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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: sobre la caridad.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación los guiones 27-29 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, sobre el doble mandamiento de la Caridad.

 

Las cuestiones de fondo están tratadas de forma atinada. Pero debería actualizarse desde el punto de vista exegético (por ejemplo, la interpretación de Deut. XIII, 6-10, en la que la glosa de san Jerónimo resulta insuficiente).

 

Además, sería muy deseable que rehicieran estos guiones teniendo en cuenta la encíclica de Benedicto XVI sobre la caridad, así como las instrucciones de la Congregación que entonces presidía Joseph Ratzinger,  Libertatis Nuntius y Libertatis conscientia.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

 

Ref avH 10/70                                                                   nº 27

SOBRE EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD, I.

1. Acogiéndose a la presuntuosa entelequia de la "edad adulta del mundo", algunos quieren idear una religión -presentada incluso como "la esencia del cristianismo"- en la que el centro lo ocupe el hombre en lugar de Dios; de ahí la misma "presentación" que hacen de la "figura" de Jesucristo, como "hombre para los hombres" que, en ocasiones, ha llegado ya a ser monótona repetición de la herejía arriana, en unos casos, y nestoriana en otros.



El afán de desmitizar, de dar explicaciones "de acuerdo con la mentalidad del hombre moderno", se basa en un patente a priori antisobrenatural: se llama mito a todo lo que no es perfectamente comprensible por el hombre; todo parece problemático en la medida en que se considera su carácter sobrenatural. El problema es, en definitiva, la resistencia del hombre ante lo que le supera. Por eso, “presentar la religión de modo aceptable para el hombre moderno” viene a ser lo mismo que ir prescindiendo poco a poco de Dios, y sustituyéndolo por el hombre, hasta llegar a afirmar, como de hecho algunos hacen ya, que "la esencia de la religión es el servicio del hombre".

2. Dios, lo divino y la vida eterna, son sustituidos por el utopismo pseudo-místico y genérico del futuro: a la trascendencia divina, se opone una trascendencia histórica del hombre, la idea indefinida de un indefinido perfeccionamiento humano y terreno, sin principio ni fin y sin un criterio objetivo y estable de medida y discernimiento. Dios sería así el equívoco humano de haber hipostasiado esa tendencia hacia el futuro. Las solas religiones posibles serían ya religiones del tiempo y de la utopía, siendo vano hablar de Dios, porque Dios no sería otra cosa que el hombre, o el hombre no sería otra cosa que Dios (Dios que sale de sí, Dios que se realiza en el amor, en la donación, etc.).

Por el camino de considerar la historia como la esencia misma de la realidad, o el lugar privilegiado o incluso exclusivo de la Verdad, se ha llegado a la llamada "teología de la muerte de Dios", seguida a continuación de las "teología de la esperanza", "teología política", "teología de la liberación", etc. Teorías que vienen a ser más graves aún que el desconocimiento de la existencia de Dios: ya que juzgan de Dios según su "utilidad", y usan los términos religiosos en cuanto se muestran eficaces para reportar al hombre ciertos beneficios terrenos. Detrás de un lenguaje de apariencia cristiana, no hay más que paganismo, apostasía y a veces blasfemia.

3. No es éste un fenómeno sencillo, y sus raíces vienen de lejos. Los errores siempre han ido mezclados con parte de verdad -si no, nadie los seguiría-, por eso es importante no dejarse engañar por el aspecto aparentemente válido de ciertos planteamientos, cuando es inseparable o lleva consigo la negación de otras verdades fundamentales. Y éste es el caso de la aparente caridad hacia los demás, del aparente respeto a la dignidad humana, etc., conque se reviste esa resistencia ante Dios (en forma militante o en forma agnóstica), que está en la base de gran parte de los errores actuales.

Aunque el ateísmo directamente profesado sea ajeno a quienes se pretenden apoyar en el Evangelio como base de sus doctrinas -salvo algunas excepciones, cerno el llamado "ateísmo cristiano"-, en muchos ambientes, sobre todo clericales, se pretende traducir toda relación con Dios en relación con los hombres. Forzando el texto de San Juan: "El que no ama a su hermano a quien ve, ¿a Dios, a quien no ve, cómo podrá amarle?" (I Ioann. IV, 20), se interpreta el amor a Dios y al prójimo como si el segundo fuese la realización, sin más, del primero. Así, por ejemplo, no es extraño oír afirmar que "el pecado del mundo es la injusticia del hombre sobre el hombre”;| "el pecado es decir no a los hombres y al mundo"; "la religión no es auténticamente cristiana más que en la medida en que es servicio al hombre"; "Dios encarnándose, haciéndose hombre, ha transformado definitivamente la religión en servicio y amor incondicionado, absoluto, al hombre", etc.

