Vamos de boda.- Manzano
Fecha Viernes, 17 marzo 2017
Tema 070. Costumbres y Praxis


Hace unos pocos años el Opus Dei permitió a sus miembros célibes asistir a bodas.

En algunos casos, la prohibición llegó a ser escandalosa para el entorno familiar. Recuerdo uno en concreto en que se casaba una de las tres únicas hijas de una familia bien conocida. Las otras dos eran numerarias, una no acudió a nada y la otra sólo a la ceremonia. Se comentó incluso en los ecos periodísticos de sociedad. Los papás supernumerarios inventándose y dando toda clase de increíbles excusas piadosas a los invitados. Todo un ejemplo de la carismática secularidad prelaticia en boga en aquellos ya avanzados años 80.

Recientemente asistí a un par de enlaces, siempre religiosos, en que también había algunos numerarios y numerarias disfrutando del rito primero y también del convite después. Incluso se mantuvieron curiosos por un rato durante el vals nupcial, un poco alejados del meollo pero atentos a los movimientos ajenos. Se retiraron pronto, también lo hicimos los mayores, al poco rato de haber dado comienzo el bailoteo y la fiesta más apropiada para los jóvenes.

Había incluso uno de los numerarios que ni siquiera era de la familia, era un simple colega del padre del novio. Estaban siendo observados -los miembros célibes del Opus Dei- por mucha gente, así lo comentamos entre varios, supongo que eran conscientes de ello. No era un control en sentido estricto, sólo el morbo de ir mirando por el rabillo del ojo para saber cómo se las apañaban, pues no se les suponía suficientes artes para torear acercamientos del sexo opuesto en busca de conversación.

No dieron imagen de raros, debo admitirlo, sí de solterones empedernidos. Quizá buscando complicidades fáciles, pero evitándose a toda costa entre ellos. Ya se sabe que no pueden intimar y menos hacerlo en estos escenarios. No se cortaban con la bebida ni mesuraban excesivamente la ingesta de sólidos.

A la sazón me viene al recuerdo de cuando se casó mi hermana. Yo vivía en un centro de numerarios y sabía desde hacía meses la fecha del enlace. Mi alegría se daba de bruces con la vergüenza de decirlo a mi director, quería ganar el máximo tiempo posible para calcular alguna estrategia de forma que no se impidiera mi asistencia. Como era preceptivo se me desaconsejó totalmente acudir; les dije que no había problema por mi parte pero que tendrían que habérselas con mi madre dispuesta a entablar batalla y que yo no me veía capaz de vencerla. 

Ni que decir tiene que en ningún momento planteé a mi familia un desplante semejante.

Al final me dejaron ir, con la condición de que sólo a la ceremonia. Por supuesto dije que sí y por supuesto me quedé y disfruté del banquete. Ni recuerdo la excusa sobrenatural que di, sólo que a la pregunta de si me había quedado contesté que por supuesto. No lo pude evitar, yo era el chófer de los novios.

Manzano









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