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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: sobre la Comunión eucarística.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

El n. 23 de la serie de guiones doctrinales de actualidad versa sobre la Comunión eucarística. Recuerda diversas normas litúrgicas y advierte sobre los errores prácticos más frecuentes en relación a esta cuestión.

 

Más allá de que se echa en falta una actualización de la bibliografía, llama la atención que a estas alturas no se hayan corregido dos afirmaciones que aparecen en los nn. 7 y 8, y que reflejan unos desenfoques que han contribuido a la deformación de los fieles de la Prelatura en esta materia.

 

En el n. 7 se establece: «Nosotros recibiremos la Sagrada Comunión, en nuestros oratorios, en la boca y de rodillas; en las Iglesias públicas, como disponga el Revmo. Ordinario». ¿Es la liturgia materia de competencia del Prelado del Opus Dei? No parece. Y aunque hubiera recibido competencias en esta materia, al Opus Dei no debería interesarle ejercerlas, si quisiera ser fiel al espíritu de cristianos corrientes, que suelen afirmar que les caracteriza.

 

En el n. 8 se presenta como abusiva la opción de comulgar en la mano, cuando en realidad es una práctica que ha sido autorizada por la Santa Sede de modo generalizado. Esto de ser más papistas que el Papa ha hecho mucho daño al Opus Dei, en cuanto ha antepuesto los gustos del Fundador sobre las decisiones de la Jerarquía eclesiástica, alejando a la Prelatura de la comunión eclesial.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra

 

Ref. avH 10/70                                                   nº 23

SOBRE  LA SAGRADA COMUNIÓN

1. En las actuales circunstancias de la vida, de la Iglesia, se vienen difundiendo algunas opiniones teológicas inseguras o claramente erróneas -viejas herejías, ya condenadas hace siglos, que se renuevan-, y también ciertos abusos prácticos, con grave daño para la fe y el culto debido a la Sagrada Eucaristía. Junto a los errores acerca de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y de la Transubstan-ciación (cfr,  guión nº 22 de ref. avH 10/70, n. 4), no faltan -en ocasiones como consecuencia- desviaciones y abusos en relación a la Sagrada Comunión.    (continúa)



 

2. De la consideración de la Misa como cena fraterna, se sigue no pocas veces la idea de que la Sagrada Comunión es -primaria y esen- cialmente- el símbolo de la unión fraterna de los miembros de la co- munidad, afirmando de ahí que la comunión de los fieles que asisten a la Misa es -esencial para la validez o integridad del rito (no hablan de sacrificio). De idénticos presupuestos se sigue con frecuencia, en teoría y en la práctica, la afirmación de que sólo debe comulgarse dentro de la Misa y con formas consagradas en esa Misa. Otros, incluso, llegan a renovar la vieja herejía según la cual sólo existe presencia de Cristo en las formas consagradas cuando son usadas (in_usu) dentro de la Misa.

3. Ante esos errores, debemos pedir al Señor que nos confirme en la fe, meditar una vez más las verdades infaliblemente enseñadas por la Iglesia, y enseñarlas a todos en nuestra labor apostólica.

4. En primer lugar, conviene  recordar que, efectivamente, la Eucaristía es símbolo  de la unidad de la Iglesia y de la caridad que une a todos  sus miembros  con Cristo,  y entre  sí (cfr, Conc. de Trento, sess. CIII, proem., Dz,  873 a), pero no se reduce  a eso. Esencialmente, la Eucaristía es la renovación sacramental del Sacrificio de la Cruz (cfr. guión n° 22 de ref avH 10/70). Por esto, para su validez e infinita eficacia no es necesaria la asistencia del puéblo, ni que este comulgue, aunque sea muy recomendable. Ciertamente, por la sagrada comunión participan los fieles más plenamente en el sacrificio de la Misa (cfr. Conc. de Trento, sess. XXII, cap, 6, Dz, 944; Conc. Vaticano II, Const. dogm. Sacrosanctum Concilium, n. 47), pero debe advertirse una vez más que el Sacrificio eucarístico, por su misma naturaleza, es la incruenta inmolación de la Víctima, inmolación que se manifiesta místicamente por la separación de las sagradas especies y por la oblación de esas sagradas especies al Eterno Padre. La Sagrada Comunión, sin embargo, atañe sólo a la integridad del Sacrificio…; y mientras es enteramente necesaria para el ministro que sacrifica, para los fieles tan sólo es vivamente recomendable (Pío XII,  Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947). En consecuencia, están fuera del camino de la verdad los que no quieren celebrar el Santo Sacrificio,   si el pueblo  cristiano no  se acerca a la sagrada mesa; pero yerran más todavía quienes -para probar la absoluta necesidad de que los files, junto con el sacerdote,  reciban el alimento eucarístico- afirman capciosamente  que no se trata aquí sólo de un sacrificio,  sino del Sacrificio y del convite  de la comunidad fraterna, y de la Sagrada Comunión, recibida en común, como la cima de toda la celebración (ibidem).

