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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: Sobre fe, magisterio y teología.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación el guión nº 35 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, sobre la inmutabilidad de la fe y el papel del Magisterio y la Teología en su comprensión.

 

En el escrito se pueden encontrar críticas acertadas a diversos excesos del relativismo teológico. Pero también se pone en evidencia la actitud integrista que ha afectado a los teólogos oficiales del Opus Dei, dificultándoles abrirse a los logros de la teología contemporánea, que por el contrario el Magisterio eclesiástico sí ha sabido valorar.

 

Por ejemplo, en el n. 2 de la Introducción se reprueba la afirmación de la centralidad del seguimiento de Cristo en la vida cristiana -que no se limita a la mera aceptación de unos dogmas-, por asimilarla con el error de sustituir la ortodoxia por la ortopraxis. Después del empleo que han hecho Juan Pablo II y Benedicto XVI de las sugerencias de Romano Guardini en La esencia del cristianismo sobre la fe como un compartir la vida con Jesucristo, no parece disculpable esa reticencia.

 

En el n. 5 de la Introducción puede advertirse nuevamente cómo esa actitud integrista impide a los autores del guión advertir el fondo de verdad que subyacen en las críticas a ese cristianismo demasiado sociológico y muy poco vocacional, que, desde la declaración del catolicismo como religión oficial del Imperio Romano, ha llevado al empleo de métodos coactivos en la propagación de la fe, según lamentó Juan Pablo II en el acto de purificación de la memoria histórica, en el Año Jubilar 2000.

 

Las descalificaciones globales, como las que pueden encontrarse en el n. 7, además de no ser rigurosas, resultan muy negativas para los poco entendidos, pues configuran en sus corazones una actitud cerrada y defensiva ante el mundo en que han de vivir, que para nada coincide con la actitud caritativa y esperanzada de quien se sabe sostenido por el Espíritu de Jesucristo para ser sal y luz en el mundo en que Dios le ha puesto.

 

Mucho ha perjudicado a la capacidad apostólica de los fieles del Opus Dei esa actitud que, paradójicamente, el fundador calificó de cerril en la Carta que fechó en la cuarta y última etapa del Concilio Vaticano II y que aparece citada en el n. II, del guión:

 

"No es la misma la autoridad del dogma definido por el Magisterio de la Iglesia, que la de una sentencia definida por alguno o por algunos teólogos; ni se puede confundir la actitud ortodoxa, que lleva a custodiar la tradición de la Iglesia, con el cerrilismo de quien se niega a aceptar todo progreso" (Carta Argentum electum, 24-X-1965, n. 28)

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

 

Ref avH 10/70                                      nº 35

 

SOBRE LA INMUTABILIDAD DE LA VERDAD DE FE, EL MAGISTERIO Y LA TEOLOGÍA



INTRODUCCIÓN

 

1. Como motivo principal para plantear y difundir muchos de los errores actuales, suele aducirse la necesidad de acomodar la exposición de la fe a la "mentalidad del hombre moderno", a las circunstancias culturales de la época, etc. No se trata en la mayoría de los casos, de un simple intento por explicar o exponer mejor la doctrina, sino de algo que responde a una arraigada actitud de espíritu -análoga a la reprobada por San Pío X en la condena del modernismo-, alimentada por diversas variantes de la llamada filosofía moderna.

 

2. Se afirma que toda la fe ha de ser "constantemente repensada y reformulada, para que pueda estar abierta a las exigencias de la historia". En el fondo de esas pretensiones, se encuentra un grave error sobre la noción misma de verdad, que sigue a la correspondiente pérdida del sentido de la realidad independiente de la conciencia del hombre. La negación de la metafísica está, de hecho, a la base de la mayoría de esos planteamientos. Reducido el ser a acción humana (ya sea de tipo idealista o materialista), la verdad sólo se considera como "resultado" de esa acción: ya no tendría sentido "conocer la verdad", sino "verificar una teoría, haciéndola". De ahí que se haya escrito: "A través del futuro, la verdad no se identifica con el pasado o con la continuidad del presente, sino con la novedad emergente a través de la acción"; y, por eso, dirán que "el cristianismo no es un conjunto de verdades, sino el seguimiento de Cristo que en cada época, habrá de tomar expresiones ideológicas diversas"; etc., etc.