Y, con pretensiones teológicas, se ha llegado a decir que "el mandamiento del amor a Dios es algo que procede de la ley mosaica; pero en la respuesta de Cristo hay una novedad (mandatum novum…) respecto del Antiguo Testamento: la voluntad de unificar e identificar aquel amor con el amor a los otros hombres".

4. Lo grave de tales planteamientos -muy difundidos- no es que presenten sólo una parte, callando otra; sino que además, y en el fondo, se trata de una de las más graves falsificaciones  del cristianismo que ha habido en la historia: no es que se dé moneda de poco valor (de la mitad del valor), sino que se despacha moneda falsa, porque falso (ineficaz para llevar al cielo) es necesariamente un pretendido amor a los hombres que no sea consecuencia del amor a Dios y se subordine a este amor, objeto del primero y más importante de los mandamientos: "Cuando yo hablara todas las lenguas de los hombres y el lenguaje de los ángeles, si no tuviere caridad, vengo a ser como un metal que suena, o campana que retiñe. Y cuando tuviera el don de profecía y penetrase todos  los misterios y poseyese todas las ciencias, cuando tuviere toda la fe, de manera que trasladase de una a otra parte los montes, no teniendo caridad, nada soy. Cuando yo distribuyese todos mis bienes para sustento de los pobres, y cuando yo entregara mi cuerpo a las llamase si la caridad me falta, todo lo dicho no me sirve de nada(I Cor. XIII, 1-3).

5. Que la novedad (mandatum novum) del amor cristiano -respecto al Antiguo Testamento- esté en la traducción del amor a Dios por el amor a los hombres, es absolutamente falso.  En primer lugar, porque ya en el Antiguo Testamento estaba mandado tanto el amor a Dios como el amor al prójimo. En el A.T., el amor que el hombre debe a Dios aparece esencialmente ya como una obligación natural -y como el mandamiento fundamental- que se orienta necesariamente al deber de culto y al cumplimiento de todos los preceptos divinos: "Escucha Israel: Yahvé nuestro Dios, Yahvé es uno. Amarás, pues, a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza" (Deut. VI, 4-5); y enseguida: "Amarás, pues, a Yahvé, tu Dios, y observarás siempre sus preceptos, leyes, ordenanzas y mandatos" (Deut. XI, 1; cfr, XI, 13; Ios. XXII, 5; I Sam. XII, 20-21; Sap. VI, 19; Prov. III, 5-12; etc.).

Esa obligación natural, y preceptuada también positivamente por Dios, es consecuencia necesaria de nuestro ser criaturas: "Con todas tus fuerzas ama a tu Hacedor” (Ecclo. VII, 30; cfr. II, 7-18).

Y también el amor a los hombres está muchísimas veces ordenado por Dios en el Antiguo Testamentos "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lev. XIX, 18), y enseguida: "Si un extranjero viene a morar contigo en vuestra tierra, no le molestéis. Al inmigrante que mora con vosotros lo consideraréis como indígena y le amarás como a ti mismo" (Lev. XIX, 33-34; cfr. Zach. VII, 9-10; VIII, 16-17; I Sam. XXX, 23; Ps. CXXXIII, 1; Ecclo. XIII, 19; Mal. II, 10; I Mac. XII, 10; etc.). Este amor a los hombres está de tal modo subordinado al amor a Dios, que "si tu hermano, hijo de tu madre; tu hijo, tu hija, la esposa que reposa en tu seno o el amigo al que amas como a ti mismo, te incita en secreto diciendo: Vamos y sirvamos a dioses extraños (…), no accederás, ni escucharás, ni tus ojos le mirarán compasivos (…). Lo lapidarás hasta que muera, porque ha tratado de apartarse de Yahvé, tu Dios" (Deut. XIII, 6-10); comentando esta orden divina, dice San Jerónimo: Non est crudelitas pro Deo pietas (Epistula 109, 3; PL. XXII, col. 908). Este precepto, impuesto por la fuerte inclinación de los israelitas a la idolatría, contiene una enseñanza perenne: el amor a Dios debe ser absoluto; mientras que el amor a sí mismo y al prójimo no puede serlo: debe estar subordinado totalmente al amor de Dios.

