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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (X).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :


SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (X)

 

No sé cómo ponerle de subtítulo a este escrito, no importa, tampoco es imprescindible hacerlo. Esta vez quiero escribir sobre los motivos que empujan a las supernumerarias a abandonar la Obra.

En todos los casos que conozco, incluyendo evidentemente el mío propio, el proceso de salida siempre es proporcional a la cantidad de años que pasaste dentro: mientras más años llevas, tardas más tiempo en decidirte a salir. También influye mucho la edad que tenías cuando entraste, mientras más años tenías cuando entraste, menos tiempo te toma decidirte a salir…



La salida en las supernumerarias es igual de traumatizante que en cualquier otro miembro. No conozco ningún caso en el que la que se va, no haya pasado por un proceso dolorosísimo para tomar esa decisión, y tampoco sé de ninguna que al salir se haya quedado tan tranquila y contenta. Salir de la Obra para nosotros significa lo mismo que para los numerarios o los agregados o las numerarias auxiliares: angustia, miedo, sentimiento de que hemos fracasado, remordimiento de conciencia…¡un verdadero horror!

Antes de proseguir, quiero dejar clara una cosa: los supernumerarios NO tienen una vida más fácil, ni más cómoda, ni más libre que cualquier otro miembro del Opus Dei. Es más, puedo asegurar que la salida de un supernumerario no sólo lo afecta a él como sucede en el caso de un numerario, o de un agregado. Es como una onda expansiva que afecta al resto de su familia y a su círculo de amistades. Un numerario y un agregado está mucho más protegido, casi la totalidad de sus amistades son de la Obra o están muy cercanos a ella. Por lo menos en mi época, ninguno podía tener amistades que con las que no se hiciera proselitismo. Entonces, al salir, tienen que comenzar de cero. Un supernumerario es diferente, porque al estar un poco más relajado el control de las amistades, la mayoría tenemos amistades de todo tipo: casuales, íntimas, para hacer proselitismo, etc. Cuando sales, no necesariamente las pierdes, pero es muy humillante decirle a las personas ante quienes defendiste a capa y espada y con uñas y dientes a la Obra que te equivocaste en la aventura y fracasaste estrepitosamente y que todo cuanto les dijiste a cerca del Opus Dei era una vil mentira. Un numerario al salir, generalmente lleva tanto tiempo alejado de su familia que tiene que restablecer de nuevo los vínculos, pero por regla general no se lleva a la familia entre las patas (a menos, desde luego que su familia sea del Opus) porque su proceso de salida lo llevó el numerario o el agregado estando aún dentro. En el caso de los supernumerarios, el proceso de salida se pasa en la casa de uno, con la mujer (o el marido) y los hijos, viendo como papá (o mamá) se rompen completamente ante sus ojos. Porque ese proceso te deja hecho añicos.

¿Cómo comienza el proceso de salida de una supernumeraria?

Hablaré de mi caso en particular, porque es el único que conozco con todos sus matices.

Pasé demasiados años sometida a la institución que te regula la vida milimétricamente hasta que poco a poco ese control estilo nazi me comenzó a asfixiar y yo creo que cuando comienzas a sentir esa asfixia, tus sentidos se ponen más alertas y poco a poco te vas dando cuenta de la realidad. Yo lo primero que noté fueron las injusticias, pero no las cometidas conmigo, sino las que cometían con las demás. Me molestaba de sobremanera el estilo soberbio y prepotente de la mayoría de las numerarias, ya sabes, ese tono que utilizan como si de verdad fueran las intérpretes particulares de los designios de Dios. Tampoco soportaba ver la manera en que trataban con total menosprecio a quienes consideraban inferiores a ellas: numerarias auxiliares, agregadas y supernumerarias pobres, o que eran señoras totalmente normales que ponían lo mejor de sí para sacar adelante las labores encomendadas. Me comenzó a molestar que me quisieran controlar en todo. Lo decía en la charla y siempre terminaba siendo yo la culpable por mi falta de generosidad, o cuando me tocaba una directora más consciente, me decían que procurara descansar porque me encontraba alterada. O sea, nunca en todos los años que pase por ahí, ninguna directora (y me tocaron algunas muy buenas, de verdad), se solidarizó conmigo. Siempre la del problema fui yo y nunca la institución.