 

3. No es de extrañar que esas actitudes acaben por encontrar una fuerte afinidad con el marxismo (cuando no parten ya de él), que sería la ideología verificada (hecha verdadera) en esta época por la acción revolucionaria en la historia. También conecta bien esa actitud con un “antropocentrismo téológico”, según el cual hablar de Dios es otro modo de hablar del hombre.

 

4. Otras motivaciones son más burdas, y pretenden justificarse acusando a la Iglesia (al Magisterio principalmente) de haberse equivocado en sus enseñanzas; de haber "cosificado" la fe en una serie de proposiciones abstractas, olvidando la esencia "carismática" del seguimiento de Cristo. Otras veces, la acusación será de haber construido una "ideología" conservadora al servicio de las clases dominantes.

 

5. El resultado común de todas esas aberraciones es la pretensión de "descubrir un nuevo cristianismo", ya que habría llegado la hora final de un "cristianismo convencional" (que sería el vivido hasta ahora por la Iglesia, al menos desde la Paz de Constantino). Se ha escrito, por ejemplo, que hay que presentar al mundo un "cristianismo del rostro humano" (una irreverente y absurda comparación con el llamado "socialismo del rostro humano" de la 'Primavera de Praga'; comparación sólo explicable por un penoso complejo de inferioridad ante las ideologías de moda). Es triste comprobar que todo eso se va extendiendo cada vez más, incluso a personas que desconocen o no comparten las premisas iniciales por las que se ha abogado ese "nuevo cristianismo".

 

6. Con esos presupuestos -y sus numerosas variantes-, se tiende expresamente a desacreditar la autoridad del Magisterio de la Iglesia, exigiendo, a la vez una "libertad teológica” que pretende para los teólogos una posición de igualdad, e incluso de superioridad, respecto al Magisterio de la Iglesia.

 

7. Poco a poco, van siendo más numerosas las voces que se levantan contra esta ola devastadora que azota a la Iglesia, pero todavía la situación es muy grave -y quizá haya aún de agravarse más-, y esos errores se difunden impunemente desde la prensa y editoriales oficialmente católicas, e incluso desde numerosas cátedras de universidades pontificias y otros organismos y personas que, teniendo por misión difundir la luz, difunden tinieblas.

 

8. No podemos dejarnos engañar; en cuestiones de fe, no caben ni "izquierdas" ni "derechas" ni "centros"; sólo cabe la fidelidad o la infidelidad. Y en todo lo demás, libertad y responsabilidad personal. A continuación se recordarán algunas de las verdades principales acerca de la fe, del Magisterio y de la teología, que es particularmente importante tener siempre presentes y difundir en la labor apostólica. Con la humildad de sabernos capaces de ser infieles, hemos de estar vigilantes; pedir al Señor que nos mantenga siempre fieles, evitando por nuestra parte todo lo que suponga, aun de lejos, un peligro para la integridad de nuestra fe, sabiendo que "sin fe es imposible agradar a Dios" (Hebr. XI, 6); y con la seguridad y el optimismo de saber que Dios no pierde batallas.

 

I. LA DOCTRINA DE FE ES IRREFORMABLE, Y SOLO CABE EN ELLA UN PROGRESO HOMOGÉNEO

 

1. La doctrina de fe no es el resultado de la investigación de los hombres, sino el objeto de la Revelación divina. Afirma solemnemente el Concilio Vaticano I: "La doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino que ha sido entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada" (Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, cap. IV: Dz 1800).

2. En las ciencias estrictamente humanas, por la limitación de la razón discursiva de los hombres, cabe no sólo el progreso hacia la verdad, sino a veces también la rectificación de un posible error y el cambio consiguiente. Sin embargo, en la verdad de fe no cabe el progreso (en el sentido de aumento o disminución del depósito), ni -en ningún sentido- el cambio o la rectificación, ya que su verdad es revelada y tiene su garantía en la Verdad misma de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos (cfr. Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, cap. III: Dz. 1789). No puede haber cambio en la fe, de modo que "hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y jamás hay que apartarse de ese sentido bajo pretexto y nombre de una más alta inteligencia" (ibid., cap. IV: Dz 1800). San Pablo, inspirado por Dios, declaró esta verdad fundamental con palabras muy fuertes: "... hay algunos que os alborotan y pretenden desquiciar el Evangelio de Cristo. Pero, aun cuando nosotros o un ángel bajado del cielo os anuncie un evangelio fuera del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes lo tenemos dicho, ahora lo digo también de nuevo: si alguno os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, sea anatema" (Gal. I, 7-9).

