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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: Sobre el pecado original.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

 

Copio a continuación el guión n. 37 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, que versa sobre algunos aspectos relacionados con el Pecado original.

 

El guión es de 1974, y resulta chocante que no haya sido actualizado, para incluir diversas intervenciones del magisterio eclesiástico que se han producido desde entonces, por ejemplo sobre el limbo de los niños, o sobre qué aspectos son admisibles y cuáles no en las hipótesis evolucionistas.

 

Además, llama la atención que no haga ninguna referencia a la cuestión del supuesto fin natural del ser humano que el cardenal de Lübac había planteado ya en 1946 en su libro “Surnaturel”. Está claro que la teología que manejan los redactores del escrito está al margen de los interesantes debates que se han venido produciendo durante los últimos decenios en el ámbito de la Antropología teológica.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

Ref avH 10/70                                                 nº 37

 

SOBRE EL PECADO ORIGINAL, LA NECESIDAD DEL BAUTISMO PARA LA SALVACIÓN Y EL MONOGENISMO



1. Hace más de veinte años, Pío XII, al poner en guardia contra una serie de graves desviaciones doctrinales, mencionaba entre ellas el hecho de que "se pervierte el concepto de pecado original, sin atención alguna a las definiciones tridentinas, y lo mismo el de pecado en general, en cuanto es ofensa a Dios, y el de satisfacción que Cristo pagó por nosotros"(Enc. Humani generis, 12-VIII-1950, Dz. 2318 [3891]). Sin embargo, los ataques escondidos o abiertos contra la noción y la realidad del pecado original han continuado y aumentado. Hay quienes piensan que se trata de una creencia mítica para explicar la presencia del mal en el mundo, que sería ya incompatible con la mentalidad del hombre moderno; otros siguen utilizando el término "pecado original", pero interpretándolo de una manera que equivale a negar su realidad.

 

2. Por ejemplo, algunos hablan de una intuición de Dios que sería dada necesariamente en la conciencia del niño recién nacido -o antes-, y la identifican con el bautismo de deseo. De esta forma, "el niño escaparía, ya en el estadio más primitivo de su conciencia, de aquella situación oscura de lejanía de Dios que solemos llamar pecado original". Como consecuencia de esto, "no puede existir en la vida ningún hombre que se encuentre fundamentalmente lejos de la Iglesia; y en cualquier persona, precisamente por ser persona, nos encontraremos con un cristiano".

 

3. Es conveniente, por tanto, recordar los puntos principales de esta verdad de fe, teniendo en cuenta también la capital importancia que tiene para el resto de las verdades reveladas. En efecto, negado el pecado original se desvirtúa la Redención operada por Jesucristo, la misión de la Iglesia, etc.

 

4. En las primeras páginas de la Biblia se nos narra la creación del primer hombre y de la primera mujer, a imagen y semejanza de Dios (Gen. I, 26-28; II, 7.21-23). El Señor los constituyó en un estado de santidad y justicia, dándoles el don sobrenatural de la gracia santificante y confiriéndoles los dones preternaturales de la inmortalidad, integridad, inmunidad de todo dolor y miseria, y ciencia proporcionada a su estado. Puesto en el Paraíso, lugar especialmente preparado por Dios para él, el hombre gozaba de una singular familiaridad con Dios (cfr. Gen. III, 8), libre de todo desorden en sus potencias y pasiones (cfr. Gen. II, 25), constituido señor de toda la tierra (cfr. Gen. I, 28-30). Dios únicamente le prohibió comer del "árbol del bien y del mal", amenazándole, si desobedecía a este mandato, con la muerte (cfr. Gen.II, 17).

 

5. Pero Adán, inducido por Eva que a su vez había sido tentada por la serpiente (cfr. Gen. III, 1-6) -que es Satanás, como enseña la misma Sagrada Escritura (cfr. Sap. II, 24; Apoc. XII, 9; XX, 2)-, se rebeló contra Dios: transgredió su mandato y perdió así "inmediatamente la santidad y la justicia en que había sido constituido, e incurrió por la ofensa de esta prevaricación en la ira y la indignación divina y, por tanto, en la muerte con que Dios antes le había amenazado, y con la muerte en el cautiverio bajo el poder de aquél ‘que tiene el imperio de la muerte’ (Hebr. II, 14), es decir del diablo, y... toda la persona de Adán por aquella ofensa de prevaricación fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma" (Conc. de Trento, sess. V, can. 1, Dz 788 (1511); cfr. Conc. II de Orange, Dz. 174 [371]).

