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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (y XVI).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

 

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (y XVI)

 

Para entender el porqué de que alguien termine así de mal en la Obra hay que retroceder en el tiempo hasta el principio.

¿Por qué entré en el Opus Dei? Fueron muchos factores. En mi casa no se practicaba la religión de manera constante, ya he contado que mis padres no eran para nada religiosos y sólo asistían a la iglesia para las cosas sociales (bautizos, primeras comuniones, bodas y funerales). La secundaria y la preparatoria las hice en escuela católica (de los Legionarios de Cristo), y aunque había ido al catecismo para hacer la primera comunión, no fue hasta que tuve clases formales de religión en la escuela cuando verdaderamente me acerqué a las prácticas piadosas. En ella encontré el consuelo que necesitaba porque a pesar de ser una niña que aparentemente lo tenía todo, vivía terriblemente sola con un papá que viajaba por su trabajo tres cuartas partes del año, una mamá que nunca estaba en casa porque se la vivía haciendo su vida y con una hermana menor con quien no me entendía para nada y, desde que recuerdo, mi mamá nos hacía competir entre nosotras. Nunca nos llevamos bien, todo lo contrario. Ya de adultas nos toleramos, pero nada más. Desde muy pequeña me sentía terriblemente sola y lo peor es que no me sentía ni querida ni aceptada. Tenía una enorme necesidad se sentirme amparada. También se puede estar desamparado aún cuando vives en un palacio lleno de personas...



Para mí, el Opus Dei era esa familia que tanto necesitaba. La mamá y el papá que tanta falta me hacían. En la Obra me hacían caso, me sentía parte de algo y además, inocentemente pensaba que al estar más cerca de Dios (cumpliendo normas todas las horas que estaba despierta, todos los días del año), Él se apiadaría de mí y me haría la vida más fácil. Recuerdo que siempre decía en mis oraciones: “Dios mío, por favor haz que me pasen cosas bonitas y felices”. Con el paso del tiempo comprendí que la felicidad no depende ni de Dios, depende de uno mismo. Tampoco valió la pena esa ‘seguridad’ que me daba la Obra, porque ninguna cantidad de seguridad vale el sufrimiento de una vida mediocre encadenada a una rutina que va matando poco a poco tus sueños, tus ideales, tus anhelos… y termina por aniquilar lo más sagrado que hay en ti: tu libertad.

Gracias a Dios me fui del Opus Dei a tiempo, antes de que acabara conmigo por completo. Mi salida fue doblemente traumática porque dejé al mismo tiempo dos cosas que pensaban que me daban seguridad: mi matrimonio y a la Obra. He tenido que recomenzar de cero. He tenido que aprender a vivir en libertad porque, aunque parezca una burrada, cuando llevas tantos años de vivir en la coacción, debes de aprender a acostumbrarte a ser libre. También tienes que acostumbrarte a las cicatrices que te quedan, porque de cuando en cuando vuelven a doler y debes estar consciente de que nunca se van a borrar del todo.

¿He fracasado en la vida? ¿Soy una traidora? ¿Me he vuelto una libertina? ¡Claro que no! No creo que nadie pueda decir que fracasó en la vida ni por divorciarse ni por dejar el Opus Dei. Si uno va por una carretera, y en un punto la encuentra insegura y peligrosa, lo lógico es que cambiemos de ruta, esto es lo mismo. NO ES NECESARIO, NI LÓGICO, NI SENSATO TOMAR EL CAMINO MÁS AGRESTE PARA LLEGAR A NUESTRO DESTINO. Pienso que la vida es un viaje en el que venimos a acumular experiencias que al final son las que nos hacen mejores o peores, o sea, que hacen nuestra alma más o menos perfecta. Según nuestra elección tendremos esas experiencias buenas o malas, que nos den dicha o nos hagan sufrir, en eso consiste el libre albedrío. Mientras nuestra libertad esté mejor educada, tomaremos mejores decisiones.

Lo que no creo es que el sufrimiento nos perfeccione en nada. Esa es una deformación moral típica de la tradición judeo-cristiana. El sufrimiento a lo único que nos ayuda es a apreciar mejor nuestra dicha, no sirve para otra cosa, y por eso Dios lo permite algunas veces, pero eso de estarlo buscando uno mismo, se llama masoquismo. Tampoco creo que el procurarnos sufrimiento nos haga más santos o mejores en nada, al contrario, me parece que es quitarle el mérito al sufrimiento de Cristo en su Pasión. Una cosa es practicar la sobriedad y la templanza y otra muy distinta es mortificarte sin piedad. Él, Jesucristo, no vino a pedirnos que sufriéramos, vino a enseñarnos a AMAR (y tan mal que hacemos lo único que expresamente Él nos pidió). Justamente sufrió para que nosotros no tuviéramos que hacerlo, de lo contrario, hubiera dejado claro que todo buen cristiano debía morir crucificado. Haber elegido dejar de sufrir no es un fracaso, al contrario, es un acierto total.

