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CORRESPONDENCIA

 

Miércoles, 09 de Noviembre de 2016



Adios.- zartán

Hace unos días se llegó algo que nunca pensé que llegaría: he cumplido tantos años fuera como los que pasé dentro.

Recuerdo bien el momento del cierre final: fue por la mañana y cerca de la embajada británica, el emisario era alguien a quien conocía incluso de antes de apuntarme al entonces instituto secular. Él siempre había sido todo un caballero, muy cuidadoso de su apariencia, nada desdecía del cargo y posición que ocupaba, cada vez que nos veíamos se mostraba muy preocupado por preguntarme por toda mi familia y no al bulto sino por cada uno con su nombre, muy cariñoso, con una eterna sonrisa, desde su más tierna infancia numeraril miembro de un consejo local o de una dl… era la quinta esencia del numerario de pro y encarnaba perfectamente -o así yo lo creía- el buen espíritu.

El mensaje que me traía era tan lacónico que, hasta con mi mala memoria y después de tantos años, lo recuerdo todo:

El – “Hola Zartán, el Padre dice que, para que no sigas cargando tu conciencia, se te concede la dispensa de tus obligaciones con la Prelatura. ¿Quieres quedar como cooperador?”
Yo – Ok.
El – Hasta luego.

Dio media vuelta y se marchó. Imagino que ese ok fue entendido como un “sí quiero” aunque, en realidad, tanto a él como a mí nos importaba bastante poco, era un simple formalismo.

Mi respuesta, también lacónica o -más bien- automática, fue fruto de las preguntas que instantáneamente se me vinieron a la cabeza:

Antes, hacía solamente unos meses, este personaje me preguntaba con cariño por cada uno de mis hermanos, por mis padres, por… todo. Ahora, sabiendo que estaba en un país que no era el mío, sin familia ni municipio ni sindicato (esto es un chiste para los de la tercera edad), que todo mi círculo de amistades había desaparecido, sin curriculum que presentar y con una mano delante y otra detrás, ahora ni siquiera un protocolario “¿Cómo estás?” Y la duda que me vino a la cabeza era si, esa falta de todo, era fruto del dolor que le producía el darme el saludo final o si el afecto que hasta hacía poco había demostrado era mas falso que moneda de 1,35€.

La otra cosa que me rondó en la cabeza fue el darme cuenta que yo había sido acusado, juzgado y sentenciado en pertinacia y sin haberme comunicado nada. Lo que me habían dicho hasta el momento, eso de que sobre las conciencias nadie puede juzgar, ni siquiera la misma Iglesia… era simplemente falso o era cierto para la Iglesia pero no para ellos. ¿Cómo tenían la seguridad de que estaba “cargando mi conciencia”? ¿Alguien se había tomado la molestia de saber cuáles eran las razones por las que me había marchado? No, lo único que había interesado es que permaneciera y, lo que yo pensara o dijera, era solamente fruto de mi perversidad, mi locura o vaya usted a saber.

Estos días he estado leyendo el libro “Tras el umbral” y hay algo que no termino de entender y lo expongo aquí por si alguien puede “des-asnarme”.

Cuando uno siente que otro ha metido la pata y quiere que la saque, lo primero es decirle en qué y cómo la ha metido y, si es posible, cómo sacarla. Por mucho que he intentado saber de qué se le acusaba a Ma.Carmen no consigo entender la causa. También ella estaba “cargando su conciencia” pero si se admite la buena voluntad de las partes, si se parte del pensar bien del “pecador” y que su voluntad era hacer bien las cosas pero por debilidad humana, por error o por cualquier otra razón, el “obtuso” hizo las cosas mal, lo primero es decirle en qué está fallando. Eso siempre que la intención sea ayudar o arreglar y no solo bajonearle la moral al prójimo.

Desde mi selva
abrazos

Zartán



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