La formación de la Identidad en el Opus Dei.- E.B.E.
Fecha Miércoles, 11 febrero 2004
Tema 060. Libertad, coacción, control


La formación de la Identidad en el Opus Dei

Autor: E.B.E.

1. Cuál es la identidad (11-2-2004)

Si hay algo que el Opus Dei intenta producir es una imagen de naturalidad en todo su proceso de vida, de generación vocacional y de la forma en la que se vive esa vocación. Hacer de la vocación al Opus Dei algo "amigable" y atractivo al mismo tiempo. Hacer del fundador "un Padre" con unos lazos de filiación "más fuertes que los de la sangre".

Esta primera impresión es la que tapa todo un proceso de formación de una identidad no imaginada y menos aprobada conscientemente por quien pasa a ser portador de ella. Es tan profundo este proceso, que aún fuera de la Obra, la Identidad prolonga sus influencias. Algunas personas, incluso, conservan sus "restos" como un "souvenir" de su paso por el Opus Dei, sin caer en la cuenta de lo que ha pasado...

No es otra cosa la reacción de sorpresa, luego de un tiempo ya fuera de la Obra, expresiones tales como las siguientes: "¿cómo llegué a pensar de esta manera?", "¿cómo pude estar tanto tiempo allí?" "¿cómo pude actuar de esa forma?", etcétera.

Y la respuesta, en parte, es que fuimos sometidos a un cambio de identidad -como por un plano inclinado, diría el fundador-, requisito indispensable para ingresar a la Obra.

El descubrimiento de esta identidad implica el derrumbamiento de un mito: pasar de la naturalidad de la vocación a su construcción planificada metodológicamente.

Es posible que muchas cosas -puestas en palabras- resulten absurdas y una locura. Es lo que sentíamos pero nunca nos atrevimos a verbalizar.

Algo que esta web ha dejado claro es la marcada diferencia entre los que ven al Opus Dei como un pilar de la Iglesia y los que ven al Opus Dei como un escándalo en la Iglesia. Esto no se puede explicar sin un terremoto de por medio. A los primeros no les interesa la verdad, les interesa no desilusionarse. A los segundos nos interesa que el terremoto no pase desapercibido.

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La vocación a la Obra es una entrega "al Padre" como "hijos", sublimada como entrega a Dios. Es una afirmación para pensarla lentamente, con calma. Al Opus Dei vinimos, en primer lugar, a ser hijos del fundador. El resto es anecdótico (esta es la visión en retrospectiva, claro).

No parece muy aventurado afirmar que el Opus Dei fue la excusa (el anzuelo) para hacer realidad los anhelos de paternidad del fundador. Porque la condición para ejercer la vocación al Opus Dei era someterse a un vínculo de filiación con Escrivá. Estoy seguro que esto nos pareció raro a todos, pero creímos que era "Dios" quien así lo quería. Error fatal. Esta fue una relación transaccional, en la cual muchos perdimos mucho.

Al Opus Dei como tal no llegamos a verlo realizado nunca, pero en cambio sufrimos el yugo de la paternidad del fundador.

Ciertamente, el día que ingresamos a la Obra no fue esto lo que "vimos" ni a lo que nos comprometimos. Muy posiblemente no lo "vimos" nunca, pero es lo que sucedió. No es lo que "vimos" pero es lo que "fuimos". Y darnos cuenta produce un terremoto a escala importante. Los que nos ven como "la tormenta" o el terremoto mismo, no saben en qué suelo están parados.

El vínculo de filiación es la clave de la identidad que se adquiere en el Opus Dei, el "quicio" donde se apoya todo lo demás.

Lo del trabajo profesional como "quicio de nuestra santificación" es más bien un eje muy circunstancial (por no decir virtual). Puede resultar gracioso pensarlo, pero si el fundador en un momento dado hubiera dicho que "Dios le pedía" nuevos tipos de vocaciones dentro de la Obra, lo hubiéramos aceptado. De hecho, a la Obra le importa mucho menos la santificación del trabajo de sus miembros que la obediencia al Padre. Dicho de otra forma, se podía ser del Opus Dei sin vivir la santificación del trabajo, pero no sin la filiación a Escrivá (ejemplos pueden darlos en esta web mucha gente). Lo que queda es lo que vale, el resto es accesorio.

No estábamos siguiendo una vocación, un llamado de Dios, estábamos siguiendo a un fundador, fuera donde fuera, dijera las cosas que dijera, aunque no guardaran coherencia (y pruebas, hay de sobra). Sin ser muy conscientes, estábamos identificándonos con algo que en realidad nos era extraño. Entiendo que esto sea duro de aceptar.