 

3. El depósito de la fe, que es irreformable, tampoco admite aumento o disminución. Su contenido es la verdad revelada por Dios, y la Revelación pública terminó con la muerte del último Apóstol (cfr. Conc. de Trento, sess, IV: Dz 783); la afirmación contraria fue ya expresamente reprobada por la Iglesia (cfr. San Pío X, Decr. Lamentabili, 3-VII-1907: Dz 2021). La Tradición de la Iglesia siempre consideró, como característica esencial, ese carácter definitivo del depósito de verdades reveladas: "Anunciar algo más de lo que recibieron, nunca fue permitido, ni lo es ni lo será a los cristianos católicos; y siempre fue conveniente, lo sigue siendo y lo será siempre, anatematizar a los que anuncian algo más de lo que una vez recibieron" (S. Vicente de Lerins, Commonitorium, 9).

 

4. No cabe, pues, un "nuevo cristianismo" que haya de ser descubierto: "La economía cristiana, como alianza que es eterna y definitiva, no pasará jamás, y ya no hay que esperar nueva revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo" (Conc. Vaticano II, const. Dei Verbum, n. 5). Con Cristo llegó ya la plenitud de los tiempos (Gal. IV, 4). De ahí que "en la vida espiritual no hay una nueva época a la que llegar. Ya está todo dado en Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre" (Es Cristo que pasa, n. 104). De ahí también que una de las actitudes cristianas fundamentales sea la fidelidad a lo recibido: depositum custodi, divitans profanas vocum novitates, dice San Pablo a Timoteo (I Tim. VI. 20).

 

5. Sin que pueda haber cambio, aumento o disminución en el depósito de la fe, cabe, sin embargo, un progreso en la inteligencia de esa fe, y en su más explícita formulación, como la misma historia lo demuestra: "Crezca, pues, y mucho y poderosamente se adelante en quilates, la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y cada uno, ora de cada hombre particular, ora de toda la Iglesia universal, de las edades y de los siglos; pero solamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia" (Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, cap. IV: Dz 1800). Este progreso en el mejor conocimiento de la verdad de fe, muy frecuentemente se ha debido a la necesidad de defender la doctrina revelada contra los herejes: "Hay muchos puntos tocantes a la fe católica que, al ser puestos sobre el tapete por la astuta inquietud de los herejes, para poder hacerles frente son considerados con más detenimiento, entendidos con más claridad y predicados con más insistencia. Y así, la cuestión suscitada por el adversario brinda la ocasión para aprender"(S. Agustín, De civitate Dei, 16, 2, l).

 

6. El criterio, pues, para discernir lo que puede suponer un cierto progreso en la inteligencia de la fe, de lo que es desvirtuarla, está en la homogeneidad, en la continuidad: "en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia". Esta fidelidad a la fe es fidelidad a Dios. No creemos las cosas porque sean viejas, sino porque Dios nos las enseña dándonos la misma posibilidad interior de aceptarlas mediante la virtud sobrenatural de la fe. Una fe que, como enseña Santo Tomás, no es una "opinión fortalecida por razonamientos" (In Sent. Prol., q. 1, a. 3, qla. 3, sol. 3), y siempre tendrá un carácter de obediencia humilde y rendida a la majestad de Dios: la obediencia de la fe (cfr. Rom. I, 5).

 

 

II. LA INTERPRETACIÓN Y EXPOSICIÓN AUTÉNTICA E INFALIBLE DEL DEPÓSITO DE LA FE COMPETE EXCLUSIVAMENTE AL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

 

1. La verdad de la doctrina de la Iglesia -y la permanencia de la Iglesia en esa verdad- no puede juzgarse con criterios meramente humanos, porque es una realidad sobrenatural. La indefectibilidad de la Iglesia respecto a la doctrina de Jesucristo está garantizada por el Espíritu Santo: "El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad substancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la amplitud de la Verdad, y reparte y distribuye a la Iglesia esta Verdad cuidando -con su constante auxilio y presencia- de que jamás esté expuesta al error y de que la semilla de la divina doctrina pueda desarrollarse en Ella en todo tiempo y ser fructuosa para la salud de los pueblos" (León XIII, Enc. Divinum illud, 9-V-1897: ASS 29 (1896/97) 649 s.).   

