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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: Una exposición pesimista y obsoleta.- Doserr

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación el guión nº 13 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad. Llama la atención que, después de la publicación de la Exhortación apostólica postsinodal de Juan pablo II, Pastores dabo vobis y del Directorio sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, no se hayan tomado la molestia de actualizarlo.

 

Si hubieran tenido en cuenta esos documentos, además de no quedarse en una exposición tan obsoleta, habrían conseguido superar la visión tan negativa sobre la situación de los sacerdotes, que aparece en este guión y que, por el contrario, no existe en los susodichos documentos magisteriales.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra



 

Ref. avH 10/70                                         nº 13

 

 

SOBRE EL SACERDOCIO MINISTERIAL

 

1. Entre los errores que hoy se difunden en el Pueblo de Dios, con grave daño de las almas, están los que se refieren a la misma naturaleza y misión del sacerdocio ministerial, y la vida de los sacerdotes, ministros de Cristo.

 

2. Se trata de una debilitación e incluso de una pérdida de la fe en el origen sobrenatural, divino, del sacerdocio jerárquico, que es vaciado de su contenido cristiano verdadero.

 

Señalamos algunos errores que están causando mucho mal  entre los fieles:

 

a) Los intentos de desacralizar y desmitificar la figura del sacerdote, purificándolo de todo lo que no es conforme a la mentalidad secularizada, -puramente racionalista- que asignan como propia del hombre moderno, porque creen que el sacerdocio es un producto de la mentalidad de otras épocas ya superadas.

 

El sacerdocio ministerial es equiparado fundamentalmente al sacerdocio común de los fieles, El sacramento, del Orden no conferiría ningún poder especial o ministerio sagrado, sino sólo el derecho a ejercer una función social dentro de la comunidad de los fieles. El sacerdocio jerárquico sería un simple oficio o encargo desempeñado oficialmente en nombre de la comunidad, que estaría así representada por delegación (tal como, por ejemplo, el oficio de presidir la asamblea). La diferencia, por tanto, entre los sacerdotes y los simples fieles sería solamente funcional.

 

En esta corriente de ideas, es fácil llegar a la, conclusión de que la comunidad -que evoluciona, con la historia- debe inventar la figura, del sacerdote conveniente a nuestro tiempo. Es penoso comprobar cómo se ha extendido esta actitud de búsqueda, de inseguridad, el ansia, de innovar y de experimentar que se encuentra en no pequeños sectores del clero.

 

Si el sacerdocio es considerado meramente como un encargo eclesial, no es difícil llegar a afirmar -como de hecho ha sucedido- que pueda darse un sacerdocio ad tempus.

 

De esta manera, el sacerdocio ministerial es considerado  con frecuencia solamente como un servicio hacia, los hombres -y no raramente con un contenido meramente humano y social (cfr. ref. avH 10/70, nº 7)-, y se menosprecia la dimensión vertical, de adoración y mediación, que hace relación a Dios (el culto, la administración de Sacramentos, la vida de oración, los medios ascéticos para llevar una vida cristiana, etc.) en favor de un activismo exclusivamente humano.

 

b) Numerosas de estas desviaciones proceden de un influjo, cada día más patente y grave, del pensamiento protestante, que niega en su más común formulación teológica la existencia del sacerdocio ministerial.

 

Así se llega a definir el sacerdocio por lo referente al ministerio de la Palabra (eludiendo la referencia al culto, a los Sacramentos, etc.), como si la salvación de los hombres viniera de la sola fides, sin que necesariamente la fe esté acompañada por las obras. Junto a la exaltación del ministerio de la Palabra, se descuida la celebración del Santo Sacrificio del Altar cuando no hay pueblo, o pasa a un segundo plano su realidad sacrificial cuando la Misa sólo se considera como la reunión de la asamblea cristiana, y el momento de la predicación. Se abandona también -con gravísimo detrimento para las almas- la administración del sacramento de la Penitencia, etc.

 

c) Otras desviaciones proceden muchas veces de una inmadurez humana y sobrenatural que se aprecia en algunos sectores del clero. De ahí esa avidez pueril de novedades, esa ansia de  estar al día -aggiornati- en todos los campos, sin aceptar una autoridad o unas normas de fe o de conducta, que se consideran como coartación de la libertad o impropias de la edad adulta a la que habrían llegado la Iglesia y los fieles.

 

Un cierto complejo y una superficial admiración por todo lo laico llevan a la imitación inconsiderada de las formas laicales (abandono del traje sacerdotal, por ejemplo). El complejo de estar fuera del mundo o de haber quedado al margen del consorcio humano, y el deseo consiguiente de hacerse presente en la sociedad civil a través de un trabajo laical o de un empeño político y sindical, son considerados como el pasaporte -casi siempre artificial e inauténtico, y por ello ineficaz y condenado al fracaso- para entrar en comunión de vida con los hombres.

 

El matrimonio, asimismo, es considerado como una necesidad para la madurez humana del sacerdote y para su integración afectiva (cfr. ref. avH 10/70, nº 7).

