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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: sobre los lugares de culto público.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación el guión nº 31 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, sobre El culto público y los lugares sagrados.

 

El guión refuta correctamente los argumentos de quienes promovieron la supresión del empleo de lugares sagrados para el culto público de la Iglesia. Pero llama la atención que no sea capaz de reconocer la necesidad, que esos autores también proclamaban, de no limitar la acción evangelizadora de la Iglesia a la celebración de las acciones litúrgicas.

 

Cuando en todas partes se van buscando locales complementarios para acoger las actividades no litúrgicas de formación cristiana y reuniones que promuevan un mayor sentido comunitario en la vida de las parroquias y de los movimientos eclesiales, los autores del guión no son capaces de reconocer el acierto de los que hacen esas propuestas.

 

Y eso que ellos, al plantear la distribución de los instrumentos materiales que emplean en los apostolados de la Obra, bien que dan primacía a esos otros aspectos no cultuales. ¿No será que quieren tener la exclusiva de unos apostolados que conecten con las necesidades de la gente?

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

Ref avH 10/70                                                    nº 31

 

SOBRE EL CULTO PÚBLICO Y LOS LUGARES SAGRADOS

 

1. Bajo el lema de  "volver a la vida de los primeros  cristianos, tal como se describe en el Nuevo Testamento", son relativamente frecuentes las voces  que actualmente abogan por suprimir las iglesias y templos (que califican de "infiltraciones judeo-paganas"), para volver a la sencillez de la liturgia doméstica de los tiempos apostólicos. Los argumentos con que se pretende justificar este proceso son de muy diverso tipo: algunos están motivados por problemas reales, pero desenfocados; otros en cambio, más teóricos,  se basan con frecuencia en interpretaciones erróneas o tergiversaciones  de textos del Nuevo Testamento. Antes de analizar estos planteamientos, conviene recordar brevemente algunos puntos de doctrina, que  en estos casos se pasan por alto...



 

2. El hombre tiene el deber de dar culto, personal y público, a Dios, como consta ya a la misma razón natural recta: no porque  Dios necesite la gloria que la criatura pueda tributarle, sino porque le es debida, pues la criatura ha sido hecha para eso, y así el hombre, en la medida en que realiza ese culto, une más íntimamente su mente y su corazón a Dios, Bien infinito. La gloria es para Dios, y el beneficio para los hombres (cfr. Santo Tomas, S. Th., II-II, q. 81, a. 6, ad 2). Para rendir al Señor ese homenaje con todo su ser, y también para lograr esa unión, conviene que el hombre sea ayudado y se valga de las cosas sensibles: es el proceso que exige su misma naturaleza, pues invisibilia per ea quae facta sunt, intellecta conspiciuntur (Rom. I, 20). El culto divino no utiliza objetos y ámbitos materiales porque "Dios necesite una casa donde habitar", sino para glorificarle también con las cosas y para facilitar la unión interior del alma con Dios; de modo que si bien la religión consiste principalmente en actos interiores, también se compone de actos exteriores, como secundarios y ordenados a aquellos (cfr. Santo Tomás, S.Th., II-II, q. 81, a. 7 c).

 

3. Ese culto externo al único y verdadero Dios no sólo obliga a cada persona individual; es también "deber colectivo de toda la comunidad humana... ya que también ella depende de la suprema autoridad de Dios" (Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947: AAS 39 (1947) pp. 530-531). Esta obligación, de orden natural, fue detalladamente prescrita en el Antiguo Testamento por el mismo Dios, que estableció los sacrificios, las ceremonias, los tiempos y modos, las personas, vestiduras y objetos destinadas a su culto: cfr. especialmente el libro del Levítico.

 

4. Las razones con que se suscribe esa vuelta a la sencillez de la liturgia doméstica, con la consiguiente desaparición de los templos, son muy variadas y de origen muy diverso. Pero en el fondo  de casi todas ellas hay un grave olvido del sentido de lo divino, de la trascendencia y majestad de Dios: considerando como lo primario y esencial de la religión el servicio de los hombres (cfr. guión nº 27 de avH 10/70), se pierde de vista que la adoración y el sacrificio (ofrecimiento total a Dios) es lo esencial de la religión (natural y sobrenatural), y el fundamento de la dedicación a Dios, no sólo de lo interior, sino también de lo mejor del mundo material.

 

5. Frecuentemente, esas razones pretendidamente teológicas recurren a la Sagrada Escritura. Consideran, por ejemplo, que parte esencial de la novedad cristiana respecto del Antiguo Testamento es la supresión de la distinción entre lo sacro y lo profano; y en la consiguiente extensión a todas las realidades terrenas -"en virtud de la Encarnación"- del carácter sagrado (igualado así a lo profano), que antes residía exclusivamente en el Templo de Jerusalén. De ahí, afirman, que la idea de Templo como casa de Dios, sólo sea defendible con argumentos veterotestamentarios.

