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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus D:Naturaleza de la misión de la Iglesia.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación el guión n. 24 de la serie de guiones doctrinales de actualidad, que sale al paso de los errores contenidos en la teología marxista de la liberación, subrayando el carácter sobrenatural de la misión de la Iglesia y de la vida cristiana.

 

El fondo del artículo me parece correcto. No obstante cabe objetarle que la terminología está poco actualizada, cuestión que tiene su importancia después de los debates suscitados por Henri de Lubac sobre el sobrenatural, que el artículo parece desconocer.

 

Además, es una pena que, habiendo sido objeto este tema de dos extensas instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe –la Libertatis Nuntius y Libertatis Conscientia, de 1984 y 1986, respectivamente-, éstas no se hayan tenido en cuenta después de tantos años y se haya mantenido el guión, como dando a entender que en el Opus Dei ya disponen de un material mejor para prevenir esos errores.

 

En resumen, dan la impresión de vivir en una burbuja, de ir a su aire, tanto en lo teológico como en lo magisterial, lo cual no me parece ni eclesial ni secular.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

 

 

Ref. avH 10/70                                                 nº 24

SOBRE EL CARÁCTER SOBRENATURAL DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA Y DE LA VIDA CRISTIANA

   1. En algunos ambientes se está difundiendo una mentalidad que se muestra como confluencia de una concepción marxista de la vida con criterios de exégesis bíblica de origen protestante; mentalidad que tiende a oscurecer, cuando no a desvirtuar por completo, el carácter sobrenatural del cristianismo.

   Perdida o disminuida la fe -virtud sobrenatural que nos hace conocer, creyendo, realidades que exsuperant omnem sensum (cfr. Phil IV, 7)-, lógicamente se tiende a reducir el contenido de la Revelación a hechos y enseñanzas puramente humanos. De ahí se sigue con frecuencia una segunda reducción: de lo humano a lo exclusivamente material, llegando así no raramente a verdaderas aberraciones contrarias a toda razón (cfr. Rom I, 28-31)...



   2.      Entendiendo por progreso humano exclusivamente el progreso social, y confundiéndolo con la realización del Reino de Dios -reino de paz y de justicia-, muchos quieren presentar la figura de Jesucristo como la de un precursor de las luchas sociales modernas, como un héroe que vino a hacer un violento cambio de estructuras político-sociales. Como prueba de esto, se aduce el interés de Cristo por los pobres (que traducen por clase oprimida), su oposición a los ricos (que traducen por clase privilegiada u opresora), la calificación del Reino de Dios como un Reino de Justicia y de Paz, etc.

   3. Esta concepción intramundana de la vida cristiana se presenta de modos y con terminologías diversas.  En los casos más extremos, lleva a la negación de todo futuro ultraterreno: la resurrección de los muertos no sería otra cosa que una metáfora para expresar que un tiempo nuevo (de justicia social y amor entre los hombres) sucederá al tiempo viejo (de injusticia y opresión de unos hombres por otros); la esperanza cristiana en la vida eterna (visión de Dios) es sustituida por la esperanza en una sociedad más justa.

   Perdida de vista la trascendencia de Dios, y de su Reino, algunos no sólo hablan de un cristianismo social, de un Jesús revolucionario, etc., sino incluso de un ateísmo cristiano: Dios no es, sino que será: es la personificación del futuro de justicia; por eso -dicen-, conocer a Dios es hacer justicia con los pobres, etc., etc.

   4. De todos estos variados planteamientos -que coinciden en el fondo con la pérdida de la fe en la divinidad de Jesucristo—, se sigue lógicamente el intento de politizar la misión de la Iglesia, que no es considerada como el Cuerpo Místico de Cristo, como la presencia salvífica de la gracia de Dios (a través principalmente de los sacramentos), etc., sino como el grupo o pueblo profético que anuncia y tiende a realizar el futuro de justicia social, hasta llegar al término: el paraíso terrestre, que conciben como una iglesia protestante-liberal en una sociedad marxista. Olvidada o despreciada la relación personal de cada alma con Dios -que califican de religión personalista o infantil- se quiere reducir la vida cristiana a un humanismo horizontal; se desprecian los sacramentos, las prácticas personales de piedad, y sólo hay un pecado: la injusticia social.

   5. La completa oposición de esta concepción societaria y materialista de la Iglesia con la Tradición y el Magisterio es tan patente, que los propugnadores de este nuevo cristianismo dirigen a la Tradición y al Magisterio la acusación de haber desvirtuado,  desde los primeros tiempos, la esencia social y justicialista del mensaje de Cristo,  al haberse comprometido y ligado con una cultura helenista y con el poder constituido, relegando a un irreal más allá el Reino de Justicia que Cristo prometió a los hombres.

   6. Ante esta tremenda ola devastadora de todo sentido sobrenatural, debemos agradecer a Dios el don inmerecido de la fe, y estar muy vigilantes porque a veces estos planteamientos se van metiendo como por ósmosis, poco a poco, de modo al principio inadvertido. Parte de esa vigilancia será recordar, y grabar muy dentro de nuestra alma, qué dice la Sagrada Escritura sobre estas cuestiones; Sagrada Escritura de la que precisamente pretenden valerse -tergiversándola de modo violento, pero hábil- los propugnadores de la sacrílega desacralización de la Iglesia y de la socialización marxista del mundo.

