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 Tus escritos: Llorar.- Auckland

040. Después de marcharse
auckland :

LLORAR

Auckland, 13 de abril de 2007

Un deseo que creo nos afecta a todos los que escribimos en la web y creo que a muchos de los que leen, es el de arreglar cuentas con el pasado. A los muertos se les entierra. Aunque sea muy triste es un deber piadoso y el inicio de la sanación del dolor. No hay peor tragedia que tener un hijo desaparecido. Llorar la muerte de un hijo es dolorosísimo pero no poder siquiera llorarle ha de ser espantoso. Y eso creo que a veces nos ocurre con la Obra. Un día nos fuimos. Cada una y cada uno conoce los motivos por los cuales no tuvo más remedio que irse. El proceso, en el mejor de los casos, es duro. Después cada cual sabe cómo le ha ido. La vida es muy rica y la pertenencia a la Obra cada vez queda cada vez más distante. En estas páginas sobran los testimonios que animan a la esperanza. La reconstrucción vital después de una experiencia traumática hace crecer y por supuesto es posible.

Pero hay algo que aunque pasen los años, es muy difícil de superar: no haber podido hacer el duelo por la muerte de algo que quisimos mucho. Al salir no existe la posibilidad de arreglar ninguna cuenta. Habrá diferentes historias pero los relatos que se recogen aquí coinciden en tratar la marcha de la Obra como un corte radical, aunque se trate de un proceso muy madurado y meditado por parte de los que nos fuimos. La Obra no quiere saber nada de los que se fueron y los que se van lo hacen tan acongojados que suficiente hacen con recoger los trozos rotos de una biografía humillada, para intentar salir adelante. Pero no hemos muerto. Quizá nos tratan así para mitigar el impacto que sin duda tienen. La Obra no lloró nuestra marcha y nosotros no hemos podido llorar porque nadie de la que fue nuestra casa se ha acercado a besar nuestras heridas. Lo explica muy bien Satur en su serie Querida Opus, "Hemos caminado juntos" (28.11.2004). Nadie nos ha consolado, nadie nos ha escuchado, nadie nos ha llorado. Y como dice Daniel M. (28.III.2007) respiramos por nuestras heridas. De pronto aparecemos por aquí y por otros lugares curando esas heridas, muy vivos y con la cabeza en su sitio (o no), cuando nos creían muertos y enterrados. ¡¡Vaya impacto!!.

Los que nos vamos reconstruimos nuestras vidas -no queda otro remedio y es una tarea dura aunque muy estimulante- para lo que empleamos todos los recursos: familia, trabajo, ayuda médica, amigos, hablar, hablar, hablar... y años y años y nunca tendremos claro que el tema esté superado. Esto es lo que hay y con esto hay que vivir. Pero enfrentarse a ello es lo que nos hace crecer y en algunos casos nos permite vivir; nos hace mejores personas y más comprensivos.

Aquí se ríe mucho pero también se llora. En el caso de la Obra no parece que sea así. Nos entierran cuando no estamos muertos. Es el olvido por decreto. No hacen ningún proceso de duelo. No se apenan con ninguna de nuestras penas. No sufren con nosotros. Si algo se echa en falta es la compasión.

La naturaleza es muy sabia y no conviene saltarse etapas naturales por duras que parezcan. Si no vives la adolescencia cuando te toca, la pasas cuando tienes 20 ó 25 años y la cosa es horrorosa. Conozco algún caso que pone la gallina de piel. La Obra suele -entre otras cosas- saltarse las consecuencias del proceso de salida. ¿Respeto a los que se van?. No. Creo más en la comodidad. Conocer es padecer. Y no hay compasión para el que se va. Así todo es más fácil.

Quizá la naturaleza tarde o temprano les reclame aquello que se han saltado tan alegremente. Para entonces quizá muchos de los que estamos por aquí ya habremos curado nuestras heridas. Pero ellos ¿podrán?; ¿podrán permanecer siempre como si no hubiera pasado nada?.

auckland




Publicado el Viernes, 13 abril 2007



 
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