 

6. Por el contrario  -continúan- el mismo Cristo ha abrogado el Templo.  Y a favor de esta opinión citan aquellas palabras del Señor a la samaritana: "Créeme, mujer,  que viene la hora en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración del Padre (...) llega la hora, y es ésta, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Ioann. IV, 19-24). A veces se apoyan también en el discurso de San Pablo en Atenas ("El Dios que hizo el mundo y todo cuanto hay en él, éste) que es el Señor de cielo y tierra,  no tiene su habitación en templos fabricados, ni es servido por manos humanas": Act. XVII, 24ss.); en las palabras de San Esteban ("No habita el Altísimo en obra hecha de mano de hombre": Act. VII, 47); e incluso en aquella visión del Apocalipsis ("Y templo no vi en ella -la Nueva Jerusalén-, pues el Señor Dios es su templo": Apoc. XXI, 22).

 

7. Además de argumentar sólo con la Sagrada Escritura, prescindiendo  de la Tradición y de los veinte siglos de vida de la Iglesia,  esos argumentos tergiversan el sentido mismo de los textos sagrados. En el pasaje de la samaritana (Ioann. IV, 19-24), atendiendo al texto y al contexto, es patente que Cristo no afirma de ningún modo la abolición de los templos, ni del culto público a Dios: reafirma la primacía del culto interior ("adorar en espíritu y en verdad"), olvidado por el formalismo judío; afirma que ni en ese monte ni en Jerusalén tendrán que ir a adorar a Dios, pero no excluye la adoración en lugares determinados. Una característica de los tiempos mesiánicos es precisamente esa universalidad del culto (cfr. Malach. I, 11), y en efecto, en esa ocasión el Señor se revela como Mesías a aquella mujer samaritana.

 

8. Respecto del discurso de San Pablo en Atenas (Act. XVII, 24 ss.), resulta arbitrario prescindir de su carácter de contraposición a la idolatría pagana, y no al judaísmo (cfr. vv. 28-29). Igualmente, el discurso de San Esteban no se dirige contra el Templo en sí mismo (se sitúa expresamente en un contexto veterotestamentario, citando a Isaías),  sino que expresa que el Templo, una vez rechazado el Mesías, pierde su sentido y su valor  (cfr. Act. VII, 51-52).  Y en cuanto al pasaje del Apocalipsis, esa interpretación no parece  sino un intento más de trasladar a esa tierra las características de la vida futura, adelantando lo que  sólo  será realidad en la otra vida o al final de los tiempos; y olvidando en la práctica que lo definitivo sólo se alcanza fuera de este mundo: non habemus hic manentem civitatem, sed futuram inquirimus (Hebr. XIII, 14).

 

9. Los Evangelios contienen además numerosos testimonios explícitos que muestran cómo Jesucristo reafirma, con palabras y con obras, el carácter sagrado del Templo, como casa de Dios y casa de oración (cfr. Matth. XXI, 12-13; Matth. XXIII, 16-22; Marc. XI, 11-17; Luc. XIX, 45-48; Ioann. II, 13-16; etc.).

 

10. Los Apóstoles, y luego los primeros cristianos, nunca dieron a entender con su predicación o con su conducta, esa pretendida abolición del Templo.  Al contrario, continuaban acudiendo al Templo para orar y para predicar (cfr. Act. III, 1; V, 20-21; V, 42; XXI, 26; XXII, 17; etc.),  aunque, como es lógico,  celebraban el sacrificio de la Misa en otro sitio, en sus mismas casas, mientras no dispusieron de lugares más adecuados. Conforme aparecen esas nuevas posibilidades  -y así parece desprenderse ya de las mismas epístolas paulinas- destinaron algunas casas exclusivamente para el culto.  "Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres en las iglesias callen,  pues no les es permitido hablar;  antes muestren sujeción,  como también la Ley lo dice (Gen. III, 16). Que si algo desean aprender, pregunten en casa a sus propios maridos, porque es indecoroso a la mujer hablar en la iglesia" (I Cor. XIV, 33-35).  Cfr. también la contraposición entre casa e iglesia en I Cor. XI, 17-34.  Es probable que con el término iglesia  San Pablo se refiera directamente no a un lugar material,  sino a la reunión litúrgica de los cristianos; pero aún en ese caso, la contraposición con la propia casa es evidente y un claro indicio  de distinción, y de la dedicación al culto de algunas casas, que consta con certeza que llegó a ser exclusiva poco después.

 

11. Otros argumentos son de tipo más práctico. Algunos, por ejemplo, afirman que  las grandes iglesias tienden a despersonalizar la acción pastoral, pues los pastores no pueden conocer y "pastoralizar" a los cristianos, que quedan así en el anonimato. En cambio -dicen-, sustituyendo los actuales templos parroquiales por un número proporcional de locales para pequeñas comunidades, ese problema quedaría resuelto.