 

6. Con este primer pecado (pecado de origen), Adán perdió la gracia santificante y los dones preternaturales no sólo para sí, sino también para todos sus descendientes, a los que se transmite no sólo la muerte y las demás penas del cuerpo, sino el pecado mismo (cfr. Conc. de Trento, sess. V, can. 2, Dz. 789(1512); Conc. II de Orange, Dz. 175 [372]). De la misma manera que, permaneciendo fiel, Adán nos hubiese transmitido, junto con la naturaleza humana y como un don sobrenatural inmerecido, el estado de santidad y justicia, así se transmite ahora a cada hombre la naturaleza humana, privada de la gracia a la que seguimos destinados, en un merecido estado de enemistad con Dios.

 

7. Siendo Adán padre de todo el género humano y habiendo perdido "para toda su sucesión" "la entrada en el reino celeste" (cfr. Conc. de Florencia, Bula Cantate Domino, 4-II-1441, Dz.713 [1347]), todas las personas humanas -si Dios no concede, como en el caso único de la Santísima Virgen, un privilegio especial- son concebidas manchadas por el pecado original: "hechos inmundos"  (Is. LXIV, 4), "hijos de ira por naturaleza" (Eph. II, 3), "esclavos del pecado" (Rom. VI, 20), massa perditionis (S. Agustín;  cfr. Conc. de Quiersy, año 850, Dz. 316 [621]), bajo el poder del diablo y de la muerte (cfr. Conc. de Trento, sess. VI, cap. 1, Dz. 793 [1516]).

 

8. San Pablo -inspirado por Dios- expresa la misma verdad, con palabras que la Tradición católica siempre ha entendido como referidas al pecado original y a su universalidad: "Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres pasó la muerte, ya que en él todos pecaron… Pues como por la desobediencia de uno, muchos fueron pecadores, así también, por la obediencia de uno, muchos serán hechos justos" (Rom. V, 12.19). Como estas mismas palabras inspiradas expresan, "no sólo pasó a todo el género humano por un solo hombre la muerte, que ciertamente es pena del pecado… (sino) también el pecado, que es la muerte del alma" (Conc. II de Orange, Dz. 175 [372]).

 

9. Por eso, la Iglesia bautiza también a los niños in remissionem peccatorum, ya que de Adán traen el pecado original que ha de expiarse por el lavatorio de la regeneración (cfr. Conc. XVI de Cartago, año 418, Dz. 102 (223), contra la herejía pelagiana). El pecado original se transmite por el hecho de descender de Adán, de recibir de él la naturaleza humana. Está en cada hombre desde el momento de su concepción, como algo propio, y se quita sólo por los méritos del Salvador: "Si alguno afirma que este pecado de Adán que es por su origen uno solo y, transmitido a todos por propagación, no por imitación, está como propio en cada uno, se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, Nuestro Señor Jesucristo… sea anatema" (Conc. de Trento, sess. V, can. 3, Dz, 790 [1513]) (cfr. guión de ref. avH 10/70 n. 10).

 

10. No es posible alcanzar la visión beatífica sin que Dios nos dé la gracia de la justificación, perdonando así nuestros pecados (tanto el pecado original como, en su caso, los personales). Y el "paso de aquel estado en el que el hombre nace hijo de Adán, al estado de gracia y de ‘adopción de hijos de Dios’ (Rom. VIII, 15)" se realiza sólo "por el segundo Adán, Jesucristo Salvador nuestro; paso ciertamente, que después de la promulgación del Evangelio, no puede darse sin el lavatorio de la regeneración o su deseo, conforme está escrito: 'Si uno no hubiere renacido del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios'(Io. III, 5)" (Conc. de Trento, sess. VI, cap, 4, Dz. 796 [1524]).

Por tanto, y aparte del bautismo de sangre, la única manera de asegurar la salvación a los niños pequeños que, por no tener uso de razón, son incapaces de recibir el bautismo de deseo, es administrarles el sacramento del bautismo, en el que "aunque todavía no pudieron cometer ningún pecado por sí mismos, son verdaderamente bautizados para la remisión de los pecados, a fin de que por la regeneración se limpie en ellos lo que por la generación contrajeron" (Conc. XVI de Cartago, a. 418, Dz. 102 [223]).

