La formación de la identidad en el Opus Dei. (Cap. 2).- E.B.E.
Fecha Sábado, 06 marzo 2004
Tema 100. Aspectos sociológicos


2. Cómo se genera la Identidad

Antes de continuar, quería hacer una reflexión. Todo lo que se puede escribir sobre la Obra una vez estando afuera resulta incompleto -en alguna forma- porque ya no disponemos de tantas fuentes y textos que sólo están disponibles para los que se quedan dentro. Hay mucho material para citar y para estudiar a fondo. Lo que escribimos aquí es lo que recordamos o lo que hemos apuntado en su momento. Pero si pudiéramos acceder nuevamente a la enorme "biblioteca" interna de la Obra, tendríamos un material muy valioso para estudiar y analizar en profundidad el fenómeno Opus Dei. Todo ese material está disponible "adentro", mientras no sea leído críticamente, mientras sea material de adoctrinamiento. La Obra ha producido -y produce- enormes cantidades de escritos. Es una pena que hayan quedado en el secreto (es una prueba más del "espacio privilegiado" que la Obra supone). La Obra puede eliminar aquellos textos que la comprometan en un futuro: como no son públicos, nadie los conoce salvo ella y sus miembros.



Parecería que la Obra es la única autorizada a dar testimonio de sí misma. Y esto es gracias a la legitimidad que le otorgan quienes están por encima de ella y quienes están dentro de ella.

Hasta hace poco no había voces que se opusieran con autoridad: todas eran críticas "desde afuera". Ahora, nosotros podemos cambiar esa legitimidad, haciendo públicas las injusticias que la Obra comete y el silencio en el cual se esconde.

Nosotros estamos tan calificados como la Obra misma para hablar y dar testimonio. En algún punto, estamos más calificados que la Obra, porque no tenemos necesidad de ocultar nada y sí en cambio de decir muchas cosas que la Obra quiere ocultar. Necesitamos decirlas porque es un modo de rectificar.

La Obra tiene un control sobre la producción de conocimiento tan grande como cualquier dictadura política. De hecho funciona como tal. No tiene controles externos e internamente no existe oposición. La figura de la Prelatura parece la coartada perfecta para la impunidad.

Allí "dentro" están las pruebas de toda una formación muy cuestionable. Allí están las pruebas de lo que hemos padecido. Y la Iglesia no puede ser cómplice de ese silencio. O mejor, no puede permanecer en silencio sin evitar la complicidad.

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Para saber más sobre la formación de la Identidad en la Obra nos deberíamos preguntar cómo quería el fundador que fueran sus "hijos" y qué medios utilizó para imprimir la nueva identidad.

La identidad es un camino de dos vías: se imprime y se acepta. Uno "se identifica" con algo, aunque el proceso pueda ser no muy consciente y sometido a manipulación. De hecho, hay pruebas más que suficientes para demostrar que fuimos forzados a vincularnos con el fundador en una relación de filiación y más tarde forzados, nuevamente, para desvincularnos de esa relación.

Mientras ayer nos vinculaban a la Obra unos ideales que tapaban toda esa coacción, hoy sólo quedan los rastros de la violencia ejercida sobre la conciencia. Creo que ese es el "vínculo" más importante que hoy nos une al Opus Dei.

No es un vínculo libre o voluntario sino basado en un daño. Es un vínculo de hecho más que de consentimiento. Por eso es difícil desvincularse. Mientras ese daño no se cure o se resuelva, el vínculo permanece.

Es muy probable que, por lo tanto, cueste "des-identificarse" o quitarse la identidad. Es como arrancarse la piel.

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Al hablar de la Obra, pienso constantemente en "la cúpula" y no tanto en sus miembros. Pienso más bien en los que tienen el poder de tomar decisiones y de influir. En los responsables que promueven las inmoralidades.

La verticalidad de la Obra define el mapa de las responsabilidades y del origen de las decisiones cuyas consecuencias tanto nos afectaron.

No tengo en cuenta a los "miembros", a aquellos que son mayoría y no tienen ni la mínima participación en la toma de decisiones. Son más bien víctimas de un adoctrinamiento y creo que necesitan de nuestra solidaridad. Sí, esta será la mejor manera de llegar a un entendimiento con los que son nuestros iguales, y al mismo tiempo, señalar a los reales responsables que se esconden -esos sí que son cobardes- en el anonimato de la burocracia y del gobierno colegial. Cuanto más arriba, más escondidos y más responsables.