 

2. La verdad revelada se contiene en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición, que "constituyen un único depósito sagrado de la palabra de Dios encomendado a la Iglesia" (Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum, n. 10). Pero esa verdad, por la limitación de la inteligencia humana, podría haber sido interpretada por los hombres de modos diversos y aun contradictorios. Para evitar esos errores, el mismo Jesucristo -por su misericordia- "instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros; y quiso y ordenó con toda severidad que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias" (León XIII, Enc. Satis cognitum, 29-VI-1896: AAS 28 (1895/96) 721).

 

3. Por tanto, no puede olvidarse nunca que "el divino Redentor no ha confiado la interpretación auténtica de este depósito a cada fiel en particular, ni siquiera a los teólogos, sino solamente al Magisterio de la Iglesia" (Pío XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950: Dz 2314). Y, con palabras del Concilio Vaticano II: "El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, que lo ejercita en nombre de Jesucristo" (Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum, n. 10).

 

4. La indefectibilidad de la Iglesia respecto a la doctrina de Jesucristo hace que "la totalidad de los fieles, que tienen la unción del Espíritu Santo, no puede equivocarse cuando cree; y manifiesta esta prerrogativa peculiar suya mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando, desde los obispos hasta los últimos fieles seglares, presta su consentimiento unánime en las cosas de fe y costumbres" (Conc. Vaticano II, Const. Lumen Gentium, n. 12).

Pero sólo al Magisterio le corresponde enseñar auténtica e infaliblemente la verdad revelada. Posee esta infalibilidad el Magisterio ordinario universal: "Si todos ellos (los obispos), aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las cosas de la fe y de costumbres, en ese caso anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo" (Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 25; cfr. Pío IX, Carta Tuas libenter, 21-XII-1863: Dz 1683).

Además, esta infalibilidad de la Iglesia recae en todos y cada uno de los actos del Romano Pontífice cuando enseña ex cathedra: "Enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra -esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal-, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviese la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema" (Conc. Vaticano I, Const. Pastor Aeternus, cap, IV, Dz 1839-40; cfr. Conc. Vaticano Il, Const. Lumen gentium, n. 25).

Es también infalible el Magisterio de los concilios ecuménicos (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 25). Esta prerrogativa depende del Romano Pontífice, porque un concilio es ecuménico solamente cuando -además de reunir a los obispos de todo el orbe-, es convocado o aceptado por el Papa, y presidido por él o por sus legados. Y aún así, sus definiciones no son infalibles hasta que son personalmente confirmadas como tales por el Romano Pontífice (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 22).

 

5. Los actos (y correspondientes documentos) aislados del Magisterio ordinario (episcopal para las diócesis y pontificio para toda la Iglesia) no gozan por sí mismos de infalibilidad (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 25); y en lo que es su objeto propio (la fe y las costumbres) exigen la adhesión interna y externa, de acuerdo con su continuidad con todo el Magisterio, solemne y ordinario, anterior. Por lo que se refiere al Magisterio ordinario del Romano Pontífice, hay que señalar además que, cuando versa sobre cuestiones doctrinales hasta entonces debatidas, ese Magisterio exige el asentimiento que el mismo Pontífice exprese. En concreto, "no se puede pensar que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí el asentimiento, bajo el pretexto de que en ellas los Romanos Pontífices no ejercen el poder supremo de su Magisterio. Estas son, pues, enseñanzas del Magisterio ordinario, para las que valen también las palabras: El que a vosotros oye, a mí me oye (Luc. X, 16); además, muchas veces lo que proponen e inculcan las encíclicas pertenece por otras razones a la doctrina católica, Y si los Sumos Pontífices en sus actas, de propósito, pronunciaron una sentencia sobre una cuestión hasta el momento debatida, es cosa evidente a todos que tal cuestión, según la mente y voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser objeto de libre discusión entre los teólogos" (Pío XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950: Dz 2313).