Tampoco es cierto que la novedad cristiana sea la identificación entre el amor a Dios y el amor al prójimo. La novedad, más bien, está en aquel …sicut dilexi vos (Ioann. XIII, 34) que el Señor pone como medida del amor que hemos de tener a los demás. Por el contrario, el mismo Cristo reafirmó inequívocamente la prioridad absoluta del amor a Dios sobre el amor a los demás: "Quien ama al padre o a la madre más que a mí, no merece ser mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a mí, tampoco merece ser mío" (Matth. X, 37); "Si alguno de los que me sigue no aborrece a su padre y madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aún a su vida misma, no puede ser mi discípulo" (Luc. XIV, 26). De ahí que la Iglesia haya ya condenado, como sospechosa de herejía, la proposición según la cual "el que ama a Dios más que al prójimo, hace ciertamente bien, pero aún no perfectamente” (proposición de Eckhart, condenada por Juan XXII, Const. In agro dominico y 27-III-1329; Dz 525).

6. Además, es enseñanza constante de la Sagrada Escritura que el amor al prójimo tiene como motivo fundamental el amor a Dios, que lleva a imitar el amor que Dios tiene a todos: "Habéis  oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y tendrás odio a tu enemigo. Yo os digo más: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos (imitadores) de vuestro Padre celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y pecadores" (Matth. V, 43-45; cfr. Marc. X, 44-45; Luc. VI, 27-36; Rom. XV, 5-7; I Petr. III, 8-9; I Ioann. 3, 16; etc.). Y, en consecuencia, no puede amarse al mundo en lo que tenga de contrario a Dios: "No queráis amar al mundo, ni las cosas mundanas. Si alguno ama al mundo, no habita en él la caridad del Padre" (I Ioann. II, 15); y no puede olvidarse que el mundo se pone contra Dios en la medida en que prescinde de Dios: “La mano de nuestro Dios está a  favor de cuantos le buscan, mientras su fuerza y su ira están contra quienes le abandonan" (I Esdr. VIII, 22; cfr. Ierem. XVII, 13; Deut. XXIX, 25; etc.). En este sentido han de entenderse también las palabras de Cristo: "Quien no está por mí está contra mí, y quien no recoge, conmigo, desparrama” (Luc. XI, 23; cfr. Luc. XVI, 13).

7. Si el segundo mandamiento (amar al prójimo como a nosotros mismos) se toma como la traducción adulta del primero (amar a Dios sobre todas las cosas); si amar a Dios es amar al prójimo; si se prescinde de hecho de Dios, ¿cómo se ama el hombre a sí mismo? No sólo con amor total, sino con amor absoluto, ya que entonces es el hombre, la humanidad, lo que se constituye en absoluto (que es la tesis típica del inmanentismo en la forma historicista de Hegel, en la materialista de Marx- en la positivista de Comte, etc.). Pero si se ama a sí mismo con amor absoluto, no puede amar al prójimo como a sí mismo-, pues el absoluto sólo puede ser uno. En esa contradicción se rompe la maravillosa armonía de la auténtica caridad, por la que podemos amar con amor total al prójimo sólo si amamos a Dios con amor absoluto. La negación de Dios no se resuelve jamás en un mayor amor al prójimo, sino en amarlo en la medida en que coincide con uno mismo o resulta útil de algún modo, o –al fin- se resuelve en el odio de todos contra todos, que es el ambiente del infierno. San Agustín afirma con expresión admirable: "Dos amores fundaron dos ciudades; el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial, Aquella se gloría en sí misma; ésta, en Dios" (De civitate Dei, lib. 14, c. 28; PL XLI, col. 436).

8. Cuando no se quiere rechazar explícitamente a Dios, se acude a motivos históricos y culturales: "Bajo otras situaciones históricas y culturales (dominadas por un “verticalismo platónico", dicen), la vida de la Iglesia ha sido considerada como manifestación de la Gloria de Dios y de su poder sobre el mundo; ahora las nuevas circunstancias exigen poner el acento en la esperanza del futuro humano"; de ahí la continua desacralización, el subjetivismo que pone al mismo nivel la verdad y el error por considerar la concordia entre los hombres como valor supremo, hasta constituir un auténtico culto del hombre (de uno mismo): la idolatría más grave.