Quienes dirigen el destino de la Obra están muy interesados en lograr una dialéctica miembros / ex-miembros para así hacerse a un lado y evitar ser señalados y bien localizados. Quieren plantear el conflicto muy lejos de "los muros capitales". Esa dialéctica refuerza aún más el vínculo vertical de los miembros, porque traslada los conflictos internos hacia afuera.

No son los miembros precisamente el problema ni los promotores de nuestros padecimientos. En muchísimos casos están más cerca de nuestra experiencia que de la complicidad con la estructura de pecado que es la jerarquía de la Obra.

El fundador -dentro de su "modestia" que lo caracterizaba- decía que la Obra era "lo permanente" ("hijos, somos lo permanente"). Hoy está claro para los que pasamos la experiencia y de alguna manera somos unos "adelantados" (cfr. Aquilina No fueron anécdotas por lo que nos fuimos, párrafo 5) que la Obra se sostiene sobre una "fuerza de trabajo" que necesita ser reciclada permanentemente. No sé si somos "lo permanente", pero seguro somos "lo que queda" luego de pasar por la "transitividad" que es la Obra.

La Obra necesita huir de la verdad y nosotros no. La Obra necesita enemigos para mantener su "unidad", nosotros no. No necesitamos a la Obra para definirnos. Al contrario, hemos recuperado nuestra identidad o estamos en camino de ello.

Pelearse con los miembros es hacerle el juego a la Obra. Reclamarle "respuestas" a los miembros es confundirse de sujeto: los responsables son precisamente los jerarcas que no dan la cara. Los miembros no tienen ni poder de decisión y pueden ser fácilmente desautorizados por la Obra, a la que ilusamente creen representar.

Por eso, mirando a largo plazo, los miembros son más nuestro prójimo que nuestro enemigo.

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A continuación enumero algunos elementos que me parece son fundamentales para construir la identidad de todo miembro de la Obra, particularmente de l@s numerari@s y agregad@s (el hecho de que l@s supernumerari@s no hagan la fidelidad sino excepcionalmente habla por sí sólo de la precariedad del vínculo a la que están expuestos).

a.- El Doble Vínculo

Todo miembro de la Obra tiene un doble vínculo que lo une a ella, aunque no lo sepa o no sea del todo consciente. Este doble vínculo es el que hace a la Obra tan ambigua. Explica el que la Obra sea una "institución" y una "familia" (más bien una tribu) al mismo tiempo. Hace de la Obra una institución extraña y que explica mucha de sus actuaciones aparentemente incoherentes.

Hay por un lado, un vínculo de filiación que sirve para ligar fuertemente al miembro para que se vuelva un hijo del fundador, en el sentido más radical, con lazos "más fuertes que los de la sangre". Un vínculo que se lo sobrenaturaliza (se vuelve superior a cualquier vínculo biológico) dándole rasgos teologales (cfr. Retegui, El sentido de la perseverancia) y un carácter permanente, no disoluble (la vocación como elección Divina no la disuelve ni el prelado más poderoso).

Este es el vínculo predominante y que más le interesa a la Obra acentuar. Es un vínculo netamente operativo y la razón para exigirlo todo. Este vinculo es el que "imprime carácter" y que será muy difícil resolver si entra en crisis.

Pero hay también otro vínculo, se trata de un contrato, que la Obra establece con cada miembro. Podría decirse tal vez que es la exteriorización de algo inmaterial (la vocación). Pero no es así. Sencillamente porque la práctica demuestra el sentido de un vínculo y de otro.

El contrato sirve, especialmente, para desligar legalmente a los miembros que la Obra juzgue conveniente hacer. Es "la poda de la vid".

Si no existiera el contrato sino sólo el vínculo filial con el fundador (elevado al orden sobrenatural de la elección Divina), la cosa sería muy complicada para "hacer la selección" y la "poda". Romper un lazo de filiación no es romper un contrato: por eso la Obra "cambia la conversación" y comienza a plantear la relación contractual cuando ve necesario "un aborto".

El proceso de "selección" se lleva a cabo antes de ingresar y sigue aún cuando ya se es miembro... cosa que los miembros no lo saben o no son conscientes de ello. Ser miembro de la Obra no implica "ser elegido" de una vez y para siempre (como se publicita). Es un proceso de selección continua, la Obra vive "podando" su viña permanentemente.