Al mismo tiempo, los problemas en mi matrimonio comenzaron a tomar fuerza. Yo me casé con un señor con el que me divertía mucho y me caía muy bien, pero enamorada, lo que es estar enamorada, la verdad es que no lo estaba. Me casé por la presión que ejercían en mí. Yo tenía 24 años y no tenía la más mínima intención de casarme aún. Llegó un momento, en que preferí obedecer a que siguieran atormentándome, y casi casi le puse un ultimátum al padre de mis hijos para casarnos. Él, casi 8 años mayor que yo, tampoco tenía nada de ganas de casarse. Le gustaba demasiado la fiesta y la vida en libertad, pero accedió y nos casamos 2 meses antes de mi cumpleaños 26. A los 30 años yo tenía 3 hijos, un marido que seguía viviendo como cuando estaba soltero y una depresión formidable gracias a que estaba viviendo una vida que no me gustaba nada. Lo único que me sostenía eran mis hijos, tan pequeñitos, tan desprotegidos. Gracias a ellos no terminé en un manicomio, eran lo único que me mantenía con los pies sobre la tierra. Siempre he tenido muy claro, que lo primero son mis hijos, antes que nada tenía que ver por ellos y estar con ellos en las mejores condiciones posibles. Mi matrimonio se comenzó a hacer insoportable porque él más que una esposa, quería una compañera de diversión y eso, la Obra lo veía muy mal. Él siempre me dijo que quería tener hijos, pero convenientemente espaciados. En el lapso de 4 años yo ya tenía 3 hijos y las cosas se comenzaron a poner muy mal cuando directamente le dije que yo no iba a utilizar ningún método anticonceptivo y que tendría todos los hijos que Dios quisiera. Decidimos que dejaría de trabajar para dedicarme a cuidar de mis hijos, y que él me daría todo cuanto necesitara… pero le molestaba de sobremanera que mucho del dinero que él me daba lo entregara yo a la Obra. Él con toda razón me decía que no trabajaba para el Opus Dei, y comenzó a revisarme los gastos con lupa. Y como él no estaba dispuesto a llenarse de hijos (viene de una familia numerosa, y aunque nunca les faltó nada, él siempre pensó que una familia más bien pequeña era lo ideal, siempre echó en falta más atención para él solo), pues sencillamente dejó de buscarme… y fue a buscar la diversión que quería en otros lados.

Cuando la menor de mis tres hijos mayores comenzó a ir al jardín de niños, la Obra decidió que era buen momento para que yo me reintegrara a la vida laboral y de paso, aumentara el monto de mi aportación y de mis donativos “voluntariamente forzosos”, y me comenzó a llenar de trabajo y de encargos. Mi día comenzaba a las 5:30 de la mañana (había que comenzar pronto para cumplir con todas mis obligaciones) y terminaba a las 11:00 de la noche cuando ya no podía más y literalmente, me metía a la cama ya dormida. Mido 1.72 mts. Y en ese entonces pesaba 54 kgs. Nadie me creía que había tenido 3 hijos, y en Casa se maravillaban del estupendo metabolismo que tenía cuando en realidad tenía una anorexia nerviosa de miedo, porque comer, comía muy bien, pero no subía de peso con nada. La depresión llegó a tal grado, que me caía desmayada sin motivo aparente. Después de todo tipo de estudios médicos, se me diagnosticó con una depresión severa. Mi familia nunca ha tenido nada que ver con la Obra, y vengo de familia de médicos, en especial psiquiatras, desde luego que me llevaron con el discípulo más querido de mi abuelo (que fue un psiquiatra muy reconocido en México).

En cuanto en Casa se enteraron de eso, me comenzaron a atormentar con que yo tenía que ir con quien ellas me dijeran, cuando le comenté eso a mi familia, la presión a la que yo estaba sometida era de terror, por un lado la Obra que insistía en que debía de obedecer las instrucciones de las directoras, por otra parte mi familia que me insistía en abandonar el Opus Dei, y un marido cuyo rechazo era cada vez mayor porque según sus propias palabras: “no tenía una esposa, sino una monja sin hábito en casa” y yo con una depresión severa.

El caso es, que un día, tuve una convulsión que me duró varios minutos. El drama fue que eso sucedió un sábado con media familia comiendo en mi casa. Dos días internada en el hospital para todo tipo de pruebas neurológicas y el diagnóstico: dejen en paz a esta pobre mujer que está en un estado de ansiedad y angustia para matar a cualquiera. Recuerdo perfectamente que cuando estaba en mi habitación del hospital en algún momento que me dejaron sola, dije: ya me cansaron todos y se van a ir a la… (una palabrota que utilizamos en México) y así se los hice saber. La verdad es que yo llevada a límite, no soy nada agradable.

