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 Tus escritos: ¿Cómo volver a Dios si se quedaba en la institución?.- Agustina L. de los Mozos

040. Después de marcharse
Agustina López :

Hola a todos,

leyendo ayer el último párrafo del email de Carmen Charo sobre su "alergia" a las normas y demás trato con Dios, creo que es necesario reflexionar por qué, tras los primeros meses de la salida de la Obra, hemos sido muchos los que no queremos o no nos pide el cuerpo ni el alma, volver a pisar una iglesia. Yo entiendo perfectamente a Carmen Charo y si te ayuda en algo, quiero contar cómo está siendo -que aún no lo es del todo- esa especie de reencuentro con Dios que se está produciendo en mi vida.

Yo "sólo" estuve 8 años en el Opus Dei. Muchos pensaréis que ocho años no es nada -como en el tango, "20 años no es nada"- en comparación de los 20, 30, 40 que otros se han dejado en la institución antes de marcharse. Y aquí añado que no se puede medir la intensidad en relación con los años dentro. No creo necesariamente que sea una cuestión de tiempo, sino de ilusión y desilusión, de sueños forjados y de sueños rotos. Tiene razón Milan Kudera cuando dice -creo que es en "La insoportable levedad del ser"- que "una desilusión es una verdad conocida antes de tiempo".

Yo no llegué a institucionalizarme, es decir, no llegué siquiera a formar parte de un consejo local -el primer gran shock que, si se supera, empieza la verdadera institucionalización o si no, te echa para atrás-. Una numeraria de mi mismo centro de estudios, Zurbarán, -ex numeraria ahora, Angeles-, me contaba cuando la dos ya nos habíamos marchado, que su primer destino fue el de subdirectora de un centro y que llegó con toda su entrega e ilusión a practicar aquello de que "los cargos son cargas", que "para servir, servir"... etc. "-Gus, cuando yo me vi por primera vez oyendo cómo se aireaban las confidencias de las que allí vivían y que a la siguiente que le tocaba hablar era a mí, se me mudó la color y se me vino el mundo encima. Todo se derrumbó; se derrumbó la Obra, me derrumbé yo. No pude hablar, no sabía a dónde mirar, me entró un tic nervioso en el pie que movía toda mi pierna; la agenda rodó por los suelos al inclinarme para parar mi pie y como el suelo estaba tan bien encerado me volví a derrumbar físicamente: al suelo silla y yo. Al querer recuperar la agenda, la silla se inclinó conmigo y nos deslizamos ambas por el suelo. Tal era el nerviosismo y el desconcierto. Experimenté mi primer sofoco pre menopaúsico a los 24 años... en fin, que salí del cuarto de la directora diciendo que no me encontraba bien y me fui directamente al oratorio. En el oratorio, arrodillada, jadeante, asustada, me tranquilicé. Y me tranquilicé poco a poco en la presencia de Dios. Me tranquilicé tanto que confirmé que aquel ventilar la confidencia de las que desde hacía unos días hacían la charla conmigo, no era ni honesto ni mucho menos cristiano. Así que salí del oratorio decidida a deshacer aquel entuerto; entré en el despacho de dirección y dije que me iba. Me fui a los dos días, como todos los días, a mis clases en la universidad pero no volví. Necesitaba huir, escapar de ese 'nido de víboras'"... (Lo pongo textualmente porque los orejas tienen su testimonio que próximamente publicarán en la web).

Retomando lo que decía al principio: yo no me institucionalicé. No tuve tiempo. No llevé ninguna charla ni tuve que hablar de la intimidad de otras personas que me la hubieran confiado, por lo tanto no tuve la evidencia absoluta y demoledora de Ángeles. Pero sí se dio una casualidad -las casualidades dicen que no existen, por lo tanto creo que lo que sucedió estaba predeterminado o que Dios me estaba haciendo señales de humo para que saliera huyendo-. Al entrar en el despacho de la directora -creo que para tomar las llaves del coche- vi un folio incrustado en una máquina de escribir (no había ordenadores o computadoras entonces, éramos del siglo pasado...;), vi escrito un informe o reporte de una persona concreta. Hubiera podido "guardar la vista" pero no la guardé. Hubiera podido empotrarme en un armario para no mirar a mi alrededor, pero no se me ocurrió; también hubiera podido despeñarme por la terraza que daba a un garaje para seguir "guardando la vista", pero tampoco se me ocurrió. El caso es que al leer lo allí escrito, sentí nauseas. No porque lo que se había escrito fuera terrible, sino por ver qué se hacía con las confidencias. Ese fue el principio del fin, el sueño roto, la ilusión desilusionada, la decepción.