Este doble vínculo le da una ambigüedad que caracteriza a la Obra: no es extraño el trauma que muchos ex-miembros sufren, fundamentalmente porque el vínculo jurídico no resuelve ni disuelve el vínculo filial con la misma facilidad. Por eso el corte con la Obra es "a medias", por decirlo de alguna manera. Ni siquiera: es la última acción fraudulenta que la Obra realiza para con ese miembro saliente.

Pero que a la Obra no le interesa nada de esto, queda más que demostrado por la experiencia y los testimonios.

Cuando hay conflictos, la Obra comienza a hablar de contrato y en "épocas de paz" habla de vocación y predestinación divina.

Es una moneda con sus dos caras, que demuestra la ambigüedad de la Obra. Y ella usa esta moneda según le convenga, según sea el planteo que la Obra le hará al miembro: exigir más o desligarse definitivamente.

Con la dispensa la Obra busca desligarse de todo compromiso legal y tener la prueba de conformidad del miembro saliente, para que éste luego no pueda reclamar nada. Sin contrato, la Obra se vuelve invisible e intangible.

Nuevamente -como es propio del Opus Dei- usa testaferros: "hacia fuera" el contrato es un testaferro de la relación filial no contractual sino de sumisión al fundador, mientras que internamente lo único que tiene valor es llevarse bien con los directores y definitivamente con "el Padre" de turno.

El contrato es una máscara, una herramienta que la Obra usa para su conveniencia.

Cambiar al Opus Dei "para mejor" implicaría una transformación profunda de toda esta ingeniería jurídica, canónica y ascética pensada y planificada así desde un inicio. Cualquier otro cambio sería de carácter estético pero nada más. No solamente lo veo difícil: lo veo contrario "al espíritu fundacional".

No creo que desde OpusLibros se pueda cambiar al Opus Dei, pero, lo que es seguro, se podrá evitar que la Obra siga jugando con ambigüedades y con ocultamiento de la información.

b.- El lenguaje

Una herramienta fundamental para la generación de Identidad es el lenguaje. Por él se nombran las "nuevas realidades" y se transforman las "viejas" en otras totalmente diferentes.

La Obra tiene su propio "idioma". Para saber más, remito al escrito de esta web que contiene partes de ese vocabulario.

El lenguaje abarca no sólo la predicación y todo lo que sean medios de formación: también la vida cotidiana, donde tal vez sea el lugar más apropiado para asimilar fácilmente el uso de los nuevos términos.

Este elemento es también importante para "diferenciarse" del resto, de los que no son parte de la Obra. Algunas palabras sólo se usaban "internamente" o cuando estábamos en la "zona interna".

Hace poco leí una frase que decía algo así como "el lenguaje lo domina al hombre y no al revés". Desconozco los fundamentos concretos de esa afirmación, pero no me parece muy difícil encontrarle aplicación a lo que es la experiencia de la vida en la Obra. Quien decía esta frase agregaba que en muchos casos, al escuchar a una persona decir sus dos primeras palabras sabía cuáles iban a ser las veinte siguientes, porque no era la persona la que estaba hablando sino que estaba repitiendo "como un loro" lo dicho por otro (los medios de comunicación, en ese caso).

Los miembros de la Obra -salvo excepciones, que son los que se marchan o quedan marginados- se pasan repitiendo el discurso oficial, sin un pensamiento personal. Sumado a esto, la prohibición explícita en la Obra de tener un pensamiento crítico o reflexivo independiente.

En la Obra no hay posibilidad de ejercer un pensamiento propio sino criterios y argumentos que se repiten una y otra vez. No hay más que ver los mails que escriben los críticos de esta web: resultan aburridísimos. No hay ideas porque no hay pensamiento personal. Sólo recriminaciones y descalificaciones. Es parte de la uniformidad que se fomenta y esto se ve en el lenguaje y las formas de decir.

"Hay que tener el espíritu estrecho y ser incapaz de salir de "sí" mismo para pretender dar a la formación espiritual un carácter sistemático" (cfr. La alegría en el amor de Dios, Cap. 2, a).

En el Opus Dei no importa la Verdad sino el Convencimiento (por eso Carmen Tapia puede hablar de fanatismo): estar convencido, convencerse y convencer a los demás. Y quien pierda el convencimiento "o lo ponga en duda" ya no será "uno de nosotros". En este sentido, la identidad del miembro de la Obra no tiene mucha profundidad ni fundamento racional: es blanco y negro. Por eso les resulta muy difícil interesarse por lo que dicen los que se fueron, o sea, los que "ya no están más convencidos". Han de ser necesariamente "traidores", porque sino el convencimiento entra en crisis. Escuchar a los que se fueron es "dialogar con la tentación" y la receta para esos casos es conocida: actitud repelente.

