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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XV).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XV)

 

Era el festejo del 14 de febrero, lo clásico en el centro: meditación, brindis con aperitivos y tertulia. La familia numerosa y pobre con lazos más fuertes que los de la sangre tiene clasificadas las fechas de celebración como si se tratase de los asientos del tren: Fiesta A (primera clase), Fiesta B (segunda clase), y así. Como si eso fuera lo clásico en las familias normales. No me voy a poner a explicar esos bodrios de festejos porque ya lo he hecho en muchas ocasiones. El caso es que ese 14 de febrero yo estaba muy mal…



El papá de mis hijos me dijo que se iba de viaje de negocios y por mala suerte descubrí que se fue con otra mujer a pasar el fin de semana largo, la verdad es que fui al festejo sólo por no quedarme en la casa rumiando mi desolación. Para mi sorpresa me encuentro con la nume-nazi aquella a la que tanto aborrecía, no sé qué hacía allí. Me saludó con su sonrisa más hipócrita y me comentó que no debería usar pantalones en los festejos -traía yo un traje sastre de lo más serio y propio-. De verdad me salió del fondo del alma cuando le contesté que ella debería de meterse en sus asuntos personales y de paso, que debería de dejar de vestirse como monjita (lo peor que le puedes decir a una numeraria). La cara que puso fue memorable. Estaba junto a mi otra supernumeraria a quien también la amargada esa le hizo un comentario desagradable. Nos quedamos las dos con malestar. Para romper el silencio incómodo en el que nos dejó, la otra me comentó de una página que le habían recomendado que se llamaba Opuslibros, que la había leído la noche anterior y que estaba con el ojo cuadrado de todo lo que había leído. Me dejó tan intrigada que hasta apunté el nombre en un papelito.

Aquel día fue horrible. No podía dejar de pensar en que me estaban poniendo los cuernos. Necesitaba como nunca sentirme querida y apreciada, me hubiera gustado que me llevaran a algún lugar bonito a festejar San Valentín, no sé, que me dieran una flor o unos chocolates, en cambio me tenía que conformar con asistir a una reunión aburridísima para no volverme loca pensando en que otra estaba en mi lugar con mi esposo. Hacía mucho tiempo que nadie me festejaba no sólo San Valentín, ni siquiera los cumpleaños ni los aniversarios. A él, le parecía de lo más cursi festejar cualquier acontecimiento. Me sentía de verdad muy triste. Por la noche, cuando los niños ya estaban en la cama, me encontré con el papelito de la dirección de la página. Encendí la computadora y teclee la dirección y la verdad que fue casi algo mágico. Siempre se dice que cuando se cierra una puerta, Dios abre una ventana. A mí se me habían cerrado todas las puertas, no encontraba ninguna salida… y Opuslibros fue esa ventana.

Creo que por varios días no dejé de leer la web. Estaba impactada de lo que leía. Yo tenía el cargo de conciencia que era mi culpa todo cuanto me pasaba con respecto a mi vocación a la Obra. Cuando me di cuenta de que muchas personas sentían lo mismo que yo, sufrían por lo mismo que yo y pensaban lo que yo pensaba. Sentí que el alma me regresaba al cuerpo. Así tal cual. Fue como si se iluminara una habitación oscura en la que sólo había podido adivinar lo que había o verlo entre sombras y viera todo clarísimo. Me di cuenta de que sólo irradiando tu propia luz puedes contrarrestar la oscuridad (¡qué bárbara con la cursilería!... pero así fue).

Durante varios meses me dediqué a leer Opuslibros. No me atrevía a escribir. Aún me encontraba en ese proceso en que te quieres salir pero no sabes cómo, en que dejas pasar el tiempo a ver si las cosas se acomodan o mejoran. Fue hasta mediados de agosto de ese año cuando me atreví a escribir la primera vez, y fue justo en esa semana que salí de un centro del Opus Dei por última vez.

Dejé de acudir a los medios de formación poco a poco, inventaba todo tipo de excusas y pretextos. Iba a círculo muy de vez en cuando porque me remordía la conciencia dejar de hacerlo sin haber salido de la Obra. Ahora me doy cuenta de que ‘in pectore’ había salido años atrás, desde que me comencé a cuestionar todo cuanto me decían. En ese momento dejas de pertenecer aunque pienses que sigues dentro.

Ya he contado hace muy poco (Supernumerarios VIII) del día que salí del centro con la firme intención de no volver. Ese día sucedieron los acontecimientos que fueron la gota que colmó el vaso de un proceso que llevaba germinando mucho tiempo en mí.

La cosa no iba a ser tan fácil como yo pensaba. Después del día aquel, dejaron pasar unas pocas semanas, y un día, como que no quiere la cosa, me llama mi directora muy mona para decirme que para el festejo del 2 de octubre me tocaba llevar una botella de vino blanco y un aperitivo salado. De verdad que sentía cómo me subía y me bajaba la sangre del cuerpo, no te preguntan si quieres o puedes, sólo te ordenan. Recuerdo que le dije:

-Mira Fulanita, conmigo no cuenten para el festejo y para nada. Yo no quiero volver a saber nada del Opus Dei. Y le colgué el teléfono.