Tiene una triste e impresionante actualidad aquella queja divina: "Así dice Yahvé: (...) Trocasteis mi heredad en abominación, los sacerdotes no preguntaron: ¿Dónde está Yahvé? Y los depositarios de la Ley no me conocieron, y los pastores prevaricaron contra mí, y los profetas profetizaron en nombre de Baal, y siguieron a los ídolos. Por ello, todavía he de litigar con vosotros (...) Pues mi pueblo ha cambiado su gloria por los ídolos. Pasmaos, !oh cielos! de esto; y horrorizaos y quedaos atónitos en gran manera, di ce Yahvé; pues dos maldades cometió mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no pueden retener las aguas" (Ierem. II, 5-13).

9. En esta hora de infidelidad grande, de rechazo directo o indirecto de Dios, no podemos perder de vista que la auténtica caridad es don sobrenatural (cfr. Rom. V, 5), que hemos de pedir con humildad al Señor. Y, con nuestra oración de reparación, procuraremos aplacar la ira de Dios, como Moisés la aplacó cuando el pueblo israelita cayó en la idolatría (cfr. Exod. XXXII, 7-8).

10. Es importante para no poner obstáculos a esa "caridad de Dios que el Espíritu Santo difunde en nuestros corazones" (Rom. V, 5), que estemos prevenidos contra esa falsificación del cristianismo que va poniendo al hombre en lugar de Dios. Para ello, debemos meditar con frecuencia, y enseñar a todos, el primero y más grande de los mandamientos: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza" (Deut. VI, 4-5), y después, y a partir de éste, el verdadero significado del amor a los demás, que nada tiene que ver con ese "afán de liberación" del que ahora se habla: "La caridad es paciente, es bienhechora; la caridad no tiene envidia, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se alegra en la injusticia, se complace en la verdad: todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (I Cor. XIII, 4-7).

 

Ref avH 10/70                                                                   nº 28

SOBRE EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD, II

1. Cuando preguntaron al Señor cuál es el primer mandamiento, afirmó: "Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el máximo y primer mandamiento" (Matth. XXII, 37-38; cfr. Marc. XII, 28-34; Luc. X, 27-28; Iac. II, 8). Cristo, con esas palabras, reafirmó lo que ya es deber natural del hombre, y preceptuado positivamente por Dios en el Antiguo Testamento (cfr. Deut. VI, 4-5; XI, 1; XI, 13; Ios. XXII, 5; I Sam. XII. 20-21; Sap. VI, 19; Prov. III, 5-12; etc.). Con la gracia, ese amor es elevado incomparablemente, pues hemos de amar a Dios con el amor divino (caridad sobrenatural) que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cfr. Rom. V, 5).

2. Ahora, sin embargo, algunos dicen que ese mandamiento se cumple en la práctica cuando se traduce en su "dimensión horizontal", de amor al mundo y a los hombres: cfr. guión n. 27 de ref. avH 10/70. Esa traducción moderna, aceptable para el hombre de nuestro tiempo”, que daría "credibilidad" a la Iglesia, etc., significa que la relación del hombre con Dios, en sus diversos aspectos, sólo es posible en la relación con el mundo: es la secularización de la religión, considerada como fenómeno irreversible, necesario, querido por Dios que se ha encarnado de modo total en la historia del mundo, y que con la muerte en cruz habría querido significar su voluntad de morir al mundo o para el mundo; de desaparecer en beneficio y exaltación de los hombres.

