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RETABLO DE CURIOSIDADES

SATUR, 2005

 

1. Se cuenta la anédota de aquél... (6/3/2005)
2. Don Pedro Lombardía (14/3/2005)
3. Ramón, Venancio y Sor Seneguer (28/3/2005)
4. Juan Pablo II (3/4/2005)
5. Anéldotas para pasar el rato (10/4/2005)
6. El Doctor Dallómesbó (15/4/2005)
7. Benedicto XVI (24/4/2005)
8. Conciencias algo confundidas (4/5/2005)
9. El ADN del Opus Dei (8/5/2005)
10. Un numerario en apuros (15/5/2005)
11. Agobiatas de la Opus toda (22/5/2005)
12. De apariciones y hechos extraordinarios (5/6/2005)
13. Historias del Poblado. MACARIO. (12/6/2005)
14. No me basta decir te quiero (19/6/2005)
15. Policarpio Polaino (26/6/2005)
16. Anéldotas a hielo picado (3/7/2005)
17. El subconsciente de Escrivá (13/7/2005)
18. Benedicto XVI y aviso para navegantes (25/7/2005)
y 19. Despedida (1/8/2005) FIN DE LA SERIE

 

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14. No me basta decir te quiero

Pronto hará cuatro años que dejé la opus y necesito decirte que no me basta decir que te quiero. Necesito que lo sepa todo el mundo.

Durante años viví una vida muy triste. Era un tipo muy divertido, pero si alguien me siguiera, se encontraría con un pobre hombre, un desventurado. Un tipo atrapado en miserias y vanidades que sabía simular, esconder y mentir. Un hombre que confesaba en iglesias perdidas historias que no tenían ningún sentido y salía de ellas pensando “¡vaya mierda de vida, vaya mierda!”. Veintisiete años de tonterías.

Tú también vivías sola.

La verdad es que nadie lo diría, pero tú supiste ver poco a poco en mí toda esa tristeza y esa soledad, y todas mis mentiras. Al intuir eso sentiste el deseo de salir a defenderme contra no se sabe quién, como si vieses golpear a un niño. Te quiero por muchas razones, pero ésta me conmueve de un modo difícil de explicar: saber que yo no era más que un pobre cobarde, un clown de circo a cuyas mejillas iban todas las bofetadas. Y tú apareciste como aparece el amor: un fatalismo alegre que atrapa, transfigura y rompe de verdad un corazón acortezado, con una belleza insoportable, como la belleza insoportable de la música. Un amor que me comprometía hasta los tuétanos y hacía que mi vida fuese, quizás por primera vez, una auténtica historia tan hermosa, absurda, extraña y misteriosa como la mejor de la novelas, como la mejor de las películas.

Por eso te quiero. ¡Qué alegría sentir siempre tu amor!, ¡qué alegría ese segundo exacto en el que nos conocimos!. El segundo ése que nos obligó a amarnos hasta nunca, en el que pasamos a ser un asunto de vida o muerte, una apuesta al todo o nada.

Y comenzamos de cero con una inconsciencia maravillosa, encantadora. Nos pusimos el mundo por montera. Estaba tan seguro contigo que todo lo demás me importaba nada. Todo. No tenía miedo al pasado, a todas aquellas historias que sabía podría presentarse y juzgarme con toda la dureza del mundo. Con razón. Y no tenía miedo porque tú las conocías y, desnudo de mentiras, las perdonaste de verdad y de corazón.

Te uniste a un tipo que no sabe hacer nada, que ignora eso de amar en la vida doméstica compartiendo porque no ha compartido nada durante años. A mi me lo hacían todo. Y te has encontrado un hombre que ni plancha, ni hace la comida, ni sabe arreglar nada y que es más tonto que mear en un porrón. Por eso también te quiero. Aguantar un fantasma no debe de ser fácil. Soportar un tipo que sólo sabe cantar, escribir, contar chistes, leer… y que vive como un manguta. Me quieres muchísimo, chica. Nadie me ha querido así. Yo también te quiero, aunque no te llegue a la suela de los zapatos.

En estos años he conocido mujeres más hermosas que tú, más pijinas, y he sentido ese otro yo que me dice “venga, hombre, que no pasa nada”; hasta creí ser guapo porque pedorras dispuestas me decían que me parecía a no ser qué actor. En noches en ciudades anónimas las pasiones tristes del ayer me han cantado baladas recordándome quien fui y me han susurrado promesas de caricias intentando que la vida vuelva a ser una mierda. Sin embargo no he fallado -¡qué alegría podértelo escribir!-, aunque fuese a costa de cinco Jacks Daniels de soledad en la habitación de un hotel. Prefiero un colocón de malta, cada sorbo es un te quiero, a llegar a casa y no poder mirarte nunca más a los ojos –también color wiski . Cada uno se defiende como puede, chica. A veces la oración no sirve para nada, ni los cilicios, ni las disciplinas: unos buenos tragos… y a dormir, que mañana será otro día.

Y es tanta la alegría que siento de estar contigo que te respeto como nunca antes respeté a nadie. Ni siquiera a mi. ¡Qué suerte haberte conocido!

Muchas veces nos hemos enfadado. Muchas. Últimamente no sé qué nos pasa que hace una buena temporada que no sucede. Desde ayer por la mañana. Mala señal, así que hoy volveré a dejar la puerta de la nevera abierta y así tenemos una bronquita guapa. Y luego, hala, a irnos al bar de abajo a tomarnos una cervecitas hasta que se nos hacen las tantas. ¡Qué pensará en el barrio de nosotros?: dos maromos cuarentones en la barra de un bar, un día cualquiera, charlando y charlando… ¿De qué coño hablarán esos dos?.

Aunque no necesito palabras para reconocerte -hasta cuando duermes intuyo quién eres- joder, necesito lucirte, porque tu brillo me ilumina ante el mundo entero. Ya sé que hay gente –de los tuyos y de los míos– que no acabamos de gustar. Son peña que les encantaría ser administradores de nuestros afectos, de nuestras vidas, les apasionaría que fuéramos complementarios y armónicos. Y concitamos miradas de sorpresas cuando nos conocen y repreguntan perplejos “¿cómo es posible que se haya enamorado de ésa/de ése, ¿pero qué le ve?: ¡si son como un huevo y una castaña!. Y, sin embargo, ahí estamos, cogidos de la mano, dispuestos a levantarnos de la mesa si alguien insinúa algo malo del otro. ¿Que no sabe planchar? -dices -¡pues me importa una mierda!. ¿Que no le gusta cantar? -digo- ,¿y qué pasa?: si habla mejor que la mejor de las canciones, ¡¡¡gilipollas!!!... decididos los dos a traicionar incluso nuestro sentido común para darle aire a nuestras insensateces, conjurados a no pedirnos nada a cambio porque hasta llegamos a degustar el riesgo cuando no nos va en él más que la aventura y la desventura.

