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 Tus escritos: La prelatura, dicen... (Alguien sabe... Cap.17).- Satur

070. Costumbres y Praxis
Satur :

Capítulo 17 de '¿Alguien sabe qué es el Opus Dei?'
Enviado por Satur el 25/1/2004

La prelatura, dicen, ha clarificado mucho nuestra condición de hombres de la calle. Y lo escriben convencidos: somos hombres de la calle sin votos, ni promesas. Nosotros nos comprometemos a vivir las virtudes cristianas por nuestra honradez de cristianos. Y voy yo, y me lo creo. Y resulta que como tengo un compromiso de vivir el celibato, por ejemplo, si tuviera la desgracia de cometer una falta grave sobre el particular y no tuviera más narices que confesarme con un sacerdote que no fuera de la prelatura, me dicen que debo advertirle que tengo un compromiso de vivir el celibato carapato, pero para no dañar la imagen de la obra -sería una injusticia que ese pobre sacerdote dedujera por la culpa de uno la de toda la opus de Dios, tan maja y perfecta ella-, pues no tiene porqué aclarar su pertenencia a la prelatura. Triple salto mortal con tirabuzón y barroquismo planetario. O sea, he de aclarar que tengo un compromiso, pero ni mú de que pertenezco a la obra del Omnipotente.

Y, en una casuística digna de la Thorá de Caifás, del libro de estilo de Anás, aclaran. "Si uno va a una casa de latrocinio y tiene una caída con una geisha, debe de confesarse normal, como cualquier tipo, porque no hay compromiso sobre la castidad, no debe de especificar su pertenencia a la obra o de haber adquirido un compromiso". Vale. Pero, si uno sale con una compañera de trabajo todos los días a tomar café con churros y, encima, le acompaña a casa, y se ve que está apegadete, el pobrín, aunque no hubiera caída grave en materia de castidad, entonces... entonces, sí debe aclarar que tiene un compromiso de celibato y que se lo está pateando. Lo mismo con el compromiso de vivir la pobreza, o el de velar por la unidad de la obra, o el de consultar libros.

- Avemaría purísima.
- Sin pecado concebida. ¿Qué tienes higo bío?.
- Pues que estoy saliendo con una chica.
- ¿yyyyyyy...?
- Pues eso, que estoy saliendo con una chica y no debería de salir.
- Pero, a ver, tú ¿de qué te confiesas, higo bío?.
- De salir con una compañera de trabajo, le acompaño a la puerta de su casa algún día y nos tomamos un café con churros en una cafetería, aunque eso no siempre.
- ¡¡¡Halaaaaaaa, qué fueeeerte!!!. ¿Y qué pasa con la chica, eh?
- ¿Con la chica?, nada.
- Pero eso no es de pecado de suyo. Salir con una mujer, además un tipo tan bien plantado como usted, es muy normal. Debe encontrar una chica que le ame y sea la madre de sus higos.
- Pero es que tengo un compromiso.
- ¿Un voto?.
- ¡¡¡¡¡¡¡ NOOOOOOOOOO!!!!!¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!!! Nada de votos, un compromiso.
- Un compromiso, un compromiso, pero usted se confiesa como que es algo que pesa sobre su conciencia y que a nadie normal le arguye de pecado, ¿eeehhh?.. .como si fuese un voto.
- ¡¡¡Que NOOOOOOOOOO!!!, ¡¡¡mire que soy de agobio fácil y me cabreo, eh?!!!, ¡nada de votos!, es un compromiso que me hice a mí mismo. Nada, que me dio por allí un día y dije "voy a comprometerme en vivir el celibato carapato". Soy así de piadoso. Es de origen, como si dijéramos.
- Pero, ¿usted pertenece a alguna institución?.
- No, no, es algo mío. Un chute, como si dijéramos.
- Pues nada, de penitencia te vas al Cotolengo y que te ingresen. ¿Valeee?.
- Vale.

Una de las charlas más complicadas de dar era sobre qué hacer y decir, como comportarse, si uno tenía la desgracia de cometer un acto en contra de los compromisos adquiridos y tenía la necesidad, y no quedaba más remedio, que confesarse con un sacerdote que no fuera "buen pastor" para nosotros. Muy de la calle, muy normal, muy de tío corriente.

