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 Tus escritos: Una historia más (VIII).- Lupe

078. Supernumerarios_as
Lupe :

Una historia más (VIII)

Lupe, 5/03/2018

 

Chela: ¿Mi reflejo en unos años?

En las charlas que frecuentemente absolvíamos las supernumerarias se hacía mucho hincapié en la importancia de que no descuidemos nuestro matrimonio. Mantener a nuestro hombre al lado es una tarea en la que no se debe medir en esfuerzo. Por eso se recomendaba que la pareja se tome por lo menos un fin de semana al año para estar a solas. Yo intentaba dedicarle este tiempo de calidad a Eduardo cada año. Normalmente mis padres se instalaban unos días en mi casa para que pudiéramos viajar…



Como su agenda estaba siempre muy comprometida el viaje lo planificaba yo un par de meses antes. Este era el viaje al que se había referido el día en que dejó el dormitorio conyugal. Por supuesto jamás pensé en cancelarlo. Ahora más que nunca necesitábamos tiempo para estar a solas y poder conversar. La relación entre nosotros era muy tensa y los dos sabíamos que este viaje iba a ser crucial para el rumbo que luego tomara nuestro matrimonio. Yo lo esperaba ansiosa y con mucha expectativa. Rezaba todo el tiempo porque las cosas entre nosotros se aclaren y pedía luces al Espíritu Santo. Sabía que necesitaba tomar decisiones y no tenía las ideas claras realmente. 

Ese año a mí me hacía ilusión ir a Acapulco. Tenía nostalgia de la playa y además quería visitar a una amiga muy querida que pasaba sus vacaciones allí. Combinamos y quedamos en vernos la misma tarde en que llegábamos a la ciudad. Graciela (Chela) era una señora mexicana, supernumeraria, a quien había conocido en USA y que poseía una hermosa casa cerca de la playa. Hacía mucho que no nos veíamos así que era una buena oportunidad para intercambiar novedades. En su correo me había advertido: tengo noticias para contarte. El día del encuentro nos acompañó una argentina, también del grupo de América pero lejana al Opus Dei, que estaba pasando unos días en casa de Chela. Felisa era la típica mujer buena que queríamos incorporar a la Obra pero se rehusaba siempre. Iba de vez en cuando a alguna charla pero cuestionaba mucho nuestras prácticas así que no logramos jamás ni que se haga cooperadora. Ustedes dos están locas. Ya les va a caer la ficha, nos decía en su dialecto porteño. Sin embargo Chela, Felisa y yo mientras vivimos en la misma ciudad éramos inseparables. 

Chela era una mujer deliciosa. Todo en ella era elegancia y buen gusto. Me llevaba algunos años y durante el tiempo que coincidimos en Estado Unidos yo la tomé como un referente; fue mi mentora en todos los temas relacionados con el cuidado de la familia y el hogar. Ella me tomó bajo su ala no bien me conoció. Eres muy ingenua, me dijo un día, y se avocó a protegerme. Su matrimonio era perfecto; su marido no era de Casa pero entendía bastante y sus hijos ejemplo de niños. Bueno, haciendo la historia corta.

Luego de los saludos y el sucinto small talk para romper el hielo, Chela me tomó de las manos y con la voz entrecortada me dijo: mira, no me pareció prudente contarte por correo. Mi marido me ha dejado. Me ha pedido el divorcio y nos estamos matando por las propiedades, los carros, el dinero, ¡hasta por la guarda de los niños! Mis hijos no entienden nada. Los dos más grandes se han ido a vivir con él; los más pequeños están conmigo. Desde que se fue de casa vivo una pesadilla; me reúno con abogados, administradores, jueces; al parecer la mayoría de los bienes han desaparecido. De la noche a la mañana el dinero ya no está en el banco y los carros, las casas, el barco, todo estaba a nombre de una compañía en la que yo no participo. Me ha dejado sola y con el dinero justo para vivir. Y lo que más me duele es saber que todo ha sido mi culpa. No me ha dejado por una mujer; no tenía una amante escondida ni nada de ello; simplemente lo he ahuyentado por mi terquedad, por no querer ver lo que era evidente a los ojos de todos.