Las de mi consejo local no dejaban de llamarme para irme a visitar, y les dije que no podía recibir visitas. A mi familia le puse un límite: me dejan de fastidiar o se van al carajo, y al marido le dije que hasta ahí habíamos llegado, que se largara cuanto antes de la casa porque no lo quería ver ni en pintura. No se fue, me dijo que no lo podría echar bajo ningún motivo y fui yo la que se cambió de habitación y durante los próximos 5 años dormí con mi hija.

Después de unas semanas las cosas se tranquilizaron. Accedí a recibir a la directora que me llevaba la charla. Llegó muy mona con un pastel de nuez y deshaciéndose en cariños y arrumacos. Yo le dije que no volvería por ningún motivo. Me juró por todos los santos del cielo que las cosas cambiarían, que reconocían que se habían excedido conmigo y me trajo una carta de puño y letra de la directora de la Asesoría (que aún conservo en algún lado) en la que decía que rezaban por mi recuperación y que esperaban que regresara pronto bajo mis condiciones. Hasta la fecha, nunca he entendido el porqué del interés de la Obra en mantenerme en sus filas. Creo que a partir de ese momento, me volví una supernumeraria demasiado rebelde porque comencé a ir a la mía.

Después de esa crisis, las cosas parecían ir mejor. El padre de mis hijos y yo, aparentábamos tener un matrimonio normal… los fines de semana. Todos los demás días, él llegaba a las tantas y dormíamos en cuartos separados. La verdad es que era una solución cómoda y comenzamos a tratarnos como amigos y como amigos nos llevábamos muy bien. En la Obra me soltaron la rienda un poco y yo pude recuperarme de la depresión con ayuda de un excelente médico al que le agradezco en el alma la paciencia y el cariño con el que me sacó de ese pozo profundo en el que estaba metida. Pero fue un proceso muy largo. Un año y medio tomando un coctel de antidepresivos, ansiolíticos y anticonvulsivos, acompañados de dos sesiones de psicoterapia a la semana, y otro año y medio para quitarme todos los tratamientos poco a poco. Aquí quiero hacer un paréntesis. La depresión NO se cura sólo con pastillas, es importante la psicoterapia y un régimen de vida en el que se incluye la alimentación, las distracciones, ejercicio, etc. El tratamiento psiquiátrico (tanto el farmacológico como la psicoterapia), se deben de ir quitando poco a poco, de lo contrario, el brote depresivo no queda nunca del todo sanado). Durante esos tres años, debo de reconocer que en Casa se contuvieron un poco. No me llenaban de encargos apostólicos y me enviaron a un centro de supernumerarias mayores que se dedicaban a mimarme tanto como yo a ellas. Yo era como la nieta de todas y ellas eran como mis abuelitas y de verdad que estaba muy feliz de estar allí. El consejo local de ese centro estaba compuesto por mis directoras favoritas y todo era miel sobre hojuelas… hasta que cerraron ese centro.

Mientras tanto, en mi casa las cosas iban más o menos. Todo el tiempo que duró mi tratamiento, la Obra, el marido y mi familia se contuvieron. Desgraciadamente, parece que ese tiempo sólo sirvió para que tomaran fuerza porque los años que siguieron fueron los  más duros de mi vida.

Voy a parar aquí este relato, pero seguiré contando mi proceso de salida. Es una promesa.

Mabel, las historias de las supernumerarias son igual de aterradoras que las de cualquiera que ha estado en la Obra. Ellos no dejan títere con cabeza. Y si, menos mal que nos fuimos. Nadie debería de pasar por esos atropellos. Besos.

Pepito67, cumplo 52 en mayo, somos contemporáneos. Yo soy de la Ibero, pero seguramente fuiste compañero en la UP de algunos de mis amigos y amigas. Siempre he vivido en la misma ciudad. Quienes me conocen en persona dicen que escribo tal y como hablo, y me agrada que te gusten mis relatos. También te mando un abrazo.

Besos para todos y nos vemos pronto por aquí.

Salypimienta.

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Publicado el Lunes, 05 marzo 2018



 
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