Siempre llegas antes que yo a mi propia vida, y ordenas mi mundo como sabes que me gusta, a mi antojo. Entonces me avergüenzo porque sabes hacer de lo extraño lo normal… y siento que soy el hombre más afortunado del planeta: ¡que suerte tiene el que vive contigo!

Necesito que lo sepa todo el mundo. Sabiendo que nunca leerás estas líneas, porque para ti Orejas, la opus y la madre que los parió no significan nada: hasta en eso he tenido suerte.

No sé exactamente quién es Jesucristo, ni Dios, ni todas esas cosas que otros aseguran que son así y asá, que las ven con una claridad meridiana… ¡ vaya suerte, chaaaato!. Sin embargo, algo me dice que sí, que está muy cerca de nosotros dos. No es un sentimiento, una certeza, ni siquiera una intuición: es que nunca hemos sido tan felices y como niños vamos de estreno todos los días.


POLICARPIO POLAINO


La verdad es que Aquilino llevaba tiempo metiéndose en jardines de los que difícilmente se sale de rositas. Probablemente ni él mismo fuese consciente de su situación y chapoteando en la vanidad de su condición de Catedrático de Psiconosequé por la Universidad de Nosédónde, jaleado por una peña de gente dispuesta a creerse todo a condición de que el que habla diga lo que ellos quieren oír, y viviendo cada vez más de reservas, de tópicos, de lugares comunes, pues al final , después de una frenada magnífica, se ha dado un meco de padre y señor mío.

Supongo que como pichiquiatra sabrá de algo, incluso mucho. Lo que no puede ser, porque no puede ser, es que trate de la psicopatología del divorciado, de las neurosis del endemoniado, del enfermo homosexual, de la afección neuropatológica del hombre en el arte postmoderno, de la angustia hiperactiva del adolescente en la movida, de la sexualidad vacía del viudo en cuanto viudo, de los problemas sádico mentales de la fecundación in vitro (y que conste que yo no invitro a fecundar a mi mujer a nadie…). Escucharle en la COPE cada semana era constatar que ese hombre tocaba de oído y desafinado sobre muchos temas, eso sí, con una seriedad muy de catedrático, muy de tío con una experiencia vastísima y sin fisuras. Sucede que habitualmente se ha movido en escenarios donde espectadores entregados aplauden hasta con las orejas, pero,¡ay!, un día el tío se lanza a una piscina donde lo que hay no son pececitos de colores.

Al increíble Aquilino le invitamos a dar una conferencia en un colegio hace más de diez años, previo pago de cien lechugas, hotel y desplazamiento, sobre “la Movida: un estudio de campo”. Lo del estudio de campo al Polaino le ponía. Lleno a rebosar –el cartel de ése hombre tenía tirón– y, la verdad, que el catedrático tiene más cara que un zapato, y se tira unos mocos de los de echar hilo a la cometa: mucho rollito de estudio científico por pubs de Madrid junto con un equipo de investigadores –serían colegiales del Colegio Mayor donde vivía-, y él de copas con ellos para “observar in situ los comportamientos tribales de los adolescentes“ -siguiendo unos protocolos aparentemente sociológico-estadísticos… total, para decir una cantidad de sandeces que cualquier monitor de club de bachilleres, cualquier tutor de campamentos, cualquier catequista, cualquier profesor, o inclusivamente Debodeserlerdo le da mil vueltas y, encima, le resfría. Una hora diciendo tonterías, cien mil pelas y a tomal pol saco.

Hace cuatro años en los cursos anuales de Galicia, Asturias, Aragón, Andalucía, Castilla –León… bueno, de todas las comunidades autónomas de nuestra Península, se emitió una entrevista a Aquilino que versaba precisamente sobre la homosexualidad. Le entrevistaba un jambo que daba cera que no veas, y Polaino, venga, a dar caña. Reconocía sin pudor que no tenía mucha experiencia y que ésta se reducía en el trato con homosexuales a unos cuarenta (hoy son 150…). A mi lado dormitaba un catedrático de Navarra –nos lo emitieron a las cuatro y media de la tarde en Sevilla, que hay que ser cabrón para tratar así a peña con la fidelidad hecha y el cuadrienio-, y el hombre va y dice “este tío no tiene ni puta idea de lo que dice”. Y era cierto: patinaba y patinaba sobre los mismos conceptos que cuatro años después le llevaron a no tener conciencia de donde estaba, con quién estaba y a quienes se dirigía. Y se la dio. Merecido se lo tiene por inepto, por creído y por frívolo.

Dos días después de la sesión de Aquilino un senador nacionalista –Jordi Casas- tratando el mismo tema dejó las cosas muchísimo más claras, definidas y aplastantemente asentadas sin recurrir a enfermedades, ni a modos sexuales patológicos, ni a padres alcohólicos, violentos… sencillamente, habló desde el sentido común. Porque el tema no es la homosexualidad, el tema es qué norma jurídica se busca para amparar los derechos y deberes de los homosexuales en sus relaciones con la sociedad civil. Si es el matrimonio, una ley de parejas de hecho o algo. Y también si pueden o no adoptar.

Cualquiera que lleve años en la Enseñanza sabe que la homosexualidad es algo muy difícil de comprender. En realidad, la sexualidad misma, sea como sea, ya se hace laberíntica porque se encarna, nunca mejor dicho, en pelsonas cuerpos humanos, y a su vez, en afectividades, en biografías hereditarias, en sensibilidades tan distintas, que hay que ser muy estúpido para afirmar “esto es así, así y así”. Y un jamón.

De mi puedo decir que conocí, y sufrí, tres casos de homosexualidad de nacimiento. Y sus padres no eran ni violentos, ni alcoholizados, ni tenían pelo en los nudillos: eran padres de familia numerosa más normales que una piedra que se quedaron con cara de “pero, ¿por qué a nosotros?” cuando comprobaron que no había nada más que hacer que aceptar que el chico era de la acera de enfrente. Ni enfermo ni gaitas: nacieron así.

