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LOS PADRES DEBEN LLEVAR LAS RIENDAS

RAQUEL, 1 de octubre de 2004

 

He visto la continuación de un atisbo de drama que se apuntaba antes de mi partida: contaba Rocío (de México) el 13 de junio que su hija pequeña estaba pensando a partir a España a un curso de "Hostelería" propiciado por la Opus. Ahora, el 19 de septiembre, su hija ya está a tiempo completo en la boca del lobo y a miles de kilómetros de su casa y ella está escandalizada y preocupada por lo que está viendo.

Yo tuve una experiencia parecida y me gustaría, aunque con un poco de retraso, compartirla con Rocío y ver si le sirve. Resumiré en lo que no puedo contar, pero espero que sea de utilidad.

A los 17 años me fui al igual que su hija con el beneplácito de mis padres fuera del país y, una vez allí, mis padres se enteraron de que esa no era la mejor opción y que estaba corriendo riesgos (que en el fragor de la aventura y en mi empecinamiento en que era una decisión adulta que mis padres no comprendían yo no veía o minimizaba) que comprometían un futuro feliz para mí, limitando mis posibilidades tanto profesionales como personales.

Me lo dijeron por teléfono y yo lo negué y oculté conscientemente información que les preocuparía más (porque eran incapaces de entender lo positivo del asunto, que no se enteraban...). En mi testarudez, soportada por la ilusión de la vida nueva, de la independencia, de la afirmación contra los progenitores propia de la adolescencia y de las personas que me apoyaban de un modo u otro en la decisión e influían sobre mí, les mentí y, con inmenso dolor aunque sintiendome incomprendida, decidí quedarme e hice oídos sordos al llanto de mi madre.

En fin, les dije que no volvería hasta que no terminara: no me compensaba volver porque en ese momento no veía los contras y en cualquier caso estaba dispuesta a afrontar todos los que veían mis padres y más porque lo que estaba viviendo era mucho más importante, aunque ellos no lo entendieran. Estaba haciendolo todo para que no tuvieran que preocuparse: estudiaba, tenía un sitio decente donde vivir, aprendía un idioma, no estaba haciendo nada perjudicial para mi salud ni para los principios de mis padres (no salía con ningún chico, no fumaba, no bebía, no me drogaba, no salía de noche...) en fin, que me estaba cuidando estupendamente.

Muy poco tiempo después de que les hubiera contado que no volvería (esa misma noche) mis padres aparecieron por sorpresa tocando la puerta del sitio donde vivía. Habían colgado el teléfono, terminado de llorar, metido un par de mudas en una maleta, ido al aeropuerto, cogido el primer vuelo, luego un autobús y habían llegado al pueblo perdido del país donde estaba (no conocían el idioma, tiene mucho mérito) para verme.

Por mucho que mi decisión fuera firme y ellos no entendieran nada, aquel golpe de efecto me dejó en el primer momento sin palabras. Fueron encantadores con las personas con las que vivía, les pidieron disculpas por aparecer intespestivamente en su casa (debían ser las 12 de la noche), no dieron muchas explicaciones y me dijeron que si podía acompañarles a buscar un hotel donde quedarnos todos esa noche.

Yo me fui a vestir y mi madre me acompañó a meter un par de mudas en la mochila comentando en tono de risa sus dificultades para conseguir enterarse en la capital de la manera de llegar hasta el pueblo. Lo hizo con tal naturalidad, educación y seguridad que a nadie se le ocurrió decirle que esperara al pie de la escalera, y así pudo ver dónde y cómo vivía yo (nada preocupante, de todos modos, pero toda información era útil). Además deslizó con ese gesto su autoridad materna de una manera harto elegante y discreta, pero efectiva. Mi padre en el entretanto se quedó hablando en el hall de banalidades del viaje con las personas con las que vivía, que hubieran puesto inconveniente seguro a que alguien de fuera, ni siquiera madre, entrara a las habitaciones de la casa. Si lo hubieran sabido antes al menos, seguro, lo/me hubieran preparado. Pero el factor sorpresa y la distracción de mi padre se lo impidió.

Luego yo salí con ellos, no recuerdo si fui yo o otra persona quien hizo un comentario sobre mi vuelta, y mi madre contestó distendidamente algo así como que quería aprovechar a ver el pueblo conmigo al día siguiente, pero que estaba muy cansada del viaje y quería llegar al hotel lo antes posible, que sentía de nuevo haber molestado... De modo que otra vez dejó claro muy educada y sibilinamente que ella llevaba las riendas, no dió explicaciones de su venida ni dijo cuándo ni cómo volveríamos.