No me considero una traidora por haber dejado el Opus Dei, sencillamente porque nadie está obligado a guardar una lealtad a nada ni a nadie que nos obligue a traicionarnos a nosotros mismos. La Obra es traidora por naturaleza y te empuja constantemente a traicionar a todo y a todos (a tu ética personal, a tu verdadera familia, a tus amistades y a todo cuanto puede para someterte a su tiranía). El Opus Dei me traicionó con sus mentiras y sus abusos, yo sencillamente dejé de permitirlo. Los seres humanos debemos aprender que está bien seguir con nuestro camino cuando una persona, un sitio o una situación nos hace sentir que vamos en contra de nuestra naturaleza. La traición es algo horrible en cualquier circunstancia, pero traicionarse a uno mismo es la peor perfidia que uno puede cometer. Si fui una traidora, fue durante todos los años que pertenecí a la Obra, porque muchas veces me traicioné a mí misma. Me ha costado mucho perdonarme por ello.

Tampoco me  he vuelto una libertina. Desde que me divorcié sólo tuve una pareja que se murió hace algunos años. No ando por la vida buscando novios ni amantes. Ni siquiera tengo considerado volverme a casar o a vivir con alguien principalmente porque no me he podido quitar el terror de tener a mi lado a alguien que me haga sufrir, así que tendría que llegar a mi vida un hombre con una ternura exquisita –que no se si exista- para convencerme de abandonar mi tranquilidad y mi libertad que me hacen tan feliz para intentar recorrer la vida en compañía de alguien, y no volvería a aceptar menos de lo que doy. A estas alturas yo ya no estoy ni para sufrimientos, ni para traiciones ni para desamores y la verdad es que me gusta mucho eso de hacer lo que se me da la gana. No voy a estar con nadie sólo por sentirme acompañada, porque en esta aventura de recuperar mi vida, he aprendido a conocerme y me siento completamente cómoda y contenta con mi propia compañía y en el colmo de la soberbia he descubierto que me caigo muy bien y me divierto mucho conmigo misma. Mi fe me sigue sosteniendo, sigo rezando y practico algunas normas de piedad, sólo las que me dan paz y las hago como se me da la gana y cuando se me da la gana. La verdad es que la Iglesia como institución me da bastante susto y mi relación con ella es demasiado cautelosa, y perdón por la franqueza, pero creo que ahí dentro, en los altos mandos hay muy pocas personas de bien. De otra manera, ¿cómo se entiende que permita los atroces atropellos que cometen muchísimas instituciones fuertemente ligadas a ella? Más que religiosa, me considero una persona muy espiritual. Procuro ir por la vida sin hacerle daño a nadie y si en mi mano está ayudar o darle una alegría a alguien lo hago encantada de la vida. Están conmigo quienes me conocen y me quieren y me aceptan tal y como soy y me siento agradecida y afortunada por ello. He podido recuperar amistades de quienes me distancié por ser de la Obra y eso es de las mejores cosas que me han podido pasar, para mí, esas amistades junto con mis hijos son mi verdadera familia.

He aprendido a no permitir que nadie me ofenda, ni me lastime ni me moleste. También he aprendido a perdonar cuando me han pedido perdón y trato de no guardar rencor a nadie, cosa que me cuesta algo de trabajo debido a mi naturaleza apasionada. Comprendí que la única persona que puede ver por mi soy yo misma, y aprendí que el amor propio es el primer amor al que debemos de aspirar las personas, si no lo tenemos, difícilmente podemos amar a nadie más. También aprendí que uno puede estar en el pozo más profundo, pero que siempre encontrarás una cuerda que te ayude a salir de él, sólo hay que tranquilizarse y tener un poco de paciencia para poder encontrarla.

A todas las personas que terminan hoy su historia en la Obra, que sepan que aún les queda un camino de reconstrucción por delante que durará toda la vida, que quizá vean las cosas muy negras a ratos, y que estén conscientes de que el camino de salida tiene luces y sombras, y que cuando pasas por los períodos de oscuridad, lo mejor es dejarlos fluir para que no te hagan más daño del necesario.

Hasta aquí mi relato. Ha sido duro, he vuelto a llorar al escribir algunos pasajes, pero ha sido una experiencia sanadora. La vida continúa, y yo tengo la intención de seguir viviendo en paz, con alegría, riéndome a carcajada suelta cada vez que puedo, tomándome un martini por las tardes y algunos tequilas de vez en cuando, rodeada de las personas que quiero y admiro y con el mínimo sufrimiento posible, haciendo todas las cosas que me gustan y pasándomelo lo mejor que pueda, y eso es lo mismo que deseo para todo el mundo.

Creo que tanto con el relato de Lupe como con este, ya quedó claro que la vida de las supernumerarias no es ni más fácil, ni más light, ni menos intensa que la de los numerarios. La Obra no sólo destruye a los supernumerarios al igual que a los numerarios y agregados, atenta incluso contra las familias de estos.

Por el momento, es todo lo que tengo que contar. Esta serie de relatos me ha dejado exhausta. Ojalá todo esto que escribimos aquí sirva de testimonio para que algún día nos encontremos con la buena noticia de que las autoridades han decidido intervenir y poner al Opus Dei en su sitio.

Si alguien quiere escribirme puede hacerlo a salypimientalaencomendada@hotmail.com. Ya había tenido un correo que tuve que cerrar por la cantidad de mails insultantes que me llegaban de dentro de Casa, espero que esta vez los fervientes defensores de la prelatura contengan su celo, se comporten como personas decentes y se abstengan de enviar cosas desagradables.

Mientras tanto les dejo besos y abrazos a todos con mucho cariño.

Salypimienta.

F I N

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Publicado el Lunes, 19 marzo 2018



 
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