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 Recortes de prensa: El Opus Dei y yo. Testimonio de Paul Milo.- Isabel Nath

010. Testimonios
Isabel Nath :

Pienso que este testimonio es interesante, aunque sea para mostrar testimonios de otros países menos 'típicos'. El que lo escribe fue aspirante dos años solo, pero dice cosas que van en la misma linea de lo que defienden los que han estado mas tiempo, y tiene el mismo valor. Pienso.

Hay un par de expresiones que no he traducido (nombres propios), porque no entiendo bien a qué se refiere. O yo no sé bastante o son cosas muy americanas. Pero pienso que la mayor parte del contenido del artículo está muy claro.

También he añadido un par de paréntesis con  'notas de la traductora', que me han parecido necesarias como aclaración.

Besos,

Isabel Nath

El texto original en inglés

El Opus Dei y yo

Lo que apartó a este aspirante del Opus Dei no fue la manipulación de la religión, sino su elitista indiferencia hacia los desfavorecidos.

 

Por Paul Milo

 

Salí con unos amigos hace un tiempo y alguien mencionó que acababa de leer el libro de Dan Brown “El Código Da Vinci”, un bestseller que es en parte historia revisionista y en parte una novela de suspense. Mientras mi amiga describía el libro mencionó al Opus Dei, la misteriosa secta de la Iglesia Católica en la vida real, que aparece en un puesto prominente en la novela.

 

Yo inmediatamente me animé y fijando la mirada en ella le dije, “yo pertenecí al Opus Dei”. La mirada que ella me lanzó fue como si un gran silencio llenase la habitación...



Gracias a “El Código”, el Opus Dei es ahora un nombre infame para mi amiga y para otros millones de personas. De acuerdo con Brown, la que fue una vez oscura organización religiosa en su mayoría laica, es un siniestra élite de Scary White Man (Tenebrosos Hombres Blancos) (muchos de los miembros del grupo son de hecho profesionales de éxito), empeñados en preservar una tapadera de 1700 años de antigüedad sostenida por el Vaticano. El ritual de autoflagelación que llevan a cabo los miembros célibes añade un plus de excepcionalidad al relato de Brown.

 

Otros han denunciado que el Opus Dei se sirve de los narcóticos y del lavado de cerebro para engatusar a posibles futuros miembros; algunos de los que han dejado el grupo dijeron que les forzaron a cortar los lazos con la familia y los amigos que cuestionaban las prácticas del grupo. Más inquietante, el fundador del Opus Dei, el sacerdote español Josemaría Escrivá, fue visto por algunos como un Fascista secreto que estuvo ligado al régimen del dictador español Francisco Franco.

 

Yo nunca fui más allá de su círculo más externo y no soy experto en el Opus Dei, pero dudo seriamente de los informes que hablan de historias para no dormir en calabozos de piedra; estoy seguro de que nadie puso nunca disimuladamente drogas en mi Pepsi. Lo que me enganchó a mí fue una droga mucho más potente: el atractivo de formar parte de la élite, de ser un Scary White Man en prácticas. Cuando finalmente dejé el grupo unos años después, no fue porque se me pidió que ejecutase a un enemigo, sino simplemente porque empecé a crecer. Y empecé a preguntarme si ellos no necesitaban crecer también.

 

Encontré al grupo por primera vez a principio de los 80s. No lejos de donde crecí en el norte de New Jersey, había un centro del Opus Dei que reclutaba chicos de octavo curso [nota de la traductora: alrededor de 14 años] de las escuelas católicas de la zona, incluyendo a la mía. Te ofrecían clases y actividades destinadas a atraer a chicos estudiosos con orientación universitaria como yo, actividades como construcción de cohetes espaciales y viajes a museos. Cuando empecé a participar en estas actividades del Sábado por la tarde –salpicadas de pequeñas gotas de formación religiosa- me pareció que estaba siendo evaluado por los que las dirigían y que quizás estaba dando la talla. Sentí como si estuviese solicitando la admisión en la Ivy League.

 

Aquello tenía un grandísimo atractivo para mi. En algún momento de mi vida yo había decidido que llevaría una vida de rigurosa calidad, que sería alguien extraordinario. Pero no tenía ni idea de cómo conseguirlo. Crecí en una ciudad obrera, el típico sitio donde la gente cambiaba el aceite de su propio coche y vivía en casas tan apretujadas que casi podías tocar dos de ellas a la vez con tus brazos totalmente estirados. Todo el mundo a mi alrededor era más simple que un pan. O eso me parecía a mi, que era un desadaptado.

 

La gente que conocí en el Opus Dei sin embargo, estaban cortados con un patrón diferente. El centro al que yo pertenecía era la casa de unos 6 hombres laicos que hacían votos similares a los de las Ordenes religiosas aunque mantenían un pie en el mundo secular. Eran científicos, gente de Wall Street, periodistas de publicaciones prominentes de tirada nacional –la clase de gente que yo sabía que existía solo porque había leído acerca de ellos.

 

Además parecían cómodos con su posición y con su poder en una forma que yo no había experimentado nunca antes. Para mi, ser rico significaba que todo lo que comprabas era brillante como el neón o grande como un Cadillac, y que lo pagabas en efectivo con billetes tan nuevos que la tinta todavía no estaba seca. El Opus Dei sin embargo me enseñó que el dinero podía murmurar lo mismo que gritar.

