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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XIV).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XIV)

 

Poco tiempo después del incidente de la crisis de la vecina supernumeraria  nos cambiamos de casa. No tuvo nada que ver una cosa con la otra, pero me daba paz perder de vista a aquellas dos mujeres. Cuando la supernumeraria joven superó su crisis volvió a las andadas de espiarme, y con el antecedente del marido loco yo de verdad que me sentía totalmente intranquila. Debido a la mudanza, me tocó cambio de centro a uno que estaba cerca de la casa nueva. Las cosas ahí eran más fáciles por que el consejo local estaba formado por una numeraria muy mayor a la que ni veíamos porque se la pasaba en cama con achaques en todo el cuerpo, la directora era de esas monísimas que de verdad están convencidas de que Dios las ha llamado a servir a las almas, y no paraba de hacer todo lo que ella consideraba que era servir a las almas



Nunca he conocido a una persona tan hiperactiva como esa mujer. Parecía que su santidad dependía en la mayor cantidad de cosas que hiciera en el menor tiempo posible, por lo mismo, mucha lata no te daba, no le daba tiempo, pero las tareas de espionaje y control las delegaba en las supernumerarias ‘más de casa’ y más chismosas que había. La que era secretaria es una mujer encantadora, despitamos casi al mismo tiempo, con eso lo digo todo. Ella ya tenía bastante con la procesión que llevaba dentro y aunque estaba de cuerpo presente, se notaba a leguas que su cabeza y su corazón estaban en otra dimensión. En cuanto al capellán era un viejito al que se le olvidaba lo que iba a decir en media meditación, no se le entendía nada de lo que hablaba y se quedaba dormido de roncar y todo cuando estaba confesando… pobrecito.

Ese fue mi último año en la Obra. Yo ya estaba en un plan en el que pasaba de todo, era como autómata. Hacía lo que tenía que hacer sin pensarlo siquiera y cuando no, me ponía en muy mal plan, tanto, que algunas veces que me quisieron hacer correcciones fraternas, de plano las rechacé de manera muy grosera, esa es la verdad. Claro por dentro todo iba cambiando en mi. Era como si estuviera cogiendo fuerzas para lo que se me venía encima.

Mi matrimonio estaba completamente roto. No podía querer, ni respetar, ni admirar a un hombre que me había engañado. Pienso que antes de irse a meter con todas las que pudo, debía de haberme dicho lo que sentía. No creo que el engaño, la deslealtad y la traición se las merezca nadie. Nunca en los 16 años que duré casada me dijo directamente lo que sentía. Yo tengo un mal karma con eso. Siempre me pasa que las personas que de verdad me importan y que quiero, piensan que yo soy adivina y que sé qué es lo que pasa por sus cabezas y sus corazones y esperan que yo actúe como ellos a ellos les gustaría, que así solita me va a llegar el mensaje telepático de lo que esperan de mi. Soy una persona empática, y de verdad, lo digo de corazón, yo soy capaz de ponerme en el lugar del otro para resolver los problemas. Pero si no me dicen qué es lo que les molesta o les lastima ¿cómo puedo adivinarlo? Total, que en vez de hablar de frente y con sinceridad conmigo, terminan haciéndome mucho daño. Por ello he salido muchas veces muy lastimada. Pienso que si mi esposo desde el principio me hubiera dicho tal cual que se sentía abandonado por mí, que sentía que el Opus Dei le estaba robando a la esposa, las cosas no hubieran llegado hasta donde llegaron. Quizá su sinceridad me hubiera salvado del infierno que vivía. Quizá hubiera salido de la Obra mucho antes y sin tantas heridas como salí, pero el hubiera y el quizá son meras utopías.

A círculo y a las actividades del centro (los medios de deformación) iba más por costumbre que por convicción, la mayoría de las veces estaba pensando en otras cosas, o de plano, no pensaba en nada, así como en la yoga: mente en blanco. A mis compañeras de círculo tenía años de conocerlas pero me eran absolutamente indiferentes. O sea, todo era un mar en calma… y todos sabemos que antes de la tormenta viene la calma chicha.

Fue en mi último curso de retiro cuando comenzó mi crisis final. Lo evité lo más posible hasta que ya sólo quedaba uno de fin de semana, me daba una pereza infinita irme a encerrar a rezar, porque ya para esas alturas me parecía que todo lo que se hacía en los retiros y en las convivencias no me acercaban a Dios, ni hacían que mi fe fuera más profunda ni nada, sólo me quitaban el tiempo y mucho dinero, pero ese horrendo sentimiento que es el remordimiento de conciencia por no hacer lo que se supone que tienes que hacer se impuso. Ni siquiera lo llevaban las de mi centro, es más, sólo conocía  a dos de las asistentes y eso, muy superficialmente.