   7. La Justicia es uno de los conceptos fundamentales de la Revelación. Su sentido sobrenatural trasciende el significado meramente natural, y hay que guardarse de un empleo equívoco, como si el término bíblico justicia tuviese el mismo significado que el término meramente humano (y con mayor razón aún si ese sentido humano queda además reducido a uno solo de sus aspectos, como podría ser la llamada justicia social, de cualquier manera que ésta se entienda).

   En el Nuevo Testamento, justicia significa primariamente la actitud religiosa y moral, del hombre. La norma por la que esa rectitud se mide es la voluntad de Dios, sus mandamientos (cfr. Lc I, 6; Mt XXIII, 29): se es, pues, santo y justo (Act III, 14); justo y temeroso de Dios (Lc II, 25; Act X, 22); etc. Así se habla de obrar la justicia (Mt VI, 11; Act X, 35), o de cumplir toda justicia (Mt III, l5).

   Justicia y justificación son dos nociones íntimamente relacionadas en la Revelación cristiana (cfr. Rom V, 1; IX, 30; Gal II, 16 y 21). Justicia y pecado, por el contrario, se presentan precisamente como dos conceptos antitéticos (cfr. II Cor VI, 14). Y así como el concepto de pecado es moral y religioso, lo es también su contrario justicia.

   Por sí mismo, el hombre es pecador, no justo (cfr. Rom II, 1-3; VII, 6-26; Gal III, 19). La razón de nuestra justicia, y su fuente, es Cristo (cfr. I Cor I, 30; II Cor V, 21), y el modo de participar en la justicia de Dios es la fe en Cristo (cfr. Rom I, 17; III, 22; Phil III, 9). Esta fe se opone a la orgullosa concepción de la justicia como fruto de las propias obras (cfr. Rom III, 27), pero a la vez esta justicia comporta el deber -fundamentalmente religioso y moral- de cumplir todas las obligaciones del Evangelio, aceptadas por la fe, contrariamente a lo que resulta de la incredulidad: Ignorantes enim iustitiam Dei, et suam quaerentes statuere, iustitiae Dei non sunt subiecti (Rom X, 3).

   8. Otro concepto cristiano importantísimo, que es tergiversado con frecuencia, es el de libertad. La trascendencia de significado de este término en la Revelación, respecto a sus posibles significados naturales, es también muy acentuada. Ya en el Antiguo Testamento, a los ojos de Dios la libertad del Pueblo de la Alianza es algo más que la mera ausencia de opresión exterior, y es requerida siempre en primer término con vistas a la libertad religiosa y moral con que se ha de adorar y servir a Dios (cfr. I Mac I, 41-49; II Mac III, 1).

   En el Nuevo Testamento la trascendencia del concepto natural de libertad en relación a la libertad de opresión es aún mucho más marcada: así, la recuperación de la libertad política por parte del pueblo judío ya no tiene apenas importancia. Con su respuesta Dad al César lo que es del César (Mt XXII, 21), Jesucristo manifiesta con toda claridad que no quiere ser un Mesías político o un liberador del yugo romano, sino que ha venido -ha sido enviado por el Padre- como Redentor del mundo (cfr. Mt XXVIII, 19; Le XXIV, 47; Io IV, 12). Para el cristiano, que no tiene aquí ya ciudad permanente, sino que busca la venidera (cfr. Hebr XIII, 14), la libertad externa no es de ningún modo un bien absoluto o supremo que deba buscar a toda costa (cfr. I Cor VII, 21-24).

   La libertad interior, como condición básica de toda acción moral y religiosa, es un gran bien, que Dios mismo respeta en cada hombre, incluso cuando se opone a sus designios salvíficos (cfr. Mt XXIII, 27). Sin embargo, la libertad cristiana es algo completamente nuevo, desconocido antes y fuera de Cristo: Si vos manseritis in sermone meo, vere discipuli mei eritis, et cognoscetis veritatem, et veritas liberabit vos (Io VIII, 31-32). Así, donde está el Espíritu del Señor esta la libertad (II Cor III, 17). Esta libertad de los hijos de Dios (Rom VIII, 21) se adquiere real y germinalmente en el bautismo (cfr. Rom. VIII, 23; II Cor I, 22), y tiene varios aspectos que se van actuando con la gracia misma:

   -libertad del pecado. Cristo nos ha liberado del pecado (cfr. Rom. VI, 14-18), en el que caímos y quedamos reducidos a la condición de esclavos (Rom V, 12 s; VII, 14; I Cor XV, 21; Eph II, 3);

   -libertad de la muerte eterna (cfr. Apoc II, 11; XX, 6; XXI, 8), que es consecuencia del pecado (Rom VII, 11), su estipendio (Rom VI, 23), su hija (Iac I, 15). Con la Redención, el Señor nos ha liberado de esa muerte eterna (Col II, 12-14), sobre todo en cuanto que nos ha devuelto la vida sobrenatural que gratuitamente habíamos recibido, en Adán, y su destino: la gloria eterna;