¿Y Dios qué tenía que ver con todo eso? Pues eso también me preguntaba yo. Mi conciencia me decía que "eso" no era de Dios. Pero a la vez, la "formación" recibida sobre la naturaleza sobrenatural de la Obra, lo de "somos el pueblo elegido", la reflexión del Acetato: "la corrupción de lo bueno es lo peor" -por si a alguno que se fuera se atreviera a criticar algo de dentro-, debidamente explicada en charlas y meditaciones, añadido al infierno seguro por no ser fiel a la Obra, más el de que "ninguno de mis hijos que ha abandonado su camino ha vuelto a ser feliz", más "si una vez se ha visto la vocación, es suficiente"... "Es como ir a la ermita de Sonsoles, se ve al principio de la romería, luego se deja de ver por las montañas, pero sabemos que está ahí; no se ve pero no ha desaparecido..." ¡Dios mío! ¡Qué machaque!. ¡Cuántas puertas cerradas en nombre de Dios! ¿Cómo podría saltarse una la voluntad de Dios si ibas derechita al infierno? Y la frase aglutinadora, la gran frase, la frase de todas las frases, la madre de todas las frases del próximo doctor de la Iglesia: "la infidelidad, hijos, perder la unión con Dios, eso es lo grave" (Escrivá).

Carmen Charo, ahí está el gazapo, el gran gazapo, la gran trampa. ¿Cómo que la infidelidad -no seguir en la Obra- es perder la unión con Dios? ¿Quién se atreve a proclamar que irse de una institución viciada en sus métodos y hasta en sus fines es "perder la unión con Dios"? Pues se atrevió Escrivá y lo esculpió en el subconsciente de todos sus "hijos" a base de machacarlo una y otra vez en todos los medios de "formación", tanto en los que nos fuimos como en los que están.

¡Qué losa, qué cadenas, intentó colocarnos en las espaldas, en los pies, en la mente y en el alma, para que no nos fuéramos y si nos íbamos, ojito! Y nosotros: a llevarlo a la oración, a "hacerlo nuestro" ...Si lo dice el "padre", que es el que nos alimenta espiritualmente, un "padre" que nos quiere tanto, que nos ha engendrado -muy esclarecedor tu escrito de ayer E.B.E.-, ¿cómo nos va a engañar? El Evangelio quedaba desfasado porque estaba Escrivá con su clarividencia y con sus apariciones supuéstamente místicas, que venían a enmendarle la plana. Y nosotros nos creímos que eso era de Dios. El Dios que, una vez que nos fuimos de la Obra, parecía que se quedaba allá, con Escrivá y la institución. Nosotros éramos los que nos perdíamos en las tinieblas. Nosotros volvíamos al mundo pero ellos eran los que se quedaban con Dios. ¿Y cómo volver a Dios si Dios se quedaba en la institución? He ahí el proceso de reconstrucción para muchos ex miembros del Opus Dei.

Dios se salió con cada uno de nosotros; no se quedó dentro porque dentro no estaba. Pero no lo sabíamos. Aún fuera, seguíamos teniendo los condicionamientos de la "formación" recibida. Llevábamos 1.000 capas de pintura, una encima de la otra, (meditaciones, charlas, cursos de retiro, vídeos, tertulias, cursos anuales...) que nos impedían ver NADA. Y lo primero que muchos quisimos fue quitar al Opus de nuestra vida pero pensando que así, inevitablemente, también quitábamos a Dios, porque el Dios del Opus no era compatible con la vida ni con la salud mental y espiritual, ni con la religión, ni con la Iglesia, ni con la alegría, ni con nada que nos reconciliara con las ansias de ser buenos cristianos -que no nos las puso la institución sino que ya estaban ahí dentro antes de que la institución apareciera-, pero que logró confundirnos lo suficiente para no poder separar una cosa de otra.