 

6. Es importante recordar también que el Magisterio de la Iglesia -igual que su gobierno- reclama el asentimiento por vía de autoridad, y no en base a los argumentos que aduzca a favor de la doctrina que enseña o del mandato que promulga. De ahí que "aunque alguien no pareciere convencerse por los argumentos referidos a un mandato de la Iglesia, queda, sin embargo, obligado a la obediencia" (Pío XII, Aloc. Magnificate Dominum, 2-XI-1954). De forma que la doctrina enseñada por el Magisterio no está subordinada a la sanción de la ciencia, ni a la sanción de los fieles. El Decreto Lamentabili, promulgado por el Santo Oficio con la autoridad de San Pío X, declaró reprobadas y prescritas las siguientes tesis: "La interpretación que la Iglesia hace de los Libros Sagrados no debe ciertamente despreciarse; pero está sujeta al más exacto juicio y corrección de los exégetas"; "En la definición de las verdades, de tal modo colaboran la Iglesia discente y la docente, que sólo le queda a la docente sancionar las opiniones comunes de la discente" (Decr. Lamentabili, 3-VII-1907: Dz 2002 y 2006).

 

7. Los oficios de magisterio y gobierno de la Iglesia “tienen por objeto conducir a los hombres a aquella felicidad verdadera, celestial y eterna, para la que hemos sido creados” (León XIII, Enc. Nobilissima, 8-II-1884); por esta razón se han de ejercer con espíritu de servicio, imitando a Jesucristo que "no vino a ser servido, sino a servir" (Matth. XX, 28). En la unidad del amor fraterno, todos en la Iglesia, cumpliendo la misión a cada uno confiada, contribuyen a la edificación del Cuerpo de Cristo, y a que "la Iglesia entera, robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo" (Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 27).

La misión sobrenatural confiada por Jesucristo al Magisterio de la Iglesia incluye, como parte esencial, no sólo la enseñanza de la verdad de fe y costumbres, sino además la custodia vigilante para que el depósito sea conservado en toda su integridad, rechazando los errores que, en cada tiempo, se oponen a la fe y a la moral de Jesucristo: "La Iglesia, por su divina institución, debe custodiar diligentísimamente íntegro e inviolado el depósito de la fe y vigilar continuamente con todo empeño por la salvación de las almas, y con sumo cuidado ha de apartar y eliminar todo aquello que pueda oponerse a la fe o de cualquier modo pueda poner en peligro la salud de las almas" (Pío IX, Carta Gravissimas inter, 11-XII-1862: Dz 1675; cfr. Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius. cap. IV: Dz 1798; Paulo VI, Exhort. Apost. Quinque iam anni, 8-XII-1970: AAS 63 (1971) 99).

 

 

III. SOBRE LA TEOLOGÍA Y EL PLURALISMO TEOLÓGICO

 

1. "La razón ilustrada por la fe, cuando busca cuidadosa, pía y sobriamente, alcanza por don de Dios alguna inteligencia, y muy fructuosa, de los misterios, ora por la analogía de lo que naturalmente conoce, ora por la conexión de los misterios mismos entre sí y con el fin último del hombre" (Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, cap. IV: Dz 1796). Con estas palabras se indica en substancia la función de la teología, que es la ciencia de la fe. Por eso, es de la esencia misma de la teología su total dependencia y sumisión a la verdad revelada tal como es propuesta infaliblemente por la Iglesia: “El Sagrado Magisterio ha de ser, para cualquier teólogo, en materia de fe y costumbres, la norma próxima y universal de la verdad” (Pío XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950: AAS 42 (1950) 567).

 

2. Siendo los artículos de la fe los primeros principios de la ciencia teológica (cfr. Santo Tomás, In Sent. Prol. q. 1, a. 3, qla. 3, sol. 2),  toda "teología" que los niegue —o incluso que los ponga en duda "metódicamente" o no- es, además de errónea, anticientífica. Esa falsa teología —hoy día tan abundante— se empeña en una labor destructora, que condenaba San Pío X citando las siguientes palabras de San Anselmo: "Ningún cristiano, en efecto, debe disputar cómo no es lo que la Iglesia Católica cree con el corazón y confiesa con la boca; sino, manteniendo siempre indubitablemente la misma fe y amándola y viviendo conforme a ella, buscar humildemente, en cuanto pueda, la razón de cómo es. Si logra entender, dé gracias a Dios; si no puede, no saque sus cuernos para impugnar (I Mac. VII, 46), sino baje su cabeza para venerar" (San Pío X, Enc. Communium Rerum, 21-IV-1909: Dz 2120).

