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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (VIII).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (VIII)

 

Los dineros de los supernumerarios.

Primero que nada, pido una disculpa por la tardanza en seguir escribiendo esta serie. Apenas me estoy reintegrando a la rutina normal y tengo los tiempos todos descuadrados y no me da tiempo de nada.

El tema económico en las supernumerarias casi siempre es motivo de quebraderos de cabeza. La excepción de ello es cuando la supernumeraria es millonaria y esposa de supernumerario. En caso contrario, el tema de los dineros suele ser motivo de angustias y pleitos...



La aportación mensual es punto menos que sagrada. El monto SIEMPRE tiene que ir en ascenso, pobre de ti como entregues menos de la cantidad que solías dar porque te cae una corrección fraterna y un sermón acerca de la generosidad. No importa si perdiste el trabajo, lo perdió tu marido, hubo alguna emergencia en la que se tuvo que invertir mucho dinero… a las directoras eso les importa un bledo, tú das GENEROSAMENTE la aportación y no hay más que hablar. Una directora solía decir, que en cuanto al monto de la aportación, había que dar hasta que duela (cada vez que recuerdo estas cosas me concientizo más de la cantidad de dementes que hay ahí dentro… ¡Y pensar que uno formó parte de esa locura!).

Problema grande es cuando el marido no es de Casa. A ningún hombre le parece que el dinero que le da a su mujer para los gastos de la casa, de los hijos y de ella misma, se repartan también con el Opus Dei.

Durante un tiempo me tocó una directora que había estudiado para contadora, y quería ejercer su profesión con las supernumerarias. En la charla indagaba con obstinación y sin escrúpulo los ingresos que tenía cada supernumeraria y diseñaba un presupuesto que era siempre miserable para los gastos personales de la mujer en cuestión y exageradamente generoso en cuanto a las aportaciones a la Obra. Si percibías un sueldo, te pedía incluso tus recibos para calcular mejor el presupuesto. Insistía en que lo primero era la Obra y después tu familia. Causó tanto malestar en tan poco tiempo, que la tuvieron que cambiar de centro por la cantidad de quejas que había sobre ella.

Se les insiste a las supernumerarias tanto que casi se les obliga a inscribir a sus hijos a colegios de la Obra que por lo menos en México, no son nada baratos. Conocí muy de cerca casos en los que los supernumerarios hacían esfuerzos fuera de toda proporción para mantener a sus hijos en esos colegios. Podría parecer lo contrario, pero para una familia opusina normal, era casi imposible conseguir una beca para sus hijos… eso sí, me tocó saber de una familia de Casa con mucho dinero a quien le becaron a algunos de sus hijos, porque “el pobre ayuda tanto en el patronato y dona tanto para las actividades apostólicas”… y esto no me lo contó nadie. Por ciertas circunstancias estuve presente cuando con todo cinismo solicitó las becas, cuando se las concedieron, y cuando el mandamás dijo esas palabras.

Es odiosa la manera en la que te machacan el tema de la generosidad en la Obra, para todo tienes que ser generosa: para dar tu tiempo, tu dinero, tu trabajo, para tener hijos, para prestar tus cosas… pero como siempre, la generosidad es nada más de aquí para allá, porque la Obra dar, no da nada, en cuanto te descuidas te quita lo que puede. El Opus Dei, lo único que hace con generosidad es exprimir a sus miembros hasta la última gota.

La cuestión de retiros y convivencias es otra fuente de tormento supernumeraril. Tienes que ir quieras o no a la convivencia y al retiro. Sólo en casos extremos los podías hacer ‘abiertos’-o sea, que se hacen en la ciudad donde vives y duermes en tu casa-, pero para que te dejaran hacerlos así, casi casi que tenías que ir conectada a la manguera del suero y a un tanque de oxígeno o en silla de ruedas. De otra manera, no te quedaba de otra más que gastar un dineral dos veces al año para mostrar tu obediencia, tu buen espíritu y tu enajenación mental y organizar el jaleo semestral que implica largarte una semana a encerrarte a una casa de retiros dejando casa, marido, hijos y demás lo mejor organizados posible (rogando a Dios encontrar a tu regreso casa, marido, hijos y demás sin demasiadas averías) para que se note tu buen espíritu y no te atormenten aún más.

