfera, se rechaza todo el depósito de la fe, pues fue válido -dirán- sólo en su tiempo, pero no para nosotros, que debemos asumir todo lo que las "ciencias humanas" puedan aportar al conocimiento del hombre.

El deseo de construir una moral "adulta", como dicen, es un espejismo que encubre un mal combatido orgullo humano: una contradicción a la gratuidad de la fe, que sólo concede Dios a quien la recibe con la sencillez y agradecimiento de los niños: "Yo te glorifico, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeñuelos" (Mat. XI, 25). Así, no es extraño que aplicando a la verdad revelaba por Dios las leyes propias de las verdades que son logro de los hombres, se queden al final –en el mejor de los casos- con la pobre verdad que el hombre puede encentrar con sus solas fuerzas, y que "como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a un réprobo sentido, de suerte que han hecho acciones indignas del hombre" (Rom. I, 28).

 

5. Lógicamente, el Magisterio se presenta como un obstáculo para este camino, pues les resulta intolerable que haya una verdad que se nos dé ya determinada, válida para todos los hombres y todos los tiempos. "Con el pretexto de adaptar las ideas religiosas al mundo moderno, se prescinde de la guía del Magisterio eclesiástico, se da a la especulación teológica una dirección radicalmente historicista, se tiene la osadía de despojar el testimonio de la Sagrada Escritura de su carácter histórico y sagrado, y se intenta introducir en el pueblo de Dios una mentalidad que llaman ‘postconciliar’… para difundir la ilusión de dar al Cristianismo una nueva interpretación, arbitraria y estéril" (Paulo VI, Adhort. Apost. Petrum et Paulum, 22-II-1967: AAS 59 [1967] p. 198).

 

6. Y estos autores, que rechazan el dogma de la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia (cfr. Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, Dz. 1788), se erigen a sí mismo en oráculos infalibles, en norma moral y en guías -ciegos- de los demás.

Se ve, en todas estas teorías, el error de base de considerar las normas morales como cortapisas, como algo que impide el ejercicio de la libertad, cuando en realidad sucede todo lo contrario: esas normas son los medios que Dios nos ha dado para que fácilmente y sin error, alcancemos el fin para el que hemos sido creados, y por eso son una muestra más del infinito amor de Dios a los hombres.

"Es lógico, hijas e hijos -nos dice nuestro Padre-, que haya límites en nuestra actuación de hijos de Dios, a la vez que nos sentimos y somos verdaderamente libres. Los límites y protecciones de las autopistas, que impiden a los coches salirse del camino, solo podrían parecer contrarias a la libertad a quien no quisiera verdaderamente llegar a donde conduce la carretera. Únicamente una persona sin juicio quiere que no haya limitaciones en su camino, como un conductor de automóvil que dijera: ¿por qué ponen estas barreras?, y las saltara pasándose al otro lado. Ese hombre no es más libre por eso, pero además atropella la libertad de los otros, y terminará perdiéndose" (Crónica, VII-72).

 

7. Respecto a la opción fundamental de que hablan estos autores, se hace necesario recordar que la libertad del hombre es la libertad de una criatura inmersa en el tiempo y herida en su naturaleza como consecuencia del pecado original, que no se decide por Dios en un sólo acto, por una única opción -como ocurrió con el ángel-; sino a lo largo de toda su vida: de modo que su decisión de amar y servir a Dios, debe ser mantenida con una lucha constante, mediante una continuada fidelidad. De ahí la posibilidad de que el hombre cometa pecados mortales, no sólo por directa oposición a Dios, sino también por debilidad: es más, si una persona no lucha seriamente por evitar el pecado venial, acabará después de no mucho tiempo por no evitar los mortales.

Por estas razones, a la ética de situación la doctrina católica contrapone tres consideraciones capitales: "La primera: concedemos que Dios quiere ante todo y siempre la intención recta, pero ésta no basta; Él quiere, además, la obra buena. La segunda: no está permitido hacer el mal para que resulte el bien (cfr. Rom. III, 8); pero esta ética obra -tal vez sin darse cuenta de ello- según el principio de que el fin justifica los medios. La tercera: puede haber circunstancias en las cuales el hombre -y en especial, el cristiano- no puede ignorar que debe sacrificarlo todo, aun la misma vida, por salvar su alma. Todos los mártires nos lo recuerdan; y son muy numerosos, también en nuestro tiempo" (Pío XII, Alloc., 18-IV-1954).