También conocí unos cuantos que en algún recodo del camino se perdieron, no se sabe dónde. Son los que en mitad del camino de la madurez, en esas edades ambiguas donde la sexualidad se difumina y, de una manera difícil de definir, se confunde sexualidad, afectividad, querencias extrañas, requerimientos, apegos a líderes cercanos, obsesiones inmaduras, timideces peligrosas, curiosidades… y te quedas allí, en ese mundo tan complejo, por unos años , o para siempre. No son pocos los profesores cariñosos, los monitores entusiastas, los catequistas entregados, los campamentarios efusivos, que llevados de su afectividad han “tocado”, y al “tocar” han “sentido”, y al “sentir” han caído en una telaraña de sentimientos y de enganches físicos que ni ellos mismos sabrían explicar ni explicarse: perdidos ellos, y perdidas las criaturas.

Madres posesivas que tienen al hijo como sucedáneo de cosas muy raras que impiden que se desarrolle la intimidad del chaval, que fagocitan su interior como Hanibal Lécter, negándole su derecho al pudor en edades que si no lo haces explota de manera incontrolada y fatal. Madres que bañan a sus hijos a los quince años, madres que continúan con la costumbre de pedirle que duerma con ella cuando papá está de viaje, madres que les preguntan si se masturban, si tienen erecciones cuando ven cierta escenas… y el chaval, que “siente” lo que no le gustaría “sentir” de su madre, de sus padres, pues se hace la picha un lío y sale por donde buenamente puede.

Padres de familias hechos y derechos que les da por probar y , derrepenete, depronoto, se descubre que tiene un amante, como aquel de un colegio que le pillaron con el subdelegado del gobierno en la provincia y el tío, en pelota picada, le decía a la mujer y al suegro “¡ pero si sólo era por probar!”.

Y de unos se dirá que son unos pervertidos, que lo son, de otros unos enfermos, que los habrá, de los de allí, unos pobrecicos, y de los de acá pues buena gente… ¡ yo qué sé!. El lío es magnífico. Y quizás algún mecanismo misterioso hace que no podamos comprenderlo del todo, sería comprender el misterio fascinante de cada persona, y que no podamos buscarlo directamente, sino sólo al desgaire, como de reojo… dejando un terreno a la duda.

Polaino no. Polaino lo tiene clarísimo.

Y el caso es que las morales sexuales se pueden dividir en dos grupos: los que se preocupan de los actos, sus regulación, sus casos, su prontuario y sus criterios. Y los que se interesan por el carácter, la forma de vida de una persona, su calidad en la convivencia. La moral de los actos supone de antemano que todo acto es intrinsecamente bueno o malo. La del carácter piensa que los actos son buenos o malos según configuren la personalidad del sujeto. Lo que dice exactamente es que un conjunto de actos perfectos puede engendrar una personalidad terrible. Es lo que les sucede a todos los puritanismos: es peor el narcisismo de la perfección que el del placer, que es más tonto.

Se dirá, como afirma Aquilino, que son 10.000 los pichiquiatras que creen que la homosexualidad es una enfermedad. Todos necesitamos vivir de algo, y cobrar, y trincar de familias preocupadas, desechas y desesperadas con “el problema de su hijo”. También hay 27.512 tipos por este mundo que se dedican a la ablación del clítoris, y a nadie se le ocurre pensar que son gente razonable.

Quede claro que estoy por los derechos de los homosexuales, pero no en la figura del matrimonio. Y que lo de la adopción, pues que no lo veo.

Por último. Una curiosidad. ¿A quién se le ocurre apellidándose Polaino ponerle de nombre a su hijo Aquilino?. ¿No cayó en la cuenta de la Sinequadquoque literaria que creó y del lío que metió al pobre Aquilino con ese juego de palabras?. ¿Por qué se empeñó en que el “ino” de Aquilino rimara con el “aino” de Polaino ¿Por qué no le puso Policarpio, que queda más mejor: “Policarpio Polaino? (Popó para los amigos). En fin, misterios del alma humana…


Anéldotas al hielo picado

Unas cuantas anéldotas siempre son motivo de alegría, y más en días como estos del verano donde el calor puede hacernos caer en estados de apatía lagartijera .

Se aclara que en España la palabra “huevo” tiene miles de significados y acepciones. Puede ser una medida de cantidad (éste tío sabe un “güevo” de cine), de valentía (le echó “güevos “el tío), o de que importa nada el asunto (me importa un güevo), o que vale muchísimo (ha ganado un “güevo” de pasta), o que costó un sacrificio sobrehumano (me ha costado un “güevo” llegar a la final ), o de que se dice más o menos, sin precisión (lo digo a “güevo”, pero ése pesa 80 hilos ), también de cantidad (hemos comido un “güevo” )… a ésta última acepción se refiere el suceso que se relata a continuación.

Por supuesto, la palabra huevo aplicada en estos ejemplos se considera poco educada y sólo se reserva a conversaciones de taberna, de amigotes y como muy espontáneas. Así si Benedicto Décimo Sexto sale al balcón y dice “¡¡¡Peñaaaaaa de España, que sé que habéis venido un güevo de gente de Madrid!!!”, pues muy de mal. Sería el declive de toda una civilización.

Uno tendía hace años a pensar que las numerarias auxiliares eran seres humanos de una finura y espiritualidad cercana a la de los grandes místicos. No las veías, no las escuchabas, pero en los pocos segundos que advertías su presencia –al servir en el comedor, por ejemplo-, algo te decía en tu interior “estás con una SANTA”. Rodeadas de un halo de misterio que les hacía más hermosas, más inquietantemente espirituales, te aturdía poderlas escandalizarlas –aunque no oían, dicen– con algún comentario que pudiera herir sensibilidades que tratan de tú con Dios.

Y es el caso que estando en un colegio Mayor de la opus durante un curso anual donde, dicho sea de paso, creamos tres notas para toda España, a la hora de la pitanza teníamos que pasar por un self service. El self era de un diseño ideado por la mente de un tipo que debía de ser unicelular: una barra con una enorme tapia que impedía ver a las chicas que servían al otro lado, a cinco mil kilómetros. De ellas sólo se distinguía, en una delgada línea que formaba el final de la tapia y la barra, una manos que parecían las de “las manos mágicas te dirán la forma de aprendeeeer un nuevo truco que de magia eeeeees, y el resto depende de usted”. Para pedir cualquier cosa la peña se agachaba, se ponía en cuclillas, acercaba el morro a la línea y decía “póngame más salchichas, por favor”. No veías nada, por supuesto, pero te hacías oír.