El convencimiento irreflexivo uniforma y es enemigo de la pluralidad. Es una de las notas principales del perfil que la Obra busca en todo miembro, especialmente en los célibes (por supuesto, cada uno reacciona individualmente, cada respuesta es única, pero difícil es escapar al perfil). Este convencimiento es lo que los identifica entre sí y es la forma en que se sienten "iguales" unos con otros. Este sentimiento de igualdad no es precisamente una experiencia democrática sino más bien una experiencia cercana a los totalitarismos del siglo pasado (cfr. Ser mujer en el Opus Dei, cap.2, punto 3).

También hay una uniformidad en los escritos de esta web pero con una gran diferencia: todos coinciden en la "unicidad de la experiencia" dentro de la Obra. No nos hemos puesto nosotros de acuerdo previamente sino la Obra misma fue el agente de la coincidencia en la cual hoy nos encontramos. "La Obra nos puso de acuerdo". Al margen de esto, el resto es pluralismo, el pensamiento de cada uno tal cual es.

c. El perfil

Observando los contenidos de la formación que se imparte en la Obra se puede obtener un "perfil" de cómo han de ser sus miembros. Y si esto se completa con la propia experiencia, el perfil puede acercarse bastante a lo que sucede en la realidad.

El fundador quería en primer lugar, formar personas dependientes de él. O sea, personas dependientes: que lo consultaran todo y lo dijeran todo (sinceridad "salvaje"), que les permitiera la entrada a la conciencia con libre acceso. Quería personas sometidas a su autoridad. Quería que ocuparan el rol de hijos para siempre, que no evolucionaran, que no tuvieran vida propia. Para seguir siendo un "padre inalcanzable", los hijos debían mantener una "distancia prudencial". Está claro que los hijos no podían ser "más santos que el padre" y de hecho ninguno de los procesos de canonización avanzó hasta que el fundador logró el primer lugar.

La identidad es uno de los modos en que la Obra opera a nivel del fuero interno de las personas. Es una "programación" hecha en laboratorio que se implanta -con la formación que se imparte- en la conciencia de las personas. Por eso tal vez la intromisión en el fuero interno no siempre es explícita (forma parte de la identidad el "dejar hacer" al director, por lo cual esa intromisión es una premisa aceptada mucho antes y resulta difícil -y de alguna manera una violencia- resistirse).

Es interesante dibujar "el perfil" porque será luego la plataforma para tomar distancia en muchos casos.

Es el mismo caso que el del vocabulario interno: se podría, en un documento aparte, ir definiendo cada uno de los rasgos concretos de ese perfil. Aquí lo nombro de manera general.

En la mayoría será el "molde" que recortará las diferencias haciendo de la Obra un ambiente homogéneo, "monolítico" al decir del fundador (este concepto lo desarrolló particularmente en la "segunda campanada", aquella carta que fue "retirada de circulación", y no se podía leer salvo en las comisiones regionales y delegaciones o en algún "comentario de carta"; se trató de una carta dirigida a alguien en particular -nunca revelado- que hizo enojar bastante al fundador, algo que se nota en la carta).

En otros casos, muy interesantes por cierto, "el perfil" será negado por aquellos numerarios que quieran sobrevivir dentro y llevar una vida propia. Toda una contradicción por supuesto, pero es parte de la vida interna de la Obra. Algunos logran sobrevivir en las sombras, otros directamente no le encuentran sentido a tal incoherencia y se van.

También están aquellos que se ufanarán de su "libertad interior" y actuarán (en el sentido "actoral") de "numerarios con personalidad propia", haciendo alarde de la liberad que no existe, que no tienen. Podrán "declamarla" pero no ejercerla. Está para ser vista en la vitrina pero no para adquirirla. Toda una pantomima, porque los bordes están bien demarcados y no se puede salir de ellos. Es una libertad virtual, proyectada en el aire, sin sustento real.

No hay que engañarse: en la Obra no se puede conservar la propia personalidad al margen del "perfil".

Gracias a él, todos podíamos vernos como "hermanos" provenientes de una misma... factoría. Rápidamente alcanzábamos un entendimiento. No existía lo desconocido sino un "reconocerse" continuo. El otro siempre era -y debía ser- un espejo del cual aprender y recordar el perfil.

Este tema de "ser espejo para el otro" condicionaba muchísimo el actuar natural en los centros de la Obra. Había excepciones, pero eran eso, excepciones.

