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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: Una ascesis demasiado humana.- Doserra

090. Espiritualidad y ascética
Doserra :

Copio a continuación el guión nº 15 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad. En mi opinión, no hay muchos reparos que hacer a lo que dice sobre la mortificación y la penitencia, ni a las críticas que realiza a los que han postulado un cristianismo sin cruz. Sin embargo, sí cabe objetar a la visión tan voluntarista que hace del ascetismo cristiano.

 

La vida cristiana no debe concebirse como un esfuerzo titánico por vivir unas virtudes. Eso destroza a las personas, y las vuelve frías, rígidas e inhumanas. La vida cristiana es abrirse, a través del trato con Jesucristo, al don del Espíritu Santo, que nos llena de fuerza y gozo en el cumplimiento abnegado de la voluntad de Dios Padre.

 

Pero, claro, después de leer el estudio de Marcus Tank sobre la personalidad del Fundador de la Obra, uno entiende que diera origen a una espiritualidad tan humana, tan demasiado humana.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra



Ref avH 10/70                                     nº 15

 

SOBRE MORTIFICACIÓN Y PENITENCIA

 

1.   En el ámbito moral está causando grave daño a las almas –con claras repercusiones también de orden social- un creciente paganis mo en las costumbres,  que rechaza toda norma y los principios más elementales de la ascética cristiana. Junto a factores de carácter práctico -reliquias del pecado original, desorden de las pasiones, afán de lucro,  etc.- coinciden en este punto diversas teorías e ideologías, parcialmente contrarias entre sí: el naturalismo libertino, el iluminismo, la moral autónoma (con su rechazo de la moral y de la norma heterónoma),  el positivismo cientifista, el materialismo marxista, el pragmatismo, corrientes freudianas, etc., a las que se añaden un extraño renacer de los viejos errores quietistas (cfr. Dz. 1261-1283), a la sombra de un cierto pneumatiamo carismático contrario a cualquier ley, y una pervivencia del pesimismo luterano (naturaleza insanablemente corrompida, pérdida del libre arbitrio, etc.).

 

2.   Este ambiente práctico y esas doctrinas están influyendo también entre los fieles,  y ha llevado ya a algunos -entre ellos, sacerdotes y religiosos- a afirmar que el antiguo ideal de conducta ascética está irreversiblemente superado,  que la moral cristiana debe ser reformada a la luz de la psicología de lo profundo y de la sociología;  que el elemento ascético era extraño al Cristianismo primitivo, y tiene un origen gnóstico o maniqueo;  que hay que acabar con una moral represiva,  fuente de desequilibrios neuróticos, que con sus mitos y tabús oscurantistas (pecado original, infierno, purgatorio, carácter sacrificial y reparador de la Pasión y Muerte de Jesucristo, justicia divina, etc.) ya definitivamente desenmascarados por la ciencia moderna,  se opone al desarrollo armónico y natural del hombre.

 

3.   Ante esa situación se hace necesario recordar la divina llamada a la penitencia, a participar en la expiación de Nuestro Señor por los pecados del mundo; a disponernos para convertirnos más profundamente a Dios, mediante la plena identificación con Cristo crucificado: estoy clavado en la Cruz juntamente con Cristo. Y yo vivo, o más bien no soy yo quien vive,  sino que Cristo vive en mí (Gal. II, 19-20). Nos es preciso renacer continuamente a la vida sobrenatural que Cristo nos ha ganado  (Ioann. III, 3), ya que lo que ha nacido de la, carne, es carne;  y lo que ha nacido del espíritu, es espíritu (Ioan. III, 3), y los frutos de ese renacimiento por la gracia son: caridad, gozo,  paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad (Gal. V, 22-23). Sin embargo, nacer a esta vida nueva exige morir a la que le es contraria: traemos siempre en nuestro cuerpo por todas partes la mortificación de Jesús, a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos (II Cor. IV, 10). Y esto exige, con la gracia de Dios, la cooperación nuestra: si vivís según la carne, moriréis;  si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis (Rom. VIII, 13). Ésta era la enseñanza de Jesucristo cuando clamaba: si alguno quiere seguirme, se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga (Luc. X, 23).

 

Palabras que San Agustín comenta así: Esa cruz que el Señor nos invita a llevar, para seguirle más deprisa, ¿qué significa sino la mortificación? (Epist. 243, ll). En los varios géneros de vida y ocupaciones, es una sola la santidad que se cultiva por todos los que obran movidos por el Espíritu de Dios y que, obedeciendo a la voz del Padre y adorando a Dios Padre en espíritu y en verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer participar de su gloria (Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium n. 41).

 

4. Jesucristo nos ha traído la Vida con su Cruz, pero no tendremos vida en nosotros mismos si no tenemos nuestra voluntad decidida a seguir su Pasión (S. Ignacio de Antioquía, Epist. ad Magn.5, 2). El Señor, que muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando reparó nuestra vida (Pref.de Pascua), y que por el bautismo y después por el sacramento de la Penitencia nos devuelve esa vida que el pecado perdió, nos dice también: el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que la perdiere por mí, la encontrará (Mt7 XVI, 25). Esa vida en Cristo ha de llevarnos a poder decir con S. Pablo: al presente me gozo de lo que padezco por vosotros, y estoy cumpliendo en mi carne lo que resta que padecer a Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col, I, 24).

