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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XIII).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

 

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XIII)

 

Ya dije que Don Alberto me tomó bajo su protección, él fue quien recomendó en mi consejo local que me mandaran a estudiar Teología por alguna razón que no conozco. A mí, la idea me pareció fantástica y me inscribí en la Universidad Pontificia para estudiar una especialidad en Teología Moral. Nunca nadie en Casa se iba a imaginar que con eso me estaban dando la llave de la puerta de salida (aún tuvieron que pasar unos pocos años más para eso). Tuve los maestros más preparados, inteligentes y santos, de verdad. Yo pensaba que en el curso de estudios había aprendido sobre teología y la verdad es que sólo aprendí Josemariología y Opusdeiología. Absolutamente nada que ver con lo que es la Teología seria ni remotamente. La teología que se estudia dentro de la Obra es muy básica. Ni siquiera creo que la mayoría de los numerarios tengan una idea de lo que es la teología real. Nunca, ninguna numeraria de las que traté podía tener una conversación coherente sobre el tema. La idea que se tiene en el Opus sobre la materia es muy rara. Todo se basa en medias verdades aderezadas con mojigatería extrema y una interpretación demasiado escrivariana de las cosas…



Ya cuando iba en la universidad sufrí muchísimo porque originalmente entré a estudiar Filosofía. Lo hice durante dos años que fueron un verdadero suplicio, ya que tenía prohibido leer el 80% de los libros que me dejaban. Debía hacer circo maroma y teatro para entregar las tareas basándome en las de otros compañeros y algunas argucias más de las que me valía para no reprobar. Justamente a la mitad de la carrera decidí cambiarme a Historia. Suponía que con ese cambio las directoras se tranquilizarían con el Index y podría terminar una carrera sin tanta angustia… No fue así, el celo extremo de las directoras que me tocaron en aquellos años las hacían actuar como verdaderas estúpidas al pensar que todos los libros eran malos, y en aquella época, en el Index no existía clasificación para la mayoría de los libros de historia y ya sabes el estilo opusino: ante la duda, mejor evitarlo. Total, que tengo dos carreras a medio hacer, pero ninguna terminada cabalmente. Quizá me anime a terminar alguna de las dos algún día, pero ese es otro cuento.

Total, que en la Pontificia leí todo lo que me dejaron con verdadero deleite y nunca dije nada ni consulté nada. Cuando me preguntaban si me dejaban a leer algo, decía que no, que para nada y cambiaba el tema. Imagínate lo que hubiera sido si les contaba de los teólogos de la liberación que leía, se hubieran muerto de la impresión y a mí, literalmente me hubieran crucificado. ¿Hice trampa? Desde luego que sí, pero no me importó en lo más mínimo. Leí todo lo que pude leer, y así fue que conocí a Garrigou-Lagrange, Tanquerey, Scheeben, Scanonne, Müller, Daniélou, Barth entre muchos otros entre los que se encuentra uno de mis teólogos favoritos: Joseph Ratzinger que estaba prohibidísimo en aquellos tiempos (en cuanto fue Papa, aquella lecturas censuradas con un 5 o un 6, no lo recuerdo bien, se convirtieron en lecturas obligadas para todos los miembros).  Para mi además de ser un deleite leer a aquellos autores fue una especie de liberación del alma.

Como había que estudiar todas las vertientes de la teología moral, no te quedaba más que conocer de todo… y de verdad que es total y absolutamente cierto que “La Verdad os hará libres”. Estudiando tantos puntos de vista tan dispares y opuestos, vas comprendiendo que Dios es demasiado infinito, demasiado complejo y demasiado todo para que un sólo pobre mortal pueda entenderlo y enseñarlo. Y entonces, me tocó un seminario de Religiones Comparadas que me abrió aún más los ojos y me hizo comprender que DIOS ES AMOR INFINITO Y PERFECTO cualquiera que sea su nombre y su representación humana. Poco a poco me comencé a cuestionar todas las enseñanzas y las prácticas opusinas. Tuve la prudencia de no comentar nada de esto ni en la charla ni en el confesionario. Algo me decía que debía callarme todo lo que estaba pasando dentro de mí. Además, ¿de qué me hubiera servido decirlo? De todas maneras nada iba a cambiar. Sólo incrementarían el control y las prácticas de extorsión moral. Hice uso de mi derecho al libre albedrío, y como la Obra te obliga a no hacer uso de ese derecho, pues lo hice a escondidas y punto. Y no me arrepiento de ello. Una vez probada la libertad… es imposible que te regreses al cautiverio y eso en la Obra lo saben demasiado bien. Nuestra naturaleza es la libertad, pero como dice Jodorowsky: “Los pájaros que viven en jaula creen que volar es una enfermedad”. Aquello era algo por lo que yo debía de pasar para poder ser libre.

Aún me cuesta trabajo comprender cómo es que hay doctores en teología muy reconocidos que siguen perteneciendo a la institución ¿No se darán cuenta del engaño? ¿No habrán entendido que el P. Josemaría fue un megalómano que se valió de una inspiración inicial que pudo haber sido Divina o no en sus inicios, pero que a partir de ahí, el desarrolló de manera esquizofrénica sin importarle a quién se llevaba entre las patas? ¿De qué les sirve ser Teólogos si no entienden que nuestra imagen y semejanza con Dios consiste en que Él está dentro de nosotros y nosotros somos parte de Él? ¿Para qué insistir en asfixiar a base de normas, prohibiciones y ataduras a sus miembros si Dios sabe mejor que todos cómo llegar a la cabeza y al corazón de todos sus hijos? ¿Con qué cara se atreven a decir que son estudiosos de Dios si ellos mismos se encargan de pervertir todo cuanto Dios ha querido para nosotros? Y si todo esto pasa por su cabeza, ¿por qué no hacen nada?