Pasados los años queda claro que, el que uno fuera "espejo" para los demás, no tenía otro sentido sino el interés de un tercero, el mismo "padre", quien quería a todos sus hijos cortados por el mismo molde. Los quería controlados y que se relacionaran entre sí "pasando primero por él". El fundador no quería que cada uno decidiera la medida de la virtud y por eso él reglamentaba todo tanto.

d. Vaciamiento

Proceso necesario para dar lugar al "numerario que debía haber en nosotros". No ya la vocación querida por Dios, sino el perfil humano (o inhumano, si se quiere) exigido por el fundador.

El despojamiento de la propia identidad es fundamental para eliminar toda resistencia personal y sustituirla por el nuevo modelo uniformador. De este modo se eliminan las diferencias personales -las hay inocuas, esas pueden convivir sin problemas-, aquellas que podrían ser focos de "rebeldía".

El mismo fundador lo dijo: "¡está todo esculpido!", por eso los signos de vida son una amenaza, son vistos como agentes de contaminación más que de desarrollo.

Palabras que no son mías pero que resumen muy bien la idea: "para que los seres humanos se dejen despojar, es necesario decirles, antes de que ello ocurra, que son nada, que no tienen derecho a nada de lo que poseen, ni siquiera a su propia imagen, a su historia". Y en la Obra se da este mismo proceso "hacia el pesimismo". No se trata de un vaciamiento a modo de castigo sino de un proceso de sustitución.

En la Obra hay toda una labor de desbaste (igualamiento y disminución) y devaste (demolición) para ir quitando todo lo personal y reemplazarlo por lo institucional (Cfr. Retegui, Lo teologal y lo institucional, cap. 7).

Es el despojamiento de la propia identidad por la de la Obra, que incluye en sus principios teóricos -paradójicamente, como coartada- la defensa de la personalidad original que fue anulada en la práctica.

Es paradójico que en la Obra se insista tanto en no descuidar el examen de conciencia -por "el poco empeño en examinarse"- y al mismo tiempo se impida toda conciencia crítica. Ese "examen" es más bien la labor de nuestro "director interno" -por el cual nos autocontrolamos- y no otra cosa.

La autoestima se va reemplazando lentamente por adoración al Padre (proceso transitivo): en la medida en que uno sea un "buen hijo" obtendrá la mayor de las glorificaciones y elogios, mientras que al margen del vínculo filial uno no vale nada por sí mismo. Por supuesto que, para esta labor, el fundador cita a las Sagradas Escrituras (a San Pablo), asiéndose así de un respaldo supuestamente indiscutible.

Insistir tanto en la "nada" que somos bien podría tratarse de una cuestión temperamental del predicador. Pero esta "nada" va mucho más allá de un pesimismo espiritual del cual puede haber sido influido el fundador (cfr. La alegría en el amor de Dios, Cap. I). Quien predica una doctrina propia y al mismo tiempo la usa para gobernar a su rebaño, porque en él se unen la dirección espiritual y el gobierno -cfr. los recientes artículos "El sigilo, la confidencia y el canon 240" y "En el Opus Dei no hay dirección espiritual"- difícilmente podrá mantener una posición neutral, difícilmente su doctrina pueda ser vista como algo desconectado de sus metas de gobierno. El gobierno y la dirección espiritual necesariamente han de estar bien separadas (cfr. Retegui, cap.6 Espíritu o Estilo) y en el Opus Dei no lo están en absoluto sino todo lo contrario. En este sentido, en la Obra abunda el utilitarismo.

El tema es que, en la Obra, este ser "nada" es absolutamente funcional al gobierno y a la obediencia rendida que se exige. Esto le quita toda inocencia a tanta humildad predicada y a tanta soberbia prejuzgada. Ese interés del fundador por matar el egoísmo no resulta ser nada altruista ("cuando sientas que tu criterio debería prevalecer: que tú, que tú, que tú, y lo tuyo, y lo tuyo... ¡muy mal! Estás matando el tiempo y estás necesitando que matemos tu egoísmo"). La verdad es que ese plural "[nosotros] matemos" connota un corporativismo totalmente opuesto a una dirección espiritual personal.

La "nada" es el vaciamiento necesario para asumir la nueva identidad. "Tu barca no vale", dice el fundador, salvo que forme parte de "la flota" de la Obra.

La vocación era supuestamente un traje a medida. Pero había una diferencia con el mundo real: se debía recortar lo que "sobraba" de uno mismo para que el traje encajara.

