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CRISTIANISMO DE LUJO

Autora: Sara Suárez Solís

Periódico “La Nueva España”, 14 de junio de 1988

 

 

A mí nunca se me había ocurrido comprar ni leer “Telva”. La miraba de reojo despectivamente, convencida de que se trataba de una publicación del Opus Dei pretenciosa, ultraconservadora y de un cristianismo descafeinado para uso de señoras de clase media descerebradas y sumisas. Pero ayer, en una peluquería, me puse a hojear lo primero que encontré: el número 574 de “Telva” (segunda quincena de mayo). Me lo leí de cabo a rabo sin respirar. Fue una revelación: comprendí, de golpe, que “Telva” era lo que yo había estado buscando siempre; que, al fin, había encontrado la guía segura para mi camino y la solución verdaderamente cristiana para todos los problemas que me acongojaban. Aún me dura la conmoción. Voy a exponer, brevemente, algunas de las fascinantes revelaciones a que ayer tuve acceso, porque estoy convencida de que el azar no existe: todo ocurre por un acto de voluntad de Dios, y Dios hizo conmigo como con San Pablo cuando lo derribó del caballo, o, mejor, como con San Agustín cuando le puso delante el libro que necesitaba para su conversión y oyó una voz misteriosa que le decía: “Toma, lee; toma, lee”. Pues yo tomé “Telva” y la leí, y aquí están las cristianas consecuencias de mi lectura...



La directora y editorialista es una tal Covadonga O’Shea, que supongo emparentada con la Paloma del mismo apellido y por lo tanto, con los Botín del Banco de Santander. En el editorial se limita a reproducir un artículo de una escritora norteamericana, Nancy R. Pearcy –convertida al cristianismo desde un feminismo estrafalario y delirante que aconseja a las señoras no trabajar fuera de casa sino ganarse un sueldo en ella convirtiéndola en un centro con más funciones sociales: dar clases de música o idiomas, fabricar y vender productos artesanales, escribir artículos o manejar programadores personales, para devolver al hogar su protagonismo sin desatender a los hijos.

Me quedé literalmente deslumbrada: ¿cómo no han caído en la cuenta en el Ministerio de Trabajo? Millones de mujeres españolas que viven sin más espacio propio que la cocina, para ganarse un sueldo pueden instalar en ella un piano, un ordenador o alguna artesanía de fregadero que podrían encargarse de inventar Nancy R. Pearcy y Covadonga O’Shea al alimón, para la realización personal y salarial de nuestras sufridas amas de casa.

Más aún: mira por donde me preocupaban a mi esas mujerucas zarrapastrosas, prematuramente envejecidas y cargadas se hijos que suelen mal vivir en las chabolas; pero ya, desde ayer, han dejado de preocuparme, porque me di cuenta de que tienen en sus manos la panacea de sus miserias: en lugar de hurgar basuras y recoger cartones ¿por qué no se dedican a enseñar francés a su vecino? ¿Y qué tal si cultivaran bonsáis, que tomarán poco sitio en la chabola? Así tendrán más tiempo para educar a sus hijos en el hogar. Desde aquí les sugiero que se quejen menos y se suscriban a “Telva”.

 

Matrimonios felices

 

También me traía un tanto cavilosa el no saber aconsejar a una joven amiguita que anda que bufa porque ni ella ni su novio acaban de encontrar trabajo, ya no tienen dinero ni para la píldora y todo se les vuelve tirarse los trastos a la cabeza. Ayer también encontré la solución: en “Telva” entrevistan a cinco matrimonios modelo, con felicidad asegurada y permanente desde la tira de años, y en seguida se advierte cuál es el factor común que en los cinco determina esa larga dicha: son parejas de gente rica, muy rica. Cinco hombres fuera de serie ganando pasta y cinco mujercitas felices obedeciendo a sus maridos, vistiéndose en los modistos más caros, viviendo en casas de película y asistiendo a cócteles a diario. Así que ya que encontré la solución para mi amiguita. Le dije planta al piernas de tu novio, déjate de preparar oposiciones y échale una sonrisa a Butragueño, a Rafi Camino, al Seve Ballesteros o a Pepe Barroso, que, a lo mejor, están chupados. Y es que las jovencitas españolas no saben buscar la felicidad verdadera y hace muy bien “Telva” mostrándoles los hombres capaces de constituir con ellas una pareja permanente y entrañablemente cristiana.

Unas declaraciones bajo el título “Mi hijo es distinto”, me revelaron la edificante dicha de tres famlias que disfrutan la impagable felicidad de tener un hijo subnormal. Naturalmente, los padres de estas criaturas, no protestan ni se quejan ni siquiera piden al Estado que asegure el porvenir de sus hijos cuando ellos mueran. No. Todo es resignación y alegría en estos hogares modelo donde las madres afirman que “pensé que Dios nunca hace las cosas sin un motivo y si quería ponerme esta prueba sería por algo positivo”, y, claro, ahora se dan cuenta de que esta clase de hijos son los que más satisfacciones te dan.

