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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XII).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (XII)

 

La vez pasada contaba que mi esposo y yo frecuentábamos los círculos ecuestres. Tanto en las carreras de caballos como en las competiciones hípicas. Lo de las carreras no lo conté nunca porque de verdad nunca vi nada malo en ello. El ambiente del hipódromo era muy familiar. Por otra parte, el padre de mis hijos fue durante muchos años un jinete muy reconocido. Aunque yo nunca me dediqué de lleno a ello antes, cuando me casé, lo lógico era que me dedicara un poco más a la equitación. Todos los fines de semana íbamos al club hípico para que él entrenara, y como no me iba a quedar sentada viendo pasar las horas, comencé a entrenar en la modalidad de dressage. Tampoco nunca me pareció importante decirlo. Para mí era un deporte más…



Tampoco les comenté que hacía senderismo y que nadaba dos veces a la semana por recomendación médica. Yo pensaba que esa parte de mi vida nada tenía que ver con la Obra. Pues bueno, un día, estaba en un concurso, y en cuanto me bajé del caballo, me topé de frente con la más chismosa de las supernumerarias. Ya sabes, la típica enajenada, de familia opusina, con marido supernumerario muy de Casa. La saludé tranquilamente y me fui a sentar con el grupo de amigos con los que estábamos. En cuanto pude me quité la casaca y me quedé en camisa y con el pantalón de montar. El 70% de las personas que estaban ahí, estaban vestidas igual que yo. La supernumeraria esa, no me quitó los ojos de encima en ningún momento… hasta me hizo sentir incómoda. Era obvio, estaba observando todos los detalles que a me concernían para ir con su lengua viperina a contar no sé cuántas cosas a la nume-nazi (que era su hermana, por cierto) y en cuanto me tocó hacer la charla me cantaron las cuarenta.

No podía andar paseándome por ahí vestida indecorosamente con un pantalón ‘embarrado’. Además me preguntó que si acostumbraba a practicar otros deportes y con toda la inocencia le conté lo del senderismo y lo de la natación. La loca se puso histérica a regañarme a gritos sobre el gran mal que hacía a la Obra mi falta de pudor. ¡Claro! El senderismo lo hacía con la falda pantalón que conté hace poco, y la natación la hacía en traje de baño… con un bañador que me cubría perfectamente todo lo que me tenía que cubrir, nunca consideré que el pantalón de montar, la falda pantalón y el traje de baño fueran considerados como algo extremadamente impúdico. Total, que dejé de montar y de nadar, y comencé a ir a las excursiones con falda. Eso fue otra de las cosas que me alejó de mi marido. A él le gustaba mucho que yo compitiera, porque él era quien me entrenaba. Se decepcionó muchísimo cuando dejé de hacerlo, y se puso como loco cuando se enteró que el motivo fue porque me lo mandaron en Casa.

Por esas fechas, mi hija entró al colegio de la Obra, y le tocó una maestra odiosa. No había una sola mamá de esa clase que estuviera contenta con ella. Como yo era maestra de esa misma escuela, fui a comentarlo con la directora general. No sé qué tanto le habrán dicho a la maestra, pero mi hija (de 5 años) comenzó a estar muy triste y retraída. Por más que le preguntaba qué pasaba no me decía nada… y en sus cuadernos sólo veía taches y notas malas, ¡apenas estaban comenzando a escribir! Y le ponía (la maestra) comentarios como: mejora tu letra. La Providencia hizo que un día cerraran la puerta por donde yo ingresaba a la escuela y tuvimos que entrar por otra que nos obligaba a pasar justamente frente al salón de clases de mi hija. Yo llegaba a la escuela una hora después de que ella comenzara sus clases. Por instinto me asomé un poco para mandarle un beso desde la ventana y cuál no sería mi impresión (sentí que se me paraba el corazón y se me aflojaban las piernas) cuando veo a mi chiquita sentada debajo de su escritorio abrazándose las piernas y llorando desconsolada). Me cegué, no pude más y abrí la puerta y le dije a la maestra: me llevo a mi hija, me la das por las buenas o por las malas.

