Porque era él, porque era yo.- Carocha
Fecha Monday, 07 July 2008
Tema 020. Irse de la Obra


Para Heraldo,

leí con enorme interés tu artículo  del viernes, y me gustaría mucho, si puedo, decir una cosa que pensé sobre él.

Yo nunca he entendido muy bien esa “filiación” al fundador de que nos hablaban sin parar en el opus, probablemente nada más que por temperamento, y porque siempre he estado muy cerca de mi padre. Leíamos cosas semejantes, hablábamos el mismo lenguaje: cosas así, completamente transcendentes, sin la menor traducción práctica: nuestras vidas son diametralmente opuestas y raramente se cruzan, y no tenemos la menor voluntad de visitas o de grandes conversas.

Y, sin embargo, sé perfectamente lo que es esa decepción terrible de que hablas: en el opus, nunca ninguno de nosotros ha sido insustituible: como tu dices, fuimos útiles durante un tiempo, y pasado ese tiempo hemos dejado de serlo.

Tu describes la radicalidad del amor verdadero, ese que nunca ha existido en el opus, por aproximación al amor de los padres por los hijos. Perdona discordar en parte: yo amo, más de lo que sé decir, a mis hijos, pero ese no es todavía un amor radical hasta la identificación, como lo es una grande amistad. Yo amo a mis hijos porque son mis hijos, no porque sean mis amigos: pueden serlo o no, y de hecho unos lo son más que otros. Los amo porque nacieron brutalmente de mí, porque no existían antes y ahora existen, en resultado también de decisiones y de acciones mías: y eso es en grande parte imposible de traducir por palabras. Pero no justifica la existencia.

“En la amistad de que yo hablo”, dos personas se aman simplemente porque son aquellas precisas personas, porque pasaron a ser realmente uno  en lugar de dos, sin dramatismos ni brutalidades: es como completarse: por fin, por grande suerte, porque es bueno, porque el resultado es la paz. Porque es super-deliciosamente inevitable.

Y es tal vez aquí que, en mi opinión, nace la decisiva decepción con el opus: en la conciencia, finalmente, de la intromisión salvaje y constante del opus en la relación frágil y única de cada persona con Dios. De aquí también, para el opus, la necesidad crucial de la muy deliberadamente llamada “charla fraterna” o “confidencia”, método muy primario e incivilizado, à la Escrivá, – y por eso felizmente falible en muchos casos - de sustitución de los términos de la intimidad: de la identidad.

Existe sobre esto una cosa  muy conocida y admirable, de Montaigne, a propósito de su amistad  con Etienne de la Boétie:

“Lo que ordinariamente llamamos amigos y amistad no son más que uniones y familiaridades trabadas merced a algún interés, o merced al acaso por medio de los cuales nuestras almas se relacionan entre sí.

En la amistad de que yo hablo, las almas se enlazan y confunden una con otra por modo tan íntimo, que se borra y no hay medio de reconocer la trama que las une. Si se me obligara a decir por qué yo quería a La Boétie, reconozco que no podría contestar más que respondiendo: porque era él y porque era yo.

Existe más allá de mi raciocinio y de lo que particularmente puedo declarar, yo no sé qué fuerza inexplicable y fatal, mediadora de esta unión. Antes de que nos hubiéramos visto, nos buscábamos ya, y lo que oíamos decir el uno del otro, producía en nuestras almas mucha mayor impresión de la que se advierte en las amistades ordinarias; diría que nuestra unión fue un decreto de la Providencia. Nos abrazábamos por nuestros nombres, y en nuestra entrevista primera, que tuvo lugar casualmente en una gran fiesta de una ciudad, nos encontramos tan prendados, tan conocidos, tan obligados el uno del otro, que nada desde entonces nos tocó tan de cerca como nuestras personas.

(...)Habiendo de durar tan poco tiempo su vida y habiendo comenzado tan tarde nuestras relaciones (...) no tenían tiempo que perder, ni necesitaban tampoco acomodarse al patrón de las amistades frías y ordinarias, en las cuales precisan tantas precauciones de dilatada y preliminar conversación.

En la amistad nuestra no había otro fin extraño que le fuera ajeno, con nada se relacionaba que no fuera con ella misma; no obedeció a tal o cual consideración, ni a dos ni a tres ni a cuatro ni a mil; fue no sé que quinta esencia de todo reunido, la cual habiendo arrollado toda mi voluntad la condujo a sumergirse y a abismarse en la suya con una espontaneidad y un ardor igual en ambas. Nuestros espíritus se compenetraron uno en otro; nada nos reservamos que nos fuera peculiar, ni que fuese suyo o mío.
” (Ensayos, I, XXVIII)

Muchas gracias por tu artículo, he entendido por fin esto.
Un grande abrazo,
Carocha







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