 

Es característico el deseo de figurar y de capitanear  toda actividad apostólica -fruto también de una mentalidad clerical -que se trata de justificar afirmando que la Iglesia -que identifican con la Jerarquía, con el clero- ha de dar un testimonio social ante el mundo; parece olvidarse que el sacerdote es ante todo un servidor de Dios y de los hombres, que necesita siempre la humildad de servir y desaparecer.

 

3. Frente a todos estos errores teóricos y prácticos, conviene que tengamos una gran claridad de ideas y una fe segura -fortes in fide (I Petr. 5, 9)- para poder también comunicar a otros esta seguridad.

 

Hay que tener muy presente que el sacerdote, por la consagración que realiza el sacramento del Orden, ha sido revestido  de una singular condición y dignidad: ha sido configurado a Cristo Sacerdote y Cabeza de su Cuerpo para actuar como ministro suyo -in persona Christi- (cfr. Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis n. 2), ha sido hecho instrumento vivo de Dios: anuncia y enseña con autoridad el mensaje de Cristo, renueva su Sacrificio, en su nombre también perdona los pecados y reconcilia a las almas con Dios, del que administra la gracia: es un don que procede de Cristo, a quien representa, y no de los hombres.

 

Por el carácter impreso en el sacramento del Orden, esta Consagración recibida es indeleble y permanente (verdad de- finida; Conc. Trid., ses. VII, de sacr. in genere, can, 9: Dz. 852; ses. XXIII, de sacr. Qrd., can. 4: Dz. 964), de mo- do que es sacerdos in aeternum. Por otra parte, este signo del sacramento, hace al ministro sagrado ontológicamente dis- tinto del resto de los fieles: no se trata solamente de una diferencia de funciones, sino de una diferencia esencial en el modo de participar del sacerdocio de Chisto.

 

Por esa específica participación en la mediación sacerdotal de Nuestro Señor, el sacerdote tiene la misión -del modo y con el poder que le son propios- de hacer perenne y actual la obra redentora de Cristo: es, pues, una misión exclusivamente espiritual. El sacerdote es mediador entre Dios y los hombres para dar culto a Dios -de adoración, de acción de gracias, de satisfacción- y para comunicar la gracia a los hombres. La misión del sacerdote en favor de la humanidad tiene como fin conducirla hacia Dios, educándola en la fe, hacer “que la oblación de las gentes le sea grata, estando santificada por al Espíritu Santo” (Rom. 15, 16): nunca puede ser un ministerio que termina en el hombre.

 

El ministerio principal de los sacerdotes es celebrar el Santo Sacrificio del Altar, donde se renueva sacramentalmen- te la obra de nuestra Redención y se aplican sus frutos, y donde todo el ministerio sacerdotal encuentra su plenitud, su sentido, su centro y eficacia (cfr. Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 5). Todo el restante ministerio -verbi et sacra-mentorum- se ordena a aplicar y a anunciar este misterio su- blime de nuestra Redención.

 

La consagración y la misión sacerdotal pide que el sacerdote sea y se muestre en todo un hombre de Dios; que ejercite santamente su ministerio santo: sancta sancte tractanda. Es así como mejor podrá manifestar ejemplarmente ante los hombres su condición de "dispensador de los misterios de Dios" (I Cor. 4, 1), y facilitará el que todos puedan acudir -porque les es necesario- a su ministerio de mediación con Dios.

 

4.   Cfr. Carta Sacerdotes iam, 2-II-1945, nn. 4, 5, 16,

17, 24, 27; Carta Ad serviendum, 8-VIII-1956, nn. 1, 2, 6, 16-18, 22, 25, 51; Conversaciones con Mons. Éscrivá de Balaguer, entrevista a "Palabra", n.4; entrev. a "L'Osservatore della Domenica", n. 58; Conc. de Trento, ses. XXIII: Dz. 1764 (957), 1766-7 (959-960), 1771 (961), 1773-4 (963-4); Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, nn. 2, 3, 5, 12, 13; Const. dog. Lumen gentium, nn, 10 y 28; Const. Sacrosanctum Concilium, n. 6; Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, Madrid, 1970, passim.

 

5.   Pío X, Exhort. Ap. Haerent animo, 4-VIII-1908: AAS XLI, pp. 555-577; Benedicto XV, Litt. Encycl. Humani generis redemptionem, 15-VI-1917: AAS IX, pp. 305-317; Pío XI, Litt. Encycl. Ad catholici sacerdotii, 20-XII-1935: AAS XXV III, pp. 5-53; Pío XII, Litt. Encycl. Mediator Dei, 20-XI-1947: AAS XXXIX, pp. 522 ss.; Exhort. Ap. Menti nostrae, 23-IX-1950: AAS XLII, pp. 657-702; Alloc. 29-V-1954: AAS XLVI, pp. 307-313; Alloc. 31-V-1954: AAS XLVI, pp. 313-317; Alloc. 2-XI-1954: AAS XLVI, pp. 666-667; Juan XXIII, Litt. Encycl. Sacerdotii nostri primordia, l-VIII-1959: AAS LI, pp. 545-579- Paulo VI, Litt. Encycl. Sacerdotalis caelibatus, 24-VI-l967: AAS LIX, pp. 657-697.

 

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Publicado el Miércoles, 01 agosto 2007



 
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