Íbamos tras el fundador como la multitud que seguía a Forrest Gump pensando que descubriría alguna verdad trascendental (o que ya estaba próximo a ella). Esto es lo que sucedía, aunque interiormente habíamos apostado todo a otra cosa, a vivir en medio del mundo una entrega personal a Dios. Estaba sucediendo otra cosa, y no nos dábamos cuenta. Lo que parecía ser un "medio" -ser hijos de Escrivá- se transformó en un fin. Cuando fue tarde, nos sentimos profundamente defraudados en nuestra buena fe.

El Opus Dei bien podía (y puede) ser definido como una gran "maratón" sin otro sentido que el de seguir a "alguien" poseedor de una profunda convicción sobre algo indemostrable.

De ahí la sensación de la vocación como algo que no terminaba de realizarse nunca (corríamos en una "cinta sin fin" que, sin darnos cuenta, movía los motores de la maquinaria que no veíamos). No importaba el recorrido -las idas y vueltas sin sentido-, importaba seguir a la persona. De ahí la necesidad de magnificar todo lo concerniente a Escrivá.

¿Por qué tanto "sin darnos cuenta"? Porque confiamos en Escrivá como en un hombre de Dios y por propiedad transitiva pensamos que no podía engañarse ni engañarnos. Lo último que se nos pasaba por la cabeza era desconfiar, sospechar de "un doble fondo". Por eso el escándalo es muy grande. Si la Obra fuera de Dios, se hubiera puesto enseguida del lado de los escandalizados y no les hubiera puesto -como sucedió- una rueda de molino al cuello de cada uno para que se hundieran. La Obra actúa a contramano del Evangelio.

El error fue creerle a Escrivá en nombre de Dios.

Hasta último momento salvé la figura de Escrivá, porque creía que tenía que salvar la figura del Papa, porque creía que tenía que salvar la figura de la Iglesia, porque creía que tenía que salvar la figura de... Dios. Todos enganchados en una misma cadena de complicidades. Luego me di cuenta de que Dios no necesita que nadie lo salve, no necesita del prestigio de nadie. Esa necesidad de salvación era más bien mía y de mi limitado entendimiento de la cuestión. Hoy no necesito encontrar culpables en los niveles medios para "no llegar tan arriba". No necesito salvar la posición que ocupan los demás en la jerarquía para justificar y conservar mi posición en el tablero de la vida. No necesito "salvar" la figura del fundador (porque "fue el fundador"). No necesito tampoco "salvar" a la Iglesia que lo canonizó. Puedo convivir con la contradicción, porque confío en que existen explicaciones que escapan a mi conocimiento y a mi razonamiento. Sé que puedo investigar sin miedo y llegar tan arriba como la verdad me lo permita. Dios no está en juego. Nunca fue cómplice, tiene las manos relucientes.

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El fundador -precisamente por nuestro sometimiento filial- podía ejercer sobre sus hijos un poder hipnótico, despótico, caprichoso, sin obstáculos. Podía amenazar con la muerte eterna y exigir el sometimiento hasta el holocausto (cfr. citas en La barca del Opus Dei). Tenía el monopolio de nuestra atención.

Hay personas que no quieren cuestionar para nada el vínculo filial con Escrivá por el costo que implica. No quieren sufrir, pero pagan con la propia integridad. Porque saben que hay graves problemas en el Opus Dei pero no están interesados en abandonar el lugar seguro donde se encuentran -Escrivá les ha dado seguridad a cambio del silencio-, donde todo "cierra" perfectamente (porque no quieren ver lo que no cierra).

La racionalidad de la Obra tiene como punto de partida el seguimiento del fundador, la aceptación de un vínculo filial visceral, cuyo origen pretende trascender lo histórico, ser eterno como una llamada divina.

De ahí las exageraciones afectivas del fundador, que se definía como quien amaba a sus hijos "más que todas las madres del mundo juntas".

Esta razón o racionalidad es la única que le otorga coherencia de tanta incoherencia. Es la única que puede permitir defender lo indefendible.

Más allá de este principio fundamental (razón que no es racional) no hay posibilidad de congruencia alguna en lo que respecta al Opus Dei.

Al menos, yo recién ahora me doy cuenta de todo esto.

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La entrega a Dios en la Obra es una proyección más bien estética que práctica -no me refiero a la entrega real que cada uno haya vivido privadamente-, porque en los hechos se le hace caso al Padre, no a Dios, en la conciencia donde El habla. No es una nimiedad llamarlo "nuestro Padre" a Escrivá (particularmente a él), connota el reemplazo de identidad ("ahora soy hijo de"). No se trata de una "paternidad espiritual" (como sucede en otras instituciones, sin problemas, sin traumas): viene, de alguna manera, a reemplazar la paternidad biológica, de ahí el corte con la familia de sangre y la "milagrosa Unidad" de la Obra. De ahí las reacciones viscerales cuando la Obra rompe la filiación con alguno de sus hijos. No necesito de ningún milagro para entender este tipo de Unidad en la Obra.

