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 Tus escritos: Una historia más (IV).- Lupe

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Lupe :

Una historia más (IV)

Lupe, 21/02/2018

 

 

Run Forrest run

Mi vida de casada, pasados los dos primeros años de luna de miel, se caracterizó por un completo ajetreo. Eduardo era muy emprendedor, muy trabajador y eficiente, siempre que lograba un objetivo profesional se proponía otro más alto, y a eso se abocaba hasta que lograba su nueva meta. Era bueno en su trabajo y empezó a ganar dinero. El precio que la familia pagó por sus continuos ascensos por momentos se me hacía muy alto. Cada 3 años la compañía lo mandaba a otro país. Yo lo aceptaba especialmente porque necesitábamos el dinero para mantener la familia cada vez más numerosa (yo no tenía una profesión lucrativa y todo mi tiempo se iba en la atención de los niños y las labores apostólicas). Cada año y medio aproximadamente traíamos un hijo al mundo…



Para que tengan una idea: tengo hijos que han nacido en 3 continentes distintos, no digo ya países. Nunca me terminé de arraigar en ningún lado. Llegábamos a una ciudad y luego de organizar la casa y la escuela yo me apuntaba en alguna universidad. A veces para aprender el idioma (aunque sea un poco), a veces para hacer alguna capacitación profesional, dependiendo del destino. Me gusta aprender y tengo facilidad para relacionarme con la gente, así que asistir a la uni era una de mis actividades favoritas. Además, la razón más importante: había que llevar gente al Centro.

Yo hacía mucho proselitismo entre mis compañeras de estudios. En general vivía en ciudades grandes en las que estaba presente la Obra. Si no era el caso venían del centro más cercano y nos asistían. Yo invitaba a presuntas candidatas a mi casa y venía una numeraria y nos pasaba un video, hablábamos un poco de Dios y se las invitaba a una misa o a un retiro dependiendo del grado de interés que demostraran. Alguna que otra con el tiempo pitó de supernumeraria y otras se hicieron cooperadoras.

Mientras tanto mis hijos iban a la escuela internacional del barrio. Las madres de sus amigos también eran posibles candidatas a cooperadoras, por lo que me afanaba muchísimo en tener buen trato con ellas. Más que una acción espontánea y desinteresada, lo mío era como una misión secreta que tenía que cumplir a como dé lugar. Lo mismo que las normas.

¡¡¡LAS NORMAS!!! Desde que nació mi segundo hijo más que medios para acercarme a Dios yo las sentía como prácticas agobiantes. Oración, misa, Rosario… Me encontraba muy presionada, pues quería ser madre al cien por cien y las normas me lo impedían. Recuerdo el absurdo de amamantar a mi bebé rezando el Rosario o haciendo la oración. Todo en mi vida era acomodar mis actividades familiares en los huecos que me dejaba libre el bendito plan de vida. Mientras tanto Eduardo y mis hijos se debían adaptar y acostumbrar a tener una esposa y madre a medias. ¿Quería eso yo? Por supuesto que no. Yo quería tener tiempo para dedicarlo a lo que verdaderamente me importaba: mi familia. ¿Qué tenían ellos de mí? Una mujer sobrepasada de actividades y siempre al borde de un ataque de nervios. Siempre apurada; siempre maquillada.

Recuerdo que mi hijo mayor no quería que lo bese antes de ir a la escuela para no mancharlo con lápiz de labio. ¿Y qué tenía que hacer yo maquillada a las 7:30 de la mañana? A las 7:30 de la mañana tenía que estar arreglada para la misa que empezaba a las 8:00 h. Así que los dejaba en el autobús escolar y partía a la iglesia. Otro de mis hijos, el que nació en Asia ¡dijo sus primeras palabras en chino! No lo olvidaré jamás. Tenía una babysitter de esa nacionalidad y como ella pasaba más tiempo con mi peque que yo, pues ahí empezó él a hablar con ella antes que conmigo, y lo hizo obviamente en su idioma. Me puse muy triste y recuerdo haberlo mencionado en la charla (que entonces la hacía con la directora del centro). Sin embargo este “detalle” no fue importante para ella y lo que no era importante para la directora tampoco debía serlo para mí (recordemos que los directores conocen al dedillo la voluntad de Dios para cada uno de nosotros). Me dijo que me encomendaría y que ofrezca mi pena por el Padre. Así lo acepte, ofrecí mi tristeza por las intenciones del Padre y a otra cosa, no sea que me deje dominar por la tristeza que es aliada del enemigo. ¡Madre mía! Evidentemente el lavado de cerebro era total. 

¿Y Eduardo? Los primeros años aceptó esta dinámica familiar sin inconvenientes. Él estaba poco tiempo en casa y cuando llegaba encontraba a su mujer guapa y arreglada esperándolo con la comida sobre la mesa. Por la noche su mujer siempre estaba allí para él. Así que lo que yo hiciera durante el día a él le importaba poco. Los primeros años nunca puse una excusa para cumplir con mis obligaciones conyugales. Digo bien: “obligaciones” conyugales porque con el correr de los años lo que al principio era un encuentro placentero con la persona que amaba se fue transformando poco a poco en una carga a veces insoportable.

 

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Publicado el Miércoles, 21 febrero 2018



 
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