El amor supone, y lleva consigo, la fe y la esperanza; se manifiesta en el trato personal, en la conducta moral, etc. Así, se dice que "la fe no puede entenderse como simple relación abstracta con Dios, sino como actitud de compromiso con todo lo que constituye lo humano, en el plano individual, social, económico, político, educativo, etc. Consecuentemente –dicen-, la acción evangelizadora, el despertar de la fe, se encuadra con necesidad absoluta en las aspiraciones humanas y en la problemática de lo humano”; de modo que esa fe sólo tendría sentido en la medida en que fuese factor de cambio hacia una sociedad más justa y humana. ¿Qué queda entonces del dogma? Efectivamente, dogma es una palabra que se rehúye (por responder -dicen- a una "terminología esencialista y estática"): se habla a lo sumo, del dato de fe, y además como objeto continuo de revisión o reflexión crítica según los signos de los tiempos. Sin decirlo expresamente -a veces diciéndolo así-, se comparte la doctrina luterana del "Dios para nosotros" (lo que sea Dios en sí mismo poca importancia tiene: lo qué importa es qué es, qué significa en cada tiempo histórico para nosotros). Así, por ejemplo, ¿qué significa la Ascensión de Jesucristo? Lo de menos, afirman, es lo que haya significado para "el hombre Jesús"; lo que importa verdaderamente es que esa Ascensión es símbolo e invitación para que el hombre ascienda, se levante, progrese, se rebele ante la opresión…

3. Junto a esa secularización de la fe, está la correspondiente secularización de la esperanza cristiana. La esperanza en un "mundo futuro más humano y más justo" pretende sustituir a la esperanza en aquello que "ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento, lo que Dios ha preparado para aquellos... que le aman" (I Cor. II, 9).

De ahí se deriva la consiguiente desacralización de la vida moral, que -prescindiendo de Dios- no puede por menos de degenerar en subjetivismo. Se dice, por ejemplo, que "la moral había sido entendida como la fiel ejecución de lo que está prescrito; ahora ha de entenderse más bien como lo que ha de hacerse para la consecución del futuro humano en el reino de Dios": no hay pues algo objetivo, "el hombre moderno se entiende a sí mismo y al mundo –dicen-, no a la luz de la metafísica, sino a la luz de la historia; y en la historia, no mirando al pasado o al presente, sino al futuro". Es el hombre que se construye a sí mismo, se "autorrealiza", rechazando su condición de criatura. Los resultados, lo que el hombre realmente construye cuando prescinde de Dios, puede comprobarse tristemente enseguida, como ya el Espíritu Santo escribía por San Pablo en relación con el paganismo: "Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que devanearon en sus discursos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas, y mientras que se jactaban de sabios, pararon en ser unos necios, (…) Por lo cual Dios los abandonó a los deseos de su corazón, a los vicios de la impureza, en tanto grado que deshonraron ellos mismos sus propios cuerpos; ellos, que habían colocado la mentira en el lugar de la verdad de Dios, dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador, quien es bendito por todos los siglos. Amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames (…), a un réprobo sentido, de suerte que han hecho acciones indignas, quedando atestados de toda suerte de iniquidad, de malicia, de fornicación, de avaricia, de perversidad; llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos, chismosos, difamadores, enemigos de Dios, ultrajadores, soberbios, altaneros, inventores de vicios, desobedientes a sus padres, irracionales, desgarrados, desamorados, desleales, sin misericordia" (Rom. I, 21-31).

4. Ante ese afán, necesariamente descaminado, de vivir lo que llaman "cristianismo adulto", no podemos dejar de oír las palabras de Cristo; "En verdad os digo, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Matth. XVIII, 3; cfr. XVIII, 4; Luc. X, 21). Y, con esa disposición humilde, hemos de meditar, y enseñar a todos, cuál es el amor de Dios que la misma ley de la naturaleza, enseñada también positivamente por Dios en el Antiguo Testamento, y la ley nueva de la gracia nos exigen.

5. El amor que Dios nos pide es un amor total y absoluto; ex toto corde, ex tota anima, ex tota virtute, ex tota mente… (cfr. textos citados en n, 1 de este guión). "¿Qué queda de tu corazón, para amarte a ti mismo? ¿qué de tu alma? ¿qué de tu mente? Ex_toto, dice. Todo te exige, quien te hizo" (S. Agustín, Sermo 34, 4, 7; PL XXXVIII, col, 212).

Este amor no es sólo un sentimiento: tiene múltiples manifestaciones; es más, debe abrasar y dirigir todos los aspectos de la vida del hombre. Exige, en primer lugar la adoración, dar gloria a Dios: "Los que glorificáis a Yahvé, alzad vuestra voz alabándole cuanto podáis, pues aún sobrepasa; los que bendecís al Señor, exaltadle cuanto podáis, pues Él supera a toda alabanza" (Ecclo. XLIII, 30). Este dar gloria a Dios no es una actividad entre otras: la finalidad última de toda acción humana es la gloria de Dios: "Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (I Cor. X, 31). Adoración a Díos, reconocimiento de su grandeza y de nuestra indigencia, con hacimiento de gracias porque todo lo hemos recibido de El: "Todo procede de ti, y lo que de tus manos habíamos recibido te hemos dado” (I_Par. XXIX,, 14).