Un proceso alienante que sólo podía lograrse mediante el sometimiento, asunto en el cual tanto insistía el fundador. Sometimiento que tanto daño hizo a las conciencias, porque el punto clave era justamente ser capaz de actuar contra la propia conciencia como prueba de fidelidad al fundador.

Lo que finalmente produce este vaciamiento es un sentido de impotencia frente a la Prelatura, cuando uno se da cuenta de que ha sido traicionado, usado y abusado por la institución: es el estado de indefensión total. Es un estado de desesperación.

No hay modo de revertir la situación en poco tiempo. Contra quien desea recuperar sus propias fuerzas y derechos personales -cedidos bajo presión y engaño-, la Obra pone en marcha mecanismos verdaderamente perversos: más presiones, aislamientos, indiferencia, amenazas, etc.

Qué difícil, entonces, pasados los años querer quitarse un traje que con tanta fuerza entró y encima produjo tanta alienación. No es extraño que cause nuevos dolores y traumas, aunque el resultado será siempre restaurador.

Sin duda, resulta escandalizante que el fundador enseñara y exigiera este vaciamiento (llamado "el olvido de sí") para llenarlo con su ego inconmensurable. Un narcisismo de proporciones faraónicas, propias de un dictador.

e. La omnipresencia del fundador

El sentimiento y el vínculo de filiación se va formando gracias a un Padre que se muestra incondicional, de a momentos (es una de sus caras). Luego puede cambiar violentamente por un Padre aterrador. Quién podría dudar de un padre que dice: "nadie debe acercarse al Opus Dei y marcharse de vacío". No importa si lo dice por "las visitas" o por los ex miembros, está hablando desde una integridad personal que no puede luego quebrar alegremente. La integridad no es un podio al que se sube y se baja según se necesite predicar un discurso u otro.

El fundador siempre se ha predicado -extraña modestia- a sí mismo como un padre que se desvive. La cuestión reside en comparar lo predicado con las acciones. Y hasta que uno no lo experimenta personalmente, cuando necesita que el padre ponga por acción todo lo que dice ser, mientras esto no suceda, uno vive de imágenes placenteras y agradables no sometidas a la contrastación, a la posibilidad de ser falsadas, al decir de Popper. Y el Opus Dei como hipótesis no pasó la prueba de la falsabilidad en demasiados casos.

Más allá de la casuística -porque hay ejemplos para todo-, el problema está en los principios. O sea, el que se cumplan las palabras del fundador no presenta problemas ni tampoco sirve como prueba refutante de nada. El problema se presenta cuando las palabras del fundador no sólo no se cumplen sino que además suceden cosas que contradicen rotundamente lo que el fundador dice de sí mismo. Aquí es donde se producen los escándalos mayores, el quiebre de una relación filial que nunca había sido puesta a prueba.

Si el fundador dice ser un padre que ama a sus hijos más que nadie ("os quiero con toda mi alma, os quiero más que vuestros padres, aunque no os haya visto nunca"), ¿cómo puede suceder que haya tenido tantos hijos abortados y abandonados por él, personas a las que la Obra no les ha mostrado interés ni preocupación para ayudarlas a adaptarse a la nueva situación, esto es, fuera de la Obra? El problema está en el origen: su promesa de amor es producto de su arrogancia y está vacía de fidelidad.

Nuevamente, el que se haya preocupado por algunos no refuta en nada la despreocupación por muchos otros (que son amplia mayoría).

Palabras como las ya citadas no pueden ser válidas en la medida en que "se haga la voluntad" del fundador, en la medida en que se le obedezca. De lo contrario, ¡qué amor incondicional tan condicionado! Qué amor incondicional tan interesado. Qué amor incondicional tan mezquino, tan miserable. "Os quiero como todas las madres del mundo juntas: a todos igual, desde el primero hasta el último". La exageración no le ayuda a ser convincente sino todo lo contrario: expone su fingido sentimiento y su egolatría al máximo. No es producto de la virtud sino del exceso. Y las pruebas están a la vista: tanta irresponsabilidad sobre el destino de tanta gente abandonada por la Obra. Y no sólo eso: luego son calificados de "Judas", como hace don Alvaro en una carta de 1992.

Es inimaginable en la Obra pensar en quien sale como víctima. La identidad que forja la Obra obliga a ver a quien dimite como un victimario, como un agresor, como alguien que ha optado por "la vanidad de este mundo" al privilegio de ser de la Obra.