Aquel día había de segundo huevos fritos con patatas. El que iba delante de mí se agacha, se acuclilla, introduce el morro en la delgada línea y demanda “póngame pocas patatas, por favor”. Efectivamente unas manos hacen aparecer un plato con dos huevos fritos y pocas patatas. Llego yo, me agacho, me acuclillo, meto el morrete y pido “a mí un huevo, por favor”. Y, efectivamente, una manos delicadas, con dedos como páginas de la guía de Palencia, sacan un hermoso plato blanco… ¡¡¡pero con un auténtico “GÚEVO” de patatas!!!. Una montaña de patatas fritas. Preferí no aclarar a nuestra hermana el error y dejarla feliz pensando en lo generosa que había sido con su hermano, al que le gustaban tanto las patatas. Y descubrí, tarde –como todo lo que he aprendido de las mujeres– que quizás además de santas son así como de calne y güeso.

Y es que de confusiones así hay un montón, un güevo de confusiones. En un colegio se fichó de profesor de inglés a un nativo. Un tipo rubio, maneras de marine, más cuadriculado que el que diseñó el self service, y con ganas de hacerlo muy bien. El hombre sabía que ese puesto podía ser la salvación de su vida, una vida nómada, entre academias, clases particulares, cursos de inglés, y ahora tenía la oportunidad de echar el ancla en un colegio top ten. El nativo no tenía ni faba de español, pero se aplicó en ello con un entusiasmo ejemplar. Iba con una agenda tomando notas de giros, de frases que se dejaban caer aquí y allá, en conversaciones desenfadas de patios, de tertulias de comedor, y preguntaba por su significado. El tío era muy paliza, la verdad.

Al año de estar allí alguien tuvo la brillante idea de elevarlo al grado de “preceptor”. Esto al tío le dio una gravedad very very. Hablaba con sus tutorados cada semana, les seguía con la profesionalidad y dedicación de un jardinero de cottage. Una máquina.

Un día tuvo su primera tutoría con padres, y no unos padres cualesquiera: él era el presidente y fundador de la mayor empresa del país en su género, y ella era la esposa: la cacatúa perfecta para hacer el anuncio ése de las pérdidas de orina. Y el jambo, unas horas antes de la entrevista, entra en el despacho de los profesores que dábamos clases a su tutorado .

Aclaración segunda: cuando unos profesores hablan de sus alumnos, cuando están solos, no acostumbran a decir “Juanito no está motivado”, o “Manolito es hiperactivo”, o “Jacobo tiene lateralidad cruzada del conquevo de la refractaria”. No, eso no va así: lo que se dice es “Juanito me tiene hasta los cojones”, o “Manolito es gilipopllas”, o Jacobo es más tonto que mear en un porrón”. Luego, durante la entrevista con los padres, uno ya sabe traducir los términos y convertirlos a Román Paladín.

Escribí que “uno ya sabe”… pues no. El tío de la Albión nos preguntó por el chavalín y nosotros, pues eso: que si era un vago de mieeeerda, que si nos tenía hasta los cojones porque era un pijo, que si nace en verano sale botijo… Y el otro apuntando en la libretita – “no coráis, por favor, esperar poquitou que en libreita no puero escribir todou”-.Y nosotros, venga,a darle cera al crío. Y llega el urco, saluda a los papis –el notas iba con un traje Emidio Tuchi recién estrenado, con la marca cosida en la manga– les invita a sentarse y, sin anestesia, les dice:

- Los profesures no estar conchenchous de Javier. El de Sousiales dice que estar muy agilipolladou, y que no hace más que toucar cojones a peña…
- ¿Perdón? –dice el papá de Javier.
- Buenou, sí, es lo que dice el de Sousiales (que era yo, precisamente). Y el de Machemáchicas dice que es microcefálico.
- ¿Cómo qué… -intenta preguntar la cacatúa con unos ojos que recordaban mucho a los de Betty Davis en La Loba.

La entrevista duró poco más. Los papis se fueron directos a dirección. Horas después estábamos tres profesores con el director donde escuchamos una de las broncas más magníficas que jamás se ha oído. Cuando vi la escena de los Intocables de Eliot Ness en la que Al Capone en una comida le machaca el cerebro a un tío con un bate de béisbol mientras habla de hacer equipo un escalofrío me vino, y el recuerdo de aquella bronca memorable.

En los colegios hay un encargo que todo chaval espera y celebra con alegría inmensa: el alumno de guardia. No sé a quien se le ocurrió semejante encargo -¿el mismo del Self Service, quizás?-. Consistía eso del alumno de guardia en estar en una mesa en medio de un pasillo para realizar las tonterías que se le ocurriera a cualquier profesor: ir a por tiza, llevar los partes de asistencia, “vigilar “la clase y apuntar en la pizarra a los malos mientras el profe iba a cambiar el aceite a las aceitunas… La verdad es que era una magnífica manera de perder el tiempo, no hacer nada, no pegar ni golpe y pasarlo guapamente. Por eso los chavales contaban los días que faltaban para ser alumno de guardia.

Los había espabilaillos, y los había más lerdos. Y cuando tocaba uno de estos, pues había algún profesor que disfrutaba para realizar pequeñas venganzas, sin que fuesen advertidas por el que pagaba la inocentada.

En uno de los colegios, éste que hablaba tan pijillo, el alumno de guardia disponía de teléfono: un teléfono por pabellón, tres alumnos de guardia. El cebo estaba en el alumno de Primaria, de unos diez años: gente buena. Y cuando se sabía que el alumno era del género “ameba en equilibrio” se llamaba desde otro pabellón. Había profesores que imitaban bastante bien voces de otros profesores y, era la clave, de uno de los subdirectores.

- ¿Alumno de guardia?
- Sí, señor.
- ¿Quién eres?
- Soy Poyales, señor.
- Muy bien, Poyales. Mira, soy el señor Mernabo –el subdirector imitado-, acaba de llamar la esposa del señor Menéndez (Menéndez era un hueso de sesenta años, a punto de jubilarse, un triste), comunícale ahora mismo que esté tranquilo que su abuela ha tenido un niño, y que todo ha ido magníficamente. ¿Entendido, Poyales?.
- Perfectamente.
- A ver, repítemelo.
- Que le diga al Señor Menéndez que su abuela ha tenido un niño, que todo ha ido muy bien .
- OK, Poyales, ¿y quién ha dado la noticia?.
- Su esposa.
- Venga, díselo, que el hombre estará preocupado.