5. Conviene recordar también que el que comulga, además de participar en los frutos de la Misa, obtiene unas gracias espirituales propias y especificas de la Comunión Eucarística: recibe y se une espiritual y físicamente al mismo Cristo, Dios y Hombre, fuente de todas las gracias. Unión que graba en el alma la imagen de Cristo, asemejándola más y más a El. De esa unión de cada alma con Cristo se sigue también, como efecto de la Eucaristía, la unidad en Cristo entre todos los fieles, siendo así este sacramento además signo y causa de la unidad de la Iglesia (cfr. Pío XII, Enc. Mediator Dei). Paulo VI, Enc. Misterium fidei, 3-IX-1965).

Efecto de la comunión no es pues la alimentación corporal, como si el Cuerpo de Cristo se convirtiera en el cuerpo del que lo recibe (Benedicto XII, Iam dudum, año 1341, Dz. 546); ni principalmente el perdón de los pecados ((Conc, de Trento, sess. XIII, cap. 8 y can. 5, Dz. 881, 887); sino que es la unión con Cristo y el aumento de la gracia y de virtudes; obtiene también el perdón de los pecados veniales y de la pena temporal; preserva de los pecados mortales y da la perseverancia en el bien, es alimento espiritual del alma y prenda de la gloria futura (Conc. de Florencia, Bula Exultate Deo, año 1439, Dz. 698; S. Pío X, Decr. 20-X-1905, Dz. 198l).

Atendiendo a los efectos propios de la comunión eucarística, ha enseñado siempre la Iglesia la licitud de comulgar fuera de la Misa, aunque se recomiende hacerlo dentro de ella: Se debe persuadir a los fieles a que comulguen en la misma celebración eucarística; pero los sacerdotes no rehúsen administrar la sagrada Comunión fuera de la misa a los que la pidan por justa causa (Instructio Eucharisticum mysterium, 25-V-1967, n. 33). Más aún, éste es uno de los motivos o fines de la conservación de la Eucaristía fuera de la Misa (cfr. ibidem, n. 49), en la que perdura la presencia real del Señor mientras perduren las especies (cfr. Conc. de Trento, sess. XIII, can. 4, Dz. 886).

 

6. Tampoco faltan desviaciones doctrinales y abusos prácticos en relación al modo de recibir la Comunión. Algunos afirman que debe comulgarse siempre bajo las dos especies, pues de lo contrario faltaría un elemento esencial del simbolismo eucarístico. Tal opinión es contraria a la fe de la Iglesia. En primer lugar, porque bajo cada una de las especies se contiene todo Cristo (Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) (cfr. Conc. de Trento, sess. XXI, cap. 3 y can. 3, Dz. 932, 936), de modo que recibiendo la comunión bajo una sola especie se recibe el sacramento, sin que por lo que se refiere a su fruto y efectos quede defraudado el que lo recibe (cfr. ibidem). Y esto es así porque la separación de las especies es el signo del sacrificio, (y por eso esencial para que se celebre la Misa), pero no de la participación en el sacrificio, que se realiza con una sola especie, ya que en ella está realmente todo Cristo toda la Víctima. Es decir, la separación de especies es signo del sacrificio, no de la comunión. Sin embargo, en algunas circunstancias la Iglesia autoriza a que los fieles comulguen bajo las dos especies, no porqué así se alcance mayor plenitud sacramental, sino para realzar de modo más explícito que la comunión es participación del Sacrificio (cfr. Instructio Euoharisti-cum mysterium, 25-V-1967, n. 32).

Por otra parte, quienes abogan por volver de modo general a la práctica de la comunión bajo las dos especies, aun cuando no sea como consecuencia del error doctrinal señalado antes, pierden de vista que no sin justas y razonables causas la Iglesia fue movida a que los laicos y los clérigos que no celebran comulguen bajo la sola especie de pan (cfr. Conc. de Trento, sess. XXI, cap. 2 y can. 2, Dz. 931, 935). Justas y razonables causas que se entienden bien en atención al respeto debido al Sacramento, e incluso también en atención a razones higiénicas y de organización material del culto.

7. Con relación a la postura en que debe recibirse la Sagrada Comunión, establece la Instrucción Eucharisticum Mysterium en su n. 34 que secundum Ecclesiae consuetudinem, communio dari potest fidelibus vel genuflexis, vel stantibus, y añade que corresponde a la autoridad eclesiástica elegir una u otra forma, habida cuenta de las costumbres, de las condiciones del lugar, del número de los asistentes y otras circunstancias. En cualquier caso, se pide a los fieles; un signo externo de reverencia hacia el Sacramento, como lo es el acto de arrodillarse que, por sí mismo, indica adoración (cfr. ibidem). Nosotros recibiremos la Sagrada Comunión, en nuestros oratorios, en la boca y de rodillas; en las Iglesias públicas, como disponga el Revmo. Ordinario.