Es que uno de los aspectos seductores de la nueva identidad es el creer que se está accediendo a un espacio consagrado, a un espacio para unos pocos, los elegidos, aquellos a los que Dios "les ha besado en la frente", como decía el fundador (para saber más de este tema, recomiendo la lectura de La parábola de los faroles). Un espacio para privilegiados, que se construye a partir del desprecio del "otro". Por eso también, cuando alguien deja la Obra, debe ser despreciado. Es una necesidad para que el espacio de la Obra siga siendo exclusivo: demarcar claramente la frontera, que el contraste se note. Además, no hay nada peor para quien desprecia que sentirse despreciado. Y el sentido de exclusividad en la Obra es tan alto que solamente se cree que alguien puede dejar la Obra por desprecio.

Las excepciones al maltrato -aquellos que dejan la Obra sin el estigma de Judas- tienen que ver con una conveniencia de la Obra: si la Obra fue la que promovió la salida de un miembro, le interesa y le conviene matar dos pájaros de un tiro: sacarse de encima un problema y convertirlo en ganancia. En estos casos ganarse al que se va es muy conveniente. Es una jugada perfecta para demostrar que la Obra trata muy bien a "los que no siguen" obteniendo el testimonio de los mismos interesados. Es un muy buen marketing con muy poca inversión y alta ganancia.

La integridad no se pierde, más bien se rompe. Y hay una sola primera vez, con el primer caso. Por eso es "integridad". Como el costo de romperla es muy alto, la razón ha de ser una ganancia muy significativa. No se pierde la integridad por ganar en "un caso": el primero es el comienzo de una seguidilla de casos. La integridad se pierde -porque se rompe- a cambio de una ambición desproporcionada.

La Iglesia podrá explicar "hacia adelante" el milagro por el cual el fundador es santo (estoy interesado en escuchar las explicaciones). Mientras tanto, a mí me interesa la explicación "hacia atrás" que puedan dar los hechos, la historia, en una palabra. Yo pienso que el único modo de explicar la santidad del fundador es por "el milagro hacia delante", porque el testimonio de "la explicación hacia atrás" no parece ser un fundamento suficiente.

f. Truman Show

La Obra es vertical como un rascacielos. No tiene ni siquiera la "elasticidad" de la Torre de Pisa. Es imposible zafar del "perfil".

El único modo de ser libre es mediante la simulación.

De ahí la importancia de las palabras del fundador, quien les inculcaba a sus "hijos" el que todo lo hacían porque "les daba la gana", porque era "libérrimos" y porque hacían lo que querían, que "era la razón más sobrenatural". Afirmaciones tan sospechosas como excesivas.

Convencerse del ejercicio de la propia libertad es fundamental para no reclamarla. Se reclama lo que no se tiene.

El perfil consistía, entonces, en convencerse de muchas cosas para no "buscarlas afuera". Libertad, afectos, felicidad, anhelos, aspiraciones profesionales. La Obra como un bazar donde todas las necesidades podían ser satisfechas sin tener que ira a otro lugar.

Si era legítimo, debía ser posible. Si era imposible, debía ser ilegítimo.

Esas eran las dos leyes de todo reclamo dentro de la Obra. Cuántos dolores de cabeza y depresiones por hacer posible un reclamo legítimo que era evidente no podría darse nunca dentro de la Obra. Simplemente pensemos en el pluralismo como un ejemplo entre tantos.

El fundador quería evitar que todo deseo de "salir a buscar afuera" tuviera legitimidad, que estuviera respaldado por razones reales o legales (derechos). El mejor modo era inculcar a todos sus "hijos" que todo lo necesario ya estaba "adentro", que él se había encargado de proporcionarlo. Ya estaba todo "pensado", planificado, "esculpido". El era un padre "proveedor" y amoroso. El era un padre heroico al cual no se lo podía rechazar sin pecar gravemente.

Como complemento, había que inculcarles a esos "hijos" que no tenían derecho a nada porque lo habían entregado todo, también los derechos.

Por eso los que se iban podían ser declarados traidores por el fundador. Habían rechazado lo que él les había conseguido y habían ejercido unos derechos a los que "ya no tenían derecho".

g.- De-Formación

Es interesante, al respecto del párrafo anterior, analizar cómo el fundador aplica la parábola del hijo pródigo en la Obra.