Al menos yo, cuando estuve dentro, nunca pude sentir realmente una conexión con Dios, pensaba que sí, pero cuando comencé a darme cuenta de que Dios no necesita de rezos, ni de lecturas espirituales, ni de cursos anuales, ni de cilicios ni de mortificaciones, y sólo necesita de tu paz y tu silencio para manifestarse, comprendí que el Opus Dei estaba asfixiando de tal manera mi fe que casi la estaba matando.

Por la misma época comencé a trabajar de nuevo con un antiguo jefe sobre temas de historia y sólo daba pocas clases en algunas obras corporativas. Las directoras estaban molestas y me lo hacían saber. También cambiaron a Don Alberto de centro. Estaba siendo un gran problema tenerme bajo control porque el nuevo (capellán era aquel de los dolores en la espalda) tenía la manga lo suficientemente ancha. Lo único que hacía era recomendarme libros escritos en Casa, supongo que para contrarrestar la influencia de la Pontificia, pero no me decía nada más, y yo comencé a volverme demasiado prudente con lo que decía en el confesionario y en la charla. Contaba lo que ellos querían oír. Punto.

Las directoras no se quedaban en paz, y  dieron con el método para mantenerme vigilada. Pusieron a dos supernumerarias (que eran cuñadas entre sí) y que eran mis vecinas a vigilarme. Aunque nos llevábamos bien, nunca fuimos amigas realmente, hasta esa época. Una era muchos años mayor que yo, pero la otra era de mi edad, y de verdad que pronto comencé a sentirme acosada por ella, estaba pendiente de todo lo que yo hacía, y cada vez que me veía llegar de la calle a mi casa me preguntaba por lo que había hecho, con quien, en dónde… una cosa de verdad molesta. Lo dije en la charla y me recomendaron que estuviera más pendiente de ella y la ayudara, porque estaba algo enferma y era bueno que me acercara como buena hermana. El caso es que ella tenía trastorno bipolar. ¡Pobre mujer! Yo me quejaba de los horrores de haber sufrido una depresión, y la verdad es que eso no es nada comparado con la psicosis maníaco depresiva. Y lo más terrorífico era que la familia, el marido (supernumerario) y la Obra opinaban que lo que tenía era histeria. Por lo que me contó, de recién casada le dio la primera crisis y un psiquiatra la diagnosticó con eso. La tenían bajo control a base de pastillas de litio hasta que un día se salió medio desnuda a la calle y corría y gritaba como loca. ¡Qué espanto! Total, que la cuñada supernumeraria la atrapó y la encerró en su casa (vivía en la casa de enfrente) hasta que llegó el marido a ponerla en orden. No la internaron en un hospital. La encerraron con llave en su cuarto durante muchos días hasta que le pasó la crisis. A mí me daba mucha pena, pero también mucho miedo. La familia es rarísima, de esas que todo hacen por debajo del agua, pero según ellos, siempre actuaban de cara a Dios (la frase esa era su favorita). ¡En fin! Que decidí mantenerme al margen y mi directora decidió lo contrario. Yo tenía que estar más pendiente.

Pues bueno, por obedecer, un día se me ocurrió llevarle a su casa unas galletas que había hecho. Nada más tocar la puerta me abrió la cuñada y me dijo que ‘ella’ la enferma, no podía recibir visitas, y detrás de ella salió el marido a decirme que me alejara de su mujer, que en cuanto me había comenzado a llevar con ella, se había puesto mal. Que quién sabe qué le diría yo que entró en crisis. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Me di la media vuelta con mi cestita de galletitas y le hablé a la directora para contarle todo. De paso le dije que JAMÁS se le ocurriera ponerme de encargo cuidar a nadie, que si tanto le interesaba, que las cuidara ella. Al supernumerario ese nunca volví a dirigirle ni el saludo, ni la palabra ni la mirada. Viejo estúpido, con razón la pobre mujer estaba así de mal.Trató de disculparse y le dije que no lo disculpaba ni nada y que no quería que él ni ninguna persona de su familia me dirigieran ni la palabra. Trato de ser siempre conciliadora, pero hay veces que lo mejor es poner a las personas en su sitio: lo más lejos posible de nosotros. Yo no tengo ningún problema en perdonar ni en pedir perdón, pero en algunos casos lo mejor es ser tajante. La mujer me daba mucha pena, pero no estaba en mi mano ayudarla, entonces lo mejor era mantenerme lejos de todo cuanto tuviera que ver con ella.

El grado de control que ejercen las directoras es extremo. No es que unas cuiden a otras, se trata de que unas espíen a otras para que la Obra ejerza el dominio más absoluto entre las supernumerarias. En teoría, entre nosotras NO deben de existir amistades íntimas, pero te fuerzan a llevarte más con alguna, y en la charla siempre quieren que les platiques todo… pero TODO lo que observaste de esa supernumeraria en su casa, en su familia, en su persona, y claro que a la hora de las correcciones fraternas que se le ocurren a la dire de turno, la ejecutora tiene que ser la supernumeraria espía. ¡Es asqueroso!

No sé si sea igual en la sección de varones, algo me dice que no es así. A ver si alguno se anima a contarnos.

Seguiré con la serie, aún me faltan cosas por contar.

Besos a todos.

Salypimienta.

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Publicado el Lunes, 12 marzo 2018



 
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