6. De esta actitud fundamental de adoración, de sumisión amorosa, se sigue la intención operativa de hacer todo para agradar a Dios, no a los hombres: "¿Busco ahora la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Pretendo agradar a los hombres? Si todavía agradase a los hombres, no sería yo siervo de Cristo" (Gal. I, 10); se sigue el obrar como hijos de Dios que buscan en todo agradar a su Padre: "En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; y así proceded como hijos de la luz; pero el fruto de la luz consiste en proceder con toda bondad, y justicia y verdad: inquiriendo lo que es agradable a Dios; no queráis, pues, ser cómplices de las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, reprendedlas" (Ephes. V, 8-11).

Y, por eso, amar a Dios implica necesariamente cumplir los mandamientos: "El amor a Dios consiste en que observemos sus mandamientos" (I Ioann. V, 3); y el mismo Señor gráficamente enseñó esta verdad diciendo: "Cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre" (Marc. III, 35); y también: "Cualquiera que me ama, observará mi doctrina" (Ioann. XIV, 23). Es, pues, un amor con obras; y esas obras son el cumplimiento de todo lo mandado por Dios: "No todo aquel que me dice: ¡Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos" (Matth. VII, 21). Así, efectivamente, la vida eterna es para los que aman a Dios: "Bienaventurado el hombre que sufre la tentación, porque después de que fuere probado,, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman" (Iac. I, 12; cfr. I Cor. II, 9; etc.).

7. Este amor a Dios presupone la fe (cfr. I Cor. XIII, 13; Gal. V, 6; Ephes. VI, 16; etc.), hasta el punto que "sin fe es imposible agradar a Dios" (Hebr. XI, 6). Y esa fe -virtud teologal- se refiere directamente a Dios; es creer en Dios y creer a Dios (cfr. Gen. XV, 6; II_Par. XX, 20; Ps. LXXVII, 22; Prov. XIV, 21; Ecclo. II, 6; Jon. III, 5; Ioann. III, 15; III, 36; V, 24; XI, 26; I Ioann. V, 5; V, 13; etc.).

Fe y caridad llevan consigo la esperanza, también virtud teologal; sólo Dios es fundamento y objeto último de la auténtica esperanza (cfr. Ps. XIII, 6; XXI, 10; XXXIX, 5; LXI, 8; XC, 9; Ecclo. XXIV, 25; Joel III, 16; Rom. V, 2; Ephes. II, 12; I Petr. I, 21; etc.).

8. Este primer y mayor mandamiento se quebranta en la medida en que el hombre se da a sí mismo, o a la humanidad o a cualquier criatura el amor absoluto, total e incondicionado (gloria, adoración, servicio, etc.), que sólo a Dios debe darse; es, en multitud de formas y con diversidad de grados, el gravísimo pecado de idolatría que quebranta el primer precepto del Decálogo: "No tendrás otro dios frente a mí. No te fabricarás escultura ni imagen alguna de lo que existe arriba en el cielo, o abajo en la tierra, o por bajo de la tierra en las aguas. No te postrarás ante ellas ni las servirás; pues yo, Yahvé, tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de quienes me odian; pero uso de misericordia hasta la milésima generación con quienes me aman y guardan mis mandamientos” (Exod. XX, 3-6; cfr. Deut. V, 6-15; Lev. XIX, 4; Apoc. XXII, 15).

La Sagrada Escritura nos presenta de modo impresionante, la ira de Dios ante la idolatría, y el castigo correspondiente: “Quien ofrezca sacrificios a les dioses -fuera de Yahvé- será exterminado" (Exod. XXII, 20; cfr. Deut. IV, 23-24; VI, 13-15; XXX, 16-19; Ios. XXIII, 16; Isai. XLV, 1 ss.; XLVI, 1 ss.; Jer. XLIV, 1-14; Ezech. XIV, 6-11; Os. XIII, 1 ss.; etc.).

Y a quien pone su esperanza en algo distinto de Dios (por ejemplo, en el hombre), está reservada la maldición divina: "Así afirma Yahvé: Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su auxilio, y de Yahvé aparta su corazón" (Jer. XVII, 5).

