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 Tus escritos: Una historia más (IX).- Lupe

078. Supernumerarios_as
Lupe :

Una historia más (IX)

Lupe, 7/03/2018

 

Bajos instintos o mi declaración de independencia

Llegué al hotel blanca como un fantasma. ¿Se siente bien señora? me preguntó la recepcionista. Había olvidado el número de habitación y pedí que me informaran. Subí al piso 10 (creo que era el 10) y allí lo encontré a Eduardo que volvía de la sauna. ¿La pasaste bien con Chela? ¿Cómo se encuentra? Allá ella, con sus cosas. No quería tocar el tema, solo ansiaba tomar un baño y poder pensar un poco…



Había organizado el viaje a Acapulco meses antes con muchísima ilusión. Estaba feliz porque iría al mar, me reencontraría con una gran amiga y pasaría tiempo en exclusiva con mi marido. Ahora la situación era muy distinta. Jamás imaginé que las cosas pudieran tomar tal rumbo en tan poco tiempo. ¿Qué hago, qué hago, qué hago? Terminé de bañarme y no me animaba a salir del cuarto de baño. ¿Para qué? Tendría que hablar. ¿Qué diría? Desde aquel día en que Eduardo decidió dejar el dormitorio conyugal había pasado un mes. Tenía la impresión de que hubiera transcurrido un siglo. Durante el viaje habíamos tenido nuestra primera conversación “normal” desde aquella vez. Yo estaba dispuesta a que nos reconciliemos y él se mostraba conciliador. Me dijo que estaba contento pues tendríamos tiempo para conversar; además había tenido problemas en la compañía últimamente y le haría bien descansar. 

Yo aún no había tomado una decisión definitiva respecto a su moción de no tener más hijos. El método anticonceptivo que veníamos utilizando había resultado un fracaso. Era evidente que ese sería uno de los temas a tratar y me tenía en ascuas. Yo siempre tuve todo muy claro en mi vida y era la primera vez que no sabía qué hacer. Era la primera vez que mi deseo era radicalmente opuesto a mi deber. Mi voluntad siempre se inclinó por lo que tenía que hacer; nunca había tenido el coraje de enfrentarme a la posibilidad de que quisiera otra cosa diferente a lo que de mí se esperaba. 

En fin, salí del cuarto de baño dispuesta a improvisar. Antes de abrir la puerta recuerdo que me hice la señal de la cruz: Madre mía ayúdame con esto. Estaba temblando, muy consternada. Eduardo lo notó y me abrazó. Me dijo que todo iba a estar bien. Le pregunté, casi susurrando pues no me salía la voz, si sería capaz de estar con otra mujer; se sonrió y me dijo que no, aunque quisiera no podría, te amo demasiado. Jamás olvidaré ese momento. Hacía años que no escuchaba un te amo de boca de mi marido. Y ahora lo dice; justamente ahora. Me dijo además que iba a respetarme, aunque lo que le estaba pidiendo significaba para él un gran esfuerzo. Soy hombre y los hombres somos diferentes. Hay veces en que dormir una noche contigo es lo único bueno que me sucede en toda la semana.

En ese momento, como por arte de magia, sentí paz. Sentí que estaba en el lugar correcto en el momento adecuado. Me di cuenta de que pese a todo era feliz con ese hombre que me abrazaba mientras me miraba fijamente a los ojos. Supe que no me dejaría, que estaría allí para mí pase lo que pase y decida lo que decida. Y la decisión dependía de mí… Y sin pensarlo mucho (dije que salí del baño dispuesta a improvisar) le pedí: hagámoslo. Hagamos el amor. Hacía mucho tiempo que no sentía tantos deseos de sentir su cuerpo, y esta vez no me iba a reprimir. 

¿Estás segura? – ¡Sí! ¿Estás ovulando? –No lo sé, pero no nos arriesguemos; podemos evitar un embarazo. Tú sabes cómo hacerlo. ¿Me estás pidiendo que recurra a un condón? –Sí, eso quiero.