A esta altura las lágrimas asomaron a sus ojos y no pude menos que abrazarla. Así nos quedamos un largo tiempo. Sentía su dolor como propio. Cuando se repuso solo me advirtió: ten cuidado. No cometas el mismo error que yo. ¿Pero qué has hecho tú de malo? Ya hacía tiempo me venía insinuando Carlos que las cosas no iban bien. Me hacía reclamos legítimos pero yo no los escuchaba. Él quería pasar tiempo conmigo, quería que retomáramos nuestra vida íntima, quería que le preste atención, pero yo no tenía tiempo para él. Mis ocupaciones diarias, los niños, las normas. Tú ya sabes. Los fines de semana en retiros, círculos, reuniones en el centro, había que sacar la labor adelante. Siempre todo era más importante que él. Lo he abandonado cuando vivíamos juntos y ahora se ha ido. ¿Lo puedo culpar por ello?

Por otro lado sus abogados dicen que me dará dinero para que pueda vivir como hasta ahora, dicen que no me faltará nada de lo que necesite, pero no pondrán propiedades a mi nombre pues Carlos teme que las done al Opus Dei. Dice que debe cuidar la herencia de nuestros hijos. (Abro un paréntesis: Chela siempre fue muy generosa –y creo que la Obra se aprovechó de ello. Recuerdo que donaba grandes sumas de dinero para la labor. Siempre que se hacía una colecta la primera con la que iban a hablar era con ella; enseguida sacaba una chequera y sin consultar con su marido extendía un valioso cheque. Las discusiones importante que me contó tenían con Carlos eran por este tema; él muchas veces le reprochaba que entregara tanto dinero a la Obra.) 

Pasado el primer shock, hablamos de temas más banales y emprendí la retirada (de mi problema no conté nada, no me pareció apropiado). Mi amiga argentina me acompañó a la puerta y en el camino, con el desenfado que la caracteriza, me lanzó: vos boluda tené cuidado -los argentinos son los únicos latinos que conozco que insultan con cariño- tu marido puede ser muy bueno, pero los tipos se cansan, viste? Tanto rezo, tanto rezo… yo te digo, a Dios rogando y con el mazo dando (e hizo un gesto obsceno con la mano -hacía alusión a los reclamos de Carlos a Chela de que en los últimos tiempos no tenían intimidad). Vos acordate lo que te digo, no lo dejés tanto tiempo solo a Eduardito que el día menos pensado te da una sorpresa –y hace un signo con los dedos como de cuernos. En lugar de leer tanto la Biblia yo empezaría a leer el Kama Sutra. Y comenzó a reír. ¡No seas grosera Feli! Eduardo sería incapaz.

¡Lo que me faltaba! Tras el golpe emocional por la tragedia de Chela y la inevitable asociación con mi situación actual, ahora esta Felisa me viene a sembrar la duda. ¿Eduardo sería incapaz? 

------------

Así las cosas, se pueden imaginar cómo me encontraba yo luego de escuchar la historia reciente de mi amiga. La posterior advertencia de Felisa me terminó de desequilibrar. ¿Estaba yo predestinada a que me sucediera lo mismo? ¿Se animaría Eduardo a serme infiel? ¿Y si ya lo era? ¿Estaba yo dispuesta a aceptar sus condiciones con tal de salvar nuestro matrimonio? Confusión, mucha confusión. No sé bien cómo llegué al hotel; caminé por la ciudad como drogada, sentía una sensación de irrealidad absoluta. Como si estuviera transitando por otra dimensión que me era desconocida y en la que no quería estar. 

 

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Publicado el Lunes, 05 marzo 2018



 
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