Lo que uno descubre es llamativo: no he encontrado nunca que el fundador aplicara esta parábola para el caso de la gente que se iba de la Obra. Al contrario, en lugar de un padre amoroso que "sale al encuentro", Escrivá es el padre que maldice y amenaza con la expulsión para siempre del mundo de la felicidad para los que deciden marcharse.

La parábola del hijo pródigo en la Obra siempre se usó como argumento para fomentar la confesión -y sólo con sacerdotes de la Obra, porque de lo contrario uno se alejaba aún más "del padre" Escrivá, aunque esto fuera toda una contradicción-.

Es muy llamativo que justamente esta parábola no tenga implicancias entre el fundador y sus "hijos". El fundador no quiere identificarse con el padre misericordioso de la parábola, porque sus sentimientos profundos son otros muy distintos. Son sentimientos de odio. Y esta parábola -si la aceptara tal cual es- lo comprometería totalmente. Posiblemente por imitar y estar tan "unidos al padre" muchos "hijos" sienten el mismo odio hacia el "pródigo" que se marcha, se asemejan más bien al hermano mayor de la parábola.

Al revés del padre de la parábola, el fundador se muestra impiadoso con el hijo pródigo. Y parte de esa impiedad es la imposibilidad de volver a la Obra y recuperar el estatuto de hijo. Se puede volver como "sirviente" pero nunca más como "hijo". Nunca más. Porque la impiedad es así de determinada.

La impiedad del fundador es la fuente de muchos odios, sino de todos.

En la Obra no se pensó aplicar esta parábola para un hijo pródigo "real", que se marchara realmente. No, porque para esos es la maldición, son rebautizados como "traidores". Por eso la parábola del hijo pródigo se la predicar "hacia adentro" -antes de que suceda- porque una vez afuera, el padre misericordioso de la parábola deja lugar al padre maldiciente.

Esta parábola es predicada en la Obra para las "caídas leves" o para las "dudas leves:" de vocación. Para promocionar una confesión frecuente que refuerce el vínculo con la Obra y la "fidelidad al padre". Es una parábola para los "hijos" pero no para el fundador como "padre". No pocas veces la deformación en la Obra tiene que ver con lo que se omite más que con lo que se dice. Es una forma muy "eficaz" de moldear las mentes, porque es invisible.

En la "paternidad" del fundador no hay un verdadero compromiso de caridad a fondo. Como tampoco hay un compromiso institucional profundo de la Obra con sus miembros. A la Obra no le interesa ni le sirve ni quiere tomarse en serio esta parábola.

h.- Mármol

Me gustaría ahora retomar un concepto que le agradaba usar al fundador para referirse a la Obra. Hablaba de cómo en ella estaba todo "esculpido" y lo decía con entusiasmo.

Ponía a don Alvaro como ejemplo de fidelidad al llamarlo "saxum", esto es, piedra. Roca firme donde se podía apoyar el fundador. Y así quería a todos sus hijos: rocas que se dejaran trabajar con la docilidad del barro para la construcción del edificio que era la Obra.

Así como la mujer de Lot terminó petrificada por su infidelidad, en la Obra sucede todo lo contrario: la fidelidad al fundador lleva a una cierta fosilización, porque se pierde lo vital que hay en nosotros. En la Obra hay mucha vida, sin duda porque de ella se alimenta, pero o bien se convierte en mármol o bien termina fuera de la Obra.

Las vocaciones recientes son tratadas como un trozo de mármol al cual hay que sacarle lo que sobra. Y para esto se citaba a Miguel Angel.

Hay una palabra muy utilizada en la ascética de la Obra que tiene que ver con este trabajo de esculpir: es "arrancar". Algunos sinónimos son: extirpar, erradicar, destruir. Esa es la labor que la Obra lleva a cabo en nuestra alma y en nuestra mente.

"Arrancar" es una de las formas "sutiles" de esculpir la formación en la Obra.

Es un concepto demasiado fuerte. Es violento.

Prefiero el concepto de San Francisco de Sales, quien "identifica el bien con la personalidad misma, y desecha el mal como un algo extraño" (cfr. La alegría en el amor de Dios, cap. 3).

De este modo, podemos luchar y cambiar, modificar hábitos sin necesidad de una labor cruenta de "arrancar" partes nuestras a modo de desmembramiento. En todo caso, será una excepción (como en un cáncer, o en una situación de escándalo como dice el Evangelio) pero nunca un medio ascético habitual. Será la última instancia, no la primera.

Difícilmente este "arrancar" como hábito ascético no resulte dañino a largo o corto plazo. Una lucha contra uno mismo que se puede volver neurótica con facilidad.







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