 

11. Sin embargo, aunque se trata de un pecado -y por tanto de una ofensa voluntaria a Dios-, el pecado original es voluntario sólo ratione originis, por la deliberada prevaricación de Adán (cfr. S. Pío V, Bula Ex omnibus afflictionibus, l-X-1567, Dz. 1047-48 (1947-48), contra errores de Miguel Bayo): no es un pecado actual, ya que se contrae sin haber consentido en él, sino un pecado habitual. Mientras que por los pecados actuales merecemos también la pena de sentido -gehennae perpetuae cruciatus-, por el pecado original incurrimos sólo en la pena de daño -carentia visionis Dei- (cfr. Inocencio III, Carta Maiores Ecclesiae causas, a. 1201. Dz. 410 [780]).

 

12. Aunque la consecuencia más grave del pecado de Adán es la culpa original con que nacemos todos sus descendientes, con ella se nos transmiten también las demás privaciones que dicho pecado llevó consigo para la naturaleza humana: la muerte temporal, la enfermedad y el dolor, la ignorancia y la inclinación al pecado. Y mientras "por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que se confiere en el bautismo,... se remite el reato del pecado original… y se destruye todo aquello que tiene verdadera y  propia razón de pecado" (Conc. de Trento, sess. V, can. 5, Dz. 792 [1515]), de tal suerte que nada queda que nos pueda retardar de la entrada en el cielo,  el bautismo en cambio no nos libera de las demás penalidades.

En efecto, todos los hombres mueren, están expuestos al dolor y al error, y en todos, también en los bautizados, permanece el fomes peccati, la concupiscencia, que -sin ser pecado- "procede del pecado y al pecado inclina", pero que "como haya sido dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y virilmente la resisten por la gracia de Jesucristo. Antes bien, 'el que legítimamente luchare, será coronado'(II Tim. II, 5)" (Conc. de Trento, sess. V, can. 5, Dz. 792 (1515)).

Esta concupiscencia es consecuencia inmediata del desorden que introdujo el pecado de Adán en nuestra naturaleza, ya que con la ruptura de la sujeción sobrenatural del hombre a Dios, se rompió también la armoniosa subordinación del cuerpo al alma y de las pasiones a la razón (cfr. Santo Tomás, S.Th. I-II, q. 82, a. 3).

 

13. A pesar de la claridad con que es afirmada la realidad del pecado original en "la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Sagrada Tradición y del Magisterio de la Iglesia, según la cual el pecado del primer hombre se transmite a todos sus descendientes, no por vía de imitación, sino por propagación, inest unicuique proprium y es mors animae, esto es, privación y no simplemente carencia de santidad, incluso en los niños recién nacidos" (Pablo VI, aloc. 15-VII-1966), se observa en ciertos ambientes una tendencia a desfigurar esta realidad, cuando no a negarla abiertamente.

 

14. En efecto, hay algunos que emplean todavía el término "pecado original", pero parecen olvidar que se trata de un verdadero pecado que nos aparta de Dios. Si aceptan, como un hecho real e histórico, el pecado de Adán, no toman en consideración que este pecado afecta intrínsecamente a cada hombre; se fijan sólo en las consecuencias sociales de este pecado y hablan, a lo más, de un "estado de pecado" de la humanidad globalmente considerada. Es cierto que el pecado de Adán tiene graves consecuencias sociales, pero "los desequilibrios que fatigan hoy al mundo están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano..." (Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n, 10): la causa más profunda de todos los males que pueda sufrir la sociedad es el hecho de qué nacemos pecadores e inclinados al pecado, y de hecho pecamos.

 

15. Con frecuencia, los fautores del "cristianismo adulto" y de la "desmitización" niegan la realidad del pecado original en cada uno de los hombres, porque niegan su raíz histórica: el pecado de origen. Para algunos, el relato del Génesis no es más que un mito primitivo. Otros, sin llegar a afirmar un carácter mítico de la narración de la primera caída y tratando de "salvar" de alguna manera el dogma de la inspiración, interpretan este relato como resultado de una "reflexión piadosa" del hagiógrafo que, bajo influjo divino, habría buscado una explicación satisfactoria para la existencia del mal en el mundo.

