Distinción entre el espíritu y la praxis del Opus Dei.- Josef Knecht
Fecha Viernes, 09 julio 2010
Tema 070. Costumbres y Praxis


Distinción entre el espíritu y la praxis del Opus Dei

Josef Knecht, 9 de julio de 2010

 

 

A Juan Ignacio Encabo le gustan, al parecer, las polémicas, pero a mí, a quien él califica amablemente de polemista, no me van. Las hago o porque siento la necesidad de aclarar un concepto confuso en otros pensadores o porque les debo corresponder, si me replican; pero no polemizo por placer ni diversión. Ahora, por ejemplo, escribo por corresponder a lo que Juan Ignacio me replicó el 5.07.2010.

 

Su distinción entre “espíritu” teórico y “praxis” real es correcta. En todas las instituciones del mundo se da esa distinción. Y, como es natural, la praxis se distancia muchas veces de la teoría, pues se acaba imponiendo la vida misma; la condición histórica del ser humano también impulsa en esa dirección.

 

En teoría, el espíritu del Opus Dei o, según la terminología de Juan Ignacio, la doctrina de san Josemaría, al que llama “Nuestro Padre”, es sin duda hermoso: santificación del trabajo en medio del mundo por parte de cristianos corrientes –laicos y no religiosos– que ejercen un trabajo profesional; libertad en asuntos opinables y autonomía, propia de los laicos, en materias profesionales; unidad de vida siendo contemplativos en medio del mundo; cristianización de la sociedad por medio de una inyección intravenosa que logrará dar la vuelta al mundo como un calcetín. Hay, además, en la retórica de san Josemaría frases logradas, como la de “ahogar el mal en abundancia de bien” y otras más. A mucha gente atrae todo ese planteamiento, no sólo a don Antonio Ruiz Retegui; también a mí me gustó cuando ingresé en el Opus.

 

El problema está en que ese espíritu no es verdadero, sino que contiene falacias propias de una “versión oficial” que no se corresponde a la vida real de la Obra. Dicho de manera más clara: en este caso la distinción entre “espíritu” y “praxis” no se deriva simplemente de la condición falible, histórica y circunstancial de la vida humana, sino que es, por desgracia, intencional. Existe una voluntad de engaño por parte de los directores del Opus a la hora de presentar a la opinión pública –e incluso a las legítimas autoridades de la Iglesia– su “espíritu” y su “versión oficial”, muy distinta de lo que en realidad se vive. Me explicaré...



No es correcto afirmar que los miembros de la Obra sean cristianos corrientes en medio del mundo, exactamente igual que los demás bautizados. Cuando un candidato ingresa en el Opus, no sólo pacta un contrato de cooperación con las actividades apostólicas de la prelatura personal, sino que, además, realiza unas ceremonias de incorporación (admisión, oblación y fidelidad), que son equivalentes a las que se celebran para ingresar en un instituto secular o en una orden religiosa. Como bien nos ha enseñado varias veces Haenobarbo en esta página web, estas ceremonias del Opus llevan consigo una consagración personal del candidato, por la que éste se compromete a vivir las exigencias del espíritu de la Obra (podríamos hablar incluso de la “regla de san Josemaría”), que, entre otras muchas cosas, incluyen los compromisos de pobreza, obediencia y castidad. Por tanto, los miembros del Opus Dei, cuando se comprometen a cooperar con la prelatura, no sólo se limitan a vivir bien las obligaciones de su consagración bautismal, sino que añaden a las anteriores las de una nueva consagración, asumida tras las mencionadas ceremonias de incorporación. Ciertamente, los miembros del Opus Dei no son religiosos, pues siguen siendo jurídicamente laicos, pero habría que matizar que no son “cristianos corrientes”, sino “laicos consagrados”. Esta es la pura verdad que la versión oficial de la Obra oculta y niega.

 

Prueba de todo ello es que, cuando algún miembro del Opus desea desvincularse de la prelatura, debe solicitar a los directores la dispensa de los compromisos que contrajeron en su conciencia con motivo de las ceremonias de incorporación. Es decir, para desvincularse del Opus, no basta con rescindir el contrato con la prelatura, sino que, además, hay que recibir de los superiores la dispensa de esos compromisos postbautismales, propios de la condición de “laicos consagrados”.

 

¿Por qué algo tan importante se oculta conscientemente en la versión oficial que se presenta de cara a la galería? ¿Por qué se miente en algo tan grave? Si ser “persona consagrada” es algo honrado y nada vergonzoso, ¿qué motivos hay para negarlo ante los demás? La respuesta a estas preguntas topa con el deseo megalómano de agrandar, sin base real, la figura del fundador, Josemaría Escrivá. Cuando a comienzos de los años 60 del siglo pasado los superiores del Opus Dei comprendieron que la teología de laicado, nacida en Centroeuropa, tomaba cuerpo en la Iglesia católica, modificaron el espíritu de la Obra (tal vez sea la reforma más importante que se haya hecho del espíritu teórico de esta institución): hasta entonces, monseñor Escrivá no había tenido inconveniente en aceptar el “estado de perfección” para la espiritualidad de los socios y socias de la Obra y, a partir de entonces, cambió de orientación adoptando la “teología del laicado”, que él no inventó, sino que aprendió de otros. Esta reforma del espíritu teórico no estuvo, en cambio, acompañada de un cambio de praxis: los miembros del Opus Dei siguieron y siguen siendo tratados en su vida interna y en su conciencia personal como “laicos consagrados”. Eso sí, la astucia consistió en presentar al autor de Camino como si él hubiera visto el 2 de octubre de 1928, anticipándose a su época y casi de manera profética, la teología del laicado, siendo así que, si leemos bien Camino, no encontraremos la teología del laicado ni la santificación del trabajo por ningún lado. De lo que se trataba a comienzos de los años 60 del siglo XX era de dar la impresión de que el Opus estaba a la altura de la teología del laicado; es más, era su verdadero precedente. Evidentemente, esta estratagema también elogiaba a monseñor Escrivá ensalzando su persona a la altura de verdadero precedente del concilio Vaticano II (1962-1965). No en balde, los actuales directivos de la Obra anhelan que san Josemaría sea elevado tarde o temprano al rango de Doctor de la Iglesia, pues él es el santo que anticipó las novedades más destacadas del Vaticano II. Pero ¡todo esto es un montaje falso!