Poyales corre hasta el pabellón de los mayores, llama a la puerta del aula de Menéndez y dice emocionado, exultante, como el que da el mensaje del final de la Segunda Guerra Mundial

- Señor Menéndez, que ha llamado su esposa que no se preocupe, que su abuela ha tenido un hijo y que todo ha ido muy bien…

Las risas todavía resuenan en las noches de luna llena sobre los patios y pasillos de la institución.

La mejor, quizás, fue el día que llama al alumno de guardia…

- ¿Alumno de guardia?
- ¡Sí señor?.
- ¿Quién eres?.
- Soy Poyales.
- Muy bien, Poyales, soy el señor Mernabo. Mira acaba de llamar la hermana del señor Menéndez diciendo que viene esta tarde a ensayar la fiesta deportiva. Dice que vendrá con la Majoretes del Paseo de Gracia para ver por donde va el recorrido y no improvisar…
- ¿Majoretes…?
- Sí, Poyales, majoretes. La hermana del señor Menéndez es majorete y queremos que en la fiesta deportiva vayan ellas delante abriendo el desfile de los equipos. Así que vete a Dirección y se lo comunicas al director para que las atienda cuando lleguen, que yo no podré, que tengo Junta de Evaluación.

Excuso decir que si Menéndez tenía sesenta años, su hermana no le iría a la zaga. Imaginarla de majorete, con botas, gorro de plumas, minifalda blanca y bastón ya era de traca.

- ¿Entendido, Poyales?
- Entendido, señor Mernabo.
- A ver repítemelo…

Sale zingado el chaval a dirección, llama a la puerta y comunica jadeando la noticia. El director no estaba solo: se celebraba una reunión del APA. El dire escucha la noticia y no logra entender. Cortocircuito. La peña se mira perpleja.

- A ver, repíteme lo que acabas de decir.
- Pues que me ha dicho el señor Mernabo que por la tarde viene la hermana del señor Menéndez a ensayar con las majoretes del paseo de Gracia para la fiesta deportiva.
- ¡que- viene- la – hermana – del- señor ME NEN DEZ vestida – de MA JO RE TE…!
- Sí, señor.

El dire intenta localizar a Mernabo, pero no está en el colegio. Desesperado, envía recado a Menéndez: quiere verle inmediatamente.

- Menéndez, ¿qué es eso de su hermana majorete que viene esta tarde a ensayar con otras majoretes para la fiesta deportiva?

- ¿Cómo qué de qué lo qué é…?
- ¿Usted tiene una hermana majorete, Menéndez?
- ¿Majorete?, ¿de esas que levantan la patita con minifalda?
- ¡Joder, Menéndez, una majorete, que ya sabemos qué es eso, hombre!
- Pero a qué viene esto…

Ayyyyy, días de locura:¡qué tiempos aquellos!.


EL SUBCONSCIENTE DE ESCRIVÁ

La gente en cuanto se institucionaliza queda inmediatamente atrapada por una falta de crítica total hacia la institución a la que pertenece, hacia su fundador, sus líderes, sus mártires, sus poetas e intelectuales. Se acortezarán en sus criterios, se harán fuertes en jaulas donde la seguridad viene dorada en barrotes por sus editoriales, sus emisoras, sus publicaciones, sus comunicadores , sus valores…Ntodos hablan de lo mismo: libertad, respeto, dignidad, honradez, fidelidad… pero no todos entienden lo mismo.

Para un tipo de la opus “libertad” no significa lo mismo que para uno de la PSOE, ni para uno que milite en la PP ni, probablemente, para un tranchexchual que pertenezca a la Asociación “El Rábano por las hojas”. “¿Zapatero?... es un enemigo de la Iglesia, un masón, un payaso, un demagogo “me decía uno del partido popular, muy respetable. “¿Aznar?… ¡valiente cabrón!, un facha endurecido por el afán de poder, un asesino que nos embarcó en una guerra por sus cojones…”, comenta alguien muy cercano, afiliado a C.C.O.O.. “¿Escrivá?... un pavo real, se compró su santidad y punto”, añade la insigne vaticanista Concha Queta … Y para otros Zapatero es un hombre providencial, Aznar el mayor estadista que jamás ha tenido Europa, y Escrivá es la P.M.H (La Puta Maravilla Hindú).

Esta manera de juzgar a un personaje “al peso” desconcierta bastante; como si determinadas frases - ¿qué digo?, una simple concesión, un pequeño desliz, algo que se da por sobreentendido, una callada por respuesta – no fueran con frecuencia mucho más reveladoras del pensamiento secreto de un hombre que una exposición coherente y dogmática. No hay que dejarse engañar por “coherencias” que muchas veces vienen dadas por intereses ideológicos de grupo, de partido, de poder, más tácticos que reales.

Habría que conceder cierta importancia a la menor frase en la que un personaje parece contradecir el conjunto de su obra: por ahí es donde precisamente se “traiciona”, se descubre, dejando entrever inconscientemente sus aspiraciones más íntimas. Aspiraciones contra las cuales su pensamiento más organizado y endurecido en sistema puede ser sólo una reacción defensiva.

Cuando Sanjosemaría dice al cumplir cincuenta años a una hija suya "a mis años tengo que hacer esfuerzos para no volver la cabeza, cada vez que veo pasar una mujer guapa."– así lo comenta Pilar Urbano –, expresa un algo que habla mucho más de su alma que todas las explicaciones pretendidamente espirituales sobre la Santa Pureza que aduce en Camino, Surco y Forja. Y más en un comentario dicho delante de hijas suyas (aunque en el pie de cita sólo se nombra a Encarnita Ortega resultaría curioso que la perla se la dijera a ella nada más)… de todos son conocidos los criterios sobre el particular, criterios promulgados por él mismo que eran, contri menos, rígidos, llevados de la sospecha sobre la naturaleza humana en cuanto a la sexualidad y fuera de toda interpretación. Llamativo el comentario – la verdad es que a Escrivá le fallaba muchas veces el subconsciente - : hace entrever, bajo la máscara del rigorismo, el verdadero rostro del autor de “Es Cristo, que paisa”. Esa frase es un vestigio de un hombre que se tenía mucho miedo, mucho, y en su angustia no puede menos que quejarse del cuerpo de muerte - ¡bienvenido al club, colegui!. Se adivina la carne malherida sangrando a través de la coraza insensible de una doctrina que le aherrojaba. Se adivina también una cierta capacidad de ternura, o de piedad hacia sí mismo, muy lejana a disciplinas y cilicios.