También se quebranta el primer y principal mandamiento cuando no se da a Dios el culto debido (cfr. Deut. XI, 1; XI, 13; Ios. XXII, 5; I Sam. XII, 20-21; Sap. VI, 19; Prov. III, 5-12; etc); y por tanto cuando se toma por término, centro u objeto principal de las ceremonias cultuales o litúrgicas lo humano (lo comunitario, por ejemplo), ya que el servicio a los hombres sólo es auténtico cuando se realiza por servir a Dios: sólo a Dios, en efecto, se ha de adorar y servir: "Todavía le subió el diablo a un monte muy encumbrado y mostrole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si, postrándote delante de mí, me adorares. Respondiole entonces Jesús: Apártate de ahí, Satanás; porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a él solo servirás" (Matth. IV, 8-10).

 

Ref avH 10/70                                                                   nº 29

SOBRE EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD, III.

l. El Señor, después de enseñar el primero y mayor de los mandamientos (Diliges Dominum Deum tuum ex toto corde tuo…), añadió: "El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la Ley y los Profetas" (Matth. XXII, 39-40; cfr. Marc. XII, 28-34; Luc. X, 27-28; etc.). Por eso, "el amor es la plenitud de la Ley” (Rom. XIII, 10).

Este mandamiento ya estaba declarado en el Antiguo Testamento (cfr. guión nº 27 de ref avH 10/70 n. 4), pero Jesucristo le restituyó su auténtico sentido, que se había ido desfigurando por la dureza de corazón del pueblo elegido: "Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y tendrás odio a tu enemigo. Yo os digo más: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian" (Matth. V, 43-44; cfr. Luc. VI, 27-36).

Pero además, Jesucristo ha dado un contenido nuevo e incomparablemente más alto a ese amor al prójimo: "Mandatum novum do yo bis: ut diligatis invicam, sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis, si dilectionem habueritis ad invicem" (Ioann. XIII, 34-35). Ahora, pues, es el mismo amor divino la medida del amor que hemos de tener a los demás: es, por tanto, un amor sobrenatural, que Dios mismo pone en nuestros corazones: "Quiera el Dios de la paciencia y de la consolación haceros la gracia de estar siempre unidos mutuamente en sentimientos y afectos según Jesucristo, a fin de que no teniendo sino un mismo corazón y una misma boca, glorifiquéis a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, soportaos recíprocamente, así como Cristo os ha soportado a vosotros para gloria de Dios" (Rom. XV, 5-7).

2. El motivo fundamental de ese amor al prójimo es precisamente el amor a Dios, pues amar a Dios significa también amar a quien Dios ama; de modo que "Si alguno dice: sí, yo amo a Dios, al paso que aborrece a su hermano, es un mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, ¿a Dios, a quien no ve, cómo podrá amarle?” (I Ioann. IV, 20); y por eso, Dios mismo -al ordenarnos el amor a Dios- ordena el amor al prójimo como su consecuencia necesaria: "Y tenemos este mandamiento de Dios, que quien ama a Dios, ame también a su hermano" (I Ioann. IV, 21).

3. Sólo con ese fundamento, podemos amar al prójimo como a nosotros mismos: cuando amamos, tanto a nosotros mismos como al prójimo, por amor a Dios. Ese amar a los demás como a nosotros mismos, supone amarlos no por nosotros sino por ellos (y, en último término, por Dios). En este sentido, no es amor verdadero el que se deriva de la utilidad que nos viene del prójimo, ni el que se sigue del gozo que nos produce, pues en esos casos en realidad nos amamos a nosotros mismos en el prójimo, y ese amor desaparecería al desaparecer la utilidad o el gozo (cfr. Ecclo. VI, 10).

4. La caridad con los demás, que ya es precepto de ley natural (cfr. Ecclo. XIII, 19) y que la gracia eleva, es un amor ordenado; y, en primer lugar, subordinado al amor a Dios: "Quien ama al padre a la madre más que a mí, no merece ser mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a mí, tampoco merece ser mío" (Matth. X, 37; cfr. guión nº 27 ref avH 10/70 n. 4). Esta subordinación al amor de Dios es también de ley natural, ya que el amor natural se impone por la semejanza de naturaleza; pero la semejanza que tenemos con Dios es anterior y causa de la semejanza que tenemos con los demás hombres, ya que participamos de Dios aquello por lo que somos semejantes al prójimo (cfr. Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 26, a.2): "En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios y guardamos sus mandamientos" (I Ioann. V, 2).