 

En efecto, para santificarse en medio del mundo como cristiano corriente, no es necesario seguir el espíritu del Opus Dei ni asumir compromisos propios de laicos consagrados; hay miles de caminos para santificarse en el ejercicio de la profesión, aunque san Josemaría no hubiera existido. Hago esta advertencia para que quede claro que el “espíritu” del Opus es muy concreto y que su “praxis” es casi idéntica a la de las órdenes religiosas. No nos debemos dejar engañar cuando los jerifaltes del Opus nos presentan su espíritu como la gran novedad que puede considerarse un precedente del Vaticano II en lo referente a la llamada universal a la santidad y a la teología del laicado. Ese cuento es más falso que Judas. Los directores de la Obra siempre han tratado y tratan a sus miembros exigiéndoles que sean personas consagradas; en este punto, la “praxis” del Opus Dei no ha cambiado nada desde su época fundacional hasta ahora, a pesar de la reforma del “espíritu” que se hizo en los años 60 del siglo XX y a pesar de la erección del Opus como prelatura personal en noviembre de 1982. Léase, a este respecto, el artículo de Elena Longo publicado en la revista Claretianum vol. 46, año 2006, págs. 413-497.

 

Por consiguiente, tengo serios motivos para presentar al Opus Dei como estructura de pecado, por muy bonito o lindo que nos pueda parecer su espíritu teórico.

 

Además, ¿de qué sirve que el espíritu de una institución sea bello y amable, si su puesta en práctica, además de contradecirlo, hace sufrir a las personas? Los padecimientos de miembros y ex-miembros del Opus Dei no se deberían despachar diciendo tranquilamente, como afirma Juan Ignacio, “hoy acierto, mañana me equivoco, así es la vida”. Un asesino o un dictador, por ejemplo, podrían argumentar lo mismo para tranquilizar su conciencia. En este orden de ideas, aconsejo a Juan Ignacio que lea el memorable artículo Perfil jurídico real del Opus Dei que Sergio Dubrowsky escribió el 12.11.2008.

 

Por otra parte, Juan Ignacio niega que san Josemaría tuviera personalidad “narcisista” porque, si así fuera, se hubiera dedicado a una actividad de más lucimiento. Sin embargo, a tenor de la inmensa variedad de la psicología humana y de sus patologías, no es imposible que el fundador de una orden religiosa (Maciel) o de un instituto secular (Escrivá) sea psicológicamente problemático. Por supuesto que un megalómano es capaz de sentirse atraído por el sacerdocio y de fundar un instituto secular, pues no todo narcisista reúne condiciones para llegar a ser un modelo sexy o un deportista exitoso, aunque le apetezca. Además, la megalomanía ayuda a afrontar las dificultades de una fundación, sea religiosa, sea civil; un megalómano puede llegar a ser feliz fundando montajes y enzarzándose en diseñar un “espíritu” glorificador de su persona aunque contradiga la “praxis” real en que viven sus subordinados. No dudo de que Escrivá, al igual que tantos españoles de la primera mitad del siglo XX, tuviera sinceros sentimientos religiosos y quisiera ser buen sacerdote, después de haber fracasado en sus intentos de ser arquitecto o abogado. Pero tampoco dudo de su patología. Ambas dimensiones son compatibles entre sí en atención a la complejidad mental y moral de los seres humanos, inmersos, a la vez, en estructuras de pecado.

 

Sintetizo, para terminar, las principales ideas de mi escrito:

 

1ª) El “espíritu” de la Obra, teóricamente bello y atractivo, está destinado al engrandecimiento de la figura del fundador, Josemaría Escrivá, al que se presenta, sin base histórica alguna, como el gran precedente del Vaticano II en lo referente a la teología del laicado y a la llamada universal a la santidad, pero los miembros del Opus Dei no viven ese espíritu en su vida real y cotidiana.

 

2ª) La espiritualidad que realmente viven los miembros del Opus es una “praxis” nada original, una serie de normas y costumbres tomadas de la tradición de las órdenes religiosas. En virtud de las ceremonias de incorporación (admisión, oblación y fidelidad), los miembros del Opus no pueden ser considerados cristianos corrientes, sino laicos consagrados. Por tanto, hay en el Opus Dei una clara contradicción entre “espíritu” (cristianos corrientes) y “praxis” (laicos consagrados); se trata en realidad de engaño intencionado que pretende engrandecer la figura del fundador.

 

3ª) La “praxis” real de la Obra está inficionada de graves errores, denunciados con frecuencia en esta página web opuslibros (el entremezclamiento del fuero interno y el externo a la hora de gobernar esa institución, el trato a sus gentes como si pertenecieran a una “guardería de adultos”, técnicas proselitistas, talante elitista y clasista, integrismo teológico, instrumentalización de los sacramentos del orden y de la penitencia para el control de las conciencias, etc.), que producen sufrimientos morales y psicológicos a muchos de su miembros. El Opus Dei es una estructura de pecado.

 

Josef Knecht







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