Unos días después me llamó la vocal de San Gabriel diciéndome que teníamos que vernos, yo le dije que no quería ver a nadie, pero como teníamos una amistad (eso pensaba yo) me convenció. La charla fue horrible, veladamente me amenazó de las represalias que se podían tomar conmigo, podían hacerme la vida imposible con lo que más me importa: mis hijos. Me dijo que lo pensara bien porque me podía pesar de por vida. Nunca pensó que yo, como los toreros, nunca doy un paso para atrás ni para agarrar vuelito y ante cualquier amenaza, igual que Napoleón, creo que la mejor defensa es el ataque. Me arranqué a tirarle un rollo sobre que como se metieran conmigo o con mis hijos o con cualquier cosa que me importara, iba a arder Troya con las cosas que era yo capaz de hacer y se las enumeré una por una. Me levanté y me fui… azotando la puerta (ahora tengo más cuidado con las puertas, ellas no tienen la culpa de mis enojos). No es fácil que yo pierda los estribos, pero cuando sucede soy tan bravucona que hasta a mí me da miedo. Debe de haber surtido efecto, porque nunca ha pasado nada, y espero que sigamos así, porque mis amenazas desde luego que siguen en pie (sólo por si las moscas).

Cada semana recibía llamadas de personajes ilustres de la institución a quienes les llegué a colgar el teléfono. Una vez se presentó un sacerdote de Casa y le dije que no tenía nada que hablar con él y que se fuera. Me amenazó en que se quedaría allí hasta hablar conmigo y yo lo amenacé con llamar a la policía. Yo estaba en el peor plan posible, y lo más grave era que lo estaba disfrutando. Ya no sentía el más mínimo respeto por la institución, ni por las personas que ejercían cualquier tipo de autoridad en ella.

Un día me llamó una supernumeraria muy amiga mía y no me pude negar a ir a tomar un café con ella. Me dio una carta y me pidió que la leyera ahí mismo. Esta decía que yo no podía dejar la Obra así como así, que debía pedir una carta de dispensa porque tenía hecha la fidelidad. Y sin la carta de dispensa yo seguía perteneciendo a la Obra me gustara o no. Le dije a la supernumeraria que entendía la posición en la que la habían puesto pero que si quería que continuáramos nuestra amistad, nunca más se prestara a ser la corre-ve-y-dile de la Obra. Después de ese día no la volví a ver, no me volvió a contestar las llamadas, la única vez que me la encontré, me volteó la cara para no saludarme. Esas cosas a mi me afectan horriblemente. Yo no puedo pasar de las personas con las que me ha unido algún tipo de afecto. ¡No puedo! De verdad se me rompe el corazón. Sencillamente, cualquier tipo de abandono me supera.

Esa misma tarde le llamé a la vocal de San Gabriel y le dije que yo no iba a tomarme la molestia de escribir ninguna carta. Que la escribiera ella. Me dijo que lo haría, pero que yo debía firmarla de mi puño y letra y quedamos en vernos al día siguiente en la delegación.

En cuanto me dio a leer la carta que habían escrito se apoderó la furia de mí. En ella decía más o menos que yo no me sentía digna de seguir siendo de la Obra, que yo tenía la culpa de haber fallado a mi fidelidad… casi casi que yo era la pervertidora de las enseñanzas del Opus Dei, la hereje, la mala hija, la culpable de todas las desgracias de la prelatura. Rompí la carta en varios pedazos, los puse sobre la mesa y le pedí una hoja y un bolígrafo. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no armar un escándalo porque tenía ganas de abofetearla. De ninguna manera iba a permitir que se salieran con la suya firmando esa infamia.

Mi carta de dispensa fue muy corta. Escribí: “A partir de este momento hago de su conocimiento que por mi voluntad dejo de pertenecer a la Prelatura de la Santa Cruz y  Opus Dei”. Puse mi firma y le di la hoja a la delegada, cogí mi bolsa y salí de allí sin decir una sola palabra. Esta vez no azoté la puerta a pesar del cabreo que traía.

Esto sucedió a principios de noviembre. Dos semanas después, mi marido salió de viaje. Regresó un sábado. El lunes, después de dejar a mis hijos en las escuelas, le preparé un desayuno de esos como de revista, me senté a la mesa con él y cuando terminamos de desayunar  le dije que se tenía que ir porque yo no pensaba seguir viviendo bajo el mismo techo que un traidor. Que el matrimonio se había terminado y que yo estaba dispuesta a llevar el divorcio por las buenas, pero que también estaba preparada para llevarlo por las malas. Le conté que sabía de todos sus engaños y se los dije uno a uno. Se quedó tan sorprendido de todo que accedió a irse de mi casa ese mismo día. El factor sorpresa siempre es un gran aliado cuando uno quiere salirse con la suya. Nunca le pasó por la cabeza de que estaba enterada de todas sus traiciones y por lo mismo, no tuvo cara para decirme que se quedaba a como diera lugar ni nada.

Pasé las fiestas de fin de año con mis hijos en la playa. El 11 de marzo me avisaron por medio de un mensaje en mi buzón de voz que me habían concedido la dispensa. La verdad es que ni me importó. Yo solita ya me había dado la dispensa hacía tiempo.

El 26 de mayo, el padre de mis hijos y yo firmamos el divorcio de mutuo acuerdo.

El 6 de octubre de ese mismo año me dio un infarto a los 43 años. Sobreviví milagrosamente. Según los médicos, una de las causas fue la cantidad de estrés acumulado durante décadas. Es muy común que cuando ‘sales’ de algo muy estresante, sea cuando te dé el infarto.

Yo digo que a partir del 9 de octubre, que pasaron las 72 horas de rigor para decir que la había librado, volví a nacer en todos los aspectos. Y volver a nacer implica comenzar todo de nuevo.

Besos a todos.

Salypimienta.

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Publicado el Viernes, 16 marzo 2018



 
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