A veces, una cosa es lo que vemos y otra lo que está sucediendo y nos lleva años darnos cuenta, que es cuando estalla la crisis, el terremoto.

La identidad de los miembros de la Obra -más específicamente la de l@s numerar@s y agregad@s por la dedicación que esta vocación implica (me salto aquello de que "todos tienen la misma vocación")- está vertebrada por un vínculo de filiación que es anterior a toda otra referencia. Aunque no sea agradable saberlo, l@s numerar@s y agregad@s mantienen una relación de parentesco más cercana al Padre que l@s supernumerari@s. Y esto es así porque la filiación al Padre les afecta más directamente a l@s numerar@s y agregad@s que a l@s supernumerari@s. Cuánto más cercano al Padre -en lazos y vínculos- más exclusividad y mayor sentido de pertenencia (lo que da también "complejo de superioridad"). En el Opus Dei existe la estratificación social por razones de "parentesco". El "ascenso" o "promoción" en la Obra no es por acumulación de "poder" (esto en el mundo eclesiástico es novedoso, hay que reconocerlo) sino por consolidación del sentido de "pertenencia" a medida que la relación de parentesco con el Padre se hace más cercana. Es extraño afirmarlo pero es tal vez únicamente en el Opus Dei donde las relaciones de parentesco evolucionan en el tiempo, son dinámicas. A tal punto que el parentesco puede desaparecer completamente (esto es lo más extraño y traumático por tanto). Es lo que sucede, no lo que se dice. Por eso no hay que decirlo.

Las personas que consideran a la Obra como una institución sublime, en su mayoría son "pariente lejanos".

Resulta más fácil ser "pariente lejano" del Opus Dei, porque se está "de visita" y se conserva siempre la imagen más agradable. Por eso tantos testimonios de "primos" escandalizados -que además, como portadores del "apellido" no quieren que éste se desprestigie-, no entienden cómo alguien "de la familia" pueda criticar a la Obra. Imaginan que sólo puede ser obra de un "traidor" o un "descastado". Si el debate en torno al Opus Dei se redujera a l@s numerar@s y agregad@s -valga la discriminación por las razones aludidas- la cosa sería muy distinta.

Tengo en cuenta que hay excepciones, personas que sin ser numerar@s y agregad@s han tenido una relación de "filiación" tan fuerte como la de aquéllos.

Entre l@s numerar@s y agregad@s hay muchísim@s que son conscientes de los graves problemas e incoherencias de la Obra, much@s de l@s cuales no se animan a hablar porque saben que dentro del Opus Dei está prohibida la existencia de una "opinión pública", que los miembros no deben hablar entre sí -salvo de lo inocuo- sino sólo con el Padre o quien lo represente.

En este sentido, en la Obra no hay propiamente "hermanos" sino "hijos del mismo padre", que no es lo mismo. No tienen ninguna vinculación directa entre sí sino a través del Padre, lo que explica el débil o casi nulo vínculo de fraternidad entre ellos (por eso las "amistades particulares" son una amenaza y una "desviación de la vocación"). El de filiación es el único lazo de parentesco propiamente real, el que define la existencia de la vocación (por eso se puede "tolerar" el que no perseveren tantos y hasta llegar a ver como "extranjero" al mismo que ayer era "hermano"). Lo que explica el sentido exclusivamente vertical de la "estructura familiar" de la Obra y la homogeneidad "genética" de quienes forman la "estructura de gobierno". El vínculo de fraternidad es virtual, no define la pertenencia en la Obra. Sólo la filiación es real. Si el Padre decide cortar el lazo de "filiación" con algún hijo, los "hermanos" no pueden hacer absolutamente nada por salvar el vínculo de fraternidad que puedan tener con ese miembro de la Obra. Esto es muy traumático y antinatural.

Definida en términos existenciales, "La Obra" es "mi relación con el Padre" (o quien lo represente), no mi relación con "los hijos de mi Padre", quienes son contingentes.

En ese vínculo se enraíza todo lo demás: desde el trato con Dios hasta la fraternidad. Es por eso que el fundador afirmar sin dudarlo -con una seguridad que es más que preocupante- que perder el vínculo con él (de filiación, o sea, "salir de la Barca") es perderlo todo, incluso el vínculo con Cristo. Ahora se ve claramente que la vocación a la Obra es una entrega "al Padre" como "hijos", con un sentido de radicalidad que causa vértigo.

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En medio de todo esto, los "primos lejanos" facilitan la formación de "un colchón" que amortigua el debate serio y le da así cierta ilegitimidad: no han vivido cerca y hablan por oídas -prejuicios que sobre todo acoracen la reputación del "apellido" y la herencia del prestigio moral que la Obra detenta- produciendo así más ruido que diálogo. Si los "primos" supieran lo de "lejanos" que son para el Padre, se darían cuenta del desconocimiento que tienen de lo que pasa "más arriba".