Muchas veces escuché decir que una casa de retiros del Opus Dei es el equivalente a un hotel de 5 estrellas. Quizá sea para numerarios y numerarias. Seguramente lo dijo alguien que nunca ha estado en un hotel de esos. Como yo sí he estado, puedo decir que las casas de retiro a lo mucho, y echándole la mejor de las intenciones, llegará a hostal de dos estrellas. O sea que mejor lo dejan de decir porque en un hotel por sencillo que sea, te hacen la cama y no te despiertan a campanazos a las 6:30 a.m. para que te comiences a preparar para la jornada tipo competencia “Ironman” de la fe que te espera a lo largo del día.

También se presume de la comida extraordinaria que te dan en esas casas y también es una exageración decir eso. La comida es rica, pero son platillos súper normales. A mí nunca me dieron nada que pueda calificar de comida tipo gourmet. Aunque el precio de la semanita te lo cobren como si de verdad se tratara del hotel Waldorf Astoria de Nueva York y las comidas fueran como de L’Orangerie de París. Lo más desagradable era que todavía ni acababas de instalarte bien y ya venía la directora a cobrarte, quizá piensan que te vas a escapar en medio de la noche para no pagar. Eso además de pésima educación es de un mal gusto escandaloso.

No recuerdo bien si alguna vez conté los motivos por los que me largué de Casa. Un tema económico en particular fue el que me puso en la puerta de salida (y la gota que colmó el vaso fue ver el mal trato de una numeraria hacia una auxiliar). El caso fue, que hace como 10 años, al que era entonces el Consiliario (ahora es nada menos que el Vicario para todo el país), se le ocurrió la brillante idea de utilizar unos terrenos que alguien había donado para hacer un hospital universitario, en una de las zonas más nuevas y elegantes de esta ciudad, para hacer un mega edificio a todo lujo que albergara la Comisión, la Asesoría y todas las demás oficinas-casas-centros de los que mandan más que nadie. Como ‘en Casa’ ya se sabe que no nos andamos a medias tintas ni con miserias para que nada desdiga del cargo y la posición que ocupamos, evidentemente no se podía hacer una construcción más o menos, tenía que ser lo más de lo más, y ¡anda ya! Que llegamos un día a círculo y nos recibe la dire con la pantalla encendida para presentarnos un Power Point de lo más profesional en el que se explicaba la magnitud de la construcción y el “tanto bien que haría a las almas”. Claro que esas almas a las que se haría tanto bien eran las de los directores, directoras y la crema y la nata numeraril mexicana, no creamos que se hablaba de otras almas. Después de ver que se pretendía construir algo más parecido a un palacio moderno con todo tipo de lujos y comodidades, se nos notificó que a cada quien le tocaba dar la cantidad de 2,000 dólares para costear aquel elefante blanco. No sólo eso, la directora nos explicó todas las maneras posibles para conseguir los dos mil dólares: podías hipotecar tu casa, pedir un préstamo al banco, vender las joyas de familia… y una cantidad de disparates que prefiero no recordar.

En esa época, muchas supernumerarias de mi región y en especial dos de mi círculo, estaban pasando las de Caín económicamente hablando. Yo misma no estaba en condiciones de desembolsar esa cantidad de dinero… y como loca no estoy y de tonta no tengo un pelo, tampoco iba a hacer alguna de las estupideces temerarias que proponía la directora aquella. ¡Total! Que acabando las Preces salí de aquella sala como alma que lleva el diablo (tal cual), no daba crédito a ese abuso descarado, y al llegar a la portería me encuentro con una pobre auxiliar toda acongojada y a una numeraria (insufrible la mujer) regañándola casi a gritos porque el felpudo de la puerta estaba mal acomodado.

Yo suelo ser bastante ecuánime la mayoría de las veces, pero cuando se me acaba la paciencia… ¡Dios mío! Es como pisarle un callo al demonio. No pude más y la explosión fue horrible. Dije lo que me brotó del alma, abrí la puerta, salí y azoté aquella puerta con todas mis fuerzas… y nunca más volví.

Dicen en mi pueblo, que “Tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe” y si, me rompieron la paciencia.

La verdad es que a partir del momento en que dejé el Opus Dei, milagrosamente el dinero no es que me haya comenzado a sobrar, pero me era mucho más fácil llegar a fin de mes sin agobios y comenzó a alcanzarme para darme gustos que antes ni se me hubieran ocurrido.

Nos vemos pronto, mientras tanto, besos a cada uno.

Salypimienta.

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Publicado el Lunes, 26 febrero 2018



 
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