Condón. Odio esa palabra. Condón, preservativo, forro, la he escuchado en cada país con un nombre diferente y en todos los casos me provocaba escalofríos. Es más, confieso que jamás había estado en contacto con uno. Una vez, caminando por un parque en Buenos Aires, un grupo de voluntarios que hacían campaña de concientización me dieron uno. Venía junto con un flyer que informaba sobre el HIV y sin pensarlo lo tomé. Cuando me di cuenta de que era uno de estos artefactos lo devolví enseguida a la voluntaria. Muchas gracias, me llevo la hoja informativa pero no necesito “esto”. Y ahora… ahora le estaba proponiendo a mi marido que tuviéramos intimidad involucrando “esto” entre nosotros. Pues así, sin pensarlo mucho, sin consultarlo. Un impulso.

Así fue. Eduardo salió rápidamente a procurarse el susodicho material. Parecíamos dos quinceañeros haciendo algo prohibido. Cerró la puerta de la habitación y no crean que me quedé tan tranquila. ¿Qué estoy haciendo? ¿Estoy segura? Si me muero me voy al infierno; si se muere Eduardo lo mismo y yo seré la culpable. Me sentí Eva tentando a Adán; cambiando la manzana por un condón. Entonces volví la vista y mis ojos se fijaron en una bolsa oscura al lado de la mesa de noche. Recordé que de camino al hotel Eduardo había comprado una botella de whisky (por las noches a veces le provoca tomar un trago). Y allí fui directo. Como esos malhechores que antes de cometer un atraco ingieren algún tipo de droga para darse valor, así me volví yo a la botella de whisky. Poseída por el dios de la lujuria la abrí y sin vaso ni nada me tomé dos o tres tragos. No me gusta el whisky pero necesitaba algo fuerte. Y como el valor no llegaba tomé un poquito más.

¿Era necesario ello? Claramente no. Éramos dos personas normales, casadas por más de una década, con un puñado de hijos fruto de nuestra generosidad con Dios; éramos dos personas que siempre habían luchado por hacer las cosas bien, como Él quiere. Y mi pregunta: ¿realmente era esto lo que quería Dios? ¿Es que puede ser realmente voluntad de Dios que se me permita dormir con el hombre que amo (con el que además estoy casada) únicamente con el fin de traer hijos al mundo? Una pregunta simplista tal vez pero es que ¡yo soy una persona simple! ¿Y si esto de la castidad matrimonial no es algo que venga realmente de Dios? ¿Y si resultara que este tema que a mí tanto me perturba y hasta pone en jaque mi matrimonio al Señor no le importa nada? En ese momento me revelé internamente. Conste que jamás puse en duda ninguna norma moral de mi religión; el más mínimo pensamiento lo desechaba de mi cabeza al instante. Pero esta vez me era suficiente. Había tenido yo también unos días horribles. Había sufrido mucho. Había percibido el dolor de mi marido cuando tuvo que dejar el dormitorio conyugal; lo había extrañado y me había dormido varias noches con lágrimas en los ojos. Mi afán de permanecer fiel a un dios que le prohibía a mi marido “lo único bueno que le sucede en toda la semana” me había transformado en un títere. Eso me sentí en ese momento: un títere de vaya a saber qué ser humano que un día se le ocurrió que las mujeres debemos ser instrumentos para continuar la especie y nada más. Yo ya había continuado la raza humana en demasía. Necesitaba una tregua y si no me la concedían pues en ese momento estaba dispuesta a tomarla por mí misma. Así di el primer paso.

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Nota al pie: Me hubiera encantado poder decirles que todo terminó ahí; que ese día tomé posesión de mi cuerpo, de mi vida entera y que fuimos felices por siempre. Happily ever after, como terminan generalmente las telenovelas tan populares en mi tierra. Sin embargo, cuando empecé a escribir mi historia me comprometí conmigo misma a contarlo todo. Le expliqué a Agustina antes de comenzar con las publicaciones que posiblemente mi testimonio sea largo ya que siempre había mostrado partes de mi vida, como piezas sueltas de un puzzle, pero me gustaría ahora unir todas esas piezas para mostrar el cuadro completo. Fiel a este compromiso en la próxima entrega les cuento el calvario que he debido pasar para llegar a ser la persona que hoy soy (y les aseguro que fue el capítulo que más me costó escribir). 

 

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Publicado el Miércoles, 07 marzo 2018



 
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