Salimos hacia un hotel hablando aún de las aventuras de su viaje, llegamos al hotel, cogimos una habitación, nos sentamos los tres y empezamos a hablar. Esa fue, realmente, una noche muy larga...

Creo que aquí no puedo ayudarte demasiado, Rocío, lo que nosotros dijimos no será extrapolable a tu situación cuando al fin hables con tu hija, pero te aconsejo que escuches con toda tu voluntad de escuchar, que te fijes en sus ojos, que las primeras palabras sean para sentar vuestro afecto y disposición incondicional a tu hija, que tengas en cuenta lo que conoces de tu hija para interpretar su ánimo en sus gestos, pero que al hablar pienses que no la conoces del todo, que hay muchas cosas que no sabes de ella... No juzgues nada de lo que dice o de lo que la rodea desde tu posición de madre porque es posible que se cierre o que la desconfianza le haga callar o decir medias verdades, utiliza toda la información que has podido recopilar en esta web y que te escandaliza y preocupa como argumentos, llévala impresa y subrayada si quieres, pero no prepares mucho lo que la vayas a decir, escuchala sobre todo con orejas de escuchar, establece tu amor como base de la conversación, pero desnudate cuanto puedas de comportamientos y juicios que ella reconozca de tu posición única de madre... y no pierdas la paciencia. Si puedes, mete de vez en cuando notas de buen humor... En fin... yo qué sé!

Y no creas que fue fácil... para mis padres no lo fue. Estuvimos aún dos o tres días más allí, paseando, hablando, descubriéndonos...

Un factor de mucha importancia para volver fue que mi abuela estaba muy enferma (y a pesar de eso vinieron....) y volví a despedirme; alrededor de un mes después de nuestra vuelta falleció. Y también fue decisiva la promesa de que podría volver terminado el verano si seguía queriéndolo. De vuelta en casa hicieron un trabajo exahustivo de investigación. Con lo que habían escuchado de mis intereses, buscaron una escuela estupenda también fuera del país que se adecuaba a lo que yo quería y me ofrecieron pagarla para que pudiera ir (me consta que era muy cara). Anunciaron a familia y amistades a bombo y platillo las bondades del nuevo sitio y todos se alegraron lo indecible por esa oportunidad y la hicieron aún más deseable... En fin, que, mantuviendo mis deseos de independencia (es muy difícil que se haga atractiva la vuelta a casa de papá y mamá cuando ya has probado las mieles de la estancia fuera del hogar) convirtieron lo que para mí hubiera sido un fracaso (la renuncia a la aventura deseada) en un provilegio nuevo y mejor (la nueva aventura en un lugar aún más y mejor considerado).

Bueno, la continuación de la historia sí es feliz en mi caso... Estudié con muy buenos resultados en el otro sitio, con mis padres inicié una nueva relación de adulto a adulto que nos había sido vedada hasta entonces por las medias verdades y las medias mentiras, que por otra parte jamás se han vuelto a repetir en estos diez años; cuando terminé los estudios en un centro que era mil veces mejor que el anterior (como si fuera comparar el centro de Valencia donde ahora está tu hija con la escuela de cocina de Paul Bocuse en París) volví a mi ciudad, seguí estudiando otras cosas viviendo con mis padres un par de años más, luego conseguí un trabajo que ni fu ni fa como todo joven español (está mal esto de la "chamba" en España) y fui mejorando profesionalmente hasta estar ahora en una pequeña empresa que cumple todas mis expectativas. Salí con varios chicos (unos les gustaron a mis padres, otros no), encontré a mi pareja actual, decidí que era el hombre de mi vida (por suerte a mis padres les cayó bien), me fui a vivir con él y hace poco nos casamos.

Mi madre me repite de vez en cuando que soy un chollo de hija. Nos entendemos estupendamente, nos reímos mucho, nos cuidamos también un montón... en fin, que nos parecemos personas muy valiosas y nos sentimos felices de ello.

Espero que mi historia te sirva de algo, Rocío, y que tu hija sea la mitad de tozuda y esté la mitad de convencida que yo, que no le duela, que tú no sufras por ella y que podais ser en un futuro inmediato, haga lo que haga, tanto o más feliz que lo que mi madre y yo somos ahora.

 

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