 

3. Por otra parte, en todas aquellas cosas relacionadas con el depósito de la fe, sobre las que caben diferentes –y aun opuestas- explicaciones, el Magisterio siempre ha defendido, y fomentado, un legítimo pluralismo teológico: queda abierto un dilatadísimo campo de investigación en el cual se reconoce "a los fieles, clérigos o laicos, la debida libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer, humilde y valerosamente, su manera de ver en el campo de su competencia" (Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et spes, n. 62). "En esta legítima libertad reside el progreso de la teología.(...) Los teólogos deben aprender a tener conciencia de los reducidos límites de su capacidad personal y a prestar debida atención a las opiniones de los demás, principalmente de aquellos que la Iglesia tiene por principales testigos e intérpretes de la doctrina cristiana. (...) Quien respeta esta libertad para sí y para los demás, nunca confiará excesivamente en sí mismo, ni despreciará las opiniones de otros teólogos, ni osará proponer sus conjeturas como verdad cierta, sino que buscará dialogar con toda modestia con los demás y  preferirá siempre la verdad a todos sus juicios y opiniones personales" (Paulo VI, Aloc. al Congreso de Teol. del Conc. Vat. II, 21-IX-1966: AAS 58 (1966).

Es, pues, importante, distinguir "entre la verdad y la opinión; entre la firmeza con la que se deben defender las verdades centrales de las que pende toda la existencia humana, y la firmeza con que es prudente sostener los juicios sobre asuntos más marginales, cuando no mudables".

"No es la misma la autoridad del dogma definido por el Magisterio de la Iglesia, que la de una sentencia definida por alguno o por algunos teólogos; ni se puede confundir la actitud ortodoxa, que lleva a custodiar la tradición de la Iglesia, con el cerrilismo de quien se niega a aceptar todo progreso" (Carta Argentum electum, 24-X-1965, n. 28).

 

4. Como es obvio, teniendo en cuenta las verdades de fe hasta aquí recordadas, este pluralismo teológico no puede entenderse jamás como referido a los mismos dogmas ("pluralismo dogmático"): la verdad, sobre cualquier cosa, es única, y respecto a lo que constituye el objeto de la fe, cual es esa verdad ha quedado para siempre declarado, de modo que su negación (sea cual sea la justificación que se pretenda dar) no es una "opinión teológica" -entre las que hay que dialogar, estudiar, complementarse, etc.- sino herejía.

Así lo ha recordado recientemente la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: "La justa libertad de los teólogos debe mantenerse en los límites de la palabra de Dios tal como ha sido fielmente conservada y expuesta en la Iglesia y como es enseñada y explicada por el Magisterio" (S.C.D.F., Declaración sobre la doctrina católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores actuales, 24-VI-1973: ed. Castellana Tip. Pol. Vat., P. 18).

 

 

IV. SOBRE ALGUNOS ERRORES PARTICULARES

 

1. Los intentos de acomodar la verdad revelada a la "mentalidad moderna", con frecuencia se presentan como simples perfeccionamientos de la terminología. Se tratará -dicen- de sustituir la terminología "esencialista, cosificante y medieval" por otra "existencialista, viva y moderna". Ciertamente, siempre podrá intentarse, con la debida prudencia, explicar mejor el significado preciso de las fórmulas dogmáticas. Pero, nunca puede olvidarse que "los conceptos y términos que en el decurso de muchos siglos fueron elaborados con unánime consentimiento por los doctores católicos, (...) se fundan, efectivamente, en los principios y conceptos deducidos del verdadero conocimiento de las cosas creadas, deducción realzada a la luz de la verdad revelada que, por medio de la Iglesia iluminaba, como una estrella, la mente humana. Por eso, no hay que maravillarse de que algunas de esas nociones hayan sido no sólo empleadas, sino sancionadas por los Concilios ecuménicos, de suerte que no sea lícito separarse de ellos" (Pío XII, Humani generis, 12-VIII-1950: Dz 2311).

