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 Tus escritos: SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (I).- Salypimienta

078. Supernumerarios_as
salypimienta :

SUPERNUMERARIOS: Vivir en la calle de la amargura (I)

Salypimienta, 29/01/2018

 

Si todas las ‘vocaciones’ que existen en el Opus Dei son por lo menos estrafalarias, la de supernumerario se lleva las palmas con honores. Los supernumerarios son y no son, pueden ser lo más llamativo de la Obra y también lo más inadvertido. Amados y odiados, envidiados y provocadores de grandes apegos. Tienen que hacer todo lo mismo que hace un numerario o un agregado, con la única diferencia de que los supernumerarios no viven el celibato, y eso es lo que los hace estar permanentemente acosados por todos cuantos tienen que ver con los andares de su alma.

Los supernumerarios fueron creados por el P. Escrivá para tres cosas fundamentales: dar dinero, dar ‘vocaciones’, y dar lustre...



En México, las personalidades que son más notorias del Opus Dei son los supernumerarios. Claro que ha habido numerarios con gran prestigio profesional y social, pero estos siempre han sido los menos. Entre los supernumerarios en cambio -por lo menos hasta hace algunos años-, había personas de primerísimo nivel. De hecho, yo creo que hasta era en lo que más se fijaban en los consejos locales: aceptar lo mejor de lo mejor para supernumerarios.

Yo pité a mediados de los años 80’s del siglo pasado. De los modos que había en ese entonces para hacerse de supernumerarios a las maneras que se usaban cuando salí veintitantos años después las cosas habían cambiado muchísimo. En primer lugar, en la época en que pedí la admisión, en lo primerísimo que se fijaba la Obra era en el status socio cultural y económico al que pertenecía el supernumerario en potencia. A partir de ahí se comenzaba con la criba.

El primer requisito para ser supernumerario era tener un prestigio intachable, aunque igual de importante era pertenecer a una buena familia, tener muy buenos modales, un nivel cultural aceptable, una buena situación económica y prestigio social, además de nunca haber tenido tendencias izquierdistas, ni monjiles ni nada que pudiera desdecir del cargo y la posición que ibas a ocupar en la Obra.

Hay varios tipos de supernumerarios a saber:

Los supernumerarios que pitan de solteros.

El Opus Dei siempre ha preferido que quien pite de supernumerario lo haga estando casado. Eso le quita muchos problemas de encima. Pero por lo menos hasta hace algunos años, salían muchos supernumerarios de los círculos de San Rafael. En estos casos, se trataba de personas a las que por todos los medios posibles les habían tratado de convencer de que tenían vocación para numerario y no lo consiguieron. Acto seguido, se iniciaba la campaña para quedárselos por lo menos de supernumerarios. Algo que me parece curioso, es que  nunca me tocó que a las que les habían echado el ojo para agregadas las convencieran para pitar de supernumerarias. Si no pedían la admisión como agregadas, lo más seguro es que desaparecieran del mapa. El caso es, que ya si no había forma de tenerte de numeraria, lo más seguro (si no huías antes) es que te quedaras de supernumeraria. También pasaba que algunas pitaban de numerarias, y antes de la Oblación se veía que eso no era lo suyo (eso no es lo de nadie, pero a algunos se les nota más que a otros), y después de algún tiempo de hacerles saber que la numerariez no era lo suyo, se les dejaba pitar de supernumerarias.

Desde el minuto 1 de ser supernumeraria te meten en la cabeza que TE TIENES QUE CASAR CON UN BUEN CHICO Y TENER UNA FAMILIA NUMEROSA, porque con esas dos cosas es cómo vas a conseguir santificarte hasta abrirte paso para ocupar un sitio en el martirologio. A partir de ahí hasta el día de tu boda, comienza un calvario que ni te cuento. Si tienes novio, tienes que contarles todo de él con pelos y señales. Desde quién es su familia hasta el equipo de fútbol al que es aficionado, o sea, tienen que saber TODO de esa persona. Si no tienes novio, pasas a formar parte del catálogo de las chicas monísimas del Opus Dei en busca de buen marido (ya nos lo contó Mediterráneo hace poco, se ve que así es en todas partes). Mi primer novio pertenecía a una familia muy cercana a la Obra, y en mi centro no veían la hora en que me casara (¡a los 20 años!). Lo entiendo perfecto, lo más urgente era que alguien me metiera en cintura por mis tendencias a ir por libre. Qué mejor que un hombre que me sacaba 12 años y estaba muy arropado por el Opus Dei… y más o menos así eran todos los casos. Algunas tenían novios que ya eran supernumerarios y eso era el éxtasis de las dires. Sólo había una con un novio que no era ni católico practicante y le hicieron la vida tan imposible que terminó cortando con el novio, y ella despitando poco después. En mi caso, el novio pro-opus resultó ser un macho mexicano como de película que deseaba con toda su alma hacerme a su modo y queriendo controlar cada instante y recoveco de mi vida, y yo, como ya de eso tenía más que suficiente con lamadreguapa, en un arranque salpimentoso lo mandé al cuerno. Casi inmediatamente me hice novia del hermano de una amiga de la prepa que además de que me caía muy bien era todo lo contrario al novio opusino. Eso, para que no comenzaran a torturarme con que volviera de novia con el otro, porque cuando conté del rompimiento del novio aquel, ¡casi me matan!, les pareció una barbaridad, una insensatez y una desobediencia mayúscula que hubiera cortado al novio sin consultarlo en la charla y en la confesión y así me lo hicieron saber.

En aquellos tiempos, todos los medios de formación para supernumerarias solteras estaban destinados a formar buenas esposas, buenas madres y estupendas amas de casa. Tanto era así, que no importaba la carrera que hubieras estudiado, tenías forzosamente que hacer un diplomado en “Alta dirección del hogar” en la Escuela de Administración de Instituciones de la Obra (ESDAI). En la alta dirección del hogar te enseñaban a planchar, a lavar, a cocinar, a tender camas, la mejor manera de lavar un retrete y ese tipo de cosas (aunque no lo crean). Las casas de la mayoría de las supernumerarias se parecen en todo a los centros en cuanto a la administración. Todas las supernumerarias –por lo menos las de mi edad y las mayores- estamos tan capacitadas como la mejor de las auxiliares para hacer todas las labores domésticas (que boba venir a presumir de eso, pero nuestro trabajo nos costó, doy mi palabra que hasta exámenes nos hacían de cómo doblar las sábanas después de lavarlas).

La educación sexual era verdaderamente abominable. La clase la daba el cura en el Oratorio y trataba principalmente de que por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia tuvieras ninguna muestra de afecto atrevida con el novio. O sea, lo máximo permitido era un beso casto (que nunca he entendido qué es eso, un beso entre novios que no es apasionado es un fraude, la verdad, es como darle un beso a la tía Gertrudis). Todo tenía que ser recatado, hasta darte la Paz en Misa. Bueno, hasta las miradas tenían que ser llenas de pudor. La frigidez en su estado más puro… También en esas clases perdí la inocencia enterándome de cosas que ni sabía que existían… Y la insistencia en que los matrimonios sólo están destinados a procrear. Mucho tiempo después comprendí que hay matrimonios modelo que no tienen hijos, que tener hijos NO es una obligación del ser humano y que el asunto de los hijos sólo incumbe a dos: el papá y la mamá. Pero del tema de los hijos, ya hablaremos más adelante.

¡Total!, que los noviazgos de los supernumerarios son aburridísimos en la mayoría de los casos, porque los supernumerarios también estamos obligados a vivir la castidad al extremo, entonces es como si se tratara del noviazgo entre dos estatuas… igualito.

Y bueno, cuando ¡por fin! anuncias con bombo y platillo en el centro que “habemus anillo de compromiso” el paroxismo es total. No sacan la botella de champán y los petardos para festejarlo por aquello de que somos una familia numerosa y pobre, pero bueno, acciones de gracias si se hacen… porque lo de Casa es rezar por todo, y más por salirse con la suya. Y si ya pasaste la edad ‘adecuada’ para casarte -en mis tiempos era antes de los 23 años-, la cosa se pone verdaderamente apoteósica cuando ¡por fin! anuncias la boda. A mí me consideraban una solterona perdida, ya tenía casi 26 años cuando me casé. Y recuerdo que cuando lo dije en un retiro mensual (que me casaba) hasta me aplaudieron, nada más de recordarlo me suelto a carcajadas.

Continuaremos con la historia. Mientras tanto, les dejo besos cariñosos a todos.

Salypimienta

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Publicado el Lunes, 29 enero 2018



 
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