Llegamos el jueves en la tarde y pasé una de las peores noches de mi vida. Podía jurar que había un fantasma acechándome o al menos un ente maligno, porque sentía una cosa tan mala, una energía perturbadora. Al día siguiente pedí que me cambiaran de cuarto y en la nueva habitación sentía eso mismo, entonces entendí eso tan inquietante era que había algo había en mi, que no me dejaba en paz. Ahora sé que estaba entre dos fuerzas morales que se contrapunteaban entre sí. Por un lado yo ya no quería pertenecer a la Obra, estaba harta, decepcionada, me molestaban todas sus prácticas, aborrecía la forma en que me pedían dinero, en que me querían controlar, en que opinaban de todo. Me molestaba todo, hasta la forma de poner las velas en el altar del Oratorio, las frases de casa no las soportaba oír: te encomiendo… de cara a Dios… llevarlo a la oración… nuestro padre… de Casa… etc.  Por otro lado tenía muchísimos años haciendo esas normas, rezando lo mismo, escuchando una y otra vez los mismos temas de círculo, de retiro… ser de la Obra en mí ya era un hábito, es más, yo diría que era una adicción y yo diría que una adicción tan peligrosa como la heroína. Y que le pregunten a cualquiera lo difícil que es quitarse un hábito y más, una adicción. Aún más, yo soy muy leal a mis afectos, y si me iba, ya sabía que perdería para siempre (como así sucedió) a personas que eran importantes para mí y a las que quería mucho. Como diría Manrique: “Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque me muero”. Sentía como si estuviera caminado al borde de un acantilado.

En mi casa, las cosas llegaron a tal extremo que mi esposo y yo ya ni la palabra nos dirigíamos. Si teníamos que comunicarnos algo, nos dejábamos notas ‘post it’ pegadas en la nevera. Mis hijos se daban cuenta y sufrían. Yo me empeñaba en hacer como si todo estuviera bien… pero a cada rato me tenía que encerrar en el baño a llorar desconsoladamente tapándome la cara con una toalla para ahogar mis sollozos y no hacer sufrir más a mis hijos. Nunca he sido llorona, pero en esa época lloré lo que nunca. Sentía que todos, hasta Dios, me habían abandonado. Me aterraba volver a tener depresión, a eso le tenía más miedo que a nada, si no caí en un estado depresivo, era sencillamente porque era el momento de dejar atrás lo que me hacía la vida infeliz: la Obra y mi esposo y no sé de dónde saqué las fuerzas, pero es la batalla más dura que he librado en mi vida.

Lo malo es que no era nada fácil. No contaba con el apoyo de nadie, ni siquiera de mi familia. Mi mamá se oponía totalmente a que me separara, nunca entendí su posición ya que ella misma era una mujer divorciada. Se puso en un mal plan horrible. Hizo que toda mi familia me diera la espalda. Mi papá no podía hacer mucho, tenía años viviendo a 1.300 kilómetros de donde yo vivo. Tenía demasiados años en la Obra y la verdad es que en el fondo de mi corazón no sabía si sería capaz de vivir sin lo que yo sentía que era el amparo del Opus Dei. Sabía que tenía que dejar todo atrás… pero no sabía qué era lo que me esperaba delante.

He tenido bloqueados esos años durante mucho tiempo. Sólo cuando he comenzado a escribir esto es cuando lo he podido sacar y me doy cuenta de que ya lo puedo contar sin soltarme a llorar demasiado. Supongo que las heridas han sanado. Me duele un poco recordarlo, pero es porque me da mucha pena que me haya dejado manipular y maltratar de esa manera. Me doy cuenta de la nula autoestima que tenía.

Ahora veo que pertenecer al Opus Dei es como dejar que otro te lleve cargado hacia donde se le dé la gana cuando tú eres capaz de caminar por ti mismo e ir a donde tú quieras. Te manipulan a tal grado, que pierdes de vista tu esencia, dejas de saber quién eres en realidad y comienzas a hacer cosas que incluso van en contra de tu moral natural. Incluso te vuelves un poco tirano por la misma influencia de tan tiránica institución.

Hasta aquí por ahora, pero esto sigue.

Novaliolapena, es de no creerse la manera tan diabólica en la que actúa el Opus Dei con todos sus miembros. No deja títere con cabeza.

Pasiva, ojalá te animes, en cuanto te sientas lista para ello, a contar tu historia. Hay que contar lo que nos ha pasado ahí dentro. Tanto para sanarlo como para dejar constancia escrita de lo que pasa en el Opus Dei… y seguro que a algunas personas le sirva tu testimonio como consuelo.

Besos

Salypimienta.

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Publicado el Miércoles, 14 marzo 2018



 
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