No basta simplemente decir que con una nueva fórmula se quiere afirmar la misma verdad que con la expresión tradicional de esa verdad; si los nuevos términos empleados -como es corriente- ya tenían un determinado significado anterior, a menos que sean estrictamente sinónimos, difícilmente podrán expresar la misma verdad.

 

2.      Otras veces sucede lo contrario: se mantienen los mismos términos (formalmente), pero cargados con un significado diverso del tradicional sancionado por la Iglesia. Esta insidia, que es peor que la indicada en el número anterior, se basa en la pretensión de que cualquier filosofía es apta para explicar el contenido de la fe, en base a una total transcendencia de la verdad de fe respecto a la razón natural. Esta actitud, y sus consecuencias necesariamente relativistas, ya fue reprobada expresamente por la Iglesia: "Por lo que a la teología se refiere, es intento de algunos atenuar lo más posible la significación de los dogmas y librar al dogma mismo de la terminología de tiempo atrás recibida por la Iglesia, así como de las nociones filosóficas vigentes entre los doctores católicos. (...) Reducida la doctrina católica a esta condición, piensan que queda así abierto el camino por el que satisfaciendo a las exigencias actuales pueda expresarse el dogma por las nociones de la filosofía moderna, ya del inmanentismo, ya del idealismo, ya del existencialismo, ya de cualquier otro sistema. (...) Según ellos, los misterios de la fe jamás pueden significarse por nociones adecuadamente verdaderas, sino solamente por nociones "aproximadas", como  ellos las llaman, y siempre cambiantes, por las cuales, efectivamente, se indica la verdad, en cierto modo,  pero forzosamente también se deforma. (...) Pero es evidente, por lo que llevamos dicho, que tales conatos no sólo conducen al llamado relativismo dogmático, sino que ya en sí mismos lo contienen" (Pío XII, Enc. Humani generis,  12-VIII-1950: Dz 2309-2311).

Actualmente, por ejemplo, algunos niegan la infalibilidad de la Iglesia, precisamente por considerar que, de modo necesario, toda afirmación es a la vez verdadera y falsa, y por tanto siempre reformable: "Es necesario, por tanto, que los fieles rehúyan la opinión según la cual: en principio las fórmulas dogmáticas (o algún tipo de ellas) no pueden manifestar la verdad de modo concreto, sino solamente a base de aproximaciones. Los que abracen tal opinión no escapan al relativismo teológico y falsean el concepto de infalibilidad de la Iglesia" (S.C.D.F., Declaración, 24-VI-1973, cit., p. 13).

 

3. No faltan tampoco quienes, para fundamentar su "nuevo cristianismo", recurren a lanzar contra la Iglesia,  y especialmente contra el Magisterio, la acusación de haber traicionado el mensaje evangélico, o de haber oscurecido lo esencial a base de "definiciones abstractas y monolíticas", en contra de la verdadera esencia "carismática" del cristianismo. Este burdo presupuesto (cfr. también n. 4 de la Introducción de este guión), en sí mismo herético, hace ya mucho tiempo que fue explícitamente condenado: "La proposición que afirma: que en estos últimos siglos se ha esparcido un general oscurecimiento sobre las verdades de más grave importancia, que miran a la religión y que son base de la fe y de la doctrina moral de Jesucristo, es herética" (Pío VI, Const. Auctorem fidei, 28-VII1-1794: Dz 1501).

 

4. Uno de los presupuestos más generalizados para aquella "reformulación" de las verdades cristianas, es el abuso de "lo pastoral", en contraposición a lo que, con desprecio, llaman "dogmatismo". Lo que interesa, afirman, es la paz, la concordia y comunión entre los hombres, el ecumenismo, etc. Aunque de ordinario no se diga explícitamente, de hecho esa concordia se pone como valor supremo ante el cual ha de ceder el mismo dogma que, o es negado o es arbitrariamente reducido al silenciar algunas de sus exigencias. No son pocas, en este sentido, las "declaraciones conjuntas" de algunos católicos y no católicos sobre temas doctrinales, en que para ponerse de acuerdo se han silenciado aspectos centrales de la fe, reduciendo esa declaración a lo mínimo que todos estaban dispuestos a aceptar.