8. Respecto a la recepción de la comunión en la mano, hay que tener en cuenta que, según la Instrucción de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29-V-1969, se trata de una práctica introdu- cida de modo abusivo contra la voluntad de la gran mayoría del Colegio episcopal, y que la Santa Sede tolera en algunos casos, dejando claro que es una excepción permitida de modo restrictivo y para evitar males mayores. Además, incluso en esos casos, está prescrito que la recepción de la Eucaristía en la mano no deberá nunca ser impuesta con exclusión del uso tradicional; y que por tanto cada fiel ha de tener siempre la posibilidad de recibirla en la lengua, aunque al mismo tiempo vayan otros fieles a recibirla en la mano (cfr. Instrucción de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, 29-V-1969; AAS 61 (1969) 541-547).

9. Acerca de las disposiciones interiores necesarias para recibir digna y fructuosamente la Sagrada Comunión, la Iglesia ha enseñado siempre que nadie  debe  acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal  por muy contrito que le parezca estar sin preceder la confesión sacramental (Conc. de Trento, sess. XIII, cap. 7 y can 11, Dz. 880, 893). La misma norma alcanza a los sacerdotes a quienes incumbe celebrar por obligación, a no ser que les falte confesor; y en ese caso si, urgidos por la necesidad, celebran sin previa confesión, están obligados a confesarse cuanto antes  (cfr. ibidem; Alejandro 711, Decret. 18-III-1666, Dz. 1138).

La participación en los beneficios de la Eucaristía depende además de la calidad de las disposiciones interiores, pues los sacramentos, de la nueva ley, al mismo tiempo que actúan "ex opere operato", producen un efecto tanto mayor cuanto más perfectas son las condiciones en que se los recibe (S. Pío X, Decret. Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905). De ahí también la conveniencia de una esmerada preparación de las disposiciones de alma y cuerpo -deseos de purificación, de tratar con delicadeza este sacramento, de recibirlo con gran espíritu de fe, etc.-, como corresponde a la dignidad de la presencia real de Jesucristo oculto bajo las especies consagradas.

Junto a estas disposiciones interiores, y como su necesaria manifestación, están las del cuerpo: el ayuno prescrito por la Iglesia, las posturas, el modo de vestir, etc., que son signos de respeto y reverencia (cfr, n. 7).

También hay que considerar la acción de gracias, recomendada por la Iglesia, en atención a la dignidad del sacramento recibido. Porque, si bien la recepción misma, como acción sagrada, está regulada por peculiares normas litúrgicas, no exime, una vez concluida, de la acción de gracias a aquel que gustó del celestial manjar (Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947; cfr. Instructio Eucharisticum Mysterium, 25-V-1967, n. 38).

10. Por lo que  se  refiere a la frecuencia en la recepción de este sacramento,  hay que  recordar que  quienes ya tengan suficiente uso de razón deben comulgar por lo menos una vez al año, por Pascua; y que este precepto eclesiástico –que obliga gravemente-, no se satisface por una comunión sacrílega (cfr.  Conc. IV de Letrán, Dz. 437; Conc. de Trento, sess. XIII, can. 9, Dz, 891; Inocencio IX, Decr. 4-III-1679, Dz. 1205; S. Pío X, Decr. Quam Singulari, 8-VIII-1910, Dz.2137).

Los fieles que, por cualquier motivo, se encontraran en peligro de muerte deben recibir también la Sagrada Comunión, y los pastores han de procurar que la administración de este sacramento no venga diferida en esos casos, sino que la puedan recibir todavía en plena posesión de sus facultades (Instr. Eucharisticum Mysterium, n. 39; CIC, cc. 864, 865). La comunión recibida bajo esta forma de Viático debe ser tenida además como signo especial de participación en el misterio pascual celebrado en el Sacrificio de la Misa; es decir, del misterio de la muerte del Señor, y de su tránsito al Padre, pues en ella el fiel que está para dejar esta vida, fortalecido por el Cuerpo de Cristo, recibe la prenda de la resurrección (cfr. ibidem).

La comunión frecuente o cotidiana no es necesaria, pero se recomienda a todos los que estén dispuestos rectamente e incluso a los niños, una vez llegados al uso de razón (cfr. Conc. De Trento, sess. XXI, cap. 8, Dz. 881; S. Pío X, Decr. Quam Singulari, 8-VIII-1910, Dz 2137; Decr. De quotidiana SS. Eucharistiae sumptione, 20-XII-1905; Pío XII, Enc. Mediator Dei; Paulo V1, Enc. Mysterium fidei; Instr. Eucharisticum Mysterium, n. 37; etc.).

Nosotros, en la Obra, recibimos a diario al Señor Sacramentado y damos gracias, durante el tiempo que señalan nuestras Costumbres.

 

Ver más Guiones doctrinales de actualidad




Publicado el Lunes, 28 enero 2008



 
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