Es, quizás, parte de esa estructura de pecado: el decir cómo debo comportarme, qué debo decir, qué debo callar para que la obra quede siempre muy bien. Negar la libertad de confesarme con quien quiera, libertad que defiende la Iglesia, y dudar, de que otros guarden el sigilo sacramental -¿se llevarían una mala imagen de los demás fieles de la prelatura?... y, ¿qué pasa?, ¿que el sacerdote va a salir del confesionario y se va largar a la sacristía diciendo "¡¡¡ joéééé con los del opus, vaya pájaros!!!?, pues no lo veo, porque también se llevarían una mala imagen de los que no son fieles de la prelatura; ¿o no está escrito que la confesión está hecha para los pecados mortales y que "conviene" decir también los veniales?. Y todos sabemos la materia de los pecados mortales. Y dudar de la madurez y sensatez de un sacerdote, sea diocesano o Capuchino Remangado y Descalzo, y de la eficacia del sacramento, añadiendo un peso en la conciencia del penitente me parece, contri menos, un pasote. Grave asunto.

Una anécdota, aunque no tiene nada que ver con el asunto que se ha tratado, pero asín echamos unas risas un lunes de lluvia... Bueno, no tiene que ver, y sí tiene que ver, porque en la obra, como todo está reglado, escrito y perfectamente claro, pues nadie piensa por sí mismo y, claro, se obedece y a veces pasa lo que pasa. Me lo contó un sacerdote testigo del hecho. Como me lo contó, lo cuento.

Al parecer, le explicaron a una numeraria auxiliar que se estrenaba en las lides del servicio en mesa en una casa de mayores cómo debía realizar la tarea.

- Mira, Conchita -le explicó la administradora-, cuando oigas la campanita sales al comedor. Primero sirves al director, es el que tiene la campanita a su lado, después al sacerdote, es el que lleva una sotana negra, y luego a los demás comensales, son los que están sentados alrededor de la mesa. Atiende bien; se sirve por la izquierda de cada comensal, con la bandeja también sobre tu mano izquierda, y la mano derecha en la espalda. ¿OK?, entendidos.

- Sí, señorita. Y, además, encomendando.
- ¡Muy bien, Concha, encomendando!. A ver, repite.
- Se sirve por la izquierda de cada señorito, con la bandeja también en la mano izquierda, y la mano derecha en la espalda. Y encomendando.
- Muy bien, Concha... y encomendando a cada uno, ¿vale?.
- Vale, encomiendo.
- Yo también encomiendo.

Total, suena la campanilla,¡¡¡piticlín, piticlín!, y sale la auxiliar más contentina que ná, y algo nerviosa (era la primera vez). Se planta al lado del director y recuerda los pasos: a su izquierda, con la sopera en la mano izquierda... ¿y la derecha?, pues en la espalda... ¡¡¡¡PERO LE PONE LA MANO EN LA ESPALDA DEL DIRECTOR!!!, en plan "paisa, colegui, ponte un buen cazo, machote, que esto está chachi". Como lo cuento. Al tipo le dio un escalofrío racoide que parecía Juana de Arco mirando un mechero. No reaccionó. Se sirvió una cucharadita de sopa y decidió que siguiera turno. Al cura.

Llega al cura y lo mismo, por la izquierda, con la sopera en la mano izquierda, y la derecha, ¡patapám!, a la espalda del cura. La peña, que ya estaba a la guay de lo que pasaba, se echa a reír, el cura da un salto, como si le hubiesen servido una pitón vivita y coleando, y le dice a la auxiliar.

-¿Pero esto que é de lo que é?, ¿qué pasa aquí?.

Y la pobre salió en retirada a la cocina. Se oyeron gritos, lloros desconsolados, ayes de dolor y vergüenza... y al poco, sonó el timbre de comunicación. De vuelta, el director, dijo que todos fuera del comedor porque la administración dejaría la mesa ya servida.

Nunca más se supo de Concha.


Publicado el Lunes, 26 enero 2004



 
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