Ante ese falso irenismo, que considera la paz entre los hombres como el máximo bien, no podemos olvidar que Jesucristo vino, sí, a traer la paz (cfr. Luc. II, 14; Ioann. XIV, 27), pero también la guerra y la espada (cfr. Matth. X, 34; Luc. XII, 51), mientras que nunca dijo que haya venido a traer la verdad y el error: El es la Verdad (cf. Ioann. XIV, 6). Pero, además, esa concordia, que se obtiene con un mal llamado ecumenismo, es falsa: la unidad verdadera sólo puede fundarse en la común posesión de la verdad y del bien; la unidad en el error y en el mal, es a su vez un error y un mal mayor (cfr. Pío XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950 Dz 2308).

Al tratar del ecumenismo, el Concilio Vaticano II afirmó que "existe un orden o jerarquía en las verdades de la doctrina católica, siendo diverso su nexo con el fundamento de la fe" (Decr. Unitatis redintegratio, n. 11). Algunos, partiendo de este texto sostienen que por motivos ecuménicos es necesario prescindir de algunas verdades más particulares del dogma, para procurar la concordia en las verdades fundamentales. Prescinden así de lo que ese mismo documento afirma en el mismo número: "Es absolutamente necesario exponer con claridad toda la doctrina. Nada es más ajeno al ecumenismo, que el falso irenismo" (ibid.). De ahí, por ejemplo, algunos dicen que basta hablar de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero que no interesa hablar de "presencia substancial", y, mucho menos aún, de "transubstanciación"; etc.

La interpretación de ese texto del Concilio Vaticano II no admite ninguna duda para quien lo lea sin prejuicios ya erróneos. "Jerarquía de verdades" no significa que unas verdades sean "más verdaderas" que otras, de modo que estas otras hayan de tenerse casi como si fuesen opiniones más o menos fundamentadas; la jerarquía u orden sólo indica que unas verdades se refieran a otras. Por eso, para la labor ecuménica hay que tener en cuanta esa jerarquía, de modo que la aceptación de las verdades fundamentales prepare el camino para la aceptación de las demás, que son igualmente reveladas, y por tanto igualmente verdaderas y objeto de fe, que las otras. Así lo ha explicado, ante los errores actuales, la S.C. para la Doctrina de la Fe: "Ciertamente existe un orden y como una jerarquía de los dogmas de la Iglesia, siendo como es diverso su nexo con el fundamento de la fe. Esta jerarquía significa que unos dogmas se apoyan en otros como más principales y reciben luz de ellos. Sin embargo todos los dogmas, por el hecho de haber sido revelados, han de ser creídos con la misma fe divina" (S.C.D.F., Declaración, 24-VI-1973, cit., pp. 11-12).

 

5. A menudo, ese abuso de "lo pastoral" tiene las características de un activismo, con frecuencia lleno de buena voluntad, pero ayuno de doctrina. Lo que importa, dirán, es organizar las "estructuras y la acción eclesiales" de modo que se atraiga a las muchedumbres que, en esta época, se están alejando cada vez más de la Iglesia. Para eso, se propugnan todo tipo de reformas y "ensayos", en la liturgia, en la predicación, en la "imagen del sacerdote", etc., prescindiendo por completo de los fundamentos doctrinales intangibles que, explícita e implícitamente, son considerados como mera "teoría".

Con todo lo que hasta aquí se ha recordado, esa actitud queda sobradamente refutada. Pero, para terminar, recordamos que "nadie puede desear la novedad en la Iglesia, allí donde la novedad signifique traición a la norma de la fe; la fe no se inventa, ni se manipula; se recibe, se custodia, se vive" (Paulo VI, Alocución, 4-VIII-1971).

 

V. BIBLIOGRAFÍA

 

En relación con los temas de este guión, es de particular interés releer y meditar:

- San Pío X, Enc. Pascendi, 8-IX-1907: ASS 40 (1907) 593 ss.; Dz 2071-2109 (en la nueva versión -Denz.-Schön.- han suprimido muchos párrafos importantes);

-     Pío XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950 AAS 42 (1950) 561 ss.; Dz 2305-2330;

- Carta Fortes in fide, 19-III-1967 (especialmente, nn. 1-54; 100-150);

- Cartas Roma, 1971; Roma, marzo 1973; Roma, junio 1973.

 

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Publicado el Miércoles, 06 agosto 2008



 
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