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 Tus escritos: Una historia más (VII).- Lupe

078. Supernumerarios_as
Lupe :

Una historia más (VII)

Lupe, 2/03/2018

 

Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño

 

Me gusta Joaquín Sabina. Esta canción se identifica bastante con la etapa que estaba transitando mi matrimonio.

Pasaron algunos meses desde que empezamos a utilizar el método de control natural de la natalidad y las cosas entre nosotros iban de mal en peor. Yo estaba cada vez más estresada y la relación tensa con mi marido no ayudaba. Como dije antes, al fijar la fecha de nuestros encuentros íntimos en base al test de ovulación, Eduardo y yo conocíamos desde la mañana si esa noche podríamos o no dormir juntos. Ello generó que algunas veces, los días en que “no se podía” Eduardo prefiriera después del trabajo irse de copas con amigos. ¿Para qué quieres que vuelva a casa temprano si siempre estás cansada, ya casi no me hablas y ni siquiera podemos hacer el amor? Por lo menos con mis amigos me distiendo un poco…



A mí sus salidas me desesperaban, sobre todo porque a los lugares donde van los hombres después del trabajo (el famoso after office) también van mujeres que no tienen hombres que las esperen en sus casas… -ustedes me entienden-. Me sentía además sumamente impotente pues todos sus argumentos para evitar mi compañía eran ciertos. Por el contrario su relación con los niños era buena. Por la mañana les preparaba él el desayuno, los empezó a acompañar a tomar el autobús escolar (había días en los que me costaba levantarme de la cama) y por las noches, cuando llegaba temprano, bañaba a los pequeños y les contaba un cuento. En fin, que yo intentaba seguir con nuestra vida como si todo fuera normal –rezaba, iba a misa, hacía la lectura, encomendaba- y Eduardo intentaba inútilmente hacerme ver que teníamos un problema y yo lo estaba negando. 

Llegó el día de su cumpleaños número 40; regresó más temprano del trabajo, comimos un pastel con los niños y festejamos. Por la noche me había invitado a salir pero preferí que cenáramos en casa. Más tarde me propuso que durmiéramos juntos y acepté pese a que me sentía cansada. Era su aniversario y me pareció de mal gusto negarme. En fin, cenamos, platicamos, tomamos vino y nos acostamos. Y en un instante, justo al momento de concretar algo recordé que ese día el test de ovulación me había dado positivo; ¡la cinta se había puesto rosa! Con el ajetreo de su fiesta de cumpleaños, el regalo, el pastel… ¡¡¡Lo había olvidado!!!

Me resulta imposible describir la angustia que me invadió en ese momento. Juro que hubiera preferido morir antes que tener que mirar a los ojos a mi marido y decirle que ese día no podía ser. Entré en pánico; sentí un nudo en la garganta y no pude contener las lágrimas. Empecé a llorar, primero suavemente y luego de forma compulsiva. No podía contener las lágrimas, intentaba hablar pero apenas podía emitir un gemido. Eduardo no entendía nada, me miraba asustado, había puesto una mano sobre mi hombro y con la otra intentaba secarme las lágrimas que corrían a chorros por mis mejillas. Es difícil decir cuánto tiempo estuve llorando, a mí me pareció una eternidad. Cuando al fin me tranquilicé y le pude explicar lo que me pasaba percibí en su mirada que lo había decepcionado. Sentí que ya nada volvería a ser como antes. Eduardo es una persona comprensiva, siempre encuentra las palabras justas para cada ocasión. Sin embargo esta vez no dijo nada. Me miró fijo a los ojos, lo noté confundido, serio, perturbado. Una frialdad que jamás había conocido. Se levantó sin decir palabra y se fue a dormir al cuarto de huéspedes. 

Al otro día me desperté más tarde de lo habitual. No había nadie en la casa, Eduardo había tomado un día libre en la oficina y había salido con los pequeños. Él rara vez se ausenta del trabajo; intuí que el episodio de la noche anterior verdaderamente tenía consecuencias.

No me equivoqué. Apenas desayuné salí a reunirme con ellos. Me dolía la cabeza y estaba triste. Me imaginé que estarían en el parque y allí los encontré. Jugamos un poco y de regreso Eduardo me pidió que habláramos por la noche. Estaba enojado y no me dirigió más la palabra hasta después de la cena. Esa noche me dijo que él no se había casado con una monja; que yo tenía la opción de dormir con él o no y respetaría mi decisión, pero no podía pedirle entonces que me fuera fiel. Me dijo además que él definitivamente no quería tener más hijos. Y remató su advertencia diciendo: tú tómate el tiempo que necesites para pensar qué quieres hacer. Mientras tanto dormiré en otra habitación. Si quieres cancelamos el viaje. Ya no soy un niño para que tú y tu Opus Dei me digan cómo tengo que vivir.

 

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Publicado el Viernes, 02 marzo 2018



 
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