Se me ha quitado un peso de encima, porque siempre me angustió contemplar a estas criaturas y calcular el dolor y la frustración de los padres. Pero, no; estaba equivocada, así que, desde ahora, sugiero a las jóvenes parejas que vayan a contraer matrimonio canónico (a las otras Dios les negará su ayuda) que no dejen de suplicar encarecidamente al Altísimo la gracia de tener un hijo subnormal y, si no, que lo adopten, que son el mejor seguro para la unión y la felicidad de la familia.

 

Cristianismo de calidad

 

Hasta para mí, personalmente, hubo en “Telva” una importante solución a un grave problema: andaba yo, esta temporada, hondamente preocupada porque peso tres kilos más que el año pasado y no paro de mirarme en los espejos, de frente y de perfil –sobre todo de perfil- por esa endemoniada costumbre que tiene la grasa de posarse en la barriga. Lo que yo quiero es adelgazar por algún método milagroso, sin pasar hambre. Pues hete aquí que, en “Telva”, encontré la solución ideal, que brindo a todas las gordas de España: me iré a la clínica Barragán, donde me pueden poner la barriga al hilo con modeling, liposucción, diatermina, masoterapia y alimentación exquisita de bufet dietético. Y pienso que, además de dejarme allí la grasa impertinente, puedo dejarme también, las ojeras, las patas de gallo, la papada y un diente que necesita repuesto. También es verdad que me dejaré unos millones que no tengo, pero pediré un préstamos, que París bien vale una misa. Luego, hecha un pimpollo, puedo pasarme una noche en el Ritz por el módico precio de 350.000 pesetas, y, al día siguiente –de perdidos al río-, comprarme alguna joya de diseño único en Van Cleef & Arpels, el templo de las piedras preciosas, o en Víctor Caparrós, cuyas joyas se integran en la personalidad de quien las lleva, que me muero de ganas de saber cuál será la que se me integre mejor. Bastante es que prescinda de comprarme un Rolls-Royce, cochecito del que también hablan en el mismo artículo de todo lo anterior, artículo muy aleccionador para que nos enteremos de en qué se distingue una persona muy rica de las que no lo son, y no vayamos por el mundo a ciegas creyendo que todos somos iguales.

En fin, muchas más noticias trae “Telva”, útiles y provechosas para la mujer honesta y moderna a la vez, desde cómo combatir la celulitis o arreglar las uñas hasta cómo vestirse este verano o rellenar pimientos o dónde enviar a los hijos a perfeccionar su inglés, etcétera, etcétera. Pero ya estos son datos que pueden encontrarse también en otras muchas revistas menos selectas, femeninas, masculinas o neutras, cristianas o ateas. Lo que distingue a “Telva”, lo que me ha hechizado, es la sutil ideología que se derrama por todas sus páginas: la alegría y la paz con que viven los cristianos que poseen mucho, mucho dinero, y por lo tanto, todo lo que el dinero puede proporcionar: lujo, elegancia, distinción, hermosa apariencia, calidad de vida, comodidad, sofisticación, elitismo.

Y como la revista pertenece al Opus Dei y el Opus Dei pertenece a Dios, del cual es su obra favorita, concluyo que Dios es amante del dinero y de todo lo que el dinero puede dar, y que me habían engañado hasta ahora con un cristianismo que se hartó de decirme que hay que compartir con los pobres y que hay que pasar por el ojo de no sé qué aguja. ¿Y las comunidades de base a las que pertenecí? Dale con eso de bienaventurados los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los perseguidos, los parados, los marginados, los… ¡ah, no, no, no me engañan más! Se acabó para mí ese cristianismo pobretón y tercermundista. Yo, desde ayer, me suscribo a este verdadero cristianismo, tan alegre, sereno y feliz, de las señoras del Opus Dei que editan “Telva”: un cristianismo de calidad, no sólo bendecido por el Padre Fundador, que Dios lleve a los altares, sino también por el Papa; un cristianismo que huele a Úngaro, que sabe a salmón, que veranea en palacios, que se adorna con joyas, que cuida su luc, que recorre en peregrinación de lujo todos los santuarios marianos de Europa y América posando de noche en el Ritz y que se pule la tripita en Barragán. Sí, este es el cristianismo que merece la pena, el cristianismo de novela rosa que siempre soñé. Por algo se apuntan a él los multimillonarios y las señoras del Opus Dei, que saben de cristianismo más que nadie.

Así que me apunto. ¿Te apuntas?




Publicado el Miércoles, 11 octubre 2006



 
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