 

Pero mi atracción hacia el Opus Dei era mucho más que una cuestión de estilo. Los miembros del Opus Dei son tradicionalistas católicos, muy hostiles a las reformas liberalizadoras que trajo el Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia se esforzó por ser más inclusiva. Los miembros atendían a la Misa en pequeñas y opulentas capillas en las que el sacerdote permanecía durante largos periodos de tiempo de espaldas a los fieles, y la liturgia era en latín, como era la norma antes de las reformas de los 60s. Que estos hombres se atreviesen a remar contra la corriente de modernización me sugería que el camino del Opus Dei era un camino de integridad, un faro en la húmeda oscuridad del relativismo moral.

 

Es cierto, tal como Brown describe en su novela, que el grupo es influyente, tanto en el mundo de todos los días como en las estancias doradas de la Santa Sede. A pesar de su reducido número, algunos miembros ocupan lugares de autoridad dentro de la Iglesia, y el grupo claramente disfruta del favor del Papa Juan Pablo II (su portavoz, el Dr. Joaquín Navarro-Valls es un antiguo miembro del Opus Dei). El Opus Dei disfruta de un estatus especial dentro de la jerarquía católica conocido como “Prelatura Personal”. Esta institución está encabezada por un miembro del Opus Dei llamado Prelado, y queda fuera de la estructura diocesana de los obispos, arzobispos y cardenales. En el año 2002, el fundador del Opus Dei, Escrivá, fue canonizado o hecho santo. El proceso a menudo se alarga un siglo o más después de la muerte del candidato. Escrivá alcanzó la distinción antes de cumplirse 30 años de su muerte.

 

En resumen, el Opus Dei me pareció una especie de aristocracia tipo WASP [nota de la traductora: WASP = White Anglo-Saxon Protestant = Blanco, Anglo Sajón Protestante = término con el que se hace referencia a la aristocracia de hecho en US, los que tienen el dinero y el poder] pero para chicos aptos irlandeses e italianos [nota de la traductora: los de tradición católica]. Yo era un extraño entrando allí, y durante un corto espacio de tiempo me pareció que era exactamente lo que quería.

 

Sin embargo cuanto más me quedaba en el grupo, más intranquilo estaba. En parte me di cuenta de que no me lo tome suficientemente en serio como para estar cómodo en la punta de lanza de la reacción católica; no me sentía mucho como un Cruzado, solo como un niño confundido. Empecé a asumir mi obsesión por ser una parte de los elegidos por lo que realmente era: el deseo de un adolescente inseguro por encajar, donde fuera. Gradualmente me fui dando cuenta de que muchos de mis vecinos en mi ciudad de clase obrera, llevaban de hecho vidas muy satisfactorias. A la edad de 16, después de alrededor de 2 años como miembro, dejé el Opus Dei para siempre.

 

 Justo antes de marcharme, me di cuenta de otras cosas del Opus Dei que empezaba a encontrar un poco preocupantes. Para tratarse de una organización religiosa ferviente, había una asombrosa falta de interés por los menos favorecidos. En el año y medio que frecuenté el centro del Opus Dei, el énfasis primordial se ponía en glorificar a Dios a través de una estoica mejora personal, tanto física como intelectual. No puedo recordar  haber sido urgido en una sola ocasión para recoger donaciones para los necesitados o para realizar trabajo de voluntariado en un refugio para gente sin hogar –el tipo de cosas que la parroquia de mi ciudad y la mayoría de las congregaciones religiosas hacen todo el tiempo. También parecían tolerar actitudes racistas, y era poco menos que un artículo de Fe que las mujeres, aunque se les permitía entrar en la Institución, eran de alguna forma menos iguales. Un chico, un miembro de pleno derecho, nos ‘entretenía’ (incluído el sacerdote) con su imitación de un trabajador negro del restaurante que había cerca de su oficina en Manhattan. Las únicas mujeres miembros del Opus Dei que conocí servían las comidas en silencio, con la mirada baja, y después recogían la mesa.

 

No quiero revindicar ahora que actitudes prehistóricas acerca de las minorías y las mujeres me preocupasen mucho, tiempo atrás. Estaba anonadado por la hipocresía de un grupo que revindicaba actuar muy cerca del ejemplo de Jesús mientras parecía aceptar la noción de que sus hijos de piel más oscura y sus hijas, eran de alguna forma algo inferiores a mi.

 

Leyendo “El Código”, está claro que las simpatías de Brown están con una visión del mundo que es más humanista, más inclusiva, que aquella con la que yo tuve contacto en el Opus Dei. Hace veinte años, cuando empecé a examinar mis dudas acerca del Opus Dei, gradualmente me acerqué a ideas cuyo espíritu está reflejado en el libro de Dan Brown.

 

Elitismo y devoción religiosa no se pueden mezclar. En muchos casos, aquellos que luchan por el poder lo hacen solo con el propósito de ser poderosos, por el placer de pertenecer a un club al que solo unos pocos pueden unirse. E incluso siendo unos triunfadores, los Scary White Men (Tenebrosos Hombres Blancos) pueden ser presa de ideas descabelladas.




Publicado el Viernes, 28 julio 2006



 
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