Lástima, podía haber descubierto otra ascética y las cosas hubiesen sido pelín distintas para todos.

No es tontería esto de darle importancia a esas “pequeñas contradicciones” que dicen mucho de lo bueno y de lo malo de cada uno. En la vida de relación de cada día, una mirada furtiva en medio de una conversación banal hacia la mujer inconfesablemente deseada puede esconder una pasión más fuerte que todas las palabras de ternura murmuradas sin amor, con rutina, a la fiel esposa a la que se ha dejado de amar. Un sólo segundo de esas miradas furtivas posee toda la capacidad necesaria para hacer locuras que habitualmente no hacemos porque somos cobardes, tímidos, conservadores y bastante egoístas. También porque no se han dado las circunstancias que dejen a esa pasión abierta o herida. Esa mirada furtiva lleva en su seno la fuerza de todos los adulterios, de todas las fornicaciones, de todas las mentiras que un día alguien desnudó con una sola frase “ el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. No hubo cojones.

No sé Escrivá – cada hombre es un mundo - , pero de mi sé que si delante de varias mujeres el día de mi cincuenta cumpleaños comento eso de “ que he cumplido cincuenta años y todavía me cuesta no girarme cuando veo una mujer guapa…”, muy probablemente “esa mujer guapa que tanto me cuesta no girarme para verla” este delante de mis narices. Y, probablemente, ella sienta lo mismo que yo.

De todas formas, no son pocos los que tienen una capacidad asombrosa de andar siempre “volteados” , sorteando farolas, driblando señales de tráfico y semáforos, intuyendo aceras, cada vez que divisan un cuelpo de mujer. Sin despeinarse los tíos : “ Dicen que andando, andando, se encuentran cosas…y yo me encontré contigo,¡cara de rosa!. Y prefiero darme de leches contra las farolas a perderme esas curvas refrescantes como olas “.

No se me olvida una charla con un supernumerario. Llevaba años ayuno de relaciones con su mujer – lo que no había impedido que tuviera un buen racimo de hijos. Estaba muy quemado con esa señora que quizás, igual que él, soñaba con que una vez sus hijos alcanzaran la mayoría de edad un hombre apuesto la secuestrara y la hiciera feliz. El pobre, en su desesperación , afirmaba que muchas veces, cuando estallaba la guerra entre ellos, y se pasaba las horas solo en el salón de su casa fuma que te fuma, sentía ganas de escapar y visitar un puticlub…” pero no me atrevo: tengo miedo a coger una enfermedad, a que alguien me vea. Soy un cobarde: ¡¡¡pero te juro que un día lo haré!!!.

Supongo que a estas alturas seguirá quemando ducados, sin haber mojado churro y esperando que el último niño termine la carrera…para seguir de abuelo de la hija de su primera hija, acompañado de su santa esposa, que seguirá esperando que el del Banco de Sabadell la secuestre y la haga una mujer de verdad.

Ese hombre había escrito libros sobre la familia, el amor y todas esas cosas que ponen tanto a esa gente. Había impartido cursos de Orientación Familiar, sus conferencias eran una maravilla y, sin embargo, de noche, a solas consigo mismo, con los dedos amarillos de nicotina, se juraba que un día, “¡¡¡un día te vas enterar de quién soy yo, chavala, que aún estoy vivo!!!

Es el subsconciente.

Los hijos no han salido exactamente como sus padres habían soñado. Y en su ceguera , la de los padres, no cayeron en la cuenta de que las criaturas sabían exactamente que lo suyo no era un hogar. Un niño sabe siempre quienes son sus padres, y son felices cuando al abrir la puerta experimentan eso de un ambiente seguro y más o menos estable, porque se nota y se ve. Pero ese sentimiento no lo pueden conservar, ni llevárselo consigo ni diez minutos, si ven que papá aplasta colillas hasta altas horas de la madrugada pensando en dar la campanada algún día, mientras mamá lee Telva y sueña que “cuando se hagan mayores “él” vendrá a rescatarla: el farmacéutico de la esquina: ése sí que me entiende. Un encanto.”

Y sus nietos cantando la jota:

Ahora tiene mi abueloooo
sólo un colmillooooo
en donde mi abuelaaaaa
le cuelga los calzoncillooooos


Ya digo: el subsconciente.


BENEDICTO XVI Y AVISO A NAVEGANTES

Se acusa a Orejas de ser una página donde se respira mucho rencor, resentimiento, odio incluso. Tratando de este modo a la Opus Dei se ataca a la Iglesia. Incluso hay a quien le damos pena. Se nos aconseja que olvidemos –no se niega que algunos testimonios sean tan reales como escandalosos-, pero se nos invita a pasar página. La vida sigue. No hagamos mala sangre.

Pues no. Hay demasiada gente que necesita un poco de comprensión, de ser entendida cuando se siente muy mal, cuando se llora en soledad y te estás sorbiendo los mocos porque piensas que eres la última mierda que cagó Judas, cuando crees que eres un fracasado y no sabes a quién contárselo. Y se asoman a esta página y descubren que a ésa le sucedió lo mismo, que aquel otro salió adelante de aquella manera y que, en fin, hay quien está pasando por situaciones parecidas, que algunos han sabido volver a empezar de un modo maravilloso… y que hay quien va con la pinza saltada de por vida.

Para eso estamos. Y eso ayuda.

Son demasiados los que piensan que SÓLO tenían vocación a la opus, y que su fracaso es total, universal, definitivo e irreparable. Han puesto la mano en el arado y lo han abandonado. Ya nada será lo mismo. Ni él será el mismo. El anatema de Jesucristo y el rejalgar de Escrivá le acompañarán en esta vida y en la del más allá… Un traidor.

Otra mentira.

Benedicto XVI escribe en “Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo”… “¿En dónde consta que el tema de la salvación debe asociarse únicamente con las religiones? ¿No habría que abordarlo, de manera mucho más diferenciada, a partir de la totalidad de la existencia humana? ¿Y no debe seguir guiándonos siempre el supremo respeto hacia el misterio de la acción de Dios? ¿Tendremos que inventar necesariamente una teoría acerca de cómo Dios es capaz de salvar, sin perjudicar en nada la singularidad única de Cristo?”.

¡Muy bien, campeón! Y así con la vocación –que es el camino personal por el que cada uno se salva (salvación entendida como madurez hacia el amor), que todo hombre tiene por el hecho de serlo. Eso es lo que llama Pepe “la totalidad de la existencia humana” No es cuando abandonas la opus que dejas el arado, es cuando dejas de ser quién de verdad debes de ser, incluso perteneciendo al opus. Que los hay: están dentro y con el arado decorando la pared de su habitación. Un arado, por cierto, de diseño.