   -libertad del dominio del demonio. Por la Redención, el demonio ha sido despojado de su poder sobre el hombre y el mundo; pero cada hombre se libera de él en la medida en que se libera del pecado. Por eso, mientras el pecado es posible, lo es también esa servidumbre (cfr. Io XIII, 27);

   -libertad de la vida según la carne, que se opone en nosotros a la vida según el espíritu (cfr. Rom VIII, 5-9; Gal V, 17 s). La acción negativa de esas tendencias desordenadas ha de ser contrarrestada por la santificación (cfr. Rom VIII, 13), a fin de que el cuerpo mortal, que en sí mismo es bueno y está destinado a ser templo del Espíritu Santo (cfr. I Cor VI, 19 s), pero que debe ser sometido a disciplina (cfr. I Cor IX, 27), pueda también resucitar un día para la gloria y bienaventuranza definitivas (cfr. Rom VIII, 11).

   9. Desde la caída de nuestros primeros padres, el mundo físico y la humanidad, que fueron creados buenos y aun muy buenos (cfr. Gen I, 31), estaban en el mal. La Redención -causalmente consumada por Cristo- está todavía en curso. Cristo vino como Salvador del mundo (cfr. Io IV, 42), pero el mundo no lo conoció (cfr. Io I, 10). Por eso el mundo sigue presentando un aspecto de irredención, de hostilidad a Dios, de oposición a la obra de Cristo; y en esa misma medida los santos no pertenecen al mundo y no deben conformarse a él: nolite conformari huic saeculo, sed reformamini in novitate sensus vestri (Rom XII, 2).

   Esta realidad que la fe nos muestra, impone al cristiano una serie de consecuencias prácticas, una lucha personal, ya que dentro de él mismo tiene también lugar el drama universal: Si ergo mortui estis cum Christo ab elementis huius mundi, quid adhuc tanquam viventes in mundo decernitis?: eso en cuánto al modo de juzgar y valorar las cosas. En cuanto a sus aspiraciones, al fin al que debe tender: Si consurrexistis cum Christo, quae sursum sunt quaerite, ubi Christus est in dextera Dei sedens; quae sursum sunt sapite, non quae super terram (Col III, 1-2).

   Así, ante los bienes materiales, el cristiano debe tener siempre presente que non est enim regnum Dei esca et potus, sed iustitia, et pax, et gaudium in Spiritu Sancto (Rom XIV, 17). Por eso, nolite thesaurizare vobis thesauros in terra... Thesaurizate autem vobis thesauros in caelo (Mt VI, 19 s).

   El incomparable valor de la vida que Cristo nos ha ganado, y que ahora vivimos en la fe y en la esperanza, hace que todos los bienes terrenos sean relativos, y hayan de estar siempre subordinados a la salvación eterna (cfr. Phil III, 7-11). El objeto de la esperanza cristiana trasciende, pues, absolutamente todo lo terreno, y se refiere a la eternidad, y no a un futuro temporal intramundano: Quid enim prodest homini, si mundum universum lucretur, animae vero suae detrimentum patiatur? [Mt XVI, 26).

   10. La misión de la Iglesia, continuadora en el tiempo de la obra de Jesucristo, es llevar a los hombres a su destino sobrenatural y eterno. La justa y debida preocupación de la Iglesia por los problemas sociales deriva de su misión espiritual y se mantiene en los límites de esa misión. Una misma fe, una misma caridad y una misma esperanza, no implican una misma valoración concreta de las circunstancias sociales, ni que la solución cristiana a los problemas temporales sea una sola y unívoca. Es  cada cristiano quien, ayudado por la fe y movido por la caridad, procurará personalmente (a través de las estructuras propias del orden temporal) actuar con justicia humana, lo cual es para él un deber moral con frecuencia grave.

   La Iglesia, en cuanto tal, no tiene por misión establecer la justicia social en el mundo, siguiendo así a Cristo que, afirmando que su Reino no es de este mundo (Io XIX, 36), se negó expresamente a ser constituido juez o promotor de la justicia humana: Ait autem ei quidam de turba: Magister, dic fratri meo ut dividat mecum hereditatem. At ille dixit illi: Homo, quis me constituit iudicem aut divisorem super vos? (Lc XII, 13 s).

   Jesucristo se opuso terminantemente a todo intento de que le convirtieran en un Mesías temporal, o de que le utilizaran para las reivindicaciones político-sociales de las gentes de su tiempo. Su condena del amor a las riquezas no es de orden político-social, sino moral-religioso. Por tanto, la Iglesia debe oponerse a todo intento de que la usen para fines terrenos, por nobles que sean, e incluso ha de evitar la apariencia de constituir un grupo de presión ideológico y temporal, o de identificarse con soluciones de parte.

   11. Veinte siglos de tradición y Magisterio han entendido así el Evangelio: Tradición y Magisterio, de los que la misma Sagrada Escritura necesita incluso para ser reconocida como inspirada por Dios (cfr. Dz 783, 786; Conc. Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 8).

 

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Publicado el Lunes, 03 marzo 2008



 
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