 

5.   Esa fuerza del espíritu sobrenatural pugna con una resistencia de la que también S. Pablo es testimonio: veo otra ley en mis miembros... (Rom. VIII, 23). Y el mismo Señor nos advierte: si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y échalo de ti; es preferible que perezca uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno (Matth. V, 29). Es esa resistencia lo que hace dura la doctrina de la mortificación y de la renuncia, dificultando su aceptación. El mismo Simón Pedro, elegido por Cabeza de la Iglesia, hubo de oír del Señor este duro reproche, cuando trataba de alejar a Jesucristo de su Pasión: apártate de mí, Satanás, que me escandalizas, porque no gustas de las cosas de Dios, sino de las de los hombres (Matth. XVI. 23).

 

6.   El cristianismo no puede dispensarse de la Cruz, y es sólo a la luz de la fe como puede entenderse el inmenso valor de la ascética cristiana. Fue después de la Pentecostés cuando Pedro, el mismo discípulo que había recibido tan duro reproche del Señor, escribía: gozaos al participar en la pasión de Cristo, para que también exultéis gozosos en la revelación de su gloria (1 Petr.  IV, 3). La dificultad para entender y practicar esa doctrina de Jesucristo persistirá en este mundo: los judíos piden señales, y los griegos buscan la sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado; escándalo para los judíos y necedad para los gentiles (I Cor. I, 22-23). Y San Pablo se lamentaba con los de Filipos: hay muchos que andan, ya os lo decía con frecuencia, y ahora lo digo llorando, como enemigos de la cruz de Cristo: cuyo fin es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que gustan de las cosas terrenas (Philip., III, l8-19).

 

7. La obra de la Redención continúa en la Iglesia, que para aplicar a todos los méritos de Cristo y la salvación que causalmente nos ha ganado, centra su vida entera en el Santo Sacrificio de la Misa. Pero se exige además a cada uno una identificación con Cristo crucificado, porque si el grano de trigo que cae en la tierra, no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto (Io. XII, 24). Este es el camino de la resurrección y de la gloria (cfr. Rom. VIII, 16-17). Hemos de saber estar, como María nuestra Madre, iuxta crucem Iesu (Ioann. XIX, 25). Acuérdense todos de que con el culto público y con la oración, con la penitencia y con la libre aceptación de los sufrimientos y fatigas de la vida, que les hacen conformes a Cristo paciente (cfr. II Cor. IV, 10; Col. I, 24), pueden llegar a todos los hombres y contribuir a la salvación de todo el mundo (conc, Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, n. 16).

 

8. Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida, y qué pocos los que dan con ella! (Matth. VII, 13-l4). Por eso en este mundo hay quienes están vivos y quienes están muertos, aunque parece que todos viven (S. Agustín,  In Ioann. Evang. 22, 6). Se hace particularmente necesaria hoy una generosa reacción de santidad cristiana, que dé testimonio de Jesucristo en medio de tanto paganismo, y dentro mismo de la Iglesia, sabiendo llevar nosotros una parte del precio de esa renovación: omnia sustineo propter electos, ut et ipsi  salutem consequantur, quae est in Christo Iesu, cum gloria caelesti (II Tim. II, 10). Como los pecados de los hombres oprimieron la Humanidad Santísima de Jesucristo, así todos los Santos han sabido siempre llorar y expiar los pecados propios y los de los demás.

9. No se trata sólo de una penitencia interior, sino también, a ejemplo de Jesucristo Señor Nuestro, de una práctica externa de la mortificación. Las formas de la penitencia corporal pueden variar según la condición de los tiempos y de las personas (cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 110), pero hay elementos invariables, que tienen su razón de ser en la naturaleza humana y en la realidad del pecado original y de los pecados personales y de la economía salvífica que Cristo ha instaurado. Esas prácticas de penitencia, y la ascética cristiana en general, no se ordenan como a último fin a un estoico o soberbio dominio de sí mismo, sino a la conformación con Cristo. No se trata de  lograr una vida humana más equilibrada, una simple moderación; se trata de adquirir, conservar y desarrollar con la gracia la vida sobrenatural que Dios nos ofrece en su generosidad infinita: para llegar, a través de la Cruz, a la luz que no conoce ocaso (Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 9). Y en esa unión con Cristo, se trata de reparar, de expiar, de satisfacer con El. Será El quien luego nos dé esa paz y serenidad de los hijos  de Dios, que nada ni nadie nos podrá arrancar. Los fines de la penitencia son los mismos que los del Calvario y de la Misa: Cristo padeció por nosotros, dándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas (I Petr. II, 21).

 

10.  Es necesario que nos esforcemos generosamente por vivir con la máxima fidelidad el espíritu y la praxis, de la Obra sobre  esta materia,  tal como lo hemos vivido desde el principio y como se ha de vivir siempre: si se perdiera,  se destruiría toda la labor de santificación propia y ajena. En cambio, gustosamente mantenido, abrimos el surco donde la gracia dará todo su fruto, y llenamos las almas y todos los ambientes de paz y de alegría en el Señor.

 

11.  Cfr. guiones 7 y 12 de ref. avH 10/70; Camino, nn. 172-234, 237, 308, 548, 550, 758; Crónica III-63, pp. 6-13; IV-63, pp. 6-13.

 

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Publicado el Miércoles, 31 octubre 2007



 
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