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Para entender esto del vínculo de filiación y sus consecuencias valga un ejemplo: al Papa se lo obedece porque el Padre lo dice. Y de hecho, el Padre puede -tomando un caso conocido de una película del fundador- poner "su índice" aún cuando el mismo Papa haya sacado el Index de circulación. O sea, el Padre puede corregir al Papa, porque el Padre manda aún en el fuero interno de las personas mientras que el Papa manda en la órbita de lo público (moral y religioso, pero público al fin, nunca se mete en las conciencias de las personas ya que esto es inmoral -cfr. Newman citado por Retegui en Lo teologal y lo institucional, cap. 12). Sin embargo, el Padre no es tonto y nunca enfrentará al Papa públicamente (aunque aquella intervención del fundador no fue muy prudente que digamos).

El poder del Padre no se mide por la extensión (hasta dónde llega) sino por su anticipación: dónde comienza. Cuanto más cercano al origen operativo de las personas, más dominio sobre ellas. Cuanto más atrás mejor (o más bien, peor). Y la identidad se ubica en un nivel muy íntimo. La identidad domina el aspecto práctico: a partir de la pregunta quien soy, obro en consecuencia.

El Padre no sólo es anterior al Papa: es anterior a Dios. Así como Jesús dijo "nadie puede venir a mí si el Padre no lo envía" (Jn, 6,44), el Opus Dei dice "nadie puede llegar a Dios si no pasa por el Padre" (no Dios-Padre sino el Padre-prelado). Eso sí que es fuerte y temerario. Yo al menos lo oí en vivo y en directo de un director de la Comisión. Pero si hay alguna duda, se lo puede citar al mismo don Alvaro: "el espíritu de filiación divina, para los hijos de Dios en el Opus Dei, es inseparable de la filiación al Padre" (Cartas de familia, n. 378). Este texto no se refiere a la virtud de la caridad -así como San Juan pone como condición de amor a Dios, el amor al prójimo a quien vemos, lo que no es para nada un "peaje"- el texto de don Alvaro está hablando de la obediencia disciplinal, de la necesidad de someterse al prelado. Está diciendo que Dios puso como condición para su trato que los miembros del Opus Dei se sometan al Padre (prelado)... o sea la gratuidad de la Salvación desapareció con su "privatización", licitación que ganó el Opus Dei.

Desde el punto de vista político, me recuerda a la doctrina del Absolutismo, la divinización del poder. El derecho divino del Prelado, que bien podría decir "L'Etat, c'est moi" (el Opus Dei soy yo). No lo dice, pero es lo que sucede. El Opus Dei es Escrivá y quien quiera vivir en sus tierras ha de convertirse en su vasallo, o mejor, en su súbdito. Escrivá es el rey-padre-taumaturgo.

Jesucristo fue quien nos ganó la filiación Divina ¿Cómo puede Escrivá y sucesores creerse con derecho a instalar un pesado tributo como condición para llegar a Dios?

La Obra venía -comparándola con la Revolución Francesa, salvando las distancias- a "democratizar" la santidad y terminó construyendo una institución más jerárquica y vertical que la Iglesia misma a la cual quería reformar (terminar con el privilegio de "santidad para pocos"). Diciéndolo de manera metafórica, el Opus Dei nació con los ideales de la Revolución Francesa (democratizar la santidad) y se gobernó con los modos del Antiguo Régimen, bajo los parámetros más conservadores y autocráticos. En realidad, quien venía a liderar la democratización de la santidad se constituyó a sí mismo en rey.

No describo un proceso histórico exacto sino más bien un itinerario mental que explica -en parte- la mutación institucional del Opus Dei. Pero esto va más allá de la metáfora: tiene consecuencias en el orden de la política eclesial, porque el Opus Dei tan aparentemente sobrenatural hoy cuenta con una figura jurídica -buscada para afianzarse políticamente, de lo contrario hubiera solicitado un perfil más espiritual y menos jerarquizante- figura que es un respaldo muy fuerte y con un poder -como corporación que influye dentro de la Iglesia- que le agrega otro capítulo diferente y complementario al de su influencia en la identidad de las personas: por más que todo esto que describo sea verdad, el Opus Dei cuenta con una carta propia difícil de emparejar o superar, y es su peso político dentro de la Iglesia. Con la política -especialmente la política diplomática- arregla y desvía todo aquello de lo que no puede dar cuenta ni quiere explicar a fondo y abiertamente. Este poder, sin duda, le da una impunidad tal al Opus Dei que puede ser muy desalentador pensar que la verdad se impondrá por sí misma. Posiblemente esto suceda, pero dentro de muchos años.





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