Y para realizarse en tu propia vocación se necesita tiempo –el tiempo también es gracia: y con el tiempo llega el conocimiento personal: saber quién soy, como soy, aceptarme, quererme en lo bueno y en lo malo, y darme al mundo. A partir de allí se va andando, chino chano. Al que le vaya bien la opus, pues perfecto, al que no, pues también, al que le ha tocado vivir en el islam, pues lo mismo. Y gloso de nuevo al Papa, para que se chinchen algunos…

“Por ejemplo, hoy en día contemplamos diversas maneras en las que se puede vivir el islam: formas destructoras y formas en los que podemos reconocer cierta cercanía el misterio de Cristo. ¿Podrá y tendrá el hombre que arreglárselas simplemente con la forma que encuentre ante sí, por la forma que en que se practica en su entorno la religión que le ha correspondido? ¿O acaso no tendrá que ser una persona que tiende a la purificación de su conciencia y que –al menos eso- va así en pos de las formas más puras de su religión”. (página 48. Ediciones Sígueme. Salamanca, 2005)

Otra vez, muy bien, machote.

Lo que no puede ser es que la opus vaya diciendo que lo suyo es el rien de rien, y que cuidadín con abandonarme que te rilas de las patas pabajo, “como decía Jesucristo”. Porque Jesucristo no decía eso. Lo que no puede ser es que aguanten al personal que por sus modos de vida, los propios de la opus, entran en crisis psicológicas profundas y graves, y los aguantan con excepciones que no van y tratamientos que tampoco porque les importa más el número que la felicidad de las personas.

Andan estos chicos de la perlatura con una noción de la vocación que es para mear y no echar ni gota. No hay vuelta atrás: o blanco o blanco. Se mueven en el mundo de la justicia, ligada a la medida. Pero Dios no debe nada a nadie, y aunque hagamos sacrificios increíbles y admirables por Él sus recompensas siguen siendo gratuitas y generosas.

Los de la opus son como la peña de la parábola del obrero de la undécima hora: los trabajadores contratados desde la mañana hablan con el lenguaje de la justicia –exigen equivalencia entre trabajo y salario: “¿Por qué le das a ése, que no ha trabajado más que una hora, lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor?”.

- Porque me sale de los cojones –podría haber contestado yo mismo, por ejemplo. Pero el dueño de la tierra esa es más fino y contesta:

- ¿Y TÚ POR QUÉ VES MAL QUE YO SEA BUENO?

Buen corte.

Y es que ese afán de justicia mal enfocado, que se manifiestan en esas profecías agoreras al que abandona la opus, les lleva a una visión deformada del amor. Ese “ver mal” que habla Jesucristo, y que ellos siguen erre que erre “viendo mal”, puede entenderse de dos formas: como malevolencia o como impotencia. La justicia esa sin amor se encuentra muy cerca del resentimiento, del deseo de que te vaiga mal y, por otra parte, su mirada, más atenta a lo que se le debe –con lo buenos y sacrificados que son- que al don generoso, no llega a penetrar hasta el fondo supremo de las cosas, que es el amor y la gratuidad.

No se enteran. Y eso sí que da mucha pena. Da mucha pena ver muchedumbres de buenas personas dirigidas por tipos, también buenas personas, que les llevan por caminos que no siempre son de paz, de piedad, de santidad, de amor. Son caminos pelín rígidos, mecanicistas, algo politizados, confusos en cuanto a ciertas piadosas costumbres cercanas a la superstición (devoción a las reliquias, besos con trescientos días de indulgencia, uso de estampas como amuletos…), permisivos en los modos de vivir la pobreza (es escandaloso el ritmo de vida de bastantes supernumerarios, especialmente en Latinoamérica), un sentido de “elegidos”, de aristocracia rancia, de alegrías que suena a postizo.

Es un puzle curioso donde se mezclan frases verdaderas, sentencias maravillosas, costumbres muy sanas y valores muy puros con cosas muy raras… pero muy raras.

Pero, en fin, es lo que hay. Los chicos son asín. Lo que no quita que se avise a navegantes, por si acaso.


DESPEDIDA

Vienen días de mudanza en casa Satur y eso significa que es un buen momento para volver a empezar. Sí, amigas y amigos de Orejas, curiosos, cotillas, espías de aopés, numeratas ocultos… ¡¡¡queridos todos!!!: ¡¡¡poseo una hipoteca!!!. ¡¡¡Sííí, muchachos!!!: Satur, por fin, vivirá en un acosado, con enanito en el jardín de entrada.

Y es también un buen momento para dejar de escribir en esta maravillosa página. La memoria de la opus la tengo en fronteras donde ya sólo me quedan biografías que se ponen el despertador para darle los buenos días a su cadáver, o gente que el tiempo les ha dado una sonrisa como una soriasis que no deja escamas. Los recuerdos de gente que conocí, hace mucho tiempo, que es como hacerle una autopsia al pijama de mi alma. Y tampoco es plan de eso. Hay que tener corazón. No es bueno cebarse. Ni siquiera con uno mismo.

Las cosas mediocres y más teñidas de miseria humana y de ridículo que uno ha podido hacer en su vida –y lo que te rondaré morena– (por ejemplo todas las tonterías que uno haya podido hacer llevado de la pasión, de la obsesión, de la vanidad, del placer o de la estulticia; todas esos besos, caricias y suficiencias pueriles, gamberradas de dos amantes vulgares) pueden parecer bellas a los que las viven, pero sólo en la medida y durante el tiempo en que las viven. Sin embargo, dejan indiferentes a los extraños, o las juzgan estúpidas, y también a los propios amantes cuando, pasado el entusiasmo, se ponen a considerar y juzgar el pasado.

Es una belleza un poco triste, que se puede vivir, pero no contemplar. El tiempo la agosta y la vuelve algo sin sentido, pelín sórdida y que mejor callar: muchos tenemos cuentas pendientes y asuntos de los que mejor no hablar. Aunque estén perdonados.

Hay una verdadera belleza que es la que puede ser contemplada y vivida a la vez: por ejemplo, un recuerdo que, no estando ya ligado a nosotros por el interés, el orgullo, el placer, sigue vertiendo en nuestro corazón la misma intensidad y que siempre que lo miramos –incluso en la distancia de años-, lo sentimos presente, vivo, en lo más profundo de nuestro ser. Es, quizás, la imagen de Dios en la tierra.

