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 Correos: El principio del fin.- José Antonio

010. Testimonios
José_Antonio :

EL PRINCIPIO DEL FIN

Decir que tuve una "premonición" no sé si será acertado, pues la imaginación da tantas vueltas cuando uno está preocupado, analiza tantas ideas, que muchas veces es difícil colocarle luego, con acierto, la etiqueta de "premonición". Pero, desde luego, fue providencial, pues de otra manera me hubiera costado muchos años tomar la decisión de irme.

Estaba yo en el segundo curso del centro de estudios, y me encontraba con bastantes problemas para asumir un espíritu y una forma de vida que no se correspondían con la información que la institución me había facilitado con anterioridad. Me refiero a las situaciones y contradicciones descritas con tanta claridad por E.B.E. en "Las redes de la barca del opus dei" (31-12-03).

Además, con tanta ocupación y preocupación de orden espiritual, mis estudios universitarios, que antes seguía con la necesaria dedicación y buenos resultados, se convirtieron en algo que me parecía superior a mis fuerzas, algo que me agobiaba, algo sobre lo que había perdido el control, y cuyos resultados dejaron de ser buenos.

En esos momentos no era capaz de darme cuenta que lo que me agobiaba en realidad era el opus dei, el cual había ido tomando el control de mi vida y de mi conciencia.

Pues bien, en esas circunstancias, un día de otoño, me pasó por la cabeza una idea sin mucho sentido, concretada en una frase: "Si te fueras al servicio militar se acabarían tus problemas" (en aquellas fechas el servicio militar era obligatorio).

En ese momento no le dí importancia, y desde luego no entraba en mis planteamientos conscientes irme a realizar el servicio militar. Simplemente pensé, con una sonrisa: ¡qué cosas se le ocurren a uno!...

Pero en la siguiente Navidad me llamaron mis padres por teléfono y me dijeron que, por unos problemas burocráticos en la solicitud de aplazamiento del servicio militar y debido a varios cambios de domicilio de mis padres (que fueron la causa de que no les llegasen varias notificaciones relativas al asunto), les habían avisado del ejército que el 10 de Enero del año entrante tenía que incorporarme a filas sin más remedio, o mandarían a la policía a buscarme.

Me quedé perplejo, tanto por la trascendencia de la noticia (que me obligaba a partir hacia tierras lejanas durante más de un año, abandonando mis estudios universitarios y el centro de estudios), como por el recuerdo de habérseme pasado por la cabeza la idea antes mencionada.

El 10 de Enero me incorporé al servicio militar a unos 1.000 kilómetros de mi centro de estudios.

En esas lejanías me di de bruces con la realidad.

En la cabeza, presa en las redes del opus dei, llevaba muchas ideas sobre el opus dei, muchas ideas en las que había sido adoctrinado y que, de buena fe, creí. Hasta que llegó ese momento siempre había creído todo lo que había oído dentro del opus dei. Incluso disculpé engaños que en su momento interpreté benévolamente como errores cometidos por ciertas personas, pues aún consideraba que Dios estaba detrás del asunto de mi supuesta vocación y que la institución estaba libre de culpa.

Tenía bien sujeto el llamado "espíritu crítico", de manera que mi inteligencia rechazaba a priori todo pensamiento que pudiera poner en tela de juicio cualquier aspecto de la doctrina recibida. Y todavía no había tenido tiempo ni ocasión de experimentar y valorar por mí mismo la realidad.

Entre las ideas que llevaba en la cabeza estaba la de que éramos una familia, y que, nuestra madre, la Obra nos atendería donde quiera que estuviéramos. Esta era una de las pocas obligaciones que al parecer la institución asumía expresamente para con sus socios.

En la ciudad donde finalmente fui destinado por periodo de un año no había centro estable del opus dei, yo era el único numerario, y a los supernumerarios se les atendía desde un centro de otra ciudad lejana, cuando podía venir un sacerdote o un director para ese menester.

Quiere ello decir que, de entrada, desapareció para mí la charla semanal y la confesión. Además había otro dato que dificultaba todavía más el cumplimiento de esas normas del plan de vida: mi horario militar no solía coincidir con las esporádicas visitas del sacerdote o del director de turno. De tal manera que la charla o la confesión las realizaba cada mes o mes y medio.

Y mi trató con cualquier otro socio del opus dei llegó a ser algo absolutamente excepcional. Me pareció que en la práctica los supernumerarios de aquella ciudad no se consideraban familia mía. Lo cierto es que prácticamente no tuvimos trato más allá de un mero saludo de compromiso.

De ésta manera se fue produciendo un alejamiento entre mi persona y el opus dei del que yo no era responsable de ninguna manera.

¿De quién era la responsabilidad de esa situación? Inevitablemente venían a mi cabeza las ideas de que el opus dei era una familia, y de que el opus dei se había comprometido a atenderme donde quiera que estuviese... Algo estaba fallando y no era yo. ¿Qué era lo que fallaba? Fallaba la realidad. No cabía duda, frente a la doctrina recibida, la realidad se imponía inexorablemente.

Como es lógico, a los pocos meses de encontrarme en ésta situación había desaparecido mi confianza ciega en los criterios de la obra, de manera que empecé a pensar por mi cuenta y a contrastar la teoría, las diversas teorías y criterio, entre sí y con la realidad. Ya no me fiaba de la pura teoría o del simple criterio porque en cualquier momento podía descubrir -ya lo había experimentado- que no existiera la correlativa realidad.

Empecé a analizar mi vida en el opus dei, desde mi llegada, sin el prejuicio de suponer que la Obra nunca se equivoca.

Me atreví a mirar por encima de los muros de idas que a mi alrededor había levantado el opus dei, y empecé a ver la realidad tal cual era.

Empecé a recordar algunos dichos y hechos que, bajo ésta nueva perspectiva -con un saludable espíritu crítico que el opus dei prohíbe sistemáticamente a sus socios- tenían un significado muy distinto al que yo mismo les daba de muros para adentro.

Así, volví a analizar hechos, teorías, situaciones y vivencias. Comprobé que había ideas contradictorias, así como afirmaciones y planteamientos teóricos sobre la institución y sus socios que no se materializaban en la realidad, o que la realidad estaba muy lejos de la teoría.

Por otra parte, mi realidad en ese momento era muy sencilla: el opus dei no estaba cumpliendo su obligación de atenderme espiritualmente, y además, en contra de lo que me habían dicho, no éramos una familia.

Me consideré liberado moralmente y, gracias a Dios, tomé la decisión de irme del opus dei.

PD: No doy el nombre de la ciudad porque es pequeña y serían fácilmente identificables los supernumerarios aludidos, a los que no pretendo perjudicar de ninguna manera. Si llegan a leerme, reciban un cordial saludo y sepan que les estoy agradecido por haberme ayudado a ver la realidad y, en consecuencia, a salir del opus dei.

José Antonio


Publicado el Martes, 06 enero 2004



 
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