Pero ese proceso de reconstrucción no se consigue de la noche a la mañana. No hay tiempos prefijados. El duelo o la reconstrucción tiene su "tempo" para cada uno.

Carmen Charo: hace más de 20 años que me fui de la Obra y sólo hace 3 semanas, un domingo, he vuelto a ir a Misa (fuera de bodas, funerales y primera comuniones). Pero no fui a Misa ese domingo para cumplir con el precepto dominical ni fiestas de guardar. Fui porque casualmente -esas casualidades que proporciona la web aunque las casualidades no existen-, había quedado en recoger a la salida a nuestro amigo Alfredo, que había venido a Madrid.

Llegué antes de tiempo y me metí en la iglesia. Era una misa para los niños; el cura les hablaba, ellos se reían, yo también me sonreía con ese intercambio de preguntas y respuestas. Y allí no había nada que me recordara al Opus; era yo la que llevaba el sello "opus" o lo que quedaba de él, temiendo que su fantasma reapareciera. Después de ¡¡20 años!! una misa era una misa o entrar a una iglesia era señal de sentirse bien y en paz. No apareció la referencia a "nuestro padre" en la homilía; ni la referencia a sus milagros, ni a las vocaciones ni al proselitismo, ni a las correcciones fraternas, ni a la "unidad" ni al "buen espíritu", ni a las normas, ni al minuto heróico. No había ninguna cruz de palo, había un crucificado -Jesucristo- en su cruz. Y me regresé a mis 16 años, meses antes de conocer la Obra, y me sentí cercana a ese Cristo. Los años que me robó el Opus de trato con Dios o lo que yo creo que era Dios "antes de" y ahora, "después de", me los deben o se los deben a Dios. No sé a qué Dios recé o con el que me sentí a gusto -hoy he leído en un periódico que sólo un 17% de la humanidad es católica- así que ni sé qué Dios me acogió (pienso que todos a los que cualquier ser humano se dirija). ¿Y sabes qué? Que gracias a la web y a todo lo que todos escribís para salir de donde nos dejó la pobreza mental y espiritual del Opus, yo inicié mi camino de reconstrucción. Con la web he entendido que el opus fue el obstáculo entre Dios y yo porque, mientras siguiera identificándoles remotamente con mis ansias de un más allá, no había nada que hacer.

No me he fijado ir a misa todos los domingos pero sé que si voy a una iglesia un día cualquiera, ¡gracias a Dios! ya no va a rondar el Opus en mi cabeza ni en mi alma. He echado al Opus de todas las iglesias. Y llevo un par de meses rezando un Ave María antes de dormirme por un amigo de la web que lo está pasando mal por problemas familiares. ¿Y sabes qué? ¡Que no tienen que ser 3 avemarías con los brazos en cruz ni hay que rociar la cama -para nosotras era la tabla-, con agua bendita! Y si se me olvida una noche porque me he tomado un par de copas, la rezo cuando me despierto. ¿Y sabes qué? Que no es pecado ni falta, ni tengo que apuntarlo en la agenda. Increíble, ¿verdad? Así es la vida después del Opus. No hay nadie que interesadamente te diga qué es "lo mejor", como dice Ruiz Retegui en el escrito que colocaron ayer los orejas.

Ese domingo de hace tres domingos, comimos Alfredo, Maque y yo. Luego vino Javier (el mandamás de la nueva web) y charlamos y nos reímos y nos conocimos y brindamos. Y Dios -el Dios que cada uno ha recuperado- brindó con nosotros.

Un abrazo,
Agustina López de los Mozos Muñoz


Publicado el Viernes, 06 febrero 2004



 
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