 

8. La afirmación de que "la naturaleza del hombre es histórica", con todas las consecuencias derivadas de ahí, supone negar la igualdad esencial de todos los hombres -la misma naturaleza-, ignorar la espiritualidad e inmortalidad del alma, confundir al hombre con sus operaciones y sumergir a la persona en un devenir temporal y colectivo.

Iesus Christus heri et hodie; ipse et in saecula (Hebr. XIII, 8): en Cristo está el fundamento de la vida cristiana. "Si miramos a nuestro alrededor y consideramos el transcurso dé la historia de la humanidad, observaremos progresos y avances. La ciencia ha dado al hombre una mayor conciencia de su poder. La técnica domina la naturaleza en mayor grado que en épocas pasadas, y permite que la humanidad sueñe con llegar a un más alto nivel de cultura, de vida material, de unidad.

Algunos quizá se sientan movidos a matizar ese cuadro, recordando que los hombres padecen ahora injusticias y guerras, incluso peores que las del pasado. No les falta razón. Pero, por encima de esas consideraciones, yo prefiero recordar que, en el orden religioso, el hombre sigue siendo hombre, y Dios sigue siendo Dios. En este campo la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, alfa y omega, principio y fin (cfr. Apoc. XXI, 6).

En la vida espiritual no hay una nueva época a la que llegar. Ya está todo dado en Cristo, que murió, y resucito, y vive y permanece siempre. Pero hay que unirse a El por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros, de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!" (Es Cristo que pasa, n. 104).

 

9. La reinterpretación personal que estos autores exigen no es otra cosa, en la práctica, que lo que siempre se ha llamado libertad de conciencia, entendida no sólo como emancipación de cualquier norma extrínseca, sino también como negación de una autoridad que pueda dictar leyes a la actividad de la persona humana, como si ésta debiera ser ley para sí misma, sin el vínculo de otras intervenciones sobre sus actos. La Iglesia ha condenado repetidas veces estas doctrinas (cfr. Pío IX, Dz. 1703, 1704, 1716, 1756, 1757; León XIII, Dz.-Schön, 3259, etc.), pues Dios ha creado al hombre libre, y cuenta con su libertad para salvarlo, pero sólo es posible alcanzar la salvación por el camino que Dios mismo ha señalado. Los preceptos de la ley divina no coaccionan, pero -principalmente en materia religiosa-"tocan y ligan la conciencia de los hombres" (Conc. Vaticano II, Dec. Dignitatis humanae, n. 1), aunque éstos pueden responder o no a esa llamada, alcanzar su fin o apartarse de él.

Por eso, es distinta la libertad de las conciencias, es decir, "el derecho que tienen las almas a procurarse el mayor bien espiritual bajo el magisterio y la obra formadora de la Iglesia..., el derecho de las almas así formadas a comunicar los tesoros de la redención a otras almas" (Pío XI, Enc. Non abbiamo bisogno, 29-VI-31, AAS 23 [1931] p. 301).

 

10. También resulta llamativa la especial insistencia  con que reclaman esa reinterpretación en materia sexual. Frente a todas las promesas de "felicidad", de "realización", etc., una vez que hayan conseguido acabar con las "viejas normas" de moralidad en este terreno, conviene recordar las palabras inspiradas de la Sagrada Escritura: "Estos tales son fuentes pero sin agua, y nieblas agitadas por los torbellinos, para los cuales esta reservado el abismo de las tinieblas. Porque profiriendo discursos pomposos llenos de vanidad, atraen con el cebo de apetitos carnales de lujuria a los que poco antes habían huido de los que profesan el error, prometiéndoles libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción. Pues quien de otro es vencido, por lo mismo queda esclavo del que le venció. Porque si después de haberse apartado de las asquerosidades del mundo por el conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, enredados otra vez en ellas son vencidos, su postrera condición viene a ser peor que la primera. Por lo que mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocido, abandonar la ley santa que se les había dado, cumpliéndose en ellos lo que suele significarse por aquel refrán verdadero: volviese el perro a lo que vomitó y la marrana a revolcarse en el cieno" (II Petr. II, 17-22).

