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CUANDO EL PASADO MERECE LA PENA

C.V., 23 de septiembre de 2003

No, no paséis por vuestra vida como por un sueño que no debió nunca suceder. La vida del hombre es una noche para el entendimiento y a veces para la esperanza, pero la vida de la noche que hemos vivido, que vamos viviendo, es en tantos momentos clara como el día.

Como el despertar al primer amor, que nunca se olvida, en el que descubrimos la poesía del existir, el dulce momento que todo lo abarca, como ese momento ha sido, muchas veces, nuestra entrega a Dios.

"¿Y si algún día lo dejo?

Pues Dios te agradeceré el servicio que le prestaste."

Y Dios siempre lo agradece. ¿En tan poco tenemos a Dios? ¿En tan poco valoramos la valentía de nuestro pasado? Porque el día que dejamos atrás nuestro pasado en la Obra -algunos recientemente, otros más tarde-, es verdad que empezamos una nueva vida, a veces muy difícil. Pero el pasado no lo podemos abandonar, es nuestro, nos hemos ido haciendo en él, nos explica y nos da sentido. El pasado honrado y el miserable es nuestra vida, nos va haciendo día a día lo que somos, nos va dando el sentido a nuestro existir, porque somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido.

No quiero renunciar a mi pasado porque ha sido mi vivir de muchos años, igual que no quiero renunciar al recuerdo de mis primeros amores, igual que no quiero renunciar a los recuerdos de mi infancia.

Hasta los momentos más duros, más difíciles de nuestra vida debemos mirarlos con comprensión. Y sí, es verdad que hemos visto faltas de amor, errores, momentos amargos, pero ¿acaso podemos decir que no hemos sido culpables de algunos de ellos? Porque yo pido perdón a cuantos he manipulado (aunque entonces no era del todo consciente), a cuantos no he ayudado verdaderamente... A todos ellos a los que habiendo depositado en mi su confianza un día se encontraron solos y vacíos, a todos ellos, les pido perdón. Porque debí ser fiel a la amistad, a la palabra, a la conciencia. Y hasta ese pasado no lo quiero olvidar, porque no quiero que se repita, porque no quiero que nunca nadie se acerque a mi, como se acercaron entonces, y encuentren un lata de consejos prefabricada y no un corazón que escucha y comprende.

Pero admira tu vida, vuelve los ojos a tu pasado, ¿es que no hubo nada grande? Porque nuestra vida merece la pena, nuestro pasado ha merecido la pena, como merece la pena un amor primerizo que sólo es eso... pero que cuando lo miras con el paso de los años sientes deslizarse nuevamente la alegría de la juventud por tu memoria. Así tu vida en la Obra. Así todos esos instantes, no los pierdas, no los arrojes de tu recuerdo. Ponlos en su sitio, porque son tuyos, porque han sido tu vida, porque te han ido haciendo.

Porque hemos sufrido, sí, pero hemos soñado, hemos amado, hemos luchado, hemos reído, y esos malos momentos, largos a veces, nos han hecho más humanos, más conocedores de la debilidad de nuestra existencia, de todas las existencias.

Y quizá en la soledad y el sufrimiento hayas encontrado la llave del corazón, aquella que permite acercarse a la vida, mirándola con admiración o con misericordia. Porque sólo quien no sufre, quien no ha conocido en su vida el dolor, la soledad, la tristeza, sólo quien no ha sufrido dirá que guardás rencor. Pero tú, que has sufrido, que has soñado, que has amado, que no te han correspondido, que has sentido el zarpazo de la soledad y de la incomprensión... tienes en tu vida todo para mirar con profundidad la vida de los demás, para mirar con comprensión el sufrimiento de los otros, para mirar con admiración el cercanía de la amistad sincera, la hermosa grandeza del amor.

Y ya esto, solamente ya esto, hace que esos nuestros años en el Obra hayan merecido la pena.

Pero debemos ser sinceros, debemos atrevernos a decirlo, que no todo lo malo fue el encorsetamiento del espíritu, sino el espíritu encorsetado y el corazón encogido de muchos a los que conocemos. Y gracias a Dios muchos de esos indeseables que hacían la vida en la Obra insoportable ¡lo han dejado! Y, sí, la practica ahoga el espíritu, pero también ahogaban muchos que se han ido.

Sólo espero que no tengan la desfachatez de hablar de aquellos "errores" de la Obra sin hablar de su actitud en el pasado. Cuando los que hemos vivido con ellos el primer error que teníamos que soportar era su presencia déspota, tirana, crítica, prepotente, manipuladota, mentirosa y cínica. Si, a esos les pido que no lancen sus piedras porque cuando ellos eran Obra, eran lo más indeseable de la existencia.

Directores, profesores, jefes... que ahora lo han dejando y que convertían la vida en el Opus Dei un camino de terror. Y que ahora siguen convirtiendo su vida en terror para muchos, pero con la desfachatez de criticar quizá vigas ajenas, pero teniendo ellos vigas propias.

Porque esa doblez no la soporto, porque esa doblez luego impide que mire mi pasado con honradez y valentía. Porque esos culpables del sufrimiento ajeno deberían contar en sus memorias, junto a los errores de la Obra, los errores de su caminar.

Sólo entonces, cuando nos atrevamos a reconocer nuestras miserias, cuando nos atrevamos a sonreír ante nuestros recuerdos, podremos andar sobre el camino de nuestra vida con la satisfacción de quien se ha atrevido a vivir, de quien ante la dura existencia decidió asumir el reto de vivir sin miedo a la vida. Y esto, aunque haya traído como consecuencia el sufrimiento y el dolor nos ha engrandecido con un corazón que sabe comprender.

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