Y esta memoria es mejor retenerla dentro, con sus paisajes, sus nombres y apellidos. Es muy difícil comunicarla. Como decía la letra de una canción que alguien de la opus compuso y que ya está olvidada porque el hombre se fue: nadie saca el fuego a la ventana para que se lo beba el aire.

Es hora de que otros escriban. Otros que andan allí, detrás de la pantalla, y que tienen mucho que decir -¡cuántas y cuántos¡.

Hay quien me llama “falso Satur”. ¿Qué importará si me llamo Satur, Próstratos, Suso o Cojoncio?. ¿Cambia algo el nombre, el nick, el seudónimo sobre el contenido de lo escrito?. Y, en caso de haber molestado a alguien –a ese “verdadero” Satur-, pues lo siento. Sé quién es: buen chico. Lo de ponerme Satur no es nada personal, lo juro.

Desde luego al que me ha llamado “falso Satur” no le pienso invitar a mi cumple nunca. Y eso que hay Fanta naranja y chuches por un tubo. Pero no, colegui: que no se sabe si matas o espantas. No hay más que ver el careto que gastas en la foto que te has colocado en la página güels –que hay que tener cojones para ponerte la fotico-: si un día te raptan y envían tu dedo cortado al centro estoy seguro que el director diría “necesitamos más pruebas”. Con eso lo digo todo. Y si un día te ordenan sacerdote y te envían a ayudar a un suicida que está a punto de tirarse de un décimo piso, se te ve capaz de decirle “preparadooooo, listoooooooo… ¡¡¡yaaaaaaa!!!.

Es posible –seguro– que haya gente que mis escritos les disguste. No pasa nada, no problemo. Pido perdón y ya está. Que tampoco es para tanto… la opus seguirá y nosotros palmaremos, algunos probablemente con una estampica del beato de turno –como la mía sea la del tío ése del “falso Satur”, me la corto. Siempre habrá una enfermera de la opus, o un médico, o un antiguo residente de centro con la caña preparada, o una suegra, o una cacatúa que pasaba por allí, o un capellán del hospital que es agregado de la ese ese cruz, o un visitador médico, o la dietista proselitista… siempre habrá alguien acechando, encomendando en silencio. Y en los estertores últimos de la agonía, cuando te arrebujas en posición fetal buscando la infancia perdida, introduces la mano debajo de la almohada y, ¡pimba!, ¿qué es esto?: ¡¡¡una estampica del beato Mata!!! Allí, con su careto, su mirada de tío que te dice que ya es hora, que vienen tus hermanos con los velones y la sábana…Y uno gritará levantando los puños entre una telaraña de catéteres: ¡¡¡VENCISTE, GALILEOOOOOO!!!

Felices vacaciones a todos… Nosotros también marchamos: La Piedra –Manuela para los amigos– y yo, “el falso Satur”.

Satur

Nota de la web. Querido Satur: no nos vamos a despedir porque tú, como yo y como muchos otros amigos de la web, no somos fáciles de despedirnos... y cumplirlo. Yo me tomo tu despedida como un cansancio lógico de escribir todas las semanas desde hace más de 2 años, pero no dudo de que cuando te lo pida el cuerpo, vas a intervenir. Y como me lo tomo así o quiero tomármelo así, no me pongo sentimental, que soy muy dada a ello. Además, copio textual (y públicamente) lo que me dices en el preámbulo a este escrito: "Si me necesitas, sílbame..." Tengo ya varios silbos (lo de pitos queda feo) para ensayar, así que puedo hacerte chantaje emocional cualquier día, después de que hayas terminado la mudanza, eso sí. Y ahora voy a contar una confidencia. Bueno, dos confidencias. La primera es que cuando nos íbamos a conocer 'en vivo' por primera vez, yo le pregunté por teléfono: "¿Y cómo te reconoceré?" Y tú me dijiste: "no tienes pérdida; cuando veas a un tío clavadito a Omar Shariff, ese soy yo". Y fui al VIPS donde habíamos quedado y efectivamente, no tuve pérdida: el tío más guapo de los presentes eras él. La cuenta la pagué yo :-)), pero eso no desmerece su planta ni su porte. Y la otra anécdota es una confidencia, algo personal, pero estamos entre amigos. Y es la siguiente. Pasaba yo por una especie de crisis personal: cansancio, algún que otro palo, impotencia por no poder solucionar tantas tragedias o situaciones difíciles que llegan a la web y que no son publicables (¡ay!, Santiago Mata, si tú supieras lo que hay detrás de opuslibros) y digamos que un estado especial de susceptibilidad que nos abduce durante una temporada a las mujeres cuando rondamos los 50 años (aunque no los representemos ;-)). Se lo comenté por encima a un amigo que intuyó que una no estaba para muchos trotes y para sorpresa mía, me llama al día siguiente Satur y me dice: "casualmente hoy he tenido que venir a Madrid y si quieres, nos tomamos una copa..." No sé si este amigo se chivó, el caso es que Satur estaba ahí, a la puerta de mi trabajo para recogerme. Buscamos una cafetería (por cierto, de mala muerte, que era tan incómoda que Satur se tuvo que sentar al lado de la máquina frigorífica) y a las dos palabras que dijimos de temas banales, yo ya estaba llorando como una magdalena. Perdonad el símil pero 'hice la charla' con Satur. Qué símil tan malo. Rebobino: estaba delante de un amigo que me escuchaba, se ponía en mi lugar y, por supuesto, de paso me gastaba cantidad de bromas por lo que yo lloraba y reia al mismo tiempo. Entré en esa cafetería rondándome en la cabeza que no podía con la web y salí con la certeza de que no sólo podía con la web, sino que había que poner en marcha más cosas para proporcionar más ayuda y sobre todo, que con amigos así, volver a sentirme en cierta manera sola, sería un pecado. Ah! y encima, ese día él pagó las copas :-)) Y bueno, este es mi pequeño homenaje de agradecimiento a Satur y quería compartirlo con todos. Satur, Omar Shariff, tío bueno... no hay despedida. Y para que veas que me acordé de ti y de Manuela en mis vacaciones, pongo foto. Besos, Agustina.)

La Piedra

FIN DE LA SERIE 'RETABLO DE CURIOSIDADES'



 

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Gracias a Dios, ¡nos fuimos!
OPUS DEI: ¿un CAMINO a ninguna parte?