 

11. Una vez rechazada la sujeción de la voluntad del hombre a Dios, una vez puestos los ojos "sobre todo" en este mundo, en la historia, en el hacer y en el hacerse, lo único en cierto modo coherente es reducir el hombre a su actividad material –de ahí su confluencia con el marxismo-; o, por lo menos, hacer de esa actividad material lo prácticamente importante. Por eso, causan profunda tristeza esas voces que hablan de la prioridad de los problemas que llaman "sociales" y que son ya solo "económicos": olvidan que son la añadidura; que en último término los egoísmos sociales no son más que el resultado de los personales, y que no hay otro modo de vencer el propio egoísmo que la búsqueda sincera de la unión con Dios. Olvidan que  San Pablo, en medio de las circunstancias de su tiempo, probablemente mucho más duras de cuanto lo sean hoy, no se lanzó a predicar la abolición de injusticias terrenas, sino a Cristo crucificado, locura para los gentiles y escándalo para los judíos (I Cor. I, 23). Nuestra misión en la tierra es instaurare omnia in Christo (Eph. I, 10), "informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioan. XII, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación. Primogénito y Señor de Toda criatura" (Es Cristo que pasa, n. 105).

 

12. A veces, pueden sobrevenir desalientos ante la difusión de estas doctrinas erróneas y la proliferación de autores que las mantienen. Pero la Iglesia cuenta con la asistencia del Espíritu Santo, y estas situaciones no son nuevas; además,  hay que saber que en la actualidad se usa un sistema de publicidad para difundir los errores, por otra parte ya muy antiguo: el "bombo mutuo", ya denunciado otras veces por el Magisterio de la Iglesia: "Éstos son los malabarismos que hacen los modernistas para colocar su mercancía. ¿Qué no son capaces de mover para aumentar el número de sus secuaces? En los Seminarios y en las Universidades ocupan los puestos de profesores y convierten las cátedras en focos de infección. En los sermones van sembrando sus doctrinas, aunque no sea más que veladamente; las exponen con toda claridad en los congresos; las introducen y enseñan en las instituciones sociales. Editan, con su propio nombre o con seudónimos, libros, revistas, artículos. A veces, un mismo escritor utiliza varios nombres, para que los incautos crean que el número de autores es mayor. En resumen, con obras y con palabras no dejan de hacer todo lo que pueden, como si estuvieran poseídos de una fiebre frenética" (San Pío X, Enc. Pascendi, 8-IX-1907, AAS 40 [1907] p. 648).

 

13. Ante esta situación tenemos que pedir a Dios la fortaleza de permanecer fieles en la fe y en la vida, pese a todas las posibles dificultades del ambiente que nos rodea, sin miedo para exponer la doctrina auténtica de Cristo, enseñada por la Iglesia, con la seguridad de quien -por la misericordia de Dios- está en la verdad. Podemos leer, como dirigidas a cada uno, estas palabras de San Pío X: "Los enemigos de la Iglesia intentarán con toda certeza aprovechar estas cosas para renovar la ya antigua calumnia que nos tacha de enemigos del saber y progreso de la humanidad… Mientras,… depositando Nuestra mayor confianza en vuestro trabajo y en vuestro esfuerzo, pedimos para vosotros con toda Nuestra alma abundancia de luz del Cielo, para que, en medio de tantos peligros para las almas a causa de los errores que se infiltran por todas partes, veáis con claridad lo que debéis hacer y cumpláis vuestra obligación con energía y fortaleza. Que Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe, os asista; que también os asista la oración y el auxilio de la Virgen Inmaculada, exterminadora de todas las herejías" (San Pío X, Enc. Pascendi, 8-IX-1907, AAS 40 [1907] p, 649).

 

                                                         Abril 1974

 

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Publicado el Lunes, 01 diciembre 2008



 
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