Salí de ahí como alma que lleva el diablo con mi niña. No pude ni dar clases. Sólo me regresé a mi casa y hablé al colegio para decir que no podía ir a la escuela. Inmediatamente le llamé a mi esposo para contarle lo que había pasado. Aquello fue una hecatombe. El hombre salió disparado a la escuela, y cuando llegó les dijo hasta de lo que se iban a morir y amenazó con denunciar ante la Secretaría (ministerio) de Educación. Yo eso no lo supe, hasta que unas pocas horas después, llegó a mi casa la directora de la escuela a contarme lo que había pasado con mi esposo y a pedirme que evitara a cualquier precio que pusiera esa denuncia. Le dije que por supuesto que NO lo haría, y que además, yo no volvería a esa escuela a dar ni media clase, que las diera ella.

Nunca había visto tal despliegue de personas para convencerme de algo (hasta el día en que me fui). Bueno hasta un cura de la Dele vino a hablar conmigo para hacerme ‘entrar en razón’. El caso fue que llegamos a un arreglo. Mi hija no volvería a la escuela, pero le darían el certificado como si hubiera concluido el año escolar ahí (era abril, faltaban dos meses para que terminara el curso). Mientras tanto, la aceptaron en la escuela donde continuó sus estudios porque yo era ex alumna y me hicieron ese gran  favor (con los Legionarios de Cristo). El bullyng entre chicos es muy malo, pero que te lo haga tu propia maestra está fatal. Yo terminaría el curso dando mis clases con la advertencia de que si me cruzaba con la maestra de la niña, no me iba a contener. Y que a esa maestra la despedirían en cuanto terminara el ciclo escolar. El enojo suele empoderar a las personas, y ya que había agarrado carrera, dije que o me cambiaban de centro o me largaba por que no aguantaba a la amargada de mi directora y al cura regañón.

Siempre ha sido para mí un gran misterio el por qué la Obra me toleraba todo. Me consta que no a cualquiera le aguantaban ni la mitad de los desplantes que tuve yo ahí dentro. Yo creo que nunca lo sabré. Pero al menos me queda el gustillo de haberme salido con la mía algunas veces.

Afortunadamente, con el colegio de los chicos nunca hubo ningún problema. Todo lo contrario, porque de no haber sido así… no sé lo que hubiera pasado.

Me cambiaron de centro y de capellán me tocó el cura notario de quien tanto se ha hablado aquí. Don Alberto Pacheco fue la única persona dentro de la Obra que me protegió, me defendió, y tuvo gestos de verdadero cariño fraternal conmigo. Esto que digo, seguro le va a parecer una fantasía total a la mayoría de cuantos le conocieron, pero juro que es verdad. Don Alberto (o Don Pacheco como le decíamos de cariño sin que él lo supiera) era una persona hosca, fría, inflexible… pero yo le caí bien. Era tan serio y tan distante, pero conmigo fue una persona muy comprensiva e incluso dulce. Se reía mucho cuando en el confesionario le contaba los andares de mi alma. Se enojaba muchísimo cuando le contaba de mis problemas matrimoniales y de verdad que sus consejos más que ayudarme, me daban consuelo. Él estaba de mi lado. Punto. Me daba mucha ternura porque era un señor muy mayor, algo enfermo y que de ser numerario estrella, las mezquindades de unos cuantos lo relegaron a ser cura confesor de mujeres (que en Casa es una posición muy humillante por lo que he escuchado). Entonces, comencé a tratarlo como si fuera mi abuelo, y él me comenzó a tratar como si fuera su nieta. Llegó un momento en el que me dijo, que si mi matrimonio iba tan mal, debía de separarme para posteriormente divorciarme y pedir la nulidad matrimonial porque mi vida podría ponerse en peligro. Es más, me recomendó directamente con el que en aquel entonces era el defensor del vínculo matrimonial en el Tribunal Eclesiástico, que era su íntimo amigo, para que me orientara sobre si mi matrimonio podía ser anulado.

¿Cómo estaban las cosas en mi casa para que mi confesor me haya dado esa idea? Mi esposo comenzó a llegar borracho todos los días, y como además estaba muy enojado conmigo porque le era infiel con el Opus Dei, llegaba iracundo a agredirme verbalmente, algunas veces incluso frente a mis hijos.

Tengo que parar para coger fuerza. Seguiré contando.

Un beso para cada uno.

Salypimienta

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Publicado el Viernes, 09 marzo 2018



 
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