Y como similitudo est causa dilectionis (Santo Tomás, o.c. ad 2), la caridad sobrenatural tendrá también un orden, sin el cual no sería auténtica: "Así que mientras tenemos tiempo, hagamos el bien a todos, y mayormente a aquellos que son, mediante la fe, de la misma familia del Señor que nosotros" (Gal. VI, 10).

5. Del mismo modo que el amor a Dios no es sólo un sentimiento, sino que debe llevar consigo obras de amor (cfr. guión nº 28 de ref avH 10/70 n. 5), también el amor a los demás debe ser un amor con obras: "No amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad" (I Ioann. III, 18). Esas obras de amor tienen también un orden preciso, que el mismo Cristo nos enseñó, para que como El amemos el mundo y a los hombres: "Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridísimos, y caminad en el amor, a ejemplo de lo que Cristo nos amó y se ofreció a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo" (Ephes. V, 1-2). Por eso, hemos de amar principalmente el bien espiritual del prójimo, imitando a Dios, que ama la virtud y odia el vicio del hombre (cfr. Ps. V, 7). Amar es desear y procurar el bien para quien se ama, y el bien supremo, fuera del cual ningún otro bien parcial tiene sentido, es Dios mismo; por eso, el amor a los demás, si es verdadero, conduce primaria y fundamentalmente a desear y procurar la unión de los demás con Dios. Lo contrario, buscar, para sí y para loe demás, primeramente los bienes materiales ("liberación total de toda opresión”, dicen ahora), es paganismo: "No vayáis diciendo acongojados: ¿Donde hallaremos qué comer y beber? ¿Dónde hallaremos con qué vestirnos?, como hacen los paganos, los cuales andan tras todas estas cosas; que bien sabe vuestro Padre la necesidad que de ellas tenéis. Así que, buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura” (Matth. VI, 31-33; cfr. VI, 19-30).

Si el amor que hemos de tener a les demás ha de ser como el que Cristo tuvo y tiene a los hombres, no podemos olvidar que el Señor no se ocupó de "liberar de las opresiones económico-sociales", que no eran menores hace veinte siglos que ahora; por el contrario, enseñó inequívocamente la primacía total de lo espiritual sobre lo material, hasta el punto de que las tribulaciones, escaseces, opresiones, etc. sufridas por amor a Dios, son manifestación de la predilección divina: "Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando los hombres por mi causa os maldijeren y os persiguieren y dijeren con mentira toda suerte de mal contra vosotros: Alegraos entonces y regocijaos, porque es muy grande la recompensa que os aguarda en los cielos" (Matth. V, 10-12; cfr. X, 17; Luc. XXI, 12-19; Ioann. XVI, 2; II Tim. III, 12; I Petr. II, 20; III, 14; IV, 14; etc.).

6. Con eso no puede entenderse que la caridad con el prójimo no incluya también la atención a sus necesidades materiales -que no raramente es también de justicia-; por el contrario, siempre la Iglesia ha enseñado la importancia de ese aspecto de la caridad, expresado frecuentemente en la Sagrada Escritura: cfr. Tob. IV, 7; Prov. XIV, 21; XIX, 17; Dan. IV, 24; Matth. XXV, 34-36; Luc. X, 29-37; XI, 41; Iac. I, 27; etc.

7. Cuando se olvida -teórica o prácticamente- a Dios y el destino eterno del hombre, no se sigue una mayor caridad fraterna, sino que por el contrario se realiza -según la parábola del Señor- aquel golpearse de los siervos unos a otros, pues "el Señor tarda y ya no volverá" (cfr. Matth. XXIV, 43). De esos criados sin esperanza y sin fe ha habido siempre; pero tampoco faltaron los siervos fieles -entre los que, con la ayuda de Dios, debemos luchar siempre por mantenernos- que, ceñidos los lomos y el hachón ardiente entre las manos, esperan sin desfallecer durante la larga noche la vuelta del dueño a quien aguardan (cfr. ibidem): Non habemus hic manentem civitatem, sed futuram inquirimus (Hebr. XIII, 14).

 

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Publicado el Viernes, 30 mayo 2008



 
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