Sorprende la ingenuidad de semejante planteamiento: si el problema -real, por desgracia, en muchos sitios- de la falta de atención personal a los fieles se debe a la escasez de clero (y, con frecuencia, a su poca actividad propiamente pastoral), la solución propuesta no hace más que agravarlo, pues podrían atenderse poquísimas personas, aunque a esas quizá se les atendiese mejor. Son razonamientos en los que parece latir el afán de transferir la responsabilidad de las personales deficiencias de sacerdotes y de seglares a las "estructuras".

 

12. La utilización de locales pequeños -siempre que sean adecuados y respeten las normas establecidas por la Iglesia- será aconsejable en determinados casos  (baste considerar la figura de los oratorios privados y semi-públicos), pero es ilusoria, e inconveniente, su generalización indiscriminada: por la imposibilidad real de atención adecuada; porque la gran confluencia de fieles constituye un testimonio de fe de indiscutible importancia ejemplar, la misma oración, en cierta medida, se hace magis exaudibilis (cfr.

Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 84, a. 3 ad 2), y, sobre todo, de ella se sigue una especial glorificación social y pública a Dios.

 

13. Otros afirman que los grandes templos e iglesias eran adecuados en el pasado, en una sociedad teocrática y rural; mientras que ahora, en la nueva sociedad secularizada y urbana, los templos resultan añadidos postizos, inadecuados y contraproducentes: "quistes rurales en la tecnópolis urbana". Piensan por eso que deban sustituirse por locales "polivalentes" (también por motivos económicos, testimonio de pobreza, etc.), con multiplicidad de funciones, de manera que sirvan tanto de "aulas de fraternidad", como para proyecciones de cine, actividades culturales, e incluso políticas. Así se logrará -dicen- hacer desaparecer la "división judeo-pagana" entre lugares sacros y lugares profanos (cfr. n. 5).

 

14. Los que así argumentan afirman también que las características de los lugares de culto son algo secundario, y por tanto variable con las diversas épocas. Cosa cierta, siempre que lo nuevo se adecúe convenientemente al fin de dar el culto público debido a Dios. Pero contra esa "polivalencia" de funciones que se pretende, la experiencia muestra que la total dedicación de un templo a Dios es signo siempre válido y conveniente, que conduce la mente humana a una relación de pronta y sincera dedicación a Dios. Y, sobre todo, esa exclusividad de la dedicación de lugares y objetos a Dios con la mayor riqueza posible, es especialmente grata a Dios: "Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. -Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. -Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: 'opus enim bonum operata est in me’ -una buena obra ha hecho  conmigo" (Camino, 527). No olvidemos que Judas pensó precisamente en lo antieconómico (aludiendo a los pobres) de ese gesto  de la mujer, que Cristo por el contrario alabó y dispuso que quedara como ejemplo para siempre (cfr. Matth. XXVI, 6-13; Ioann. XII, 1-8).

 

15. No deja de resultar llamativo que quienes hablan siempre de progreso y evolución positiva de todas las cosas, hasta el extremo de afirmar que cada época histórica es un progreso en la revelación (=signos de los tiempos), en los veinte siglos de vida de la Iglesia (en lo que ésta tiene de mudable) no encuentren más que errores y una continua regresión.

 

16. Resulta también ingenuo afirmar que ahora conocemos mejor el espíritu de los primeros cristianos que quienes vivieron en el siglo IV, cuando se generalizó la construcción de grandes  templos. Se advierte ahí el prejuicio de que la Iglesia, durante siglos, no ha entendido bien o ha oscurecido puntos importantes del mensaje evangélico (prejuicio condenado como herético por Pío VI: cfr. Bula Auctorem fidei, 28-VIII-1794: Dz 1501).

 

17. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha sabido siempre manifestar su fe y amor a Dios, con un culto espléndido y generoso -como también las personas singulares-. En estos tiempos, en que algunos tratan de limitar con falsas razones la glorificación a Dios, debemos vivir las manifestaciones de piedad y culto con un especial espíritu de reparación a Dios, que nos sigue diciendo a todos con las palabras del Salmista: "¡Venid, cantemos jubilosamente a Yavé! ¡Cantemos gozosos a la Roca de nuestra salvación! Lleguémonos a El con alabanzas, aclamémosle con salmos. Porque Dios grande es Yavé, Rey grande sobre todos los dioses. Que tiene en sus manos las profundidades de la tierra y suyas son también las cumbres de los montes. Suyo es el mar, pues El lo hizo; suya es la tierra, formada por sus manos. Venid, postrémonos en presencia de El, doblemos nuestra rodilla ante Yavé, nuestro Hacedor. Porque El es nuestro Dios, y nosotros el pueblo que El apacienta y el rebaño  que  El guía" (Ps. XCIV, 1-7).

 

Ver más Guiones doctrinales de actualidad




Publicado el Viernes, 20 junio 2008



 
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