Aunque sea de modo diferente, ambas posturas son contrarias a la fe, ya que la negación del pecado histórico de Adán comporta necesariamente la negación de su transmisión al resto del género humano. El mismo libro del Génesis narra el pecado de origen como suceso histórico, y como tal lo suponen las enseñanzas de San Pablo (cfr. Rom. V, 12-19); y lo mismo hay que decir de toda la Tradición y de las definiciones de los concilios de Cartago, Orange y Trento. Una respuesta de la Pontificia Comisión Bíblica lo confirma tajantemente: No se puede poner en duda "el sentido literal histórico donde se trata de hechos narrados (en los primeros capítulos del Génesis)… que tocan a los fundamentos de la religión cristiana, como son, entre otros, la creación de todas las cosas hechas por Dios al principio del tiempo; la peculiar creación del hombre; la formación de la primera mujer del primer hombre; la unidad del linaje humano; la felicidad original de los primeros padres en el estado de justicia, integridad e inmortalidad; el mandamiento impuesto por Dios al hombre, para probar su obediencia; la transgresión, por persuasión del diablo, bajo especie de serpiente, del mandamiento divino; la pérdida por nuestros primeros padres del primitivo estado de inocencia, así como la promesa del Reparador futuro" (30-VI-1909, Dz. 2123 (3514); cfr. Conc. Vaticano II, Const. past, Gaudium et spes, n, 13).

 

16. En la misma línea de minar el carácter histórico de las narraciones del Génesis, están aquellas teorías que, aun manteniendo la realidad de un primer pecado, tergiversan las palabras inspiradas afirmando que Adán y Eva no son personas reales, sino figuras literarias que representan a la primitiva humanidad. Admiten un "pecado de origen", pero dándole el sentido de "pecado colectivo", de rebelión generalizada contra Dios de la humanidad entera -personificada por Adán en el Génesis- que estaba diseminada por toda la tierra, según unos, o que formaba una especie de pueblo, según otros.

a) Lo que da pie a este tipo de opiniones, claramente contrarias a la fe por rechazar la historicidad de los primeros capítulos del Génesis en puntos "que tocan a los fundamentos de la religión cristiana", es el poligenismo. Esta hipótesis -que a su vez suele ir unida a otra: la del evolucionismo- parte de la interpretación de diversos hallazgos arqueológicos de presuntos fósiles de hombres primitivos en lugares muy distantes de la tierra, para concluir de ahí la evolución -que debería haber tenido lugar independientemente en varios sitios dé la tierra- de diferentes "prehomínidos" hacia el homo sapiens.

b) Por lo que se refiere a la doctrina evolucionista, generalmente presupuesto teórico del poligenismo, "la Iglesia no prohíbe que, según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, se trate en las investigaciones y disputas de los entendidos en uno y otro campo, de la doctrina del  'evolucionismo', en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y preexistente –pues las almas nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente por Dios-; pero de manera que con la debida gravedad, moderación y templanza se sopesen y examinen las razones de una y otra opinión, es decir, de los que admiten y los que niegan la evolución, y con tal de que todos estén dispuestos a obedecer al juicio de la Iglesia, a quien Cristo encomendó el cargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe. Algunos, sin embargo, con temerario atrevimiento, traspasan esta libertad de discusión al proceder como si el mismo origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese algo absolutamente" cierto y demostrado por los indicios hasta ahora encontrados y por los razonamientos de ellos deducidos, y como si, en las fuentes de la revelación divina, nada hubiera que exija en esta materia máxima moderación y cautela" (Pío XII, Litt. Enc. Humani generis, 12-VIII-1950, Dz. 2327 [3896]),

c) En todo caso, conviene no perder de vista que el evolucionismo es con frecuencia defendido como un a priori, en base a concepciones materialistas y ateas del universo. Por otra parte, entre los católicos quienes han hablado más del evolucionismo no han sido los científicos, sino algunos amateurs de la ciencia experimental que, llevados por un cierto complejo de inferioridad ante lo "científico", están dispuestos a fundar y a hacer depender las normas doctrinales y morales de los resultados de las ciencias positivas. Y así, se repite a la letra  el error modernista, que San Pío X denunciaba: "resulta (para los modernistas) que la ciencia es independiente de la fe, mientras que la fe, aun siendo cosa diferente de la ciencia, ha de estar subordinada a ésta" (Enc. Pascendi. 8-IX-1907, D. 2085 [3486]).

d) Mientras puede defenderse, según las declaraciones del Magisterio, un evolucionismo moderado, "cuando se trata de otra hipótesis,  la del llamado poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad. Porque los fieles no pueden abrazar la sentencia de los que afirman o que después de Adán existieron en la tierra verdaderos hombres que no procedieron de aquél como del primer padre de todos por generación, o que Adán significa una especie de muchedumbre de primeros padres. No se ve en modo alguno cómo puede esta sentencia conciliarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia proponen sobre el pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, transmitido por generación, es propio de cada uno" (Pío XII, Enc. Humani generis, Dz. 2327 (3897)).

 

e) Ante los repetidos intentos de algunos que, a pesar de las claras indicaciones del Magisterio propagan las falsas tesis del poligenismo, aduciendo a su favor el carácter no infalible de la encíclica Humani generis, la falta de competencia del Magisterio para juzgar de la validez de la ciencia profana, etc.,  hay que tener en cuenta que "ninguna verdadera disensión puede jamás darse entre la fe y la razón, como quiera que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo, ni la verdad contradecir jamás a la verdad" (Conc. Vaticano I, const. dogm. Dei Filius, cap. 4, Dz. 1797 (3017)).

Sentado este principio, y sabiendo que la Iglesia es depositaria infalible de la Revelación divina, no se puede más que afirmar la completa incompatibilidad del poligenismo con la verdad revelada y declarada por la Iglesia, acerca del pecado original. De acuerdo con la enseñanza inspirada de San Pablo, según la cual Dios "hizo de uno todo el linaje humano para poblar toda la haz de la tierra" (Act. XVII, 26), el Magisterio ha declarado expresamente la necesaria unidad del género humano:"Si los hombres no nacieran por propagación de la semilla de Adán, no nacerían injustos, en cuanto que por esa propagación contraen, al ser concebidos, su propia injusticia" (Conc, de Trento, sess.VI, cap. 3, Dz. 795 (1523)), Por eso, "es evidente que os parecerán inconciliables con la genuina doctrina católica las explicaciones que del pecado original dan algunos autores modernos, que partiendo del presupuesto -no demostrado- del poligenismo, niegan, más o menos claramente, que el pecado, del que ha derivado a la humanidad tal abundancia de males, haya sido sobre todo la desobediencia de Adán, 'primer hombre' (cfr. Conc, Vaticano II, const. Gaudium et spes, n, 22; cfr. también n. 13), cometida en el comienzo de la historia" (Paulo VI, Aloc. 15-VII-1966).

 

17. Por último, algunos se sienten inclinados a dejarse llevar por las falsas teorías que, de un modo u otro, niegan el pecado original, pensando en la misericordia de Dios, a la que se opondría el hacer pagar a todos los hombres el pecado de uno solo. Sin embargo, no ha de olvidarse que el pecado original es una verdad revelada, que no podemos entender por completo. Además -y esto se olvida con frecuencia-, los planes y designios de Dios son inescrutables (cfr. Iob V, 9), y no podemos pretender que nuestra limitada capacidad intelectual abarque la verdad en todos los niveles y en toda su plenitud.

 

18. Resultan por eso de una gran actualidad aquellas palabras de San Pío X: "mucho más eficaz para obcecar el espíritu y hacer lo caer en el error es la soberbia, que en la doctrina del modernismo está como en su casa, de ella saca todo el alimento que quiere, y en ella se disfraza de todas las formas posibles. Por soberbia adquieren tal confianza en sí mismos, que llegan a creerse que son la norma universal, y como tal se presentan. Por soberbia se vanaglorian como si fueran los únicos que poseen la sabiduría, y dicen, con atrevimiento e infatuados: No somos como los demás hombres; y para no ser comparados con los demás, se abrazan a cualquier novedad, por muy absurda que sea, y sueñan con ella. Por soberbia rechazan toda obediencia y tienen la pretensión de que la autoridad se adapte a la libertad. Por soberbia, se olvidan de sí mismos y sólo piensan en reformar a los demás, sin respeto a ninguna clase de autoridad, incluida la autoridad suprema. En verdad que no hay camino más breve y más rápido hacia el modernismo que la soberbia. Si algún católico, seglar o sacerdote, se olvida del precepto de la vida cristiana, que nos manda negarnos a nosotros mismos si queremos seguir a Cristo, y no arranca de su corazón el orgullo, está tan abocado como el que más a abrazar los errores modernistas" (S, Pío X, Enc. Pascendi, 8-IX-1907: ASS 40 (1907) p. 635).

 

 

Marzo. 1974




Publicado el Lunes, 15 septiembre 2008



 
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