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 Correos: Ser supernumerario no es patente de corso.- Mediterráneo

078. Supernumerarios_as
Mediterráneo :

En los centros de supernumerarias se quería, se intentaba (y, lamentablemente, muchas veces se conseguía) casarlas a costa de lo que fuera, con quien fuera, de preferencia supernumerario.

 

Ser supernumerario no es patente de corso. Se puede ser supernumerario y buena persona, o supernumerario y estúpido, o supernumerario y mala persona, o supernumerario y gilipollas integral. Es como ser blanco, o negro, o asiático, y ser buena, o mala, o mediocre persona. Nada tiene que ver lo uno con lo otro.

 

Volviendo a lo que nos ocupa: a las supernumerarias que ya pasaban de una cierta edad (rondando la treintena) había que casarlas cuanto antes. Y para ello y con la mediación de los sacerdotes, se buscaban supernumerarios (mejor que exnumerarios, aunque, si convenía, también salían a subasta), se les presentaba, se aconsejaba un noviazgo corto y al altar corriendo.

 

Recuerdo a una supernumeraria a la que llamaré Eva: se ganaba medianamente bien la vida, muy buena persona, incapaz de pensar mal de nadie, incapaz de ver la maldad en nadie, incapaz de encontrar segundas intenciones en nadie. Le presentaron a un supernumerario viudo, con seis hijos, le sacaba bastantes años. Centro y sacerdote acordaron que era su mejor opción, con los años que tenía… os imagináis el resto. Se casaron tras un noviazgo corto en el que, como era de suponer, no hubo nada más que besos castos y rápidos para evitar las tentaciones. No me lo invento, lo decía ella.

 

La vi al cabo de un año escaso. Era de noche, la calle no estaba especialmente bien iluminada y al principio dudé de si era ella. Encorvada, la mirada apagada, las comisuras de los labios hacia abajo, la sonrisa llevaba meses sin visitar aquella cara. “¿Qué tal, Eva?”, pregunté, por decir algo. “Bueno, bien… bueno, es que... Tengo que irme, a ver si nos vemos otra vez”. Abrió el portal, entró y desapareció. No he vuelto a verla. Recuerdo que seguí caminando hacia mi parada del autobús, sin saber si llorar de lástima por la Eva que conocía, por la mirada brillante, alegre y viva que había desaparecido, por aquella chica joven y guapa que ya no existía, o rugir de rabia por la labor de celestina de gente que, sin tener ni idea de nada y del matrimonio menos que de nada, se permitían actuar y disponer sin que las consecuencias, ni las personas, les importaran una maldita M.

 

Recuerdo a otra supernumeraria, la llamaré Carolina. Se casó con un muchacho que no regía bien y el matrimonio fue anulado. Pasaron los años y nuestra Carolina conoció a un numerario en la universidad. Las cosas suceden, ambos se enamoraron y como no era de recibo intimar sin haber pasado antes por el altar, el numerario pidió la dispensa, se casaron bien casados por la iglesia y empezaron a convivir. La convivencia se reveló un tal desastre que, como tampoco era de recibo separarse, decidieron que la profesión de él le llevara a trabajar fuera de la ciudad entre cuatro y cinco días a la semana. Y así siguen a fecha de hoy. Eso sí, cuando intimaron estaban recasadísimos.

 

Recuerdo a una tercera supernumeraria, la llamaré Teresa. Joven, bonita, con un trabajo bastante bueno. El consejo local y el sacerdote muy empeñados en casarla a como diera lugar, claro está. Teresa, niña de buen colegio, detestaba quedar mal, al principio decía muy cortésmente que no, gracias, a todos los intentos. Hasta que un buen día se hartó y, con educación y firmeza, dijo que o la dejaban en paz o al siguiente 19 de marzo ella no renovaba. Que estaba harta de tanto “acoso y derribo” (fueron sus palabras) y que se casaría cuando le diera la gana y con quien le diera la gana, y que ni el sacerdote ni el consejo local tenían vela en el entierro, mucho menos voz o voto. Dejó de ser supernumeraria al poco tiempo. Conoció a alguien, vivieron juntos una temporada antes de casarse. Es mamá felicísima de tres niños.

 

Sé que las cosas han cambiado, sé que actualmente hay menos celestineo por parte de los sacerdotes y de los consejos locales. También han cambiado los tiempos. Lo que digo a continuación es mi opinión y muy libre es el lector de estar de acuerdo o no. ¿Es solución sine qua non convivir antes del matrimonio? NO. ¿Es recomendable, para saber a qué atenerse? En mi opinión, SÍ, teniendo en cuenta que en muchos casos se ha vivido en una burbuja, tan alejada del mundo real como Marte de la Tierra. ¿Pueden sacerdotes y consejos locales predicar, y dar clases, y pontificar sobre el matrimonio? No, no pueden, ni deben. ¿Qué sabe una numeraria que pidió la admisión a los catorce años y medio, de la convivencia, de sexo, de la intimidad de dos personas, de los problemas de la vida diaria de una pareja? ¿Y un sacerdote? Ya os lo diré: NADA, no saben nada, y, por lo mismo, es temerario que aconsejen y que impartan doctrina. Y es demencial, y denunciable, lo que se ha venido haciendo durante décadas y décadas, haciendo que personas que no tenían nada más en común que haber escrito una carta de admisión, se ennoviaran, y se casaran, y ya suplirá la gracia de estado,  sea eso lo que sea. Por favor.

 

